La Sinfonía olvidada: Un relato para Destiérrame

 

 

 

Ya no hay música en este mundo, la Naturaleza ya no ha vuelto a interpretar su magnífica sinfonía de cuatro movimientos, el mar no ha vuelto a percutir la tierra con sus olas, la tierra se olvidó de acompañar al viento y de hacer sonar la música entre los barrancos. Los árboles y las flores se olvidaron de toda aria, de toda oda a la primavera… El diapasón solar marca un ritmo lento y exiguo, carente de todo ritmo, mientras que la coda lunar de esta olvidada sinfonía carece de toda intensidad.

Ya no hay música en este mundo… Los largos prados repletos de follaje verde aguardan, impacientes, que la música vuelva a surcar entre sus flexibles cuerpos. Las aves anhelan volver a afinar sus dulces voces y a recorrer con ellas los escenarios de todo el mundo. Las grandes montañas miran hacia abajo, esperando la llegada de algún virtuoso que vuelva a afinar su órgano, y así poder volver a mostrar al mundo su poder amplificador.

Ya no hay música en este mundo… Las rozas que surcan los tostados campos esperan que alguien las vuelva a tensar y a hacerlas marcar esos solos que tanto gustan al labrador. Los vastos desiertos de color mármol hace tiempo que dejaron de danzar, suave y sutilmente.

Glaciares que ya no sienten el calor del público, selvas y manglares que perdieron todo espíritu genuino, lagos que desconocen toda baqueta…. La espléndida sinfonía natural dejó de interpretarse, cesó poco a poco su ritmo, y, finalmente, se silenció para siempre. Todos los músicos de esta lúcida ópera prima abandonaron su talento al azar, y lo depositaron en pequeñas representaciones carentes de poder persuasivo.

Hoy ya no quedan partituras ni libretos que recuerden que la música embriagaba los sentidos más elevados, y los elevaba un plano más allá de toda comprensión posible.

Me levanto y veo escenarios destrozados o surcados por filas de ingentes bloques grises y negros. Miles de venas negras bombean una sangre putrefacta que todo lo quema y todo lo arrasa; pulmones  mecánicos suplantan a los orgánicos, y decenas de miles de alvéolos eléctricos iluminan las pétreas y decrépitas vísceras que manchan  el paisaje.

Soy un músico que no hace música, un tambor hueco, una guitarra sin cuerdas… Mi patria es la Música, y mi bandera, el pentagrama. Soy un exiliado, un ciudadano sin patria, un refugiado sin hogar. Con voz rota y desgarrada entono mi himno, un himno de notas graves y fúnebres.

Mi alma es un viejo piano negro, astillado por la censura y desafinado por la indiferencia. Este piano -que en otros tiempos hacía sonar su voz por encima de mares repletos de partituras- es ahora un niño sin madre, un pozo de desconsuelo. Día tras día cargo con él, lo limpio, lo acaricio, pero sus heridas ya no tienen cura, y su orgullo hace tiempo que se marchitó. Atrás quedan esas largas veladas donde el público guardaba silencio y, observando con rostro maravillado,  se dejaba llevar por aquel ente vestido de negro que, por un leve instante, les hacía pensar que el mismísimo Chopin había bajado de su coro celestial a ofrecer una última sesión.

Pero el tiempo, al igual que las grandes sinfonías, perdura por encima de todo y deja una señal latente de su presencia. Mi compañero es fehaciente muestra de ello. Con trémula voz trata de alargar los sonidos, y las corcheas y silencios son ya su mayor calvario. Sus dientes –antaño color leche- son ahora manchas amarillentas cuyos nervios apenas pueden sujetar. La tapa que lo cubre no puede evitar evidenciar su mal estado.

– Un poco más, amigo… Un poco más, compañero… Démosles  un último gran concierto… – Le digo entre susurros, alentándole. Pero veo en su plomizo caminar el ferviente deseo de la marcha definitiva, un deseo que incluso en mí despierta ahora simpatías.

Somos dos estrellas errantes en el cosmos, astros a punto de apagarse, dejando un hueco que será rellenado, en un ciclo inmutable y perpetuo. La lluvia cae impasible sobre mi rostro, mezclándose con mis lágrimas, las cuales nunca sacian el mar de amargura que recorre todo mi cuerpo. Clavo la mirada en los altos bloques grises de techos ennegrecidos, que, proclamando al cielo su orgullo, dejan que el agua arrastre el negruzco hollín de sus fachadas, dando paso a un tono grisáceo metalizado tan oscuro como las nubes que sobre mí se alzan.

Escudriño cada palmo de terreno, buscando algo que rompa esta asfixiante geometría de paleta oscura. No hay tonos vivos, en el horizonte se desdibujan incontables hileras de paneles grises y negros, que recrean la más oscura de todas las pinturas; tan carente de vida que incluso el arco iris ha dejado de lucir su colorida majestuosidad. El decrépito artista de esta obra ha diseñado el cielo a base de brochazos pastosos y desdibujados de fuerte tono carbón, confiriéndole un aura de proterva indiferencia.

En vano intento disimular esta grisácea estampa con mi amplia camisa de algodón de manga vuelta y con mis pantalones estampados. Cubro mi cabeza con un tocado de tono verduzco –que a duras apenas logra disimular sus múltiples manchas- adornado por una pluma de faisán. Tiempo hace que no inclino mi sombrero en señal de admiración, de ahí su aroma a sudor seco.

Prosigo con mi marcha, recorriendo las simétricas calles con la inestimable compañía de mi compañero. Ambos nos miramos con desgana al encontrarnos, frente a nosotros, los últimos vestigios de una zona verde que antaño fue una plaza adornada por una estatua, y que ahora, cede su sitio a un nuevo antro grisáceo. Pisamos con una mezcla de repulsión y miedo los nuevos trazados, y miramos, súbitamente, cómo a los lados de dichos trazados se levantan más de esos alvéolos eléctricos. Creo que sobra decir que nuevamente la geometría ha influenciado a los artífices de tal dantesco proyecto.

Finalmente llego a mi destino. Mi compañero parece respirar tras el largo trayecto, e intenta ofrecerme un par de notas afinadas para mostrarme su alegría. Nos encontramos en un gran cruce, más concretamente en uno de los perfectos recodos formados por la perpendicular de dos enormes venas negras. Aquí el paisaje es todavía más desolador, cientos de y cientos de puntos luminosos cruzan frenéticamente las dos grandes venas. Éstas dos grandes recta parecen las gruesas líneas de un pentagrama, y los puntos son las negras, meticulosamente ordenadas, cada una en su propio espacio. Sin embargo, pronto deshecho tal observación, ya que tal partitura no merece ser llamada música, es más una sinfonía al ruido molesto.

En esta zona los edificios son más altos y puntiagudos, y están repletos de círculos iluminados, todos del mismo color. – Aquí deben vivir los importantes y sus gustos cuadriculados. Ojala apareciera un Debussy que todo lo alterara…- digo con sorna para mis adentros. Sin embargo, hace mucho tiempo que el término compositor se desligó de todo diccionario y enciclopedia. Y heme aquí, reclamando el regreso de una revolución mientras cargo como puedo, con un viejo piano astillado.

Me gusta –o mejor dicho, me gustaba- este sitio por lo que transmitía. Cuando la música era música y cuando yo era un joven con cierta habilidad compositiva, visitaba con frecuencia este lugar, ahora convertido en cruce infernal, pero antaño lugar donde se levantaba un inmenso parque con sus respectivos bancos adornando y proporcionando cobijo. En dicho parque –poblado de hayas, sauces y altos arbustos- podía observarse el trasiego continuo de la gente, la cual muchas veces se juntaba en torno a una pequeña plaza, donde discutían y mantenían acaloradas tertulias sobre la importancia de este literato sobre ése otro, sobre el último concierto de la Filarmónica, donde la sección de viento erró su entrada, o simplemente, sobre aquel sauce que estaba a punto de venirse abajo.

Parecía en aquellas calurosas tardes; en las que yacía  sobre el húmedo césped,  que el tiempo se había detenido, como peregrino agotado, a contemplar todo aquel trasiego humano y toda aquella armónica naturaleza. Yo por mi parte hacía lo propio, ya que mientras  descansaba sobre el césped, no podía parar de crear nuevas composiciones en mi cabeza. Me imaginaba que los niños eran corcheas -rápidas y breves-, que las madres eran blancas –pacientes y prolongadas- y que los mayores eran redondillas –las cuales gustan de alargar su presencia-.

Muchas y muy distintas eran las composiciones que de mi cabeza brotaban. Cuando aquella melodía humana no me colmaba, centraba mi visión en el pardal y su canto; y cuando quería más, centraba mi música en todo cuanto me rodeaba: en el agua cayendo suavemente por el estanque, en el movimiento impredecible de las lagartijas, en el sobrio vuelo de la avispa –cual valkiria surcando el cielo- o en el dócil movimiento de las ramas del viejo sauce llorón, que parecía desear acunar a toda criatura que se prestase a ello.

Aquel rincón era todo mi deseo, más bello que cualquier fémina, pues reunía todos sus encantos y además, siempre permanecería inmutable al tiempo –o al menos eso creía yo-.

Al recordar tiempos pasados la seda de mi pañuelo acude a mis ojos para compartir su carga. Mi rincón de inspiración se difuminó y perdió en el mar de mis recuerdos, y ahí reposará para siempre, intentando esquivar las olas que intentan hundirle. Me demostré a mí mismo que la belleza no es eterna, y que cuando has probado sus mieles, dependes completamente de ella. Por esta razón me arrastro cada día, intentando buscar algún resquicio que alberge algo bello, para así saciar mi sed. Pero se lo llevaron todo y lo suplantaron por una belleza fría y autómata que jamás me colmará.

Ya no me quedan fuerzas, mi inspiración se perdió junto con mi musa, y día tras día apuro mis últimas notas, reflejo del canto de un ave herida. Centro mi piano y lo oriento en dirección al antiguo parque, dando la espalda a aquella espantosa obra metálica. Retiro las sábanas que protegen los últimos trozos de madera sin astillar, abro la tapa y fijo el soporte de la misma a una altura media –buscando un sonido débil-. Los 88 dientes de mi compañero parecen sonreírme, incitándome a que los use como en los viejos tiempos. Reviso los pedales, y echo un último vistazo al interior –mi compañero se ruboriza por un instante-. Todo está listo. Cierro los ojos y me concentro. La gente –a la cual siempre ignoro- me mira extrañada. Algunos levantan su dedo y en tono burlesco se mofan de mi vestimenta, otros ríen y buscan la aprobación de sus compañeros, como dóciles corderitos. Trato de distanciarme de sus reproches y voces, me traslado a un escenario. Dos grandes focos iluminan el centro del mismo y ahí estamos mi compañero y yo.

Huelo el parqué recién encerado, me reconforta. Clavo mi mirada en el horizonte, no sin antes echar un vistazo a mi derecha y ver como la gente ocupa los últimos asientos. Suelto una larga bocanada de aire y sonrío a mi amigo –el cual se alza orgulloso-. La gran orquesta que me rodea está preparada, y aguarda mi confirmación. Veo un gran cartel luminoso que pone “Concierto número 1, Tchaikovsky”. Sonrió otra vez, y me digo a mí mismo que vamos a dar un último gran concierto. Me dirijo a la sección de violines –la que se halla más cerca de mí- y asiento con la cabeza: el espectáculo puede empezar.

Comienza el concierto… los primeros compases se deslizan suavemente entre las cuerdas de los violines, una melodía suave surge de ellos mientras toco mis primeras notas. A continuación me ceden la voz cantante, y yo la tomo encantado. Deslizo mis dedos rápida y fugazmente por la dentadura de mi compañero, acaricio cada tecla con suma cautela, descargo con énfasis cuando la partitura lo marca y relajo cuando el silencio asi me lo pide. La melodía me acuna y me balancea, yo sólo me dejo llevar por su ritmo creciente. Intento complacerla con mi ternura y con mi amor, siento el calor de su regazo, es inspirador, y sigo su marcha, entregándome por completo a sus encantos.

La orquesta y yo somos uno, nos fundimos, nos sentimos acogidos por una madre musical que jamás nos abandonará. Nosotros somos su fruto, somos su espejo, reflejamos toda su belleza y hermosura y la plasmamos para que el mortal se maraville ante ella. Yo soy el corazón, marco su ritmo y expreso su emoción; y mis compañeros son sus extremidades, interpretan sus gestos y evidencian su belleza corporal. ¡Oh mi musa!, ¿¡Por qué me has abandonado!?, ¿¡ por qué has dejado que el mortal corrompiera tu belleza!?. Yo soy tu fruto, tu vástago, y lo seré siempre. ¡Yo marcaré el ritmo de tu corazón, yo contemplaré tu belleza y la esculpiré en tallas de mármol si es necesario!, ¡pero no abandones este mundo!, ¡tu belleza es la fuerza creadora de este mundo! Yo soy tuyo, tuyo y de nadie mas.

Una vez más, siento que ella se apodera de mí, es su último obsequio a su vástago errante. Un frenesí recorre todo mi cuerpo, se fija en mi cerebro y me produce escalofríos. Descargo dicho frenesí con ímpetu sobre mi compañero, mi cerebro es ahora una enorme partitura… Blanca-negra-silencio-corchea-redondilla-subir el tono-apoyarse… todos los elementos recorren fugazmente mi cabeza, todos ellos pasan ante mis ojos, los interpreto y me dejo llevar. ¡Sí! ¡Yo soy tu sirviente!,¡nadie podrá separarnos nunca!, ¡nadie podrá arrebatarte de mi cabeza, mi musa!.

Abro los ojos, grito al cielo y descargo la última nota. Me siento liberado, completo, mi agotamiento no es nada comparado con mi felicidad. Pese a ello, el público no aplaude, los pájaros no me han acompañado con sus voces, los árboles no han movido sus ramas… la Naturaleza no ha reaccionado ante la llamada de la Música. ¿Seré indigno de ella?, ¿por qué me ha abandonado?.Pensé que siempre estaríamos juntos…

Me cubro la cabeza con las manos, negándome a creer que lo que ven mis ojos es completamente cierto. Todos me miran atónitos, como si fuera un lunático, un loco que ha perturbado su paz matemática y mecánica. No veo en sus ojos ese brillo especial y embriagador, nunca lo he visto. Ya no hay música en este mundo…

Lloro desconsoladamente, mi llanto es irregular, mi voz, quebrada. Ya no sonrío, ni intento hacer música con mi voz. Ya sólo hago ruido y más ruido. Mi compañero guarda un silencio sepulcral, ya no habla ni canta, ya no le quedan fuerzas. Hemos agotado nuestro arte, y entonamos el plañidero canto del artista hueco, del artista sin genio.

Pronto llegan más puntos negros, mientras que los otros siguen mirándonos, cuchichean entre ellos, sienten lástima y pena por este pobre desquiciado. Algunos puntos negros se me acercan, son más negros que los otros puntos negros –por difícil que sea- y visten elegante trajes con un pequeño adorno plateado en la pechera. –Estos puntos negros no son normales- me digo, deben ser silencios, pues desde que han venido el resto de las notas negras han cesado su actividad.

Me montan en una de esas notas negras que se mueven –cuya única diferencia con las otras negras es que se desplaza más rápido- mientras conversan. Hablan de ejecutarme por escándalo público, de sanatorios mentales, de hospitales, de terapias, de no se qué cosas en el hipotálamo… Se deciden por lo primero, para abaratar costes según ellos. He de decir que en ningún caso opondré resistencia, pues la música era mi único método de defensa, y ya no gozo de ella.

Finalmente me bajan del camión mientras esperan la confirmación de mi sentencia –con suerte me ejecutarán ahí mismo y no tendré que ver más placas metálicas grisáceas-. Poco a poco los negros van abandonando el lugar, y vuelven a reanudar esa marcha fúnebre y arrítmica que todos comparten. Sus rostros se contraen y adoptan una expresión inexpresiva, deseando volver a disfrutar de su monótona rutina. Todos adoptan el mismo semblante y comienzan a andar en perfecta línea recta. Cada uno por separado, pero de igual modo, marchan –cuales glóbulos por las venas- hasta el negro corazón de aquella insonorizada metrópolis.

Pero de repente algo se eleva en el aire, algo despierta mi sentido más oculto y lo vuelve a alimentar. Los pájaros –los pocos que quedan- alzan sus voces, y el par de árboles que restan en el cruce mueven sus agonizantes ramas. Mi compañero empieza a entonar una nueva melodía, completamente desconocida para mí. Entonces le veo, veo a ese nuevo vástago que ha hecho despertar a la Naturaleza. Los tirabuzones dorados que cubren su pálido rostro parecen albergar las más bellas melodías. Dos grandes perlas azules desafían a las nubes de tormenta, y de la boca de aquel artista surge un canto de esperanza.

Ese rostro pálido surcado por diminutas manchas de apariencia frágil alberga más música de la que jamás yo he tenido. Esos deditos rechonchos se deslizan con tal suavidad sobre mi amigo que éste vuelve a soltar notas tan altas como en sus tiempos de gloria. La voz suave y aterciopelada y esa ternura interpretativa se funden en una única y magnífica melodía que abre todos mis sentidos. Vuelvo a sonreír, me secó las lágrimas, y acompaño a ese ángel en su celestial canto.

No tardan de arrancarlo de mi amigo. Le reprenden muy duramente y le dan un bofetón. Acto seguido prenden fuego a mi amigo. El niño llora desconsolado por la pérdida de su nuevo amigo, pero yo no. Mi amigo muere llevándose mi alma con él, pero ese último canto le ha vuelto a hacer sentirse como en los grandes escenarios, lo veo en su sonrisa, aún conserva ese orgullo… ¡Gracias, mi musa, por dar un entierro tan digno a tan fieles servidores!, ¡gracias por no dejar a este mundo huérfano de tu inigualable belleza!, ¡gracias por este nuevo vástago tuyo!

Miro al cielo, sigue completamente encapotado, sin embargo, puedo ver cómo algunos rayos de luz intentan filtrarse  a través de él. Miró a mi rincón, y a mi cabeza vuelve la imagen del parque florecido, del constante trasiego de la gente, y veo al mismísimo tiempo sentado al lado de mi musa, contemplándola, extasiado.

Ya no me importan los puntos negros ni los edificios metálicos, mis recuerdos musicales son imperecederos, y jamás me podrán desposeer de ellos. Oh, mi musa… ¿cómo he podido dudar de ti?. Jamás abandonarás a todos aquellos que miran tu hermosura y componen música para ti, embebidos del eterno néctar de tu divina inspiración.

Todos me apuntan con sus máquinas de hacer ruido. El niño me mira mientras llora desconsoladamente, sin embargo, esbozo una gran sonrisa y busco su mirada. Clava sus perlas sobre mí, y como artistas embriagados de belleza que somos, comprendemos que nunca deberemos llorar mientras ella esté con nosotros.

Entono un réquiem mientas sonrío. –Eres demasiado hermosa para ellos…- digo en voz alta. El pequeño ríe, yo río con él, los silencios mantienen ese rostro severo e inexpresivo y disparan sus máquinas de hacer ruido…. Mi canto cesa, y caigo sobre el verde césped de mi rincón olvidado…

Ahí está ella, tan hermosa y evocadora… Me acoge y arrulla y comienza a entonar una nana por su hijo caído mientras descanso en su regazo. Estoy seguro, siento el calor de sus palabras, y noto que poco a poco todo se va apagando. Ahora sólo escucho su voz, la cual me guía en la oscuridad insondable. Esa calidez se transforma en sueño, y voy cediendo el peso de mis párpados; sin embargo, ella prosigue con su dulce canto. Finalmente, siento cómo me elevo y exhalo una última bocanada de aire, para dar paso a un estado de serenidad y calma perpetuo…

Ella es el mar, moviendo mi cuerpo dócilmente entre sus olas. Ella es el árbol que me mece entre sus ramas y me protege del Sol. Ella es la tierra, que hizo que germinara mi fruto, las aves, que con sus cantos me acompañan allá donde vaya, el viento que me guía por los caminos…

 

Ella lo es todo…

 


 

 

 ¡Saludos, compañeros de Gamefilia! Tras otro largo paréntesis en mi actividad bloggera regreso con ilusión renovada debido a la reciente inauguración de Destiérrame, un nuevo y novedoso dominio cuya máxima en la difusión de la Literatura en todas sus vertientes. Como supongo que todos conoceréis ya mínimamente nuestro proyecto, no voy a andar explicando lo que pretendemos, pues para eso tenéis la entrada presentación -enlazada debajo de este texto-. Nuestra idea es hacer de la Literatura un bien común, del cual todos podamos gozar y compartir. Para ello, nos hemos propuesto la creación de 3 webs -Noticias,blog y foro- que desprenden ilusión y entusiasmo por los cuatro costados.

 Con esta promoción pretendo animaros a todos a que visitéis las webs y descubráis el alma del proyecto. En ella estamos trabajando viejos gamefilianos con todo nuestro amor y pasión literaria, y pretendemos crear un rincón humilde donde todos podáis aprender algo más y conocer a nuevos literatos. Destiérrame es la prolongación literaria de Gamefilia, y queremos contar con la misma base humana, esa base de usuarios que ahora puedo llamar amigos y compañeros. Destiérrame pretende imitar el espíritu de cordialidad y amistad que hemos forjado en Gamefilia, y llevarlo al plano literario, y para ello, os necesitamos a vosotros, queridos amigos.

 Gamefilia era y seguirá siendo un hogar para mí y para otros tantos, hagamos de Destiérrame una morada literaria que difunda el compañerismo y el aprendizaje literario.  Os puedo asegurar que no os defraudará, y os invito formalmente a que os unáis -varios amigos ya se han unido a la causa-. No busco promocionar la web, sólo deseo formar una comunidad integrada por gente maravillosa como la que he conocido por aquí -pese a mis continuas ausencias, las cuales no he podido evitar-.

 Asi que sin más, y esperando que hayáis disfrutado del relato, me despido dejándoos esta proposición de amistad. Eso si, esto no significa que abandone Terminus ni Gamefilia, sólo me traslado a un lugar que no deja de ser una prolongación de estos dos (aunque obviamente me pasaré por aquí a colgar entradas y comentar como en los viejos tiempos)

Un cordial saludo a todos.

 

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