Sonríeme en domingo

Sonríeme en domingo

 

Normalmente la lluvia solía calmarme en las noches de insomnio, pero hoy no lo hacía como otros días. Tal vez debí estar un par de horas tumbado en mi cama con los ojos abiertos, cogí mi reproductor de música y conduje los cascos a mis orejas. Mi cabeza tarareaba ahora una canción de amor sangrante que me hizo pensar. Pensar en aquella chica que conocí dos días atrás. En ese momento desperté, a pesar de llevar horas despierto. Hasta entonces nunca había creído en el amor a primera vista, incluso me cercioré en que lo que realmente buscaba en ella era una situación forzada y no un sentimiento puro, de aquellos en los que yo solía creer. Pero para que negarlo, que mi corazón latiera a las seis de la mañana nacido de un recuerdo, significaba algo, demasiado bien lo sabía.

El destino, aquél ser al que le negué rotundas veces la existencia, quiso darme una oportunidad, que de mí dependería aprovechar o no. Una oportunidad tan sencilla como la de voltear la cabeza justo en el momento exacto en el que la pantalla de mi teléfono móvil decidiera iluminarse. Me reincorporé desganado y eché una ojeada, un mensaje nuevo decía. Cogí el teléfono, esperando encontrar la típica respuesta vacía en un mensaje de publicidad. Pero dicho texto respondía por el nombre de su autora, ella misma. Es curioso el gusto que tiene el ser humano por lo morboso. La yema de uno de mis dedos tan solo debía presionar un botón para salir de dudas y en cambio me quedé mirando la pantalla a la espera de lo peor: una llamada sin mensaje; otra respuesta vacía.

Pero por algo destino insistía en que viera el mensaje en ese preciso momento, por lo que tome consciencia del acto que me dirigía a representar, pues algo de valor iba a encontrar. Y atribuyendo personalidad física al azar, presioné el debido botón. Cual mi sorpresa fue al toparme con un texto de unos trescientos caracteres que superaba el límite permitido por un solo mensaje.

Algo quería decir todo aquello, tenía que hacerlo por narices. Así que, decidido, me dispuse a leer el mensaje, y seguido, quise recordar, con nefastos resultados por cierto. Y es que, anoche, entre copas y amigos, en aquél buen ambiente, ¿fui capaz de hablarle? ¿Realmente conseguí el valor de sincerarme, quizás robarle un beso, o bien estaba dando ella el primer paso? De cualquier modo, ¿suponía eso el nacimiento de un sentimiento correspondido? Quién lo sabía eso…

Soy de las personas inseguras que se leen los mensajes más de una vez, bien para corroborar una alegría o terminar de destrozarse la vida, tal y como lo había hecho justo una semana atrás. Me esperaba un día largo, y es que veinticuatro  horas daban para mucho, eso sin contar que seis ya no las tenía a mi favor.

Suspire, quería verme, pero desconocía la razón. Cualquiera en mi situación habría pensado en lo más sensato que cabría esperar de aquellas palabras. Claro que el mensaje decía más, pero todavía no lo había leído las suficientes veces como para fijarme en nada más. Probablemente, de haber prestado atención la cosa habría ido mejor pero, en ciertas ocasiones, los mejores planes son precisamente los que no se planean, así como improvisar es un arte, y tan sólo las historias de amor inesperadas son las que florecen. No quise alimentarme de las mismas ilusiones que una semana atrás sentenciaron mi muerte hasta el día de hoy. Pero el pensar en que ella, al igual que yo, tampoco podía dormir, me dio esperanzas muy distintas a lo que hasta ahora había sentido por ilusiones. Buena señal.

Me vestí, abrí la puerta de casa lentamente intentando no despertar a nadie, y me fui. A medida que descendía las escaleras, el volumen de mi reproductor ascendía, y aquella canción de amor sangrante hablaba ahora de lo bonita que era ella, esvástica. Qué poético…

Decidí mojarme y dejar que el paraguas encontrara por si mismo un acompañante. Lo necesitaba. Necesitaba que alguien me chillara a la oreja mientras la ardiente lluvia chocara contra la frialdad de mi persona, ansiosa por volver a ser ella misma y renacer. Pero no llores, me dije mirando al cielo, que hoy el destino llora por ti. Me encaminé a la estación de tren con paso lento, esperando ser aceptado como pasajero en el primer vuelo, a tan sólo una parada de su destinado encuentro.

Y allí estaba ella, sonriéndome, mirándome con sus preciosos y oscuros ojos, en los que solo entonces entraba un resquicio de luz. Qué poético era mirarse el uno al otro ignorando la posibilidad de caer enfermos ante tal temporal. Como agradecí ver su sonrisa en aquél momento, como agradecí saber que dicha sonrisa en ese momento era sólo para mí. Acaricié su mejilla con mi mano derecha, al tiempo que ella cerraba los ojos asintiendo alivio.

Y es que entre luces y sombras, me preguntaste que me pasaba. Llevabas toda la noche mirándome pero hasta que no lo advertí no te atreviste a preguntar:

¿Qué te pasa? Te noto rara.

Me duele la cabeza, no me encuentro bien. – te contesté.

¿Hay algo que pueda hacer para que te sientas mejor?

No creo.

Déjame intentarlo al menos. – me insististe. – Cierra los ojos, sé que nos conocemos de hace poco como para pedirte algo así, pero confía en mí y ciérralos, por favor.

Y te los ofrecí cerrados, tal y como me los pediste. Siempre pensé que te aprovecharías para besarme los labios, pero no. Distinto a todos los demás, pusiste tu mano derecha sobre mi mejilla, al igual que ahora, y con la izquierda me apartaste el pelo con delicadeza. Acercaste mi rostro al tuyo con dulzura, y dejaste reposar tus labios sobre mi frente, regalándome un beso como muestra de afecto y cariño. Te retiraste, y me pediste que abriera los ojos de nuevo.

¿Mejor?

Pero todavía no habías terminado conmigo, y estando yo extasiada, en un impulso incontrolable, te besé los labios. A lo que tú me contestaste cerrándome tus ojos. Nunca nadie me hizo sentir tanto como tú lo has hecho con tan sólo un beso. ¿Si el resto tuvieron más oportunidades, y llegaron hasta lo más profundo de mí, porque ibas tú a ser menos precisamente? Aquí me tienes, la oportunidad que tanto habías deseado de tener algo conmigo, te la concedo.

La oportunidad de volver a ser feliz… ¿De verdad era mía? Mire de nuevo al cielo, llovía, por suerte no había dejado de hacerlo. Y ella seguía allí, sonriéndome. Qué poético… ¿Por quién lloraba el destino ahora, si yo supuestamente volvía a sonreír?

Marc.

¿Sí?

Te quie…

¿Por qué eres tan increíblemente mona?