Reyes e imagén pública

 
La figura del nesut (rey) siempreha causado gran impresión a todos aquellos que se acercan a la historia deKemet. Mal llamados hoy día faraones, los reyes ostentaban el poder absoluto enel antiguo Kemet (Egipto) siendo además de gobernantes hijos de dioses y diosesmismos.
Se ha estudiado su figura, cómollegaban al poder y los ritos que realizaban, pero poco se habla acerca de cómolos veía el pueblo, de cómo un ciudadano corriente se relacionaba con su rey ycómo le afectaba el cambio de rey.
Ha habido muchos reyes en la historiade Kemet, con duraciones de reinados diversas aunque lo normal es que unapersona normal no llegase a vivir durante más de dos reinados largos. Esto significaque el rey que gobierna cuando alcanzas la mayoría de edad es el que másimpresión te va a dejar a lo largo de tu vida, y si logras vivir para ver unasucesión el nuevo rey será tan impresionante como el primero. La únicaexcepción sería la de poder vivir para ver muchos más reyes y que esa aureolade misticismo y deidad se pueda diluir un poco en tu mente como sucede en ellibro La última etapa.
Hoy en día vemos a los reyes comofiguras decorativas, privadas de poder real o pensamos en reyes anteriores sinhacernos una idea de lo que significaba el rey en Kemet. El rey no era solo elgobernante, sino un hijo de los dioses y un dios en sí mismo. Se le honrabacomo se adoraba a cualquier otro dios y no se discutía su poder o su voluntad. Estono quiere decir que fueran déspotas o dictadores, sino que el pueblo veía sufigura como la opción lógica de gobierno, pues, ¿qué pensarías tú si un diosmismo gobernase tu país?
Sin embargo las oportunidades dever al rey en persona eran muy escasas o inexistentes. Durante toda la historiael rey se ha ubicado en la capital del país que fue cambiando dependiendo de laépoca. Un ciudadano de cualquier otra ciudad no tenía la posibilidad de ver alrey, ni tan siquiera de lejos, y todo lo que conocía de él era lo que se oía ose hablaba en la calle así como las noticias y mandatos que llegaban de lacapital y que se administraban por gobernadores locales.
Un habitante de la capital sí quetenía alguna posibilidad de ver a su rey, ya fuese en la ceremonia decoronación o en alguna fiesta o festival religioso de los que se celebraban enla ciudad. Eran momentos únicos en los que el ciudadano podía estar más cercade la divinidad, pues recordemos que en los templos no tenían acceso alinterior del mismo donde el dios reside y solo en aquellos momentos podían vera sus dioses.
La muerte de un rey era un sucesotriste, pero muy relativizado. Pasaba a formar parte de la cohorte del resto dedioses en la otra vida y un nuevo rey tomaba su puesto para regocijo delpueblo. El rey no solo era el gobernante y el dios sino que era el que manteníaunido el país y combatía contra los extranjeros que en varias ocasionesinvadieron el país.
 
Los momentos de mayorincertidumbre siempre han sido aquellos en los que la figura del rey se havisto debilitada o era inexistente, bien por conflictos de sucesión o bien porinvasiones extranjeras que debilitaban los órganos de gobierno internos.
Ya he hecho mención en otraentrada al placer que suponía para un trabajador formar parte del elenco depersonas que trabajaban en la tumba del rey en contraposición a Hollywood y suimagen de esclavos trabajando a destajo para levantar sus colosales moradas delmás allá. Construir la residencia del rey para la otra vida era algo muyespecial pues al mismo tiempo que garantizabas su vida en el más allá estabasformando parte de ello y, de alguna manera, especialmente cuando la otra vidaestaba vetada para la gente corriente, te ganabas un pedazo de inmortalidad.