Atlantis: El Imperio Perdido

   

Tarde o temprano,acabas encontrándolo. Es la regla de los mercados de segunda mano. La moneda decambio es la paciencia, pues uno nunca sabe cuándo llegará tan anheladomomento. Atlantis fue editada dosveces en DVD, una respetando el formato panorámico de la imagen, y otra en 4:3,es decir, recortada. Yo y mi cabezonería, nos emperramos en no descansar hastaencontrar la primera (y descatalogada) edición. Hoy, con unos años de más en laespalda y algo de ocasional barba, la he encontrado.

Empezar a hablar deAtlantis: El Imperio Perdido dejandoclara tu poca afinidad con los Clásicos Disney es algo que se sobrentiende, osuele ser norma. No voy a negar la imborrable huella que la compañía ha dejado enla historia del cine, pese a que entiendo los motivos por los que aquél séquitode cintas VHS que mi casa atesoraba no me gustaban siquiera cuando era niño.

Yo era más de laanimación por ordenador dado que, por lo general, solía contener menoscanciones y números de baile que hacían que echase la vista a un lado,desistiendo mi interés por lo que la película intentaba contarme. No es deextrañar que sintiera especial fijación por una película para cuyos artíficesimprimieron camisetas bajo el lema “Menos canciones, más explosiones”.

 

Al final, lo quecuenta Atlantis sobre el papel nodista tanto de lo que muchos otros Clásicos Disney contaban tiempo atrás. Perolas formas, aquella pequeña declaración de intenciones que rompía con losmoldes tan anclados de la compañía, harían que, salvo honrosa excepción de Hércules, me acercase por primera vezal cine de animación “tradicional”, dentro de lo que cabría esperar allá por el2001.

Hasta los trazos sealejan del estilo que hasta entonces había sido marca de la casa. Desafianteslíneas rectas y polígonas dibujan personajes que se dan la mano con diseños devehículos estrafalarios propios del steampunk, a caballo entre lo futurista y lasreliquias de museo. Sirva de ejemplo la presentación de la nave Ulises, momentoclave (y puede que icónico) de la cinta.

    

No es sólo que, anivel artístico, la película sea vistosa. A todas estas virtudes hay quesumarles uno de los mayores planteles de secundarios, tanto en número como enpeculiaridad. Cada personaje, por pequeña que sea su aportación a la película,tiene una historia detrás, bien construida y oportunamente presentada en unaescena muy particular. Bien sea por su ingenuidad o por hacer gala de unaalarmante falta de tacto, cada uno de ellos conseguirá sacarte una carcajada alentrar en escena. Un francés obsesionado con los explosivos, un hombre-topoenamorado de la suciedad, o una mecánica de acento latino que recuerda a losdoblajes “al castellano” originales que tanto imperaban en Disney. Hay para dary tomar.

Todos tienen sugracia y su qué, haciendo del viaje en busca de la Atlántida unaexperiencia terriblemente amena que no dejará indiferente a nadie. En ocasionesserá cuestión de frotarse los ojos para cerciorarse de que seguimos viendo un ClásicoDisney. Grandes escenas de acción repletas de disparos y puñetazos, orquestadasbajo la batuta de una gran composición musical que da ganas de saltar y gritarcual niño viendo Los Goonies porprimera vez. Batallas de naves al más puro estilo Star Wars, exóticos y variopintos paisajes por descubrir y dejarseimpresionar… las vistas que ofrece Atlantis desde las alturas invitan a uno a quedarseallí.

 

Cuesta creer que losresponsables de La Bella y la Bestia y Eljorobado de Notre Dame fueran a por todas con una idea tan atrevida porbandera que, sin dejar de ser para niños, logra tocar en un tono adulto ymaduro el tema de la traición suscitada por el interés del siempre codiciososer humano, que alcanza su punto álgido al estallido del clímax final de lapelícula. Incluso el amor tiene cabida en un juego visual de miradas y gestos. Todoqueda dicho al ver a sendos protagonistas explorar las runas marítimas de laciudad, sin necesidad de mostrar nunca un beso.

Atlantis es mi GRAN película de aventuras, así como Indiana Jones lo fuera para unageneración anterior a la mía. Un homenaje a la historia de dicho género, unaforma muy concreta de hacer cine que entusiasmaba al mismísimo Walt Disney. Espor ello que siempre tendrá un lugar especial en mi estantería. Por desgracia, noparece que el paso del tiempo haya puesto a la película en mejor lugar.Demasiada gente ignora, aún hoy, la existencia de tan mimada obra de arte, queno maestra. Quiero creer que he aportado mi granito de arena a la causa, todolo demás puede esperar.