Paul Dedrick Gray (1972-2010)

Siempre se van los mejores, es algo que nunca dejaré de repetir en la vida. Y a la vista está, el precio a pagar por estas personas lamentablemente suele ser siempre el mismo. ¿Mejores personas? ¿Quién decide que lo son? Aquello que nos dejan para la posteridad, eso es lo que les otorga a esas personas el derecho a ser recordadas. Y eso es precisamente lo que me dejó ayer Paul Gray hallado muerto en un hotel del estado de Iowa el pasado 24 de Mayo de 2010.

 

Por un simple y racional respeto al difunto, no empecemos a especular. Me cabrea que, en mi intento por documentarme sobre posibles detalles que hayan podido ser publicados referentes a su muerte, lo primero que encuentre sean las ya tópicas especulaciones sobre sobredosis de drogas e alcohol bien resaltadas sobre letras en Negrita. No vivo de una sola frase, y si de otra cosa me he hartado a repetir una y otra vez a lo largo y ancho de mi existencia es que ya va siendo hora de aprender a separar al artista de la persona en cuestión.

Ése es precisamente el motivo por el que no lloraré por su muerte. No he tenido el placer de conocerle, como le comentaba a un compañero mío de instituto esta misma mañana: "Lo peor de este asunto es que ya nunca podré verle en concierto, pero confío en que sus compañeros honren su memoria la próxima vez que vengan a vernos". No estoy aquí para juzgar quién ha sido Paul Gray en vida sino qué ha sido para mí, qué es lo que me ha dejado tras su muerte. Y creo que la respuesta es más que clara y se puede resumir en una sola palabra: Slipknot.

El que fue en su día, junto a su amigo Shawn Crahan, los fundadores originales de la banda, nos ha dejado. ¿Qué nos queda? A nosotros todo, tendremos para siempre su trabajo, su música, sus directos (quién haya tenido el placer de verlo por supuesto), pero y al resto de sus compañeros… ¿Qué les queda a ellos?

Es por ese motivo por el que lloraré hoy, por el grupo. Preguntémonos que les ha quedado al resto de la banda: el dolor compartido de mínimo ocho familias junto al resto de incontables conocidos, el malestar anímico generalizado, el dilema ético-moral de seguir o no con una banda cuyo fundador la ha dejado para siempre, y por ende cómo saber hasta que punto es o no correcto plantear (y llevar a cabo si se da el caso) la sustitución del miembro en el grupo… 

Como bien decía al inicio de la entrada, el precio por ser recordado es siempre, inevitablemente, la muerte. Llegados pues a este punto y con la lección aprendida, solo nos queda separar a la persona del artista, y dejar que sean los que de verdad le conocieron quienes le juzguen y nosotros quienes le recordemos por lo que fue: el gran bajista de Slipknot. Paul Dedrick Gray, desde ahora en adelante, descansa en paz.