Liebe und Fels

Una espesa niebla se cernía sobre Berlín aquel 3 de noviembre de 1938. Era una mañana gélida, el viento mecía violentamente los árboles de las principales avenidas de aquella urbe pétrea y gris, y una intensa borrasca atenazaba desde hacía una semana la zona este del país. Sin embargo, la ciudad intentaba seguir con su característico devenir diario, tratando de sobrellevar aquel temporal intenso que había bloqueado numerosas vías de acceso de la región.

Los tenderos se afanaban por barrer y limpiar de nieve las aceras que daban a sus establecimientos. Pese a ello, en la mayoría de casos, su esfuerzo era en vano, pues lo que antes había sido una nieva blanca apta para el disfrute de los pequeños eran ahora densos bloques de hielo, que para ser quebrados, requerían de todo el esfuerzo e ímpetu de los malhumorados tenderos, que debían desatender por un instante a su clientela más fiel. A su vez, la armoniosa melodía interpretada por el transcurrir de las aguas del Spree había cesado, y el ruido del agua había sido sustituido por las risas de los jóvenes berlineses que cruzaban la superficie helada del río en sus recién estrenadas botas.

Por otro lado, en el cielo sólo se podía observar aquella espesa niebla, pues las grandes humaredas surgidas de las industrias siderúrgicas y metalúrgicas, motores de la nación alemana, eran llevadas al lado opuesto de la ciudad por el implacable vendaval. A si mismo, Berlín no rugía con su fiereza habitual, pues muchos de los automóviles que generalmente inundaban la ciudad con sus densos gases y orgullosos rugidos de motor no habían podido siquiera arrancar, ni muchos menos mostrar un ápice de su perfecta ingeniería, rendida ante la fuerza superior de la madre naturaleza.

Pese a todos los inconvenientes que estaban acaeciendo aquel 3 de noviembre del año 1938, Víctor Kupfer debía encontrar un regalo cuanto antes. Tras buscar en las principales establecimientos de su barrio, se sentía exhausto y sin ánimos para seguir buscando. Cuando creía haberlo visto todo, desde el perfume de cebra del señor Schneider, pasando por un collar de perlas falsas y llegando incluso a un perro con más pulgas que pelo, fue abordado por su vecina, la señora Perl. Rita Perl, con su escaso metro cincuenta, sus múltiples capas de abrigo constituidas por trozos de viejas mantas y su rostro surcado por numerosas arrugas y adornado siempre con una sonrisa maliciosamente forzada, representaba de manera prácticamente arquetípica a la vecina fisgona metomentodo para la que la única música bella era aquella producida por las monedas en los bolsillos ajenos.

Víctor trató por todos los medios de zafarse de su presencia, pero fue en vano, pues la vieja ya había oído el dulce agitar del bolsillo de su chaqueta. Así pues, a Víctor no le quedó otro remedio más que el de escuchar la, seguramente, proposición comercial de aquella avariciosa. Rita tomó la palabra antes de que Víctor pudiera tan siquiera saludar con la debida cortesía:

– Buenos días, querido Víctor, maldito día el que tenemos hoy…- Dijo la vieja maldiciendo para si misma. Víctor intentó responder, pero nuevamente Rita lo interrumpió y siguió hablando:- Veo que estás buscando algo especial y que por desgracia no lo encuentras, ¿acaso es un regalo para esa jovencita de ojos azules? ¿Cómo se llamaba…? ¡Ah, sí!, ¡Ana Shein! – Apenas podía disimular su falso tono de sorpresa.

– Pero, ¿cómo lo ha sabi…? –- El señor Schneider me ha dicho, no sin antes ocultar su decepción, que le ha ofrecido un magnífico perfume de cebra que avivaría el lívido hasta a un muerto ¡Jijiji! – esa risa forzada e histriónica hizo que a Víctor se le pusieran los pelos de punta, y por lo tanto, se decidió a zanjar la conversación cuanto antes:- ¿A qué quiere llegar con todo esto, señora Perl?

– No sea usted tan grosero, no siempre busco mi propio beneficio, Víctor, sólo soy una devota más del dios Amor que quiere… digamos que ayudar…- ¿Y a qué precio exactamente?- Me ofende usted, yo venía a ofrecerle este precioso collar de plata de ley, símbolo de mis deseos de ver cómo usted y la señorita Shein forjan un nuevo amor…

– ¿Cuánto, señora Perl?- Víctor se estaba impacientando.- Me bastaría con eso que lleva usted en el bolsillo…Víctor hurgó en su bolsillo y sacó todas las monedas del mismo. Luego se las dio a la señora Perl, la cual le entregó rápidamente el collar para centrar su mirada viciosa en las monedas, a las cuales comenzó a sacar brillo con el dobladillo de su falda, para sentirse hechizada por su goloso brillo.

Víctor, asqueado ante tal muestra de avaricia, aceleró el paso y se despidió:-Hasta la próxima, señora Perl-.- Ha hecho un buen trató, Víctor. Esa chica caerá a sus pies -. Acto seguido, la vieja desapareció entre la espesa niebla frotando nerviosamente el tesoro adquirido.

 

Realmente el collar era precioso. La cadena estaba finamente elaborada, y no resultaba demasiado llamativa. Estaba adornada con una pequeña perla encerrada en una filigrana con forma de corazón, nada hortera, sino todo lo contrario, era un adorno de un gusto exquisito que a buen recaudo se amoldaría a las mil maravillas al cuello de Ana, que era blanco como el almidón y suave como el algodón. Víctor prefería no saber de dónde provenía el collar, pues estaba claro que la señora Perl no poseía herencia alguna que no hubiera sido cambiada por las pertinentes monedas, y tampoco habría recurrido al trueque para hacerse con el objeto. Lo más normal es que procediera a la exhumación de algún cadáver de la clase alta, puesto que eran muchos los aristócratas que daban a sus muertos un entierro sólo digno de los antiguos faraones, y al igual que en tiempos de éstos, siempre había alguien que se aprovechaba de la “pasividad” del fallecido.

Víctor trató de alejar todas esas ideas de su cabeza. Pero no pudo evitar pensar en la miseria que llevaba subyugando a Alemania desde el desenlace de 1918. Pensó en el hambre, que tan presente estaba en aquella nación, y en cómo ésta puede ser una mala compañera, porque aunque sea verdad que sana el apetito, también es cierto que para saciarla los hombres recurren a su instinto más básico. La miseria era otra constante en muchas zonas de Berlín, y arrastraba a muchos hombres buenos a cometer pecados contra sus propios compañeros, a renunciar a cualquier atisbo de humanidad y civismo por un pedazo de pan que llevarse a la boca, aunque esto supusiera eviscerar al primer desdichado que se cruzase en su camino.

Tampoco podía ignorar el creciente clima de tensión y odio que había arraigado en la sociedad alemana en los últimos cinco años, y dejó vía libre a su imaginación –esto no le era difícil, pues le encantaba escribir-: le preocupaba el reciente germinar de una semilla en lo más profundo de la psique de la sociedad de postguerra, que se alimentaba del odio y del rencor de ésta, y que había encontrado un fertilizante idóneo hacía ya casi dieciocho años, fruto del cual surgió un gran árbol engendrado a partir de malas intenciones. Ya sólo hacía falta un agricultor que lo podara, enderezara y dirigiera, y realmente lo encontró…Claramente, Víctor tenía una mente literaria y prosaica propensa a la imaginación. Era algo así como su mecanismo de defensa ante el mundo que le rodeaba.

Ciertamente, Víctor odiaba todo cuanto conocía, y pese a ser un estudiante, trataba de evadirse de todo y de saber cuanto menos mejor. Podía describírsele como un joven sin valores ni metas. Sí, ciertamente así se le podía describir. El por qué del comportamiento de Víctor podía deberse a que incluso él no se tenía en muy alta estima. Carecía de talento alguno, era incapaz de mostrar o de sentir emoción alguna debido a su indiferencia por el mundo, y por último, no creía en seres humanos bondadosos porque ni él mismo sabía qué era la bondad y qué significaba. Realmente, Víctor sabía a ciencia exacta que era un compendio de malas virtudes, empezando por su cobardía –jamás se atrevía a responder a los insultos que le proferían – y terminando por su indiferencia -era de aquellas personas que repentinamente se volvían ciegas cuando veían alguna injusticia-. Podía decirse también que enarbolaba dichas cualidades con plena consciencia de si mismo, y no lo veía como algo negativo, sino como algo normal.

Entre divagaciones y pensamientos fútiles llegó al Parque del Kaiser. Era éste un gran recinto repleto de árboles de las más diversas especies, inundado por un césped de un verde intenso que era regado con esmero todos los días y sobre el cual tenían lugar acontecimientos de todo tipo: desde timbas estudiantiles y juegos infantiles hasta encuentros pasionales y acalorados debates políticos y filosóficos, todo ello bajo el amparo de las flores más bellas y embriagadoras. Su forma era bastante común: tenía cuatro accesos principales regentados por sendos carteles con alegorías de temática mitológicas, tales como quimeras, hipogrifos, bestias aladas… Los cuatro accesos confluían en una gran plaza, que estaba coronada por una bellísima fuente de mármol, en cuyo centro se alzaba, con pose gloriosa y gallarda, una gran estatua que representaba a un caballero de reluciente armadura que con una mano sostenía su larga espada que apuntaba al cielo y con la otra enarbolaba una bandera que parecía ondear y que destacaba sobre el resto del conjunto. Justo ahí había quedado con Ana, su pareja desde hacía ya unos cuantos meses.

Finalmente, y tras soportar numerosos insultos por su evidente fisionomía judía, se encontró con Ana en la parte frontal de la fuente. Hacer un retrato preciso de Ana Shein era algo harto complicado. Víctor solía fijarse en sus pies, pequeños y ciertamente graciosos debió a su rechonchez. Era de complexión delgada, y en cuanto a la estatura, ésta era muy similar a la de Víctor, que no era demasiado alto. Pero lo que realmente era digno de admiración era su rostro, el cual parecía esculpido en el más puro de los mármoles siguiendo los cánones helenísticos. Poseía una nariz pequeña que se arrugaba levemente cuando sonreía, lo cual hacía con asiduidad. Sus ojos eran dos fulgurantes estrellas que hubieran iluminado el espacio más oscuro. Eran de un marcado tono azul, y siempre que los mirabas te perdías en la inmensidad de su expresión. Unas perlas blancas y pulidas asomaban por su boca, la cual (por norma general) estaba adornada por una sonrisa tierna y cómplice. Aquellos labios gruesos y sugerentes eran de un color rojo tan intenso, que se podría decir que parecían que acabaran de dar un mordisco a la manzana del Árbol del Bien y del Mal. Asimismo, una tupida melena negra como el azabache recorría todo su cuerpo y se perdía más allá de su espalda. Ana Shein se asemejaba más a una discípula de Afrodita que a una mera mortal.

Víctor conoció a Ana mientras trabajaba en los almacenes de su padre. Al ser la hija del propietario, se dejaba ver con cierta frecuencia tras sus clases de violín -el cual, sea dicho de paso, tocaba espléndidamente- y con el tiempo surgió una relación de amistad, que poco a poco, y debido en gran parte al empeño del joven Víctor, se tornó en algo más profundo. Realmente, Víctor parecía otra persona cuando estaba junto a ella. Su carácter agrio y huraño era sustituido por el de una persona vivaracha y dichosa. Su rostro, generalmente serio y triste, lucía una sonrisa de oreja a oreja, y su indiferencia daba lugar a un interés sincero y desmedido por todo lo que afectara a Ana. Aquel estudiante cobarde y retraído pasaba ser, por un instante, el joven más apuesto y refinado de todo Berlín, y el amante más fiel y devoto desde que el hombre conoció a la mujer. Por su parte, Ana no podía ocultar su pasión por aquel chico que, día tras día, custodiaba su corazón. Su expresión, siempre sincera, reflejaba toda la virtud y belleza que un humano podría expresar, y resultaba infinitamente más creíble que la más apasionada de las Julietas.

Los besos y las caricias que se prodigaban dejaban entrever una pasión irrefrenable que parecía querer disipar la niebla que cubría toda la ciudad.Finalmente, y tras más de una hora de confidencias, acordaron reunirse cinco días más tarde, pues el padre de Ana estaba teniendo muchos problemas con las autoridades alemanas, que no cesaban de amenazarle con quemar su tienda si no la abandonaba, y su padre la había obligado a no salir de casa hasta nuevo aviso, debido al creciente ambiente de crispación en contra de los judíos. La cita sería en el Salón Tanzen, donde tendría lugar un baile de gala, y adonde acudirían las parejas más apasionadas en busca de evadirse de aquel ambiente enrarecido.

– Entonces, nos vemos el viernes ¿no?- Dijo Víctor mientras con su dedo surcaba la suave tez de Ana.

– Sí, va a ser maravilloso -. Ambos se fundieron en un tierno abrazo antes de despedirse, e intercambiaron miradas cómplices.

 

Berlín estaba cubierta por el manto celestial, que brillaba con especial intensidad aquel 9 de octubre de 1938. La luz de la Luna se reflejaba en las aguas del Spree, haciendo creer que existían dos satélites y no uno: el de la bóveda celeste y el del componente líquido. Había llovido durante todo el día y aún quedaban restos de la intensa tormenta en las calles: pequeños riachuelos que surcaban las aceras e iban a parar a la alcantarilla más cercana, canalones goteando, el olor a césped humedecido, las terrazas de los cafés perfectamente recogidas…. Berlín había resistido un intenso chaparrón, pero pronto sería víctima de una tormenta de acontecimientos que la harían estremecerse.El ambiente estaba enrarecido. Un inquietante silencio predominaba en las calles berlinesas. Sin embargo, este silencio fue roto por un estruendo que, poco a poco, se hizo notar en las principales avenidas de la ciudad. Dicho estruendo hizo que se iluminaran muchos bloques de viviendas, de los cuales empezaron a salir los primeros curiosos, y también provocó un gran caos en los barrios de mayoría judía. Este espantoso ruido era producido por el caminar de cientos de botas negras como el carbón, que, con sus suelas reforzadas de metal, golpeaban con gran estrépito el suelo adoquinado.

Cientos de hombres uniformados avanzaban en perfecta formación, con postura erguida y rostro impasible, hacia las juderías y demás negocios. Poco a poco, y como si de una colonia de hormigas se tratase, la gran formación se fue disgregando progresivamente en pequeñas formaciones que tomaron distintos rumbos.Explicar el caos y el sufrimiento que sobrevino a este desfile militar haría estremecerse al más rudo de los hombres. Tiendas destrozadas, objetos y mobiliario esparcidos por el suelo, sueños y recuerdos quemándose en una pila que se alzaba sobre la Puerta de Brandeburgo… Las sinagogas fueron profanadas, y sus escritos, violados. Todos aquellos que opusieron resistencia alguna a aquellos hombres de frío rostro y mirada terrible terminaron observando el discurrir de su sangre por los huecos de los adoquines ennegrecidos por el humo. Mujeres, niños y ancianos fueron amarrados y llevados en fila india. Los cadáveres de padres, hermanos e hijos eran argumento suficiente para no desviar la mirada ni mucho menos mediar palabra alguna.

En medio de toda aquella destrucción, en un pequeño teatro de paredes de madera y suelo recién encerado, Víctor y Ana bailaban con gran precisión y ritmo al son marcado por el maestro Beethoven. Sus joviales rostros emanaban una felicidad sincera, y sus miradas cómplices dejaban entrever el amor más puro e inocente que se pueda imaginar. El cuello de Ana lucía el plateado collar de Víctor, el cual no mintió al decir que éste se amoldaría a la perfección al cuello de Ana. Entre pieza y pieza, ambos jóvenes se besaban apasionadamente sin pudor alguno, y en la pista dominada por tres grandes lámparas de araña eran los reyes del baile.Entre carcajadas y caricias, valses y polkas, se produjo un gran golpe justo fuera del recinto para que, acto seguido, irrumpieran por la puerta una veintena de uniformados. Al instante, uno de ellos –probablemente el que estaba al mando-, se puso delante del resto y sacó una larga lista de nombres de origen judío, obligando a identificarse a cada persona del salón. Si una persona respondía a algún nombre de la lista, inmediatamente dos soldados le apresaban y llevaban fuera.

Víctor reconoció a quien sostenía la lista, Peter Keller, uno de sus amigos de la infancia. Sin embargo, cuando leyó el nombre de Ana y Víctor, ambos fueron apresados. Víctor le miró fijamente, pero en aquellos ojos verdes no reconoció al joven delgado que siempre lucía una sonrisa en su pálido rostro. Víctor intentó llamar su atención:

-Peter, ¡Soy yo, Víctor!, ¡solíamos jugar juntos en el descampado de la fábrica de tu padre! ¡Peter!, ¡Peter!-..

 

Peter miró a otro lado. Víctor siguió gritando e intentando captar su interés. Su grito quebrado y desconsolado hizo que Ana comenzara a llorar. Víctor gritaba y gritaba, pero los dos soldados que le arrastraban con gran fuerza no mostraron sentimiento alguno. Finalmente, la histeria de Víctor fue aplacada con un golpe de fusil que le dejó inconsciente.

Campo de Sachsenhausen, 1939. Un nuevo día más amanece, ofreciendo como de costumbre un cielo gris y encapotado que augura una tormenta inminente. Víctor carga a duras penas la leña para la cabaña de los oficiales. Sus pies desnudos apenas pueden resistir el peso de su esquelético cuerpo como consecuencia de las múltiples llagas sangrantes que hacen que para Víctor cada paso sea la mayor de las torturas. Hace tiempo que no siente las manos, ya sea por el frío o por las heridas ocasionadas por el transporte de material. Sus pulmones se mueven frenéticamente y sacuden su tórax con violencia en busca de una bocanada que les insufle algo más de vida. Sus ojos, antaño dotados de una gran expresión, se hunden en sus cuencas, tristes y apagados. Donde antes existieran dos mofletes sonrosados ahora sólo quedan dos colgajos de carne arrugada. Su cabeza ya no alberga aquella tupida melena que tanto se afanaba por limpiar diariamente, en su lugar, queda una cabeza desnuda recorrida por una larga herida originada por la fricción del gorro que les obligan a llevar.Víctor, cuya mente ha sido desprovista de toda esperanza, ilusión o atisbo de humanidad a base de torturas y linchamientos, hace tiempo que se distanció aun más de este mundo. Sus treinta kilos de peso y su mirada perdida lo atestiguan. Ya sólo le mantiene en pie un sentimiento, una idea a la que aferrarse: Ana.

Tras dejar la madera en la cabaña, Víctor se dirige al “comedor”, donde le espera Ana. Cualquier atisbo de belleza que pudiera detectarse en aquel rostro joven e inocente se esfumó hace mucho tiempo, y con él, la felicidad y alegría de aquella joven. Ana era ahora lo más parecido a un cadáver viviente. Tenía la mandíbula algo desencajada, el pelo gris y lacio cubierto por un pañuelo, y su sonrisa había sido sustituida por dos pedazos de carne seca y quebradiza. Se le podían ver todos y cada uno de sus huesos, así como una incipiente joroba en su espalda.

Aquellos dos jóvenes que se intercambiaban confidencias, besos y caricias; que bailaban polkas y valses ; que se besaban apasionadamente a la luz de la Luna; que no creían que existiera un mañana mejor, se miraron por última vez. Cuatro ojos carentes de toda expresión se llenaron de lágrimas que surcaron sus maltrechos rostros, y los dos comprendieron al instante que sólo existía una salida posible. Decidieron correr hacia la salida, escapar de aquel mundo cruel que se lo había arrebatado todo. Sus frágiles cuerpos pronto fueron pasto de los proyectiles, que quebraron sin piedad aquellos huesos calados y roídos. Ambos cayeron al suelo. El cuerpo de Víctor quedó tumbado boca arriba, con los brazos extendidos y ensangrentados. Ana cayó de rodillas, y su boca expulsó la última sangre proveniente de su corazón.

Los cuerpos inertes de los amantes descansaron al fin de aquel suplicio. Sus rostros reflejaban una leve sonrisa, la única en prácticamente un año. Los ojos quedaron abiertos, e incluso podría decirse que se miraban el uno al otro. Comenzó a llover intensamente, y el agua difuminó la sangre entremezclada de ambos, limpiando aquellos cuerpos mutilados y corruptos.

En el rostro de Víctor ya no había señal alguna de preocupación. Los ojos de Ana parecían brillar con una nueva intensidad. Ambos jóvenes descansaban al fin. La expresión de sus rostros era relajada, reposada. Sus cuerpos, cubiertos por una espesa capa carmesí, estaban tan juntos que era difícil distinguir dónde acababa uno y dónde empezaba el otro. Aquel par de jóvenes se habían unido en la tristeza y en la desolación que al igual que el cielo gris de Berlín había predominado sobre ellos. Ahora, se habían unido juntos en el amor, en un amor carmesí liberador que recorría los canales de aquel campo de muerte, pero quizá también de liberación.

Grandes Momentos del Cine (vol. I)

 

El Cine es una de las mayores formas de manifestación artística que haya existido a lo largo de nuestra historia. Desde que surgiera el primer proyector de imágenes en movimiento, muchos son los usos que se le han dado a este arte: propagandísticos,comerciales, científicos,didácticos y artísticos. Esto viene decir que el Cine, al igual que otros tantos medios de expresión, no tiene un solo uso, sino muchos y muy variados. El Cine no nació con un único propósito. Puede que los hermanos Lumiere tuvieran en mente una única función para su invento -que originaría el Cine- pero al igual que suele pasar con los grandes inventos, el proyector fue fruto de la interacción humana y pronto se fue mucho más allá en cuanto a sus posibilidades reales, dando lugar a la paraición del llamado 7º Arte.
 
A lo largo de estas entradas, haré un recorrido a través de la historia del Cine no como un analista, ni como un historiador, ni mucho menos como un redactor de artículos. Haré un recorrido desde un punto de vista muy personal y subjetivo , esto es, mi propio punto de vista. No habrá largas descripciones ni artículos, simplemente hablaré a través del Cine, intentando capturar una milésima parte de ese arte insondable e inexplicable en forma de fotogramas dignos de ser vistos y recordados,  provenientes de los hijos de esa gran madre artística con más de un siglo de vida.
 
Así pues, dejaré que el Cine hable por si mismo, pues este humilde servidor sostiene que no existen palabras para describir estos instantes de puro arte cinéfilo. Disculpadme eso sí, el realizar un superfluo y mínimo  comentario a cada vídeo, pues es una debilidad que no puedo evitar
 
 
(ATENCIÓN SPOILERS)
 
 
El Gran Dictador –Escena del Globo
 
 
Una de las escenas más famosas del Cine. Chaplin en estado puro. De El Gran Dictador, uno podría quedarse con todas y cada de sus escenas, desde ésta que nos ocupa hasta aquel mítico discurso final que traspasó la pantalla de cientos de cines y televisores en un momento trágico de nuestra historia. Una coreografía perfecta, un impecable manejo de cámara, y uno efectos sorprendentes para la época configuran un momeno irrepetible propio de un genio irrepetible. 
 
 
 
Blade Runner – Final 
 
Escena imborrable e imperecedera. La primera vez que la vi, sentí cómo un escalofrío recorría todo mi cuerpo. Por aquellos tiempos mozos, era un gran aficionado a la Ciencia Ficción, y Blade Runner supuso para mí una huella marcada a fuego en mi memoria. Cada escena, cada momento, cada diálogo… Esa atmósfera futurista , oscura, bañada por una lluvia insondable… Ese Harrison Ford irrepetible, ese Scott que jamás volvió a dejarme sentado en el sofá, y esa historia de vida y destrucción, de destino insalvable y de lucha contra lo prefijado. Rutger improvisó este monólogo final que suponía un broche de oro a tan magna obra cinematográfica.
 
 
 
Casablanca – Tócala , Sam 
 
 
Como iréis viendo a medida que vaya colgando críticas de películas, no soy un gran aficionado de llamado “Cine Clásico”. Sin embargo, y sin ser un gran conocedor de este tipo de cine, debo reconocer, aunque suene ciertamente tópico, que Casablanca me encantó. Ese aroma a película clásica, a cine bien hecho sustentado por un guión perfecto -algo inexistente hoy día en Hollywood-, y esa dupla protagonista que a muchos nos encandiló. Podía haberme quedado con ese final legendario, pero prefiero seleccionar esta vez esta escena que ya reside en el Panteón Cinematográfico.
 
 
 
Tiempos Modernos – Entre las Máquinas 
 
 
¿Qué se puede decir de esta escena? Creo que es uno de esos momentos míticos de la historia del Cine que quien mas o quien menos ha visto y sabe situar en él a ese gran genio que tanto aportó al cine y al que jamás le podremos devolver toda las risas y sentimientos que lograba despertar en esas piezas inolvidables que son todas sus películas.
 
 
 
Taxi Driver – Frente al Espejo 
 
 
Scorsese es uno de los pocos directores que dejarán tras de sí tal brillante legado cinematográfico. Taxi Driver, Casino, Infiltrados, El Cabo del Miedo, Toro Salvaje, Shutter Island -por citar algunas- son PELÍCULAS en mayúscula, obras que han contribuido a engrandecer la figura del director neoyorkino. De toda su obra, me quedo con Taxi Driver. No sólo por su polémico mensaje y su crítica ácida, sino por ese Robert de Niro , que al igual que Harrison Ford, se ha ido desinflando con el paso de los años. Quiero recordar a este De Niro, a esta bestia interpretativa que nos dejó en Travis su mejor personaje hasta la fecha. Esta escena inolvidable, de diálogo improvisado por el propio De Niro, no hace sino engrandecer la figura del protagonista, uun antiguo soldado que ve cómo todo cuanto le rodea se halla sumido en una espiral de vicio, corrupción, maldad y degeneración humana.
 
 
 
El bueno, el feo y el malo – Duelo Final
 
 
No soy un gran aficionado al género western. John Ford jamás ha despertado pasión alguna en mí, y no soy de los que consideran a La Diligencia o Centauros del Desierto grandísimas películas. Por eso, cuando me dispuse a visionar la denominada Trilogía del Dólar lo hice con la única intención de pasar un buen rato y entretenerme con historias de rudos y alcohólicos pistoleros sin escrúpulos ni motivación alguna salvo el dinero. Pero he de reconocer que esta trilogía, aparte de dejarme pegado al sillón con los ojos abiertos escudriñando cada escena, me fascinó por esa ambientación única y esos personajes tan típicos pero a la vez tan carismáticos. Las dos primeras partes son lecciones de cine , grandes películas, pero he de rendirme ante El bueno, el feo y el malo. Morricone compuso la B.S.O de las tres películas, demostrando su talla de genio y maestro del género. Y es en la última película de la trilogía cuando firma con su divina batuta una de las mejores bandas sonoras de la historia del cine, como el tema que suena a lo largo de la escena.
Una escena impresionante, un plano que recorre el rostro de de cada personaje y que nos muestra la viva expresión de la tensión y del instinto de la supervivencia, salvo el rostro de frío e impertérrito de Eastwood. Un escenario único, cinco minutos de cine que te harán olvidar que estás en tu propia casa. Para mí no hay más Eastwood que éste, muchos le criticarán por no haber mostrado su faceta de director antes, pero para mí podría haber seguido regalándonos esos personajes fríos y rudos que todos recordamos.
 
 
 
2046
 
 
Sí, tan sólo pongo 2046. Y es que soy incapaz de decantarme por alguna de las escenas que componen este cuadro audiovisual. Una de las películas más jodidamente -con perdón- hermosas y poéticas que he visto. Cada secuencia, cada escena…. esa música, mezcla de orquesta y de temas míticos, muchos de ellos cantados por esa voz acogedora de Nat King Cole. Una historia de amor y desamor, de pasión ciega, de frenesí emocional entre dos personajes completamente opuestos. Una película firmada por ese gran maestro, por ese poeta de lo audiovisual que es Wong Kar Wai, al cual le dedicaré un día de estos un justo homenaje.
 
Eyes wide shut
 
La última película del genio Kubrick y la más incomprendida por la crítica y el público. En mi opinión, quizá sea su película más arriesgada y a la vez, más valiente. Eyes Wide Shut se atreve a mostrar lo que muchos generalmente no quieren ver o desconocen. Profundiza en las relaciones matrimoniales y en los impulsos irracionales que mcuhas veces sacan a relucir nuestra faceta más oculta. ¿Qué es el matrimonio? ¿Acaso es una relación de amor y respeto mutuo?, ¿dejamos por ello de sentir algo por otros , de sentir impulsos sexuales y cegarnos por fantasías remotas? ¿o tan sólo es un contato terrenal que nos asegura el placer?  El personaje protagonista -interpretado por un soberbio Tom Cruise- descubrirá que quizá el matrimonio no es lo que él había pensado. Un sentimiento de celos aflorará repentinamente en él tras una conversación con su mujer, y a partir de entonces se verá inmerso en un proceso donde los celos -que hasta entonces jamás había sentido- le llevarán a dejarse llevar por sus más ocultos deseos. Primero intentará vengarse de su mujer y su confesión, esto le llevará a un extraña fiesta y ritual. Después sentirá remordimientos y se verá en medio de una situación en la que jamás debería haber entrado.
 
Lástima que muriera tras haber hecho esta película. El mundo del cine perdió a uno de sus mayores maestros, dando lugar a multitud de rumores. Uno de ellos era que quizá Kubrick hubiera mostrado demasiado sobre esos supuesto rituales sexuales en los que participan los grandes controladores del mundo. Un rodaje conflictivo -Kubrick se negó a censurar su película pese al sello X que habría supuesto un fracaso en taquilla y aceptó distribuir dos versiones- y una leyenda urbana que engrandecieron esa faceta misteriosa del realizador. 
 
 
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Y hasta aquí este primer volumen de Grandes Momentos del Cine. Seguiré recopilando grandes escenas que creo deben ser visionadas por todos para futuras entregas. Y respecto a ti, querido lector, ¿cuáles son esas escenas que se quedaron grabadas a fuego en tu cabeza y que te hicieron sentir la magia del Cine?