La odisea de Mou: conseguir una Paysafecard

Hace un tiempo “descubrí”Steam como un buen medio para jugar a juegos de buena calidad a un preciobastante asequible (o directamente al más asequible de los precios). Sí, lo míotiene delito, pero puedo acogerme a la excusa de que no suelo jugar en elordenador.Pues bien, quería comprar dos artículos y la pregunta era: ¿cómo?Webmoney, Paypal…había varias opciones, pero esta es la que más me convenció:Paysafecard.

 

Seguro que sabéis de qué se trata, pero pecaré de pedantey os diré que el método Paysafecard es muy similar al de las tarjetas prepago.Tras comprar la tarjeta por el valor del dinero que se quiere gastar onlineobtenemos con la misma un pin de validación para dicha tarjeta y su precio. Notenemos más que introducir ese pin donde se nos indique en las tiendas quepermitan el uso de estas tarjetas, como es el caso de Steam, y ya podremoscomprar con el valor del dinero que nos costó dicha tarjeta. No, no trabajopara ellos aunque lo esté diciendo como si fuera así X-D pero considero que setrata de un buen método para todo aquel que desee realizar pagos por Internetde forma segura.

 

Así pues, me decidí a salir ala calle a por esa tarjetita, ya que según la web oficial de la misma  se podían encontrar en cualquierestablecimiento de venta de prensa (vamos, el quiosco de toda la vida), ademásde correos y cabinas telefónicas. Sí, habéis leído bien, cabinas telefónicas.

 

 

Iba a ser un buen día, seguro. (……) No sabía la que me esperaba.   

 

 

Donde vivo hay varios sitiosdonde podía ir. Entré en el primero: 

– ¿Pay..qué?

El siguiente:

– No tenemos de eso.

Otro más:

– Lo siento, no sé qué es eso.

 

Todos se quedaban con cara deWTF? al oír la palabra “Paysafecard”, y no les culpo. Aún me pregunto por lasnoches cómo en su página web se anuncia que puedes encontrarlas en esos sitiosque tan poco tienen que ver con estas cosas…¿es que en tiendas de informática opor el estilo no? En fin..

 

Me llevé un pequeño gran chasco y me di por vencido al vercómo nadie tenía ni idea de lo que pedía. Fui dirección a mi casa y mientrasaún podía ver algunos sitios en los que no había entrado, pero en mi estado dedepresión profunda (hipérbole, exageración, trola, Homer Simpson) me dije quetampoco allí encontraría lo que andaba buscando.

 

Vi también una cabinatelefónica, pero pensé: “Absurdo, no la he encontrado antes, menos la voy aencontrar aquí”. Pero, no sé por qué, quizá por la excesiva depresión, o quizápor una voluntad estúpida de querer rematar el día haciendo el imbécil, me dila vuelta y ordené a mis piernas de un metro de largo que me llevaran al últimolugar de mínima esperanza. Y así lo hicieron (no esperaba menos de ellas). Alinstante me encontré enfrente de aquel cubo aislado de la gente que sirve parahablar con ella (qué ironía), y nos miramos fijamente, desafiantes, como si deun duelo del Lejano Oeste se tratase.

 

 

 

Así de fíjamente miré yo a la cabina
 
 
 
Acto seguido medispuse a ver qué podía hacer. Accedí al menú del aparatejo y me encontré conla opción más lógica y normal (“Realizar llamada”), pero también con otra queprometía bastante: “Pago por Internet” (o algo así). Me sorprendió bastanteencontrarme con esa opción en una cabina telefónica, la verdad. Al mismo tiempoque sorpresa sentí un pequeño atisbo de esperanza. Abrí el susodicho menú, y meencontré con una larga lista de opciones, pero en ningún sitio ponía la palabraque estaba buscando.

Seguíbajando por la lista hasta que llegué al último elemento que figuraba en ella,y le di otra vez para asegurarme de que era el último. Pero no, aún quedabandos opciones más que se mostraron ante mis abiertos ojos. No recuerdo cuál erala primera pero sí recuerdo la segunda: “Paysafecard”.  

 

Una sensación decalma y sosiego invadió mi cuerpo, y pensé que por fin iba a hacerme conaquello que necesitaba para jugar a dos títulos a los que les tenía muchasganas…ingenuo de mí.

 

 

 

Se iba a desencadenar unacontecimiento

tan chungo como en  “Última llamada”.

Bueno, vale, exagero, lo de ColinFarrell fue

                                                 más light. 

 

 

 

Tras seleccionar la opción deseada se me pidió que escogiera el valor dela tarjeta: 5 ó 10 euros. Elegí la segunda opción y a continuación apareció unaoración imperativa: “Introduzca el importe seleccionado”. Empecé a sacarmonedas de 1 y 2 euros que tenía en el monedero y, sin dudarlo, empecé a introducirlasen la ranura correspondiente de la cabina, sin tener en cuenta cuánto estabametiendo, pero “Para eso está el contador de la pantalla”, me dije.

 

Cuando el contador alcanzó los 9€ me detuve para buscar la última monedaque me daría acceso a la ansiada Paysafecard. No obstante, me quedaba unamoneda de 2€, no tenía ninguna de 1. Aun así, metí el “bieuro” en la ranura,pensando que la cabina cobraría los 10€ y me devolvería el euro sobrante. Nadamás lejos de la realidad.

 

Tras introducir la descompensada circunferencia de metal un mensajeapareció en la pantalla: “Introduzca el importe exacto”. Dicha frase sonó aregañina por haberme pasado un mísero euro del precio seleccionado. Noobstante, inmediatamente surgió otra mucho más tranquilizadora: “Retire eldinero del cajetín”. Me pareció increíble que en el mundo en el que vivimos nose aceptara más dinero del que se debía pagar y te notificaran de ello. Quizálas máquinas sean más humildes que las personas…

 

Oí el sonido de las monedas cayendo en el interior de la máquina. Miréabajo. Un cajetín metálico parecía mirarme diciendo: “¡Venga, chico, ábreme!”Agarré el saliente y tiré de él. Nada. “¿Cómo?” Otra vez..Nada. “¿Qué estápasando aquí?” No sé cuántas veces necesité tirar de aquel saliente para darmecuenta del problema, como si mi cerebro no quisiera aceptar lo que estabapasando: el cajetín no se abría.

 

 

Tiré delcajetín y no se abrió. El mayor owned de la Historia. 
 
 
 

Quedé absorbido en uno de esos momentos de la vida en los que no importadónde naciste, quién eres, tu pasado o tu futuro. Un momento en el que sóloexiste el presente, el aquí y el ahora, y el problema que se te presenta.También fue un instante en el que se echan por tierra los miles y miles de añosde evolución del hombre, pues aunque se sepa perfectamente que si algo no hafuncionado antes tampoco va a funcionar ahora, incomprensiblemente uno sigueesperanzado de que (hablando ya de este caso particular), si no se abrió a la9ª, quizá se abra a la 10ª, y se sigue repitiendo la misma operación aunquesepas que, antes de que lo hagas, va a ser inútil, como ya se ha podidocomprobar en los muchos intentos previos. En el fragor del problema también setiende a pensar “Si es que esto sólo podía pasarme a mí”.

 

Y bueno, ¿qué haces en un momento así? Pues miras a tu alrededor yevalúas las opciones. Fue también un momento gracioso (bueno, gracioso loparece ahora, que ya ha pasado, pero en ese instante me pareció un infierno),porque a escasos metros de la cabina telefónica estaba la entrada a un banco, yyo rezaba para que las cámaras de seguridad no me englobaran en su campo devisión y que las personas que hubiera por allí no sospecharan de una personaque luchaba a muerte con el cajetín de una cabina telefónica…Claro, ¿cómo ibana pensar mal? Seguro que la gente que pasase por allí comprenderíaperfectamente que un chico haciendo eso tenía un problema antes que imaginarseque se trataba de un acto de vandalismo. Sí, seguro..

 

 

Miarchienemigo 
 
 
 

Recorrí la acera con la mirada mientras observaba a las personas quepasaban por allí. Me veía obligado a pedir ayuda en una situación en la queparecía el tercer ladrón chapucero desaparecido de “Solo en casa”. Iba con lavista de persona en persona hasta que pasaban de largo. Era como cuando vas aponer el pie en una escalera mecánica y mientras van apareciendo los escalonespiensas “Este no, este tampoco, venga va, este..tampoco” y te tiras así mediahora rezando para que no haya nadie detrás de ti que te meta prisa.

 

Al final elegí a una presa y me lancé a por ella:

– Perdone, ¿sabe usted cómo se abre el cajetín de esta cabina? Es que seha atascado.

El hombre me miró con una cara un tanto burlona (o me lo pareció) yrespondió lo siguiente:

– Pues no, no, no sé, no sé.. 

Y sin perder más tiempo puso rumbo a Dios sabe dónde para alejarse de esepsicópata maníaco ladrón “cajetillero”.

 

Es en estos momentos donde se demuestra con vergonzosa evidencia loslímites de la estupidez humana. Me diceel monitor que recoja el dinero delcajetín y ¿qué se me ocurre hacer? Pues mirar a ver si alguien puede, como side la búsqueda de una persona capaz de extraer la espada Excalibur se tratase.Solo que este reto era más difícil, desatascar el puñetero cajetín de lacabina, o eso es lo que a uno le parece en momentos así. Lo más absurdo y obviose convierte en lo más complicado para deshonra de un servidor.

 

Tras la “gran consideración” del hombre, mi vergüenza por intentarlo conotra persona era máxima. Aun así, volví a dirigir la mirada hacia la calle enbusca de alguien que tuviera la frase “Tengo la solución que necesitas” escritaen la frente.

 

 

Al acecho demi próxima víctima 
 
 
 
Así pues, respiré hondo y abordé a una señora, cuya respuesta resultógozar de una originalidad que pocas veces he visto:

– Ay no, yo no sé, no sé…

Su actitud era la misma que si hubiera acabado de hablar con un ladrón.Fue ver mi cara y romper la barrera del sonido en su huida.

 

Tras estas “humanizadoras” respuestas, volví a mi cuev..digo, a la cabinaa ver si se me ocurría algo para poner fin ya a esta agonía. Lo que pretendíaparecía una estupidez pero llegados a ese punto ya no tenía más dignidad queperder, así que le di otra vez a “Paysafecard” e introduje unos céntimos de lacalderilla que me quedaba. Al igual que antes, volvió a aparecer el mensaje deriña de “Introduzca el importe exacto”, al que le siguió también el de “Retireel dinero del cajetín”. Y otra vez volví a oír las monedas cayendo hacia esamaldita pieza de metal, y por enésima vez intenté abrir el endemoniado cajetín.Y esta vez, cedió. No pude evitar sentir una electrizante sensación de victoriatras horas y horas de costosa y fatídica batalla, como si hubiera sido unconflicto bélico medieval. Claro que esas horas habían sido en realidad unosminutos (infinitamente laaaaaaaa?rgos, eso sí).

 

 

La euforiainvadió mi cuerpo tras realizar

una gesta tanencomiable como la de..abrir un..cajetín.

Bueno, enretrospectiva pierde un poco de gracia. 

 

 

 

Hice caso al monitor y retiré el dinero de “mi amigo el cajetín”, y portercera vez repetí la operación de compra, en esta ocasión con un cuidado casienfermizo por no pasarme de largo, y por fin, obtuve lo que andaba buscando.

 

En el trayecto a casa me pregunté (y me lo sigo cuestionando antes dedormir) qué había podido pasar, cómo era posible que la altísima ingeniería delinnombrable cajetín hubiera fallado. Para la siguiente volveré a disponer de unpoco de calderilla por si vuelve a suceder, aunque rezaré para que todo vayabien. No me gustaría volver a vernos las caras, la próxima vez podría no corrertanta suerte…[Inserte música de tensión]

 

Bueno, os animo a que contéis si os ha sucedido algo parecido, o si loque he relatado es más normal de lo que parece y he quedado en un inmensoridículo (esto último creo que sí o sí X-D). 

 

La moraleja es clara: cuando tengáis un problema de este tipo, en el queestéis el artilugio problemático y tú, sujeto de máxima culpa, no busquéisayuda en otros seres, os juzgarán sólo con veros. O hacedlo para que se osconfirme la estupidez de pedir ayuda y regreséis al problema con unos cuantospuntos menos de coeficiente intelectual.

 

Los dos juegos que adquirí mediante la Paysafecard fueron el Plants vsZombies y el Portal. Sí, lo más nuevo que hay. Sin ir a la última, voy últimoen todo. Huy mira, ya tengo frase superhipermegaultrafilosófica que poner enTuenti.

 

Es curioso que ambos juegos tengan al final algo muy similar de lo que yono tenía conocimiento, pero no lo desvelaré porque podría estropearle laexperiencia a alguien. El que se haya pasado los dos sabrá a qué me refiero.

 

Lo último es daros las gracias por leer esta historieta. Espero quehayáis pasado un buen rato.

Un saludo!