(Relato) Peregrinación

El aire entraba y salía de sus pulmones con violencia, espiraba einspiraba de manera frenética, sus piernas parecían plomos que leintentaban anclar al suelo, sin embargo, seguía corriendo, en lo másprofundo de su mente percibía el constante resonar de una palabra:huye. No sabía cuanto tiempo llevaba desplazándose, ni dónde estaba, sesentía como un pájaro sin alas, impotente. Sólo deseaba huir,distanciarse de lo que le espantaba: el hombre…

Hacía ya meses que la idea de un hogar para él había dejado de serclara, meses sin establecer un contacto con semejantes, meses sinrealizar la más básica de las funciones: la rutina. Sus recuerdos sedifuminaban en un horizonte repleto de muerte y destrucción. No legustaba hacer altos en su camino, cada vez que se paraba, su pasadovenía a él…

La brisa marina golpeó sus sentidos, tomó una fuerte bocanada de aire yla soltó, el aire impregnado de salitre era una bendición para suspulmones. Elvira, su mujer, le aguardaba en la cocina, lo percibióinstintivamente por el fuerte olor a gofres bañados en dulce caramelo.Se vistió no sin antes dedicarle un último vistazo a la vista delporche: a su izquierda,  las gaviotas surcaban el océano mientras quelos pescadores se afanaban en llevar sus embarcaciones a la arenablanca. A su derecha el terreno se elevaba dando como resultado unmonte repleto de pequeños matorrales y bosques con vegetación foránea,surcados por los caminos de tierra que serpenteaban entre las tierrasde cultivo, generalmente la vid, dando como resultado su vino favorito,un blanco transparente.

Bajo deprisa a la cocina, ansioso por degustar aquel manjar que todoslos días le hacía despertarse dando gracias a Dios por aquellos dones,Elvira y María no estaban allí y dirigió instintivamente una mirada aljardín, donde su esposa y su hija pequeña jugaban entre los naranjos.Sonrió, y se sentó a desayunar mientras leía con calma el periódico…Bendita rutina… Tras el desayuno se dirigió al garaje a por subicicleta, era una calurosa mañana de fin de semana, con lo cual sutrabajo en la fundición cercana debía esperar. Montó, no sin antessaludar cortésmente a su vecino, y emprendió la marcha cuesta abajo,hacia el puerto.

Durante su trayecto desvió su mirada hacia las numerosas casas queformaban el pueblo, todas ellas poseían un color blanco intenso, y lasmujeres se afanaban por tener sus balcones repletos de flores reciénsacadas del monte. A medida que descendía y callejeaba reparó en lacalma con la cual los habitantes llevaban sus rutinas, algunos,alertados por el olor a tostadas y pan, se concentraban en lascafeterías, otros marchaban hacia la playa para tostarse en otrosentido, mientras que los más ancianos del lugar paseabantranquilamente, la paz y la armonía le saludaban en forma de estatua enla plaza del ayuntamiento.

Todo esto distrajo su atención y cuando se giró frenó en seco al ver aun anciano con su nieto cogido justo en medio de su trayectoria.Avergonzado, solo pudo decir:

– Disculpe caballero, ¿se encuentra bien? – El anciano, sonriendo, le dedicó una mirada cómplice a su nieto y le dijo: – Cálmese buen hombre, a veces las virtudes divinas nos ciegan, por eso Dios nos dio más de un sentido. –

Asintió con la cabeza mientras observaba al anciano y al nietoesbozando una sonrisa. Su trayecto hacia el puerto no le deparó mássorpresas, salvo las de la naturaleza. Miró su reloj, era temprano, conlo cual habría pescado donde elegir, y decidido marchó hacia sutenderete de confianza. Las sardinas y merluzas parecían mirarle aúncon ojos pavorosos, ya se encargaría él de darles un buen final. Trascomprar lo justo y necesario, salió del mercado, pero entonces ocurrióalgo extraño.

La calma que irradiaban los lugareños se tornó en sorpresa y pavor, alo lejos se oían  unos extraños ruidos que le alertaron. De entre lasmontañas aparecieron naves voladoras, su color plateado intenso  lesconfundía con los rayos del Sol, y el ruido frenético de sus motoresparecía desafiar a la armonía reinante. También oteó cientos de carrosde combate, estos eran de un color negro carbón que contrastaba con elverde vegetal, el suelo temblaba y las plantas gemían bajo sus cadenas.La infantería comenzó su carga, y lo que a continuación vino le marcópor siempre jamás.

Salió corriendo, sin percatarse de su vieja bicicleta, corrió entre lascallejuelas más estrechas para evitar las aglomeraciones y estampidas,pero no pudo escaparse del horror de los acontecimientos. Se detuvo uninstante para tomar aire, y observó. Las casas, antes de un intensocolor blanco, se encontraban destrozadas, las bombas habían destruidotejados, fachadas y patios interiores, el color blanco ya no existía,en su lugar el negro hollín impregnaba cada pared. Ya no había floresen las terrazas, se habían consumido, bien por el fuego o el excesivocalor.

Pero lo peor no era eso, a los cuantiosos daños materiales había quesumarle las víctimas mortales. Observó espantado cómo yacían a sualrededor numerosos cuerpos inertes, sin vida… Hacía escasos veinteminutos aquello había sido una cafetería donde hombres, mujeres y niñosdesayunaban plácidamente, ahora sólo quedaban vestigios de aquella paz…Sillas destrozadas, cristaleras rotas, botellas caídas… la cafeteraseguía funcionando, agónicamente, parecía que percibía que ya nadietomaría café de ella. Oyó pasos a su espalda y se giró atemorizado. Vioante él a un niño con el rostro ensangrentado y la mirada vacía, fijósu vista en el brazo del niño, donde antes había una extremidad ahorahabía un muñón que no paraba de gotear sangre. También se fijó en loscristales que, violentamente, se habían fijado en uno de sus ojos y enla espalda.

Permaneció inmóvil unos instantes, no pudo reaccionar, tenía miedo.Antes de que pudiese articular alguna palabra, el niño se aproximó aél, clavando aquella mirada hueca y vacía en él, con su maltrecho ojo ysu inexpresivo rostro. Caminó tres pasos. Pensó en abrazarle yconsolarle, decirle que todo iba a ir bien, pero le mentiría, y además,estaba aterrado. El niño se paró, y cual pluma, dejó que su heridocuerpo se desplomase en el suelo. Su mirada se apagó, su rostro serelajó y su terrible agonía llegó a su fin.

De sus ojos brotaron lagrimones, no había podido reaccionar, niconsolarle ni acompañarle… El miedo, el miedo le había derrotado.Siguió corriendo y llorando, lloraba por todas las víctimas que yacíanen el suelo, cada una de ellas había sufrido una agonía a cada cual másdolorosa e intensa. Heridas de metralla, sin brazos ni piernas, inclusosin torso. Rostros vacíos y sin expresión, algunos deformados. LaMuerte danzaba alegremente entre los cuerpos, recolectando aquellasalmas destrozadas para que la acompañaran en su funesto baile. Elconstante estallido de las bombas y el escalofriante ruido de las balaseran el compás de aquel macabro rito.

Corrió y siguió corriendo, vio al abuelo del niño muerto, le habíaintentado proteger, pero no había sido suficiente. Otras personascorrían por las calles, otras permanecían inmóviles ante aquellamasacre, intentó captar la atención de algunas de ellas, pero lossoldados hicieron acto de presencia. Las fusilaron, igual que se dacaza a una liebre, por la espalda y con un disparo certero. Riachuelosde sangre corrían mansamente entre las botas de goma de los soldados,que, con firme decisión, remataban a los heridos.

Quiso que le mataran a él también, acurrucarse en una esquina mientraslloraba y esperaba su ejecución, pero su instinto le dijo que corriesea su casa a por su familia. Jadeando y agotado llegó a la puerta de sucasa. Se mantenía en buen estado, se dispuso a abrir la puerta peroesta ya estaba abierta, el candado había sido agujereado por una bala.Una vez más, su instinto más básico le dijo que corriese, pero suhumanidad le invitó  a adentrarse. Entró, empujó la puerta delinterior, la habían forzado pensó. Oyó voces en el piso superior, pasópor la cocina y cogió un cuchillo, no sabía usarlo ni sabía por qué lohabía cogido, el instinto quizá. Subió las escaleras pausadamente y lasvoces se hicieron más perceptibles. Se acercó a la puerta deldormitorio y se dispuso a escuchar:

– ¡ Dejadme en paz, por favor !, ¡Monstruos ! – Elvira lloraba, pero su voz conservaba aquel carácter desafiante y recto.

– No es necesario que grites, mujer, nadie te va a oír, están todosmuertos. Ahora, dime dónde está la niña y puede que haya un mañana paravosotras – Percibió el acento extranjero del hombre, sus formas eran educadas, pero su voz rebelaba un aire violento y de superioridad.

– Nunca, ¿Me habéis oído, hijos de puta?, ¡No os saldréis con la vuestra, ella escapará!

– Vos lo habéis querido mi señora. Stefan, mi compañero aquí presente,lleva mucho tiempo sin probar mujer, él os complacerá y osproporcionará una muerte a su libre elección. Tómate tu tiempo Stefan. – El otro soldado asintió, y se turbó ante aquella posibilidad.

El hombre salvaje abandonó el dormitorio. Se escondió tras la puertamientras él bajaba las escaleras en busca de María. El otro Stefan,empezó a hablar para si mismo, percibió la excitación en él. Empezó amanosear a Elvira mientras estaba luchaba por liberarse, le quitó elcamisón y se dispuso a violarla. Entonces decidió entrar sigilosamenteen el dormitorio. Stefan estaba ocupado y no reparó en su presencia,sin embargo Elvira le miró y le señaló con la mirada la pistola queStefan tenía en su cinturón.

Una vez más, el instinto volvió a actuar por él, en cuestión desegundos, sacó la pistola de la funda del soldado con un movimientofugaz. Stefan se giró sorprendido con el miembro al aire, y antes deque pudiese hablar su instinto apretó el gatillo dos veces. La primerabala le dio en el pecho y le impulsó hacia atrás, la segunda entró encuello y de la boca de Stefan surgió un chillido ahogado antes dedesplomarse sangrando al suelo .Elvira suspiró profundamente y sinmediar palabra se abrazaron, consolándose mutuamente y llorando. Estacalma fue interrumpida por el caminar del otro soldado, que extrañadodijo:

– Stefan, te dije que te tomaras tu tiempo, los chicos estan de camino y estaban ansiosos por verla. –

Elvira, sorprendida, se dirigió a su marido: – Escóndete en el armario, no sabe que estas aquí, sálvate a ti y a María. Te amo, mi amor. – Él intentó mantener la calma y transmitirle algo de esperanza, pero lloró desconsoladamente – Y yo a ti, mi amor, te adoro.-Se besaron tierna y prolongadamente, sabía que no volvería a disfrutarde aquellos carnosos labios ni de los de otra mujer. Se refugió en elarmario y esperó.

El soldado entró por la puerta y contempló sorprendido el cadáver de su compañero.

– ¿Qué has hecho, zorra? Ahora pagarás, intenté salvarte, podías habervivido, ¿por qué la mayoría de personas sois tan débiles, por qué nousáis la lógica y os mantenéis con vida?– ¿Por qué tenía que ocurrir esto? ¿Por qué el hombre irradiaba tantomal y era tan destructivo? Le habría encantado formularle estaspreguntas al hombre, pero de nuevo el miedo le dominó y admitió sucobardía.

– Antes muerta que ser partícipe de una sociedad de asesinos y decrépitos– Nuevamente la voz de Elvira sonó cortante y desafiante. La Muerte lahabía reclamado, pero ella la aceptaba con dignidad y sin renunciar alos valores por los cuales él se había casado con ella.

– Sea así, ser ignorante – El hombre disparó y la bala fue contra el pecho descubierto de Elvira.

La tristeza y el horror se apoderaron de él al ver el pecho sangrandode su esposa, pero una nueva sensación se apoderó de él, no, no era elinstinto, era la ira y la venganza, algo más primitivo aun. Salió de suescondite cuchillo en mano y se precipitó hacia el asesino de suesposa, el soldado le disparó en la pierna pero no fue suficiente parafrenarle, la ira guió el cuchillo al vientre del hombre, el cual cayóde bruces y se apoyó contra la pared, llevándose la mano al vientre.

De repente, su mente se detuvo, y se quedó helado ante la dantescaescena que había protagonizado. En la habitación se respiraba un acreolor a sangre, el inquietante silencio  le sobrecogió y el miedo volvióa él, como si se tratara del juego del ratón y el gato. No sabía quehacer, en aquel instante no había ni blanco ni negro, solo gris.    Podía danzar sobre el cadáver y desfigurarlo, o podía arrepentirse ydarle un entierro digno, su conciencia  parecía no tener polosopuestos, sólo un ecuador, no sentía ni padecía, todo había sidosuprimido por una sensación. Pánico.

Abandonó la habitación en silencio, bajo las escaleras y la vio, eraMaría, su hija, su rostro reflejaba una extraña familiaridad, suestimado amigo, el Miedo ya había hecho migas con ellas. La abrazófuertemente y esta estalló a llorar sobre su hombro, desconsolada, enespera de un toque tranquilizador que no obtuvo, pues él mismo llorabasobre  el hombro de la niña. No intercambiaron palabra alguna,abandonaron su antiguo hogar, ahora convertido en morada de pesadillas.Sí, siempre estaría en su memoria, pero se trataría del desencadenantede muchas de sus pesadillas posteriores.

Los días siguientes pasaron sin pena ni gloria, al igual que lasestaciones posteriores. Su vida era la de un par de peregrinos, parabana descansar y retomaban la marcha. No tenían un destino, no tenían unhogar, sólo poseían una cosa: miedo. No pararían hasta encontrar unlugar en el cual su amigo se separara de ellos, un lugar al cual llamarhogar.

En los meses posteriores María murió. Se tiró por un barranco. Él mismola habría acompañado con gusto, pero el Miedo le detuvo, y se maldijo asi mismo, era un cobarde…

Volvió deentre sus recuerdos. La Cobardía se había unido a su círculo deamistades: Miedo, Tristeza, Desolación e Indiferencia, la habíanacogido con gusto para que conviviera con ellas en su interior. Nohabía parado de correr en mucho tiempo, sin embargo nunca estaba solo,muchos peregrinos como él se habían unido a su causa, unos eran niños,otros violinistas, otros habían sido afamados economistas y médicos,ahora no había distinciones. Sólo se detendrían cuando se sintieranseguros, cuando por fin lograran huir de toda aquella pesadilla y elMiedo buscara nuevas víctimas.

Nunca llegó tal día, y uno a uno cayeron, eran frutos podridos caídosde un árbol que se había secado hacía mucho tiempo No habían encontradoun lugar al que llamar hogar, ni habían encontrado seguridad niarmonía… ¿Acaso no existía un lugar en la Tierra donde aquella maldad no floreciera? Nunca llegaron a saberlo, sus miradas tristes, suslabios secos, su esquelético cuerpo… no había calma en aquellos hombres…

El Miedo y la Muerte son peregrinos incansables, y siempre tendrán una morada donde hacer florecer su fruto…


Este relato fue dondado a la inciativa Yo ayudé a la Literatura y publicado en el blog de Desmodius a modo de colaboración con dicha iniciativa. El motivo de volver a publicarlo es debido a que este relato ha otorgado a su autor un reconocimiento externo inesperado y del cual se siente muy contento y orgulloso si se me permite decir. Por este reconocimiento inesperado he decidido publicarlo de nuevo para qe entre a formar parte de manera íntegra en este blog, y no por otro motivo (siento no haber avisado previamente a Desmodius, pero ha sido algo inesperado)

Espero que a aquellos que no lo hayan leído le den una oportunidad, y que si no les gusta o quieren cambiar algo ya saben que acepto críticas de todo tipo desde el mutuo respeto.

Este relato desde ahora ya es una parte especial de este blog y de su autor. Gracias a todos ^^