Abrazo Universal

Abrazo Universal


 

Kurt contempló el vacío que se abría ante él. La Aureon vagaba sin rumbo en la inmensidad del cosmos. Cerró los ojos e intentó percibir algún sonido. Nada. El silencioso vacío sobrecogía cada sala baldía del crucero interestelar.

Corrió desesperado a través de los oscuros pasillos, gritó para que alguien le oyese, abrió cada camarote en busca de alguien, de algo….

Los 60 metros de largo de la Aueron no contenían más vida que la suya propia, las más de 30 habitaciones reflejaban quietud y  un silencio misterioso. Él era el único superviviente, él estaba sólo en aquel inmenso crucero.

Sus pálidas manos entraron en contacto con el frío metal de las paredes, sus dedos se deslizaban suave y armoniosamente, como el dulce vuelo de una mariposa en una tórrida tarde de verano.

La Aueron se desplazaba sutilmente a través del espacio, era un imperceptible resplandor dorado en aquel inmenso manto de estrellas. Vagaba errante, sin rumbo, como un alma condenada al purgatorio, pero pese al desdichado final que acontecía a la fragata, esta se movía elegantemente, con movimientos dóciles y ágiles, el universo parecía querer acoger eternamente a esa hija metálica.

¿Por qué él no gozaba de aquella armonía perfecta? Quería liberarse de su pesada carga, quería liberarse de su mundana vida y entregarse al cosmos, quería experimentar aquel vacío místico que hacía que incluso la más terrorífica de las situaciones pareciese bella.


Nadie comprendía lo que él sentía. Le tildaban de loco, de fanático inepto. Aquellos corrompidos hombres de pulcra bata blanca pero de perversas cabezas le habían humillado. Para ellos todo aquello tenía una explicación lógica, pensaban que eran capaces de cuantificar y dominar al universo.

El Universo es impredecible, al igual que la vida. No tienes límites, pues la imaginación de Dios no conoce de fronteras, ¿acaso si la imaginación de Dios tuviese límites hubiese podido crear algo tan místico , complejo y bello a la vez como es el universo? No lo entendían, jamás dominarían a algo tan perfecto, a algo que es símbolo inequívoco de la presencia de Dios. Pero el humano es un ser autodestructivo, y cuanto más tienen más quieren, sin comprender que hay cosas tan bellas y únicas que no deben de alterarse.

Él merecía recibir el abrazo del cosmos, había cumplido su sueño. La vida es un paso más, un camino de penurias y sufrimiento, el cual debe de cruzarse para alcanzar un estado superior, de armonía con uno mismo y con Él. El Universo es lo más parecido a ese estado. Siempre calmado e imperturbable, infinito, sin limitaciones. No hay violencia, pues no hay nada, no hay ambición ni penurias, pues Dios no es ambicioso, y su espejo, el cosmos, tampoco lo es. Su tranquilidad ha enloquecido a muchos, pero a él no. Quería dar el salto a ese estado de armonía que mantiene al universo estático, quería fundirse en el abrazo de la dulce eternidad, donde lo físico no importa y nada tiene una razón de ser, pero hay paz, y eso es todo lo que necesita.

Veía en las constelaciones el reflejo de la sonrisa de su madre. Ella hubiese querido estar ahí, ella fue lo más cercano que estuvo de alcanzar la felicidad plena. La vida, el azar y el infortunio de la desequilibrada balanza de la existencia la habían reclamado, pero no culpaba a nadie, la vida terrenal era asi, pero en el lugar donde se encontraba ya nada importaba. Se sentía en paz consigo mismo, y la tristeza era un recuerdo exiguo de toda importancia para él.

Llevó su arrugada mano al amuleto que pendía de su pecho. La Aueron seguía su ruta, sin dilación ni rumbo, calmada. La esclusa de las bodegas se abrió, y con elegante paso se adentró en dicha estancia. Una ligera brisa recorrió sus extremidades, produciéndole cierto escalofrío. Comtempló pasivamente los cadáveres de todos y cada uno de sus compañeros, los cuales yacían en el frío suelo de la habitación. Ellos ya se habían sumido en el estado definitivo, se sentía orgulloso de haber contribuido a ello. Al principio se opusieron a su plan, pero cuando abrió las puertas de desecho residual y las bombonas de dióxido se dilataron y emanaron sus dulces vapores, no pudieron sino rendirse al abrazo eterno de lo infinito. Una sonrisa recorría sus rostros, con expresiones de paz se habían sumido en el sueño eterno. Ahora estaban en un lugar mejor, lejos de la penuria de la mortalidad.

Pocos comprenderían sus motivaciones, lo sabía. Pero él estaba por encima de todo aquello, sus acciones le reportaban paz y satisfacción, y no quería que la imperfección de la cual Dios dotó al hombre hiciese que su obra culmen se viese profanada. En los tiempos que corrían, la fe ya no existía en los corazones de los hombres, confiaban su vida a la ciencia, sin saber que todas esas teorías eran huecas, y no daban solución al misterio de la vida, el cual había que reconocer y no tener miedo a la hora de afrontar el último paso.

Corrió como un niño por los intrincados y pulcros pasillos del crucero, reía y lloraba de alegría, pues al fin se reuniría con el ser que le abrió los ojos. Sus pulmones bombeaban oxígeno y su diafragma se agitaba intensamente de manera sincronizada, su corazón volvía a latir deprisa, la sangre le fluía de nuevo por las venas. Tras tanto tiempo sin disfrutar ni gozar lloraba de alegría en medio de una nave errante en medio del infinito. Podría parecer un loco, pero su sonrisa infantil denotaba una sinceridad y calma pasmosas.

Al fin volvía a sentir la felicidad que su madre le inculcó.

Entró en la estancia principal de la nave. Una voluminosa sala de recreo con una cafetería. Sobre su cabeza, una amplia bóveda dejaba ver el firmamento, las amplias mesas con tupidos centros permitían al huésped disfrutar de una velada inigualable, la mayoría de la sala estaba compuesta por cristaleras abatibles, iluminadas por luces azules claras que conferían a la estancia un toque de distinción.


En medio de la sala, bajo la prominente cúpula, unos plácidos sillones aguardaban a que alguien se posara dócilmente sobre ellos para proporcionarle un dlce sueño. En la parte norte del salón, un gran piano de blanco reluciente aseguraba un acompañamiento musical solo digno de tan noble artefacto.

Su cuerpo cayó como una piedra en el sillón, agotado tras la jovial actividad. Poco a poco cerró los ojos sumiéndose en un profundo estado de letargo.



La música empezó a sonar. Una suave melodía despertó sus sentidos, el dulce sonar de un piano. La melodía le era muy familiar, y acto seguido empezó a acompasar la melodía con sus manos mientras dejaba que cada nota penetrara aún más hondo en su conciencia. La melodía se tornó en un hecho, y la emoción le embargó. Los suaves compases iniciales del Ave María de Schubert agudizaron su oído.


Una imagen recorrió su cabeza, era un niño correteando por un verde jardín de lustrosos árboles con copas bien definidas y ralas, que dejaban pasar los calurosos rayos del Sol. Sobre una mesa de estilo colonial se situaban vasos de dulce granizado de limón y un colgante con una virgen sirviente estampado en el mismo.

Tras el niño corría una joven mujer de larga melena morena. Su cara era delgada y sin imperfección alguna, lisa como una manta de suave algodón. Unos protuberantes ojos verdes conferían un aspecto místico a aquella fémina de sensuales atractivos y marcadas caderas. No tardó en reconocer en aquella musa semidivina a su madre. El niño se dejó caer en la húmeda hierba exhausto al igual que el mismo hace escaso tiempo, era como verse a si mismo reflejado, su infancia más tierna a través de sus ojos…

La inocente infancia que a todos nos seduce y abandona.

Su madre se tiró al suelo y le cogió por su delgada cintura. Los dos se reían ininterrumpida mente, aquel amor fraternal hubiese podido mover la más alta de las montañas.

Se sentaron juntos en una silla, su madre cogió delicadamente el amuleto y se lo puso en el cuello, a la altura de su poco formado torso.

Y de repente, de la boca de su madre empezó a surgir la letra de aquel indescriptible Ave María que cegaba los sentidos y frenaba el cosmos. Con una voz melosa y dulce, el niño cerró sus castaños ojos a la vez que el anciano que yacía tumbado en el sillón de la Aueron.

De la voz de su madre surgió aquella divina canción….

Ave maria
Gratia plena
Maria, gratia plena
Maria, gratia plena

De los ojos del niño empezaron a brotar lágrimas de felicidad, no quería que todo aquello terminase, era lo más parecido al paraíso que jamás alcanzaría a comtemplar en este vida.

Ave, ave dominus, Dominus tecum.
Benedicta tu in mulieribus Et benedictus

La voz apaciguadora de su madre sonaba más intensamente que nunca, el suave tocar del piano y aquella voz eran el antídoto para cualquier mal. Abrió los ojos, y allí estaba. Sentada en un taburete, al pie del piano, sus frágiles dedos tocaban con complacencia las teclas mientras su voz se integraba con cada nota, con cada compás.

Madre…. – Kurt sonrió y se levantó. Su madre se movía tímidamente mientras le atraía con su voz, el piano no cesaba de sonar, Kurt quería abrazarla una vez más, como en su infancia…

Ave Maria
Ave Maria Mater Dei

Kurt corrió presuroso por los baldíos corredores de la Aueron. Correteaba por las diversas estancias iluminadas por las luces pálidas de las lámparas.
Volvía a sentirse como el niño que una vez fue, con la única preocupación de que su madre le siguiese y nunca le abandonase.Quería volver a sumirse en su seno, volver a sentir aquella difusa ilusión de la cual una vez gozó.

Su madre se detuvo y Kurt cesó su marcha. Ambos abrieron los brazos y se precipitó al torso de su madre. Exhaló el perfume a jazmín que cada mañana se rociaba, y posó su cabeza sobre el pulcro camisón blanco.


Ambos se fundieron en un abrazo eterno. Kurt se precipitó a la inmensidad del espacio entre sollozos y sonrisas cómplices, su madre … al fin podría disfrutar de su tierno abrazo durante toda la eternidad… Al fin alcanzaría aquel estado superior en el que todo sufrimiento se esfumaba…

La imagen de su infancia se esfumó, y la composición reducía su tono preparándose para su sencillo final. Todo había concluido de la misma forma en la que empezó. Con un tierno y afectivo abrazo maternal, sin importar el donde ni el cuando, pues el Universo es diferente , el Universo es el súmun del todo y al fin disfrutaría del descanso….

Et in hora mortis nostrae
Ave Maria