Maestros de la Sci-fi: Arthur C. Clarke & 2 Relatos


Bienvenidos a una nueva sección en Términus, Maestros de la Sci-fi, un recorrido por los grandes autores de ese gran género. Comenzamos con el pionero del género. El maestro de la Sci-fi según Asimov.

Adentraos para saber más de ese gran escritor que tanto disfrute me ha reportado.




Clarke es uno de mis autores favoritos, tras ver por primera 2001 y ver mínimo atisbo de ese universo, decidí averiguar más sobre la historia. Fue así como llefaron a mis manos los primeros libros de este hombre.
Y entonces comencé a experimentar con más y más libros hast llegar a hoy. Donde la Sci-fi es mi género favorito en todos los ámbitos. Hoy os hablo del autor que me inició.


Biografía


Arthur Clarke nació en un pequeño pueblo de Inglaterra, Minehead, en el año 1917.

Allí permaneció durante gran parte de su infancia, y parte de su adolescencia, hasta que terminó sus estudios secundarios.En 1936, decidió buscar trabajo y fue a parar a Londres, donde trabajó como funcionario.Se hizo miembro de la Sociedad Interplanetaria Británica, o BIS para los perfeccionistas.

En este tiempo comenzó a experimentar con material astronómico, cifras, teorías y un largo etc que le sirvieron de estudio para posteriores trabajos.En la 2º Guerra Mundial , fue oficial de la división RFA, como teniente. La RFA suponía el primer sistema avanzado de radares secretos. Clarke sirvió más que eficientemente y convirtió a aquel proyecto experimental en un punto importante de las capacidades logísticas británicas.


Años más tarde escribiría su única novela sin temática ficticia, Glide Path, la cual trataba sobre su trabajo y función en la guerra.A su vuelta en el año 1946, presidió la BIS durante los años 46-47 y 50-53.

En el año 1945, publicó el reportaje técnico "Extra-terrestrial Relays" . En este reportaje establecía la comunicación vía satélite orbitaria, esta especulación fue realizada 25 años después. Este trabajo le valió diversos y honoríficos reconocimientos, entre ellos una beca del King´s College. Cabe destacar que en la actualidad, una de las órbitas geoestacionarias ha recibido el nombre de Clarke, en honor al hombre que las prdijo mucho antes que el resto.

Desde entonces comenzó a escribir sus primeros relatos y a publicarlo. Su temática estaba construida sobre una teoría sólida, la cual detallaba y explicaba durante el transcurso y la concluía de forma técnica y asombrante, e incluso en ocasiones con toques humorísticos.


En 1948, abandonó el King´s Collage recibiendo honores en Física y Matemáticas.

Contrajo matrimonio, pero sólo duró un año, más tarde declararía que no era un ser matrimonial, aunque todo hombre debe casarse l menos una vez.

Rondando el año 1954, Clarke trabajó con el célebre Dr Harry Wexler acerca de la metereología , de sus conversaciones surgirían nuevas ramas y aplicaciones, siendo Wexler su principal representante.

Clarke fue abandonando poco a poco su afición por el Universo en pos de la marítima, afirmaba que la forma más barata y maravillosa de emular la ingravidez que jamás experimentó era el buceo. Fue por ello por lo que estableció en Sri Lanka su residencia permanente.



En los años 60 se dedica a la divulgación científica y a explorar el mar. En 1962 publica Perfiles de Futuro, una mirada al mañana donde establece sus 3 leyes:


"Cuando un distinguido científico de edad madura afirma que algo es posible, es casi siempre correcto. Cuando afirma que algo es imposible, es muy probable que esté equivocado.

"La única manera de descubrir los límites de lo posible es aventurándose un poco hasta lo imposible."

"Cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia."


En 1968 colabora junto a Stanley Kubrick en 2001, la mejor película de Sci-fi jamás rodada, la fusión de ambas mentes prodigiosas da lugar a un portento visual que posteriormente se convierte en novela.También escribió varias continuaciones de esa misma novela.

En 1980 recibe el premio Hugo por Fuentes de Paraíso, novela que describe la construcción de un ascensor espacial de 36 000 Km de altura.


Clarke es considerado el maestro de la Sci.fi incluso por uno de sus homólogos, Isaac Asimov. Ambos compartían en sus proyectos una fuerte base científica y una fiel representación sobre lo que hablaban. Todas sus novelas despedían un ambiente agradable y muy entretenido.

Finalmente, el 18 de febrero de este mismo año, Arthur C. Clarke, el mayor exponente de la Sci-fi, fallecía en su hogar de Sri Lanka. Sin ningún acto religioso, pues oficialmente era laico.

Con su muerte, deja un legado de estudios y teorías asombrante y espectacular, jamás un hombre había sabido explicar de manera tan precisa ese misterio inquietante que es el Universo.

Este es un pequeño homenaje a ese gran maestro




Citas Célebres


-> Que inapropiado llamar Tierra a este planeta, cuando es evidente que debería llamarse Océano."

–> "Puede que nuestro papel en este planeta no sea alabar a Dios sino crearlo."

–> Esta es la primera época que ha prestado mucha atención al futuro, lo cual no deja de ser irónico, ya que tal vez no tengamos ninguno."

–> "El futuro no es ya lo que solía ser."


Bibliografía


  • Preludio al espacio (1951)
  • Las arenas de Marte (1951)
  • Islas en el cielo (1952)
  • El fin de la infancia (1953)
  • Claro de Tierra (1955)
  • La ciudad y las estrellas (1956)
  • En las profundidades (1957)
  • Naufragio en el mar selenita (1961)
  • Una odisea del espacio (1968)
  • Cita con Rama (1973)
  • Regreso a Titán (1975)
  • Fuentes del paraíso (1979),
  • 2010: Odisea dos (1982)
  • Cánticos de la lejana tierra (1986)
  • Venus Prime (1987)
  • 2061: Odisea tres (1987)
  • Rama II (1989) (con Gentry Lee)
  • Tras la Caída de la Noche (1990)
  • El espectro del Titanic (1990)
  • El mundo es uno (1992)
  • El martillo de Dios (1993)
  • El jardín de Rama (1994)
  • 3001: Odisea final (1996)
  • Rama revelada (1991)
  • Luz de otros días (2000)

Colecciones de relatos

  • Expedición a la Tierra (1953) (incluye El Centinela)
  • Alcanza el mañana (1956)
  • Cuentos de la taberna del Ciervo Blanco (1957)
  • Relatos de diez mundos (1961)
  • El viento del Sol: relatos de la era espacial (1972)
    • Cuentos del planeta Tierra (1990)

      Fuente: Enciclopedia

      Algunos Relatos

      A continuación incluyo un par de relatos íntegros y completos, abajo tenéis el documento para descargarlo, con el tiempo iré actualizando y añadiendo nuevos relatos para que los podáis descargar y disfrutar.

      El Centinela

      Arthur C. Clarke

      La próxima vez que veáis la Luna llena allá en lo alto, por el Sur, mirad
      cuidadosamente al borde derecho, y dejad que vuestra mirada se deslice a lo
      largo y hacia arriba de la curva del disco. Alrededor de las 2 del reloj, notaréis un
      óvalo pequeño y oscuro; cualquiera que tenga una vista normal puede encontrarlo
      fácilmente. Es la gran llanura circundada de murallas, una de las más hermosas
      de la Luna, llamada Mare Crisium, Mar de las Crisis. De unos quinientos
      kilómetros de diámetro, y casi completamente rodeada de un anillo de espléndidas
      montañas, no había sido nunca explorada hasta que entramos en ella a finales del
      verano de 1966.

      Nuestra expedición era importante. Teníamos dos cargueros pesados que habían
      llevado volando nuestros suministros y equipo desde la principal base lunar de
      Mare Serenitatis, a ochocientos kilómetros de distancia. Había también tres
      pequeños cohetes destinados al transporte a corta distancia por regiones que no
      podían ser cruzadas por nuestros vehículos de superficie. Afortunadamente la
      mayor parte del Mare Crisium es muy llana. No hay ninguna de las grandes grietas
      tan corrientes y tan peligrosas en otras partes, y muy pocos cráteres o montañas
      de tamaño apreciable. Por lo que podíamos juzgar, nuestros poderosos tractores
      oruga no tendrían dificultad en llevarnos a donde quisiésemos.

      Yo era geólogo – o selenólogo, si queremos ser pedantes – al mando de un grupo
      que exploraba la región meridional del Mare. En una semana habíamos cruzado
      cien de sus millas, bordeando las faldas de las montañas de lo que había antes
      sido el antiguo mar, hace unos mil millones de años. Cuando la vida comenzaba
      sobre la Tierra, estaba ya muriendo aquí. Las aguas se iban retirando a lo largo de
      aquellos fantásticos acantilados, retirándose hacia el vacío corazón de la Luna
      Sobre la tierra que estábamos cruzando, el océano sin mareas había tenido en
      otros tiempos casi un kilómetro de profundidad, pero ahora el único vestigio de
      humedad era la escarcha que a veces se podía encontrar en cuevas donde la
      ardiente luz del sol no penetraba nunca.

      Habíamos comenzado’ nuestro viaje temprano en la lenta aurora lunar, y nos
      quedaba aún una semana de tiempo terrestre antes del anochecer. Dejábamos
      nuestro vehículo media docena de veces al día, y salíamos al exterior en los trajes
      espaciales para buscar minerales interesantes, o colocar indicaciones para gula
      de futuros viajeros. Era una rutina sin incidentes. No hay nada peligroso, ni
      siquiera especialmente emocionante en la exploración lunar Podíamos vivir
      cómodamente durante un mes en nuestros tractores a presión, y si nos
      encontrábamos con dificultades siempre podíamos pedir auxilio por radio y
      esperar a que una de nuestras naves espaciales viniese a buscarnos. Cuando eso
      ocurría se armaba siempre un gran jaleo sobre el malgasto de combustible para el
      cohete, de modo que un tractor solamente enviaba un SOS en caso de verdadera
      necesidad.
      Acabo de decir que no había nada estimulante en la exploración lunar, pero,
      naturalmente, eso no es cierto. Uno no podía nunca cansarse de aquellas
      increíbles montañas, mucho más abruptas que las suaves colinas de la Tierra.
      Cuando doblábamos los cabos y promontorios de aquel desaparecido mar, no
      sabíamos nunca qué esplendores nos iban a ser revelados. Toda la curva sur del
      Mare Crisium es un vasto delta donde veinte ríos iban antes al encuentro del
      océano, alimentados quizá por las torrenciales lluvias que debieron haber batido
      las montañas en la breve época volcánica cuando la Luna era joven. Cada uno de
      aquellos valles era una invitación, retándonos a trepar a las desconocidas tierras
      altas de más allá. Pero aún nos quedaban más de cien kilómetros por recorrer, y
      no podíamos hacer otra cosa sino contemplar con nostalgia las alturas que otros
      deberían escalar.
      A bordo del tractor seguíamos la hora terrestre, y exactamente a las 22,00
      enviábamos el mensaje final por radio, y cerrábamos para el resto del día. Fuera,
      las rocas ardían todavía bajo el sol casi vertical, pero para nosotros era de noche
      hasta que nos despertábamos ocho horas más tarde. Entonces uno de nosotros
      preparaba el desayuno, se oía mucho zumbar de máquinas de afeitar eléctricas, y
      alguien siempre ponía en marcha la radio de onda corta de la Tierra. En realidad,
      cuando el olor del tocino frito comenzaba a llenar la cabina, era a veces difícil no
      creer que estábamos de regreso en nuestro propio mundo, todo era tan normal y
      casero, excepto por la sensación de poco peso y por la extraña lentitud con que
      caían los objetos.
      Me tocaba a mí preparar el desayuno en el rincón de la cabina principal que servía
      de cocina. Después de tantos años, recuerdo aún vívidamente aquel instante,
      pues la radio acababa de tocar una de mis melodías favoritas, el viejo aire galés,
      «David de la Roca Blanca». Nuestro conductor estaba ya fuera en su traje
      espacial, inspeccionando nuestras bandas oruga. Mi ayudante, Louis Garnett,
      estaba de pie delante, haciendo algunas anotaciones en el diario de a bordo del
      día anterior.

      Mientras estaba de pie junto a la sartén, esperando, como cualquier ama de casa
      terrestre, que las salchichas se dorasen, dejé que mi mirada se pasease
      distraídamente por las paredes de la montaña que cubría todo el horizonte
      meridional, extendíéndose hasta perderse de vista hacia el Este y el Oeste, por
      debajo de la curva de la Luna. Parecían estar a unos dos kilómetros del tractor,
      pero sabía que la más cercana estaba a treinta kilómetros de distancia. En la
      Luna, como es natural, no hay pérdida de detalle con la distancia, nada de aquella
      neblina casi imperceptible que suaviza las cosas distantes de la Tierra.
      Aquellas montañas tenían tres mil metros de altura, y se erguían abruptamente
      desde la llanura, como si en edades pasadas alguna erupción subterránea las
      hubiese empujado hasta el cielo a través de la fundida corteza. La base de incluso
      la más cercana, estaba oculta de la vista por la pronunciada curvatura de la
      superficie del llano, pues la Luna es un mundo muy pequeño, y el horizonte estaba
      a solamente tres kilómetros del punto en donde me hallaba.
      Alcé los ojos hacia los picos que ningún hombre había escalado aún, picos que,
      antes de llegar la vida a la Tierra, habían contemplado cómo los océanos en
      retirada se hundían sombríamente en sus tumbas, llevándose con ellos la
      esperanza y la temprana promesa de un mundo. La luz del sol batía aquellos
      baluartes con un resplandor que hería los ojos, y sin embargo, muy poco por
      encima de ellos las estrellas brillaban fijamente en un cielo más negro que el de
      una noche de invierno en la Tierra.
      Apartaba yo la mirada cuando capté un brillo metálico en lo alto de una arista de
      un gran promontorio que se proyectaba hacia el mar, a unos cincuenta kilómetros
      hacia el Oeste. Era un punto de luz sin dimensiones, como si una estrella hubiese
      sido arrancada al cielo por uno de aquellos crueles picos, y me imaginé que
      alguna superficie lisa de roca recogía el resplandor del sol y lo reflejaba
      directamente hacia mis ojos Tales cosas no son raras. Cuando la Luna está en el
      segundo cuadrante, los observadores en la Tierra pueden ver a veces cómo las
      grandes cordilleras del Oceanus Procellarum arden con una iridiscencia azulblanca,
      al incidir sobre ellas la luz del sol y saltar de un mundo a otro. Pero tuve la
      curiosidad de saber qué clase de roca era la que tanto brillaba, y subí a la torrecilla
      de observación e hice girar hacia el Este nuestro telescopio de Díez centímetros.
      Pude ver lo suficiente para ser tentado. Claros y bien definidos en el campo visual,
      los picos de las montañas parecían estar a solamente un kilómetro, pero lo que
      fuera que captaba la luz del sol era aún demasiado pequeño para ser resuelto. Y
      sin embargo, parecía tener una elusiva simetría, y la cumbre sobre la que se
      elevaba era extrañamente plana. Contemplé largo rato aquel resplandeciente
      enigma, forzando mis ojos hacia el espacio, hasta que un olor de quemado
      procedente de la cocina me indicó que las salchichas de nuestro desayuno habían
      hecho en vano su viaje de más de un millón de kilómetros.
      Toda aquella mañana discutimos durante nuestra marcha a través del Mare
      Crisium, mientras las montañas occidentales se iban elevando hacia el cielo.
      Incluso cuando estábamos buscando minerales en nuestros trajes espaciales,
      continuamos la discusión por la radio. Mis compañeros mantenían que era
      absolutamente cierto que no había habido nunca ninguna forma de vida inteligente
      en la Luna. Los únicos seres vivientes que habían jamás existido allí, eran unas
      cuantas plantas primitivas y sus antepasados algo menos degenerados. Lo sabía
      tan bien como cualquier otro, pero hay ocasiones en que un científico no debe
      temer hacer el ridículo.

      – Escuchadme – dije al fin -, voy a subir allá aunque solamente sea para
      tranquilidad de conciencia. Aquella montaña tiene menos de cuatro mil metros de
      altura – es decir, solamente setecientos para la gravedad de la Tierra – y puedo
      hacer el recorrido en veinte horas a lo sumo. En todo caso, siempre he tenido
      ganas de subir a aquellas cumbres, y esto me proporciona una excelente excusa.
      – Si no te rompes la cabeza – dijo Garnett -, serás el hazmerreír de la expedición
      cuando volvamos a la Base. Desde ahora en adelante aquella montaña
      probablemente se llamará «La Locura de Wilson».

      – No me romperé la cabeza – dije firmemente -. ¿Quién fue el primero en ascender
      a Pico y a Helicon?
      – ¿Pero no eras bastante más joven en aquellos tiempos? – preguntó suavemente
      Louis.
      – Eso. – dije con gran dignidad – es otra razón más para ir.

      Aquella noche nos acostamos temprano, después de conducir el tractor hasta un
      kilómetro del promontorio: Garnett iba a venir conmigo a la mañana siguiente; era
      un buen alpinista, y me había acompañado con frecuencia en tales hazañas.
      Nuestro conductor estaba más que satisfecho con quedarse a cargo de la
      máquina.

      A primera vista, aquellos acantilados parecían completamente inaccesibles, pero
      para cualquiera que tenga la cabeza firme, es fácil trepar en un mundo en donde
      todos los pesos son solamente el sexto de su valor normal. El verdadero peligro
      del alpinismo lunar estriba en un exceso de confianza; una caída de cien metros
      en la Luna puede, matar con tanta seguridad como una veinte en la Tierra.
      Hicimos nuestra primera parada sobre una repisa a unos mil metros sobre el llano.
      La ascensión no había sido muy difícil, pero mis miembros estaban algo rígidos
      por el desacostumbrado esfuerzo, y me alegré del descanso. Podíamos todavía
      ver al tractor como si fuese un pequeño insecto metálico allá a lo lejos, al pie del
      acantilado, e informamos al conductor sobre la marcha de nuestra ascensión
      antes de partir de nuevo.

      De hora en hora nuestro horizonte se fue ensanchando, y una porción cada vez
      mayor de la llanura se fue haciendo visible. Podíamos ahora ver hasta ochenta
      kilómetros a través del Mare, incluso los picos de las montañas de la costa
      opuesta, a más de ciento sesenta kilómetros. Pocas llanuras lunares son tan
      planas como el Mare Crísium, y hasta podíamos imaginarnos que había un mar de
      agua y no de roca a tres kilómetros por debajo de nosotros. Solamente un grupo
      de agujeros de cráteres hacia el final del horizonte estropeaba la ilusión.
      Nuestro objetivo seguía invisible sobre la arista de la montaña, y nos orientábamos
      por medio de mapas empleando la Tierra como guía. Casi exactamente al Este de
      nosotros, aquel gran creciente de plata pendía bajo sobre la llanura, ya muy en su
      primer cuadrante. El sol y las estrellas seguirían su lenta marcha a través del cielo
      y acabarían por desaparecer de la vista, pero la Tierra siempre estaría allí, sin
      moverse nunca de su lugar fijo, creciendo y menguando a medida que iban
      pasando los años y las estaciones. Dentro de diez días seria un disco cegador que
      bañaría aquellas rocas con su resplandor de medianoche, cincuenta veces mas
      brillante que la luna llena. Pero teníamos que salir de las montañas mucho antes
      de la noche, o nos quedaríamos en ellas para Siempre.

      En el interior de nuestros trajes estábamos confortablemente frescos, pues las
      unidades de refrigeración combatían al feroz sol y extraían el calor corporal de
      nuestros esfuerzos. Rara vez nos hablábamos, salvo para comunicarnos
      instrucciones de escalada, y para discutir nuestro mejor plan de ascensión. No sé
      lo que pensaba Garnett, probablemente que aquella era la aventura más
      descabellada en que se había metido en su vida. Yo casi estaba de acuerdo con
      él, pero el gozo de la ascensión, el saber que ningún hombre había pasado antes
      por allí y le sensación vivificadora ante el paisaje que se ensanchaba, me
      proporcionaba toda la recompensa que necesitaba.

      No creo haberme sentido especialmente agitado cuando vi frente a nosotros la
      pared de roca que había antes inspeccionado a través del telescopio desde una
      distancia de cincuenta kilómetros. Se hacía llana a unos veinte metros sobre
      nuestras cabezas, y allí, sobre la meseta, estaba lo que me había atraído a través
      de todos aquellos desolados yermos. Casi con seguridad no seria sino una roca
      astillada hacía siglos por un meteoro en su caída, con sus planos de escisión
      nuevos y brillantes en aquel incorruptible e inalterable silencio.

      No había en la roca dónde asirse con las manos, y tuvimos que emplear un pitón.
      Mis cansados brazos parecieron recobrar nuevas fuerzas cuando hice girar sobre
      mi cabeza el ancla metálica de tres dientes y la lancé en dirección a las estrellas.
      La primera vez no agarró, y volvió cayendo lentamente cuando tiramos de la
      cuerda. Al tercer intento los tres dientes se fijaron fuertemente, y no pudimos
      arrancarlos aunando nuestros esfuerzos.
      Garnett me miró ansiosamente. Comprendí que quería ir primero, pero le sonreí
      desde detrás del vidrio de mi casco, y denegué con la cabeza. Lentamente, sin
      apresurarme, comencé la ascensión final.
      Incluso contando mi traje espacial, aquí solamente pesaba unos veinte kilos, de
      modo que me icé con las manos, sin preocuparme de utilizar los pies. Al llegar al
      borde me detuve y saludé a mi compañero, luego acabé de subir y me alcé,
      mirando enfrente de mí.

      Debéis comprender que hasta aquel momento había estado casi convencido de
      que no podía encontrar allí nada extraño ni desacostumbrado. Casi, pero no del
      todo; había sido precisamente aquella duda llena de misterio la que me había
      impulsado hacia adelante. Pues bien, no era ya una duda, pero el misterio apenas
      había comenzado.
      Me encontraba ahora sobre una meseta que tendría quizá unos treinta metros de
      ancho. Había sido lisa en un tiempo – demasiado lisa para ser natural – pero los
      meteoros en su caída habían marcado y perforado su superficie en el transcurso
      de incontables inmensidades de tiempo. Había sido aplanada para soportar una
      estructura aproximadamente piramidal, de una altura doble de la de un hombre,
      engastada en la roca.
      Probablemente ninguna emoción llenó mi mente durante aquellos primeros
      segundos. Luego sentí una inmensa euforia, y una alegría extraña e inexplicable.
      Pues yo amaba a la Luna, y ahora sabía que el musgo rastrero de Aristarco y
      Eratóstenes no era la única vida que había soportado en su juventud. El viejo y
      desacreditado sueño de los primeros exploradores era cierto. Al fin y al cabo,
      había habido una civilización lunar, y yo era el primero en encontrarla. El hecho de
      que había llegado quizá cien millones de años demasiado tarde, no me
      perturbaba; era suficiente haber llegado.
      Mi mente comenzaba a funcionar normalmente, a analizar y a formular preguntas.
      ¿Era eso un edificio, un santuario o algo para lo cual mi lenguaje carecía de
      palabra? Si un edificio, ¿entonces por qué había sido erigido en lugar tan
      inaccesible? Me preguntaba si podría haber sido un templo, y me imaginaba a los
      adeptos de algún extraño sacerdocio clamando a sus dioses que les salvasen,
      mientras la vida de la Luna refluía con los agonizantes océanos: ¡clamando en
      vano!

      Adelanté una docena de pasos para examinar más de cerca aquello, pero un
      cierto instinto de precaución me impidió acercarme demasiado. Sabia algo de
      arqueología, e intenté adivinar el nivel cultural de la civilización que había alisado
      aquella montaña, y levantado aquellas brillantes superficies especulares que
      deslumbraban aún mis ojos.

      Los egipcios pudieron haberlo hecho, pensé, si sus trabajadores hubiesen poseído
      los extraños materiales que esos arquitectos, mucho más antiguos, habían
      empleado. Debido al pequeño tamaño de aquel objeto no se me ocurrió pensar
      que quizá estaba contemplando la obra de una raza mas adelantada que la mía.
      La idea de que la Luna había poseído alguna inteligencia era aun demasiado
      inusitada para ser asimilada, y mi orgullo no me permitía dar el último y humillante
      salto.
      Y entonces observé algo que me produjo un escalofrío por el cuero cabelludo y la
      espina dorsal, algo tan trivial e inocente que muchos ni siquiera lo hubiesen
      notado. Ya he dicho que la meseta presentaba cicatrices de meteoros: estaba
      también cubierta por algunos centímetros del polvo cósmico que está siempre
      filtrándose sobre la superficie de todos los mundos donde no hay vientos que lo
      perturben. Y sin embargo, el polvo y las marcas de los meteoros terminaban
      abruptamente en un círculo que incluía a la pequeña pirámide, como si una
      barrera invisible la protegiese de los estragos del tiempo y del lento pero incesante
      bombardeo del espacio.

      Algo gritaba en mis auriculares, y me di cuenta de que Garnett me había estado
      llamando desde hacia algún tiempo. Me dirigí vacilante hasta el borde del
      acantilado, y le señalé para que viniese a unirse conmigo pues no osaba hablar.
      Luego volví al círculo señalado sobre el polvo. Cogí un fragmento de roca y lo
      arrojé suavemente hacia el brillante enigma. No me hubiese sorprendido Si el
      guijarro hubiese desaparecido en aquella barrera invisible, pero parecía tocar una
      superficie lisa, hemisférica, y resbalar suavemente hasta el suelo.
      Supe entonces que estaba contemplando algo que no tenía equivalente en la
      antigüedad de mi propia raza. Aquello no era un edificio, sino una máquina, que se
      protegía con fuerzas que habían desafiado a la eternidad. Aquellas fuerzas,
      cualesquiera que fuesen, operaban aún, y quizá me había acercado ya
      demasiado. Pensé en todas las radiaciones que el hombre había capturado y
      dominado durante el pasado siglo. Podía muy bien ser que estuviese ya tan
      irrevocablemente condenado como si hubiese entrado en el aura silenciosa y
      mortífera de una pila atómica sin protección.

      Recuerdo que entonces me volví hacia Garrett, quien se me había reunido y
      estaba de pie e inmóvil a mi lado. Parecía haberse olvidado de mi, de modo que
      no le perturbé, sino que me dirigí hacia el borde del acantilado, esforzándome por
      ordenar mis pensamientos. Allá abajo estaba el Mare Crisium, extraño y misterioso
      para la mayoría de los hombres, pero tranquilizadoramente familiar para mí.
      Levanté los ojos hacia la media Tierra, yacente en su cuna de estrellas, y me
      pregunté qué habrían cubierto sus nubes cuando esos desconocidos
      constructores habían terminado su trabajo. ¿Era la jungla llena de vapores del
      Carbonífero, la desolada costa sobre la cual debían trepar los primeros anfibios
      para conquistar la Tierra, o, antes aún, la larga soledad precursora de la llegada
      de la vida?

      No me preguntéis por qué no adiviné antes la verdad, la verdad que ahora parece
      tan obvia. En la primera exaltación de mi descubrimiento había asumido sin
      titubear que aquella aparición cristalina había sido construida por alguna raza
      perteneciente al remoto pasado de la Luna, pero de repente y con avasalladora
      fuerza, se hizo en mí la certeza de que era tan extranjera a la Luna como yo
      mismo.
      En veinte años no habíamos encontrado otros vestigios de vida sino unas cuantas
      plantas degeneradas. Ninguna civilización lunar, cualquiera que hubiese sido su
      fin, podía haber dejado no más que un solo testimonio de su existencia.
      Miré nuevamente a la brillante pirámide, y me pareció aún más remota que todo lo
      que se relacionaba con la Luna. Y de repente sentí que me estremecía con una
      risa alocada e histérica, ocasionada por la exaltación y el exceso de fatiga; pues
      me había imaginado que la pequeña pirámide me hablaba diciéndome: «Lo siento,
      pero yo tampoco soy de aquí. »

      Hemos tardado veinte años en quebrantar aquella invisible coraza y en llegar a la
      máquina del interior de aquellas paredes de cristal. Lo que no podíamos
      comprender, lo rompimos al fin con la salvaje fuerza de la energía atómica, y
      ahora he visto los fragmentos de aquella hermosa y resplandeciente cosa que
      encontré en la montaña.
      Carecen de sentido. Los mecanismos – si es que en realidad son mecanismos – de
      la pirámide, pertenecen a una tecnología que se encuentra mucho más allá de
      nuestro horizonte, quizá a la tecnología de las fuerzas parafísicas.
      El misterio nos obsesiona tanto más ahora que los otros planetas han sido
      alcanzados, y que sabemos que solamente la Tierra ha sido el hogar de la vida
      inteligente. Ni tampoco ninguna civilización perdida de nuestro propio mundo pudo
      nunca haber construido aquella máquina, pues el espesor del polvo meteórico
      sobre la meseta nos ha permitido calcular su edad. Estaba ya allí, sobre su
      montaña, antes de que la vida hubiese emergido de los mares de la Tierra.
      Cuando nuestro mundo tenía la mitad de su presente edad, algo procedente de las
      estrellas pasó a través del Sistema Solar, dejó aquella señal de su paso, y
      prosiguió su camino. Hasta que la destruimos, aquella máquina seguía cumpliendo
      la misión de sus constructores; y en cuanto a esa misión, he aquí lo que yo
      presumo:

      Hay cerca de cien mil millones de estrellas en el circulo de la Vía Láctea, y hace
      mucho tiempo que otras razas en los mundos de otros soles deben haber
      alcanzado y superado las alturas que nosotros hemos alcanzado. Pensad en tales
      civilizaciones, lejanas en el tiempo, en el resplandor mortecino que siguió a la
      Creación, dueñas de un Universo tan joven que la vida había llegado solamente a
      un puñado de mundos. De ellas hubiese sido una soledad que no podemos
      imaginarnos, la soledad de dioses que buscan a través del infinito, y que no
      encuentran a nadie con quien compartir sus pensamientos.
      Debieron de haber estado buscando por los racimes de estrellas del modo que
      nosotros rebuscamos por entre los planetas. Debía de haber mundos por todas
      partes, pero debían de estar vacíos, o poblados de cosas rastreras y sin mente.
      Tal era nuestra propia Tierra, con el humo de sus grandes volcanes que
      manchaba aún su cielo, cuando aquella primera nave de los pueblos de la aurora
      llegó desde los abismos de más allá de Plutón. Pasó los helados mundos
      externos, sabiendo que la vida no podría desempeñar parte alguna en sus
      destinos. Se detuvo entre los planetas interiores, calentándose al calor del Sol y
      esperando que comenzasen sus historias.

      Aquellos vagabundos debieron de haber contemplado la Tierra, que giraba en la
      estrecha zona entre el hielo y el fuego, y debieron de adivinar que era el favorito
      entre los hijos del Sol. Aquí habría inteligencia; pero tenían incontables estrellas
      delante de sí, y quizá nunca más volviesen por aquí.
      Y así fue que dejaron un centinela, uno de los millones que han dispersado por
      todo el universo, para que vigilen los mundos con promesa de vida. Era un faro
      que a través de las edades ha venido señalando pacientemente el hecho de que
      nadie lo había descubierto.
      Quizá comprenderéis por qué colocada aquella pirámide de cristal sobre la Luna
      en lugar de sobre la Tierra. A sus constructores no los interesaban las razas que
      estaban aún luchando por salir del salvajismo. Solamente les interesaría nuestra
      civilización si demostramos nuestra aptitud para sobrevivir al espacio y
      escapándonos así de nuestra cuna, la Tierra. Ese es el reto con que todas las
      razas inteligentes tienen que enfrentarse, mas tarde o más temprano. Es un reto
      doble, pues depende a su vez de la conquista de la energía atómica y de la ultima
      elección entre la vida y la muerte.

      Una vez hubiésemos superado aquella crisis sería solamente cuestión de tiempo
      el que encontrásemos la pirámide y la abriésemos. Ahora habrán cesado sus
      señales y aquellos cuyo deber sea éste estarán dirigiendo sus mentes hacia la
      Tierra. Quizá deseen ayudar a nuestra joven civilización. Pero deben de ser muy,
      muy viejos, y los viejos tienen can frecuencia una envidia loca de los jóvenes.
      No puedo nunca mirar la Vía Láctea sin preguntarme de cuál de aquellas
      compactas nubes de estrellas vendrán los emisarios. Si me perdonáis un símil tan
      prosaico, diré que hemos roto el cristal de la alarma de bomberos, y no nos queda
      más que hacer sino esperar.
      Y no creo que tengamos que esperar mucho.

      La Estrella

      Arthur C. Clarke

      Hay tres mil años luz hasta el Vaticano. En otro tiempo creía que el espacio no
      podía alterar la fe; y lo creía al igual que consideraba fuera de duda el que los
      cielos cantaran la gloria de la obra de Dios. A la sazón he visto esa obra y mi fe se
      encuentra considerablemente minada.

      Contemplo el crucifijo que pende en la pared de la cabina sobre el ordenador Mark
      VI y por primera vez en mi vida me pregunto si no será un símbolo vacuo.
      No he hablado con nadie todavía, pero la verdad no puede ocultarse. Los datos
      existen para que alguien los observe, registrados como están en millas incontables
      de cinta magnética y miles de fotografías que llevamos de regreso a la Tierra.
      Otros científicos las interpretarán tan fácilmente como yo; más fácilmente, sin
      duda. No soy quien para simular la manipulación de la verdad que tan pésimo
      prestigio proporcionó a mi orden en los días pasados.
      La tripulación está ya bastante deprimida; me pregunto cómo se tomarán esta
      última ironía. Pocos de cuantos la componen tienen una fe religiosa, y, no
      obstante, no se aprovecharán de este arma definitiva usándola contra mí; guerra
      privada, honrada pero fundamentalmente seria, que ha tenido lugar durante todo
      el trayecto desde que salimos de la Tierra. Era divertido tener a un jesuita de
      Primer Astrofísico. El doctor Chandler, por ejemplo, nunca pudo asimilarlo del todo
      (¿por qué serán ateos tan notorios los hombres entregados a la medicina?). A
      veces me encontraba ante el tablero de observación, donde las luces permanecen
      siempre amortiguadas y el resplandor de las estrellas con gloria inalterada. Se me
      acercaba entonces y se quedaba contemplando el exterior por la gran escotilla
      oval, mientras los cielos giraban con lentitud en torno de nosotros a medida que la
      nave se balanceaba de punta a punta con la escora que no nos habíamos
      molestado en corregir.

      -Bueno, padre -acababa diciendo al final-. Esto prosigue una eternidad tras otra;
      acaso lo hizo Alguien. Sin embargo, ¿cómo puede creer usted que ese Alguien ha
      de tener un interés especial en nosotros y en nuestro miserable mundillo? Esto es
      lo que no puedo entender. -Comenzaba entonces la disputa, mientras las estrellas
      y las nebulosas giraban en derredor de nosotros en silenciosos e infinitos arcos
      que se abrían del otro lado del plástico de la escotilla de observación.
      En mi sentir, era la aparente incongruencia de mi posición lo que, de veras,
      divertía a la tripulación. En vano argumentaba yo con mis tres artículos en el Diario
      Astrofísico y mis cinco de Noticias Mensuales de la Real Sociedad Astronómica.
      Les recordaba que nuestra orden había conseguido no poca fama por sus trabajos
      científicos. Podíamos quedar pocos ya, pero desde el siglo XVIII habíamos hecho
      aportes a la astronomía y la geofísica que no podían ni siquiera evaluarse.
      ¿Dará al traste con mil años de historia mi informe sobre la Nebulosa del Fénix?
      Me temo, empero, que dará al traste con muchas más cosas.
      No sé quién bautizó a la nebulosa con ese nombre que tan malo me parece. Si
      contiene una profecía, ésta no podrá verificarse hasta dentro de mil años. Hasta la
      palabra «nebulosa» es equívoca, ya que el Fénix es mucho más pequeño que
      esas magníficas acumulaciones de gas (la materia de las estrellas nonatas) que
      se esparcen por toda la longitud de la Vía Láctea. En escala cósmica, por
      supuesto, la Nebulosa del Fénix es una cabeza de alfiler, una tenue cáscara de
      gas que rodea a una estrella única.

      O lo que queda de esa estrella…
      Mientras se alza por encima de las líneas del espectrofotómetro, la rubensiana
      pesadez de Loyola parece burlarse de mí. ¿Qué habrías hecho tú, Padre, con este
      conocimiento que me ha sobrevenido, tan alejado del pequeño mundo que era
      todo el universo que tú conociste? ¿Habría triunfado tu fe en la prueba, como la
      mía ha fallado ante ella?
      Miras en la distancia, Padre, pero por mi parte he ido más allá de lo que pudieras
      haber imaginado cuando fundaste nuestra orden hace dos mil años. Ninguna otra
      nave investigadora ha ido tan lejos de la Tierra; nos encontramos en las
      mismísimas fronteras del universo explorado. Nos propusimos alcanzar la
      Nebulosa del Fénix, lo conseguimos, y regresamos con el conocimiento sobre
      nuestros hombros. Desearía liberar mis hombros de esa carga, pero en vano te
      invoco a través de los siglos y los años luz que se alzan entre nosotros
      .
      Las palabras son transparentes en tu libro de reglas. AD MAIOREM DEI
      GLORIAM, dice el mensaje, pero se trata de un mensaje en que ya no puedo
      creer. ¿Habrías seguido creyendo tú de haber visto lo que hemos encontrado?
      Por supuesto, sabíamos lo que era la Nebulosa del Fénix. Todos los años, sólo en
      nuestra galaxia explotaban más de cien estrellas, aumentando durante horas o
      días su fulgor en miles de veces antes de sumergirse en la muerte y la negrura.
      Son las novas ordinarias, las consabidas catástrofes del universo. He registrado
      los espectrogramas y curvas de luz de docenas de ellas desde que comencé a
      trabajar en el observatorio lunar.
      Pero tres o cuatro veces cada mil años tiene lugar algo distinto junto a lo que
      hasta una nova palidece con total insignificancia.
      Cuando una estrella se convierte en supernova puede, durante un breve instante,
      apagar el brillo de todos los soles de la galaxia. Los astrónomos chinos detectaron
      una en 1054 sin saber que fenómeno fue. Cinco siglos más tarde, en 1572, estalló
      una supernova en Casiopea con tanto brillo que fue visible a la luz del día. En los
      mil años transcurridos desde esa fecha han tenido lugar tres explosiones más.
      Nuestra misión era visitar los restos de una catástrofe tal para reconstruir los
      sucesos que la habían precedido y, de ser posible, saber la causa. Nos
      adentramos con cautela en las capas concéntricas de gas que habían estallado
      tres mil años antes y que se encontraban todavía en expansión. El calor era
      inmenso y radiaba aún con feroz luz violeta, demasiado tenue empero para
      hacernos daño. Cuando la estrella explotó, sus estratos exteriores irrumpieron
      hacia arriba con velocidad tal que habían salido por completo de su campo de
      gravitación. Hoy forman un caparazón hueco tan grande que puede abarcar mil
      sistemas solares, rodeando lo que brilla y arde en su centro y que no es sino el
      objeto fantástico que es ahora la estrella: una masa blanca, más pequeña que la
      Tierra, pero con un peso un millón de veces mayor.

      Las capas de gas brillante nos rodeaban y desvanecían la noche normal de los
      espacios interestelares. Volamos en el interior de una bomba cósmica que había
      detonado milenios atrás y cuyos fragmentos incandescentes eran todavía metralla.
      La inmensa escala de la explosión y el hecho que su onda expansiva hubiera
      alcanzado ya un volumen de espacio de muchos billones de millas, despojaba a la
      escena de todo movimiento perceptible. Un ojo desnudo tardaría décadas antes
      de captar un movimiento en las torturadas espirales de gas; sin embargo, la
      sensación del estallido lo dominaba todo.
      Habíamos comprobado nuestra dirección primaria horas antes y nos
      encaminábamos despacio hacia la pequeña estrella que teníamos al frente. Había
      sido un sol como el nuestro en otro tiempo, pero había despilfarrado en pocas
      horas la energía que habría mantenido su brillo durante un millón de años. A la
      sazón se encontraba como un tacaño desplumado que escatimara sus recursos
      en un intento de reparar su pródiga juventud.
      Seriamente, nadie esperaba encontrar planetas. Si alguno hubo antes de la
      explosión se habría convertido en ráfagas de vapor y su sustancia se habría
      confundido con la estructura de la estrella misma. Pese a todo investigamos
      rutinariamente, como siempre que nos aproximábamos a un sol desconocido, y
      dimos con un mundo diminuto que daba vueltas en torno de la estrella a una
      distancia inmensa. Tenía que haberse tratado del Plutón de aquel desvanecido
      sistema solar, dando vueltas en las fronteras de la noche. Demasiado lejos del sol
      central para haber conocido la vida, su distancia misma lo había salvado del
      destino que sin duda habían seguido todos sus compañeros.
      Los fuegos de la explosión habían afectado su capa rocosa y quemado la costra
      de gas helado que en sus días lo habría cubierto. Aterrizamos y encontramos la
      bóveda.

      Sus constructores hicieron seguramente lo mismo que habríamos hecho nosotros.
      La señal monolítica que se erguía sobre la entrada era a la sazón una masa
      fundida, pero desde que tomamos las primeras fotografías desde lejos supimos
      que aquello había sido obra de la inteligencia. Poco después detectamos la capa
      de radiactividad que había quedado enterrada en la roca. Aún cuando el pilón que
      descollaba sobre la Bóveda hubiera sido destruido, esta capa habría permanecido,
      inmóvil, pero como faro eterno que llamaba a las estrellas. Nuestra nave
      descendió hacia aquel gigantesco ojo de buey como una flecha corre hacia la
      diana.
      El pilón debió alcanzar una milla de altura cuando fue construido, pero a la sazón
      parecía un cabo de vela que hubiera sido derretido y convertido en amasijo de
      cera. Nos costó una semana pasar por la capa rocosa fundida, ya que no
      teníamos las herramientas apropiadas para el caso. Nuestro programa original fue
      dejado de lado; aquel monumento solitario, que hablaba de un trabajo realizado a
      una distancia tan grande del sol destruido, sólo podía tener un sentido. Una
      civilización que supo cercana su muerte había alzado su último adiós a la
      inmortalidad.
      Habríamos tardado generaciones enteras en examinar todos los tesoros que
      encontramos en la Bóveda. Ellos tuvieron mucho tiempo para prepararla, ya que el
      sol debió dar sus primeros avisos muchos años antes de la explosión final. Todo lo
      que quisieron preservar, todos los frutos de su genio, lo llevaron hasta aquel
      mundo distante en los días que precedieron al fin, esperando que cualquier otra
      raza los encontrara y no hiciera caso omiso de ellos.

      ¡Si hubieran tenido un poco más de tiempo! Podían viajar con soltura de un
      planeta a otro, pero todavía no habían aprendido a salvar los golfos interestelares;
      y el sistema solar más cercano se encontraba a cien años luz de distancia.
      Aun cuando no hubieran sido tan intranquilizadoramente humanos como
      mostraban sus esculturas, no hubiéramos podido menos que admirarlos y
      lamentar su destino. Dejaron miles de registros visuales y máquinas para
      proyectarlos, junto con elaboradas instrucciones gráficas de las que no resultaba
      difícil deducir su lenguaje escrito. Examinamos muchos de aquellos registros y
      revivimos con ellos por vez primera, en seis mil años, la calidez y hermosura de
      una civilización que tuvo que ser superior a la nuestra de muchas maneras. Acaso
      habían dejado memoria sólo de lo mejor. Pero sus mundos eran encantadores y
      sus ciudades habían sido construidas con una gracia que se relacionaba con la de
      cualquiera de las nuestras. Las contemplamos en pleno funcionamiento y
      escuchamos su habla musical a través de las centurias. Recuerdo todavía una
      viva escena: un grupo de niños en un banco de extraña arena azul jugaban con
      las olas como los niños juegan en la Tierra.
      Y hundiéndose en el horizonte, todavía cálido, amable y vitalizador, se encontraba
      aquel sol que pronto habría de trocarse en traidor y de olvidarse de toda aquella
      felicidad inocente.

      Posiblemente, de no haber estado tan lejos de la Tierra y de no habernos
      encontrado por ende tan propensos a la soledad, no nos habríamos conmovido
      tanto. Muchos habíamos visto ruinas de antiguas civilizaciones en otros mundos,
      pero nunca nos habían afectado tan profundamente.
      La tragedia era única. Para una raza, sucumbir y decaer era una cosa, como las
      naciones y las culturas habían hecho en la Tierra. Pero ser destruida tan
      completamente en pleno florecimiento, sin dejar supervivientes… ¿cómo podía
      conciliarse ello con la misericordia de Dios?
      Mis colegas me preguntaron esto y les di las respuestas que supe. Acaso tú lo
      habrías hecho mejor, Pader Loyola, pero nada he encontrado en los Ejercicios
      Espirituales que pueda servirme. No habían sido malvados; no sé a qué dioses
      adoraban, si acaso adoraban a alguno. Pero los he visto después de muchos
      siglos y he contemplado durante largos instantes el empeño que pusieron en su
      último esfuerzo por preservarse mientras ese empeño era iluminado por el sol que
      estaba amenazado.

      Sé las respuestas que me darán mis colegas cuando regrese a la Tierra. Dirán
      que el universo no tiene propósito ni plan, puesto que cada año explotan cien
      soles, en este mismo instante hay una raza en algún lugar del espacio que se
      encuentra en trance de extinción. Tanto si ha obrado bien como si ha obrado mal
      en el curso de su existencia, ello no cuenta a la hora definitiva; no hay justicia
      divina porque no hay Dios.

      No obstante, por supuesto, cuanto hemos visto no prueba nada. Quien
      argumentase así estaría sometido a las leyes de la emoción, no de la lógica. Dios
      no necesita justificar sus actos ante los hombres. Aquel que hizo el universo
      puede destruirlo cuando quiera. Es una arrogancia ¾peligrosamente próxima a la
      blasfemia¾ el decir lo que puede y no puede hacer.
      A pesar de los mundos y las civilizaciones incluidas en esta consideración, podría
      haber aceptado este razonamiento. Pero hay un punto en el que la fe más
      profunda se resquebraja y, a la sazón, una vez hechos mis cálculos, he alcanzado
      ese punto.

      Antes de llegar a la nebulosa nos era imposible decir cuándo se había producido
      la explosión. No obstante, a la sazón, gracias a la evidencia astronómica y a los
      registros encontrados en el planeta superviviente, he podido fechar la catástrofe
      con precisión. Sé en qué año llegó a la Tierra la luz despedida por aquel estruendo
      colosal. Sé con qué brillantez lució en los cielos terrestres la supernova cuyo
      cadáver relampagueaba mortecinamente tras nuestra nave. Sé también lo que
      ocasionó un resplandor a poca altura, antes del alba, brillando como un faro en el
      oriente.
      Razonablemente no puede haber dudas; el viejo misterio está resuelto por fin. Sin
      embargo… Señor, había tantas estrellas que pudiste haber usado…
      ¿Qué necesidad había de llevar a aquellas gentes a la destrucción y que el signo
      de su aniquilación resplandeciese sobre Belén?