La Difícil Decisión de Abraham Lincoln

 Lincoln

Era una mañana húmeda y sofocante de junio de 1862. Abraham Lincoln salió a pie de la Casa Blanca. Cruzó el césped y se encaminó al pequeño edificio de ladrillo que ocupaba la Secretaría de la Guerra. En la oficina de telégrafos  saludó cordialmente a Thomas Eckert, que la atendía. Él y Abraham eran viejos amigos. En lo que iba del año habían pasado juntos muchas horas en aquella oficina recibiendo partes, casi todos desfavorables, de los frentes militares. Lincoln le pidió a Eckert papel y bolígrafo. Le dijo que quería escribir algo que él consideraba de suma importancia.

“No fue mucho lo que escribió”, había de recordar Eckert. “Pensaba largo tiempo, y cuando llegaba a una conclusión, trazaba una línea o dos”. Al cabo de un rato le entregó la hoja a Eckert para que la guardase en su gaveta. Al día siguiente, y día tras día, por espacio de varias semanas, estuvo Lincoln presentándose en la oficina de Eckert, pidiéndole la consabida hoja y agregando unas líneas más. En algunas ocasiones sólo añadía una línea, o se pasaba horas enteras revisando lo que había escrito. Por último, hacia fines del mes, pareció Lincoln darse por satisfecho de su obra, tantas veces retocada. Volvió a releer cuidadosamente la hoja y se la guardó en el bolsillo interior de la Levita. Y con la sorprendente confianza que solía depositar en los hombres del pueblo, le reveló a Eckert que estaba redactando un “decreto” por el que se declaraba libres a los esclavos del Sur, “con el objeto de acelerar el final de la guerra”.

Ahora, a casi 150 años, resulta muy difícil darse cuenta de las angustias y zozobras que atormentaron a Lincoln antes y después de firmar la famosa Proclama redentora. Hacía un año que los ejércitos de la Unión, duramente batidos y malparados, venían sufriendo derrota tras derrota. Sedicentes moralistas y clérigos de nota arreciaban en su empeño de embarcar a Lincoln en una política abolicionista. Las delegaciones desfilaban, una en pos de otra, por la Casa Blanca, para elevar al Presidente peticiones y protestas de estridente tono antiesclavista. Abrumado y fatigado por tal insistencia, Lincoln se esforzaba, no obstante, en explicar con inalterable paciencia a cada una de aquellas comisiones que él también aborrecía la esclavitud; pero que no juzgaba ni prudente, ni prueba señalada de valor, el hacer de la abolición el objetivo principal de la guerra.

La negativa de Lincoln enfurecía a los abolicionistas a ultranza. El cáustico Wendell Phillips, tribuno y reformista, motejó a Lincoln de “gobernante de pacotilla” y de “tortuga”. William Lloyd Garrison, uno de los más fogosos paladines de la cruzada abolicionista, lo calificó nada menos que de “trapo mojado”.

No puede abrigarse la menor duda en ese punto: Lincoln abominaba la esclavitud. Desde joven, presenció la venta de esclavos en una subasta pública en Nueva Orléans. Esto le produjo indignación y, desde ese momento, quiso combatir ese tráfico inhumano.

Pero Lincoln no olvidaba nunca que un político debe obrar de acuerdo con la realidad, sea esta la que sea. La esclavitud estaba sancionada en la Constitución. Los Fundadores, apremiados por la urgente necesidad de forjar una nación con trece Estados de muy diversa condición, aceptaron, por vía de compromiso, la institución, en la esperanza de que la esclavitud desaparecería en el Sur por sí sola, como estaba ocurriendo en el Norte. Como Presidente, Lincoln había jurado de modo público y solemne guardar aquella Constitución y estaba riñendo una porfiada guerra con los Estados del Sur que se habían levantado en armas contra ella. Más aún: la Unión tenía el apoyo de los estados limítrofes de Kentucky, Missouri, Tennessee, Maryland y Delaware, donde la esclavitud era lícita y donde había un gran número de esclavos. “Hay 50 mil bayonetas de esos Estados en las filas de la Unión”, recordó a cierto insistente delegado religioso de Chicago. “La defección de esos Estados tendría consecuencias sumamente graves para nuestra causa”.

Entre tanto la guerra aumentaba de proporciones y los ejércitos de Lincoln, dominados por la superioridad táctica del enemigo, sufrían revés tras revés. De Europa llegaban malas noticias: Inglaterra necesitaba el algodón del Sur para abastecer su industria textil y parecía dispuesta a reconocer a la Confederación; otros gobiernos se mostraban inclinados a hacer lo mismo. Varios embajadores norteamericanos advirtieron a Lincoln que lo único que podría impedir el reconocimiento sería: o una victoria militar aplastante, que causara profunda impresión en el ánimo de los estadistas europeos, o la emancipación de los esclavos para congraciarse con los obreros europeos, que eran altamente antiesclavistas.

Cuando tocaba a su fin la primavera de 1862, ocurrió un incidente que puso de manifiesto las dudas torturantes de Lincoln. Abruptamente envió un telegrama a un viejo amigo y colega de profesión abogadesca: Leonard Swett, que vivía en Illinois, con el ruego de que viniera a toda prisa a la Casa Blanca, acaso acariciando la secreta esperanza de un cargo público relevante.

Lincoln lo recibió con grave continente, lo llevó a su despacho y se encerró allí con él. Sin más preámbulo, le entregó tres cartas para que las leyese: una de William Lloyd Garrison, quien exigía que el gobierno declarase abiertamente la guerra a la esclavitud; la segunda, de un senador de Kentucky, con el aviso de que un decreto de abolición tendría por resultado inmediato la secesión de los Estados limítrofes; la tercera, de un estadista suizo que vaticinaba que la emancipación sería considerada por la mayoría de los gobiernos europeos como una invitación al levantamiento armado de los esclavos.

Después que el desconcertado Swett hubo leído las cartas, el Presidente tomó la palabra y estuvo discurriendo una hora sobre la emancipación, estudiándola desde todos los puntos de vista imaginables. Al término del monólogo, Lincoln no preguntó, siquiera por cortesía, a Swett: “Bien, ¿y qué piensas tú?” Sencillamente se levantó, tendió la mano a su amigo en señal de despedida y le agradeció que se hubiese tomado la molestia de hacer aquel viaje de dos días desde Illinois.

Pasado algún tiempo, Lincoln hizo la pintura del estado de su espíritu en aquellas semanas decisivas: “Las cosas van de mal en peor. Por fin, un día, convencido de que ya no era posible continuar ejecutando el desastroso plan de operaciones que nos habíamos trazado, de que habíamos jugado nuestra última carta de triunfo y de que era imperativo un cambio de táctica, so pena de perder la partida”, llegó a la conclusión de que la libertad de los esclavos era una medida de guerra justificada por las circunstancias, un arma más en la lucha para salvar la Unión. Se abstuvo, sin embargo, de decir si él, personalmente, se alegraba de dar aquel paso, o si, por el contrario, lo daba “con temor”. Ni los mismos estados limítrofes podían negar que los tres millones y medio de esclavos del Sur desempeñaban un papel importante en su economía de guerra, dejando en disposición de movilizarse a todos los blancos capaces de manejar armas. El decreto contribuiría, pues, a privar a los rebeldes de aquella reserva de fuerza laboral negra.

A fines de julio Lincoln reunió a su gabinete en la Casa Blanca. Con toda calma y compostura dio a conocer su decisión. Nadie discrepó. Pero el perspicaz secretario de Estado, William Henry Seward, hizo notar que si se dictaba entonces se corría el riesgo de que se interpretara como “la máxima medida a que apelaba un gobierno agotado, com un grito de auxilio”. Sería más eficaz si se promulgase después de una sonada victoria. Lincoln aceptó.

En los dos meses siguientes y mientras las huestes unionistas  sufrían derrota tras derrota, Lincoln tuvo que soportar el fuego graneado de los abolicionistas que lo acusaban de faltas de decisión. En septiembre de 1862 el ejército del Potomac batió a las legiones de Lee en Antietam Creek, cerca de Sharpsburgo, en Maryland. Los “azules” consiguieron contener el avance de los “grises” en la jornada más sangrienta de la guerra. Las tropas de Lee se vieron forzadas a retirarse a Virginia. A los cinco días de aquel triunfo, Lincoln dio a conocer el texto de la Proclama.

La proclama provocó, al instante, un debate más enconado y virulento que las discusiones que le precedieron. Con la mira puesta en las reacciones políticas y movido del ardiente  deseo de acabar la guerra, Lincoln se cuidó de decir que aquella era una proclama “preliminar”. Hasta el primero de enero de 1863, manifestó, no se decretaría oficialmente la emancipación de los esclavos en los Estados insurrectos.

Aquí da principio uno de los períodos de mayor incertidumbre y expectación en la historia de los Estados Unidos. ¿Se volvería atrás Lincoln, si la marcha de la guerra o las elecciones de aquel otoño le fueran adversas? ¿Satisfaría a los abolicionistas más emperrados el tenor mesurado y legalista del documento? Desertarían los Estados limítrofes?

Los abolicionistas moderados  razonables acudieron en socorro del Presidente. Horacio Greeley, director del Tribune de Nueva York, escribió: “Es el principio del fin de la rebelión; es el inicio de una nueva vida en el país. ¡Dios bendiga a Abraham Lincoln!” Pero en Inglaterra el primer ministro, lord Palmerston, calificó la proclama de “papelucho”. Los valores bajaron en la Bolsa y disminuyó de modo alarmante el número de alistados voluntarios en todo el Norte. Las elecciones de octubre culminaron en un rotundo fracaso para el partido republicano de Lincoln. El Ejército de la Unión sufrió descalabros. Un general de notoria incompetencia, Ambrose Burnside, lanzó a los batallones de su ejército, el del Potomac, a un ataque de frente contra las tropas de Lee atrincheradas fuertemente en las alturas que rodean Fredericksburg, en Virginia. El número de bajas en la insensata acometida fue de hecatómbicas proporciones. ¿Disuadiría aquella derrota a Lincoln de promulgar el decreto?

El jueves primero de enero de 1863, Lincoln presidió la tradicional recepción pública en los salones de la casa Blanca. Estuvo tres horas saludando y estrechando la  mano de cientos de personas. Entre tanto, el secretario Seward y su hijo Frederick aguardaban al Presidente en el piso alto, con un ejemplar de la Proclama.

Después de decir adiós al último de sus visitantes, Lincoln subió directamente a su despacho. Tomó una pluma y se dispuso a firmar el documento. De pronto empezó a temblarle el brazo. Sorprendido, volvió a colocar la pluma en la espetera y caviló si acaso sería aquello una premonición del otro mundo. Mas al punto se echó a reír. Había dado con la explicación: durante tres horas estuvo estrechando la mano de centenares de personas. A los Seward les dijo: “Si la historia registra algún día mi nombre en sus páginas, será por este acto, en el que pongo toda mi alma. Si me temblase la mano al firmar la Proclama, cuantos viesen después el documento pensarían y dirían: Vaciló”.

Volviendo a tomar la pluma en la mano, dijo: “Jamás en mi vida he estado tan seguro de hacer algo bueno, como lo estoy ahora al firmar este documento”. Y, lentamente, y con firmeza, estampó su nombre. Levantó la cabeza, sonrió y exclamó: “Ya está”.

En las ciudades del Norte se habían congregado grandes muchedumbres en espera de la nueva. En el templo de Tremont, en Boston, un antiguo esclavo Frederick Douglass, describió los momentos finales:

“Las ocho, las nueve, las diez. Las horas iban y venían. Ni una palabra todavía. Una sombra visible parecía caer sobre la expectante multitud. Los oradores, confiados, trataban en vano de disipar las crecientes dudas. Por fin, cuando la paciencia de todos estaba a punto de agotarse, he aquí que un hombre, dando muestras de gran agitación, se abre paso por entre el apiñado gentío. La cara le resplandecía de gozo. Con voz vibrante anunció: Ya viene. Ya la están transmitiendo por los hilos del telégrafo”.

La multitud se estremeció sacudida por jubilosa emoción. Un predicador negro se levantó y entonó los primeros compases:

 

Tañed el sonoro pandero
sobre el negro mar de Egipto;
Jehová ha triunfado; su pueblo
es libre

coreados con entusiasmo por los presentes.

En la isla de Port Royal, frente a las costas de Carolina del Sur, se celebró otro acto menos conocido. Allí el coronel Thomas Wentworth, recibió la bandera nacional para el primer regimiento negro del Ejército unionista. Cuando el clérigo que había traído la enseña acabó de hablar, los negros de la concurrencia empezaron a cantar de un modo completamente espontáneo: “Patria mía: es la tuya”.

Casi todos los temores que abrigaban los adversarios de la emancipación resultaron infundados. Los Estados limítrofes se mantuvieron leales a la Unión. En el Ejército unionista se registraron algunas deserciones, compensadas con creces por el reclutamiento de millares de negros. Cambió el curso de la guerra. En el verano de 1863 se ganó la batalla de Gettysburg. Cayó Vicksburg en poder de los unionistas, y los ejércitos confederados comenzaron a batirse en franca retirada en todos los frentes.

En estos momentos, Lincoln dijo estas palabras:

“Ya está cerca la paz. Espero que la alcanzaremos pronto y para siempre; y en forma tal que merezca cuanto se haga para conservarla. Y quedará definitivamente probado que, entre los hombres libres, no pueden emplearse con éxito las balas en vez de los votos, y que aquellos que apelen a las armas están condenados de antemano a ver irremisiblemente perdida su causa”.

 
 

La última corrida de Manolete

Cuando salía al ruedo, al son de los clarines y trompetas, y hacía el paseíllo bajo el aplauso de la multitud, su aspecto no era nada del otro mundo. Si acaso era más alto y no tan atractivo como los matadores que desfilaban a su lado. Pero cuando se enfrentaba al toro, siempre ocurría lo mismo: algo mágico transformaba a Manolo, el incomparable Manolete, el Caruso de la Fiesta brava.

Por ocho años fue el matador más famoso del mundo. Llegó a ganar 500 mil pesetas por una tarde. En España, donde era un héroe nacional, se levantaron monumentos y poetas y compositores han cantado sus hazañas. En Venezuela y Perú, cada vez que toreaba, los aficionados se pasaban la noche a las puertas de la plaza y a la mañana siguiente se disputaban las entradas a puñetazos. En México se llegó a pagar hasta 2500 pesos por una entrada para disfrutar de su arte.

Su nombre completo era Manuel Laureano Rodríguez Sánchez y se crió en la morisca ciudad de Córdoba, y como los chiquillos de su edad, jugaba a los toros en sus calles adoquinadas. En ese tiempo, allá por 1929, conoció a quien sería su amigo y mozo de estoques, Guillermo González Luque.

Desde la barrera podía verse cómo, en sus inicios, Manolete era un jovenzuelo inseguro y desgarbado que al pasar el tiempo adquiriría gallardía y la prestancia de un verdadero maestro. Desde 1939 hasta su trágica muerte en 1947, a la edad de 30 años, toreó más de 500 corridas. En muchas de ellas acababa saliendo en hombros de los entusiastas.

Pero el mayor triunfo de Manolete consistió en que, en su ser íntimo, siempre siguió siedo el mismo. Aunque en el ruedo mostraba una orgullosa figura, con su espléndido traje de luces, y aparecía altivo y casi arrogante ante el peligro, en realidad fue siempre una persona amable y de lo más modesto. Como todo torero, gozaba con el aplauso del público pero, cosa rara entre los de su profesión, le incomodaba el halago y ser centro de la atención pública.

Delgado, de rostro solemne, nariz larga y ojos increíblemente tristes, era Manolo hombre estirado y poco dado a la sonrisa cuando se hallaba en público. Por eso todo el mundo decía que era melancólico, afecto a cavilar sobre su destino y los riesgos de su oficio. Ideas románticas éstas, pero muy alejadas de la verdad. Era tímido, sencillamente.

En la vida privada era compañero llano y afectuoso. Y aunque tomaba su oficio muy en serio, porque no es ninguna broma enfrentarse a los cuernos del toro, se reía a menudo de sí mismo y de la adulación que se le prodigaba. Le gustaba contar acerca de un individuo que vivía no lejos del hotel donde se alojaba en Madrid, un sujeto que siempre que pasaba le gritaba: “¡Olé el gran torero! ¡Olé por el mejor hombre del mundo! ¡Olé por el más valiente!” Esto molestaba mucho a Manolo hasta que un día se detuvo y le gritó:

-Pero hombre, ¿por qué me estás diciendo siempre esas cosas?
-Porque así lo creo. Eres lo mejor de lo mejor.
-Bueno, ¿y eso a ti qué?
-¡Hombre! -Y en ese punto Manolo empezaba a reir-. Pues que revendiendo las entradas para tus corridas, me estoy haciendo rico.

En su vida no cabían los fingimientos. Mientras otros matadores adoptaban aires jactanciosos, Manolete no tenía el menor reparo en confesar su miedo y respeto a los toros. Un día dijo: “Cada vez que veo esos cuernos me dan ganas de salir corriendo”. En una entrevista radiofónica se le preguntó cómo se sentía ante la corrida que iba a torear en Zaragoza. “Francamente”, cotestó, “espero que los seis toros se escapen por la frontera de Francia”.

La fiesta de toros Manolo la traía en la sangre. Toreros habían sido su padre, su abuelo y su famoso tío Pepete. No obstante, la primera vez que su padre lo llevó a una corrida, no le gustó el espectáculo. Su madre se mostró complacida de aquello, pues ya un torero la había dejado viuda. Al morir su segundo esposo, casi en la miseria, ocultó a los ojos de su hijo todo aquello que pudiera recordarle la fiesta de toros.

Fue en vano. El barrio de Santa Marina, donde se crió, era en Córdoba el corazón de la torería. Ya a los once años, Manolo se lucía en las corridas callejeras. Aunque pálido, flaco y desmañado, tenía muchas ganas de aprender. En una tienta que tuvo lugar en una finca cerca de Córdoba, en la que se probaba la bravura de las vaquillas, pasó por su primera pruba de verdad al enfrentarse a una vaquilla que tenía lo suyo. Pero en lugar de tratar de lucirse con vistoso lances, Manolo se mantuvo quieto y tranquilo, pasándose y repasándose a la res con la muleta, obligándola a buscarlo tras el trapo rojo. A pesar de que en cierto momento se arrimó tanto al animal que éste lo enganchó, no por ello desistió, y continuó toreando. “No es más que un arañazo, no hay que contárselo a mamá”, dijo Manolo a Memo González. Entonces tenía 13 años.

A los 15, Manolo toreaba ya en ferias pueblerinas. A los 16 abandonó la escuela para unirse a una charlotada (grupo de toreros cómicos que hacían payasadas con novillos). El papel que a él le tocaba representar era bien serio, sin embargo, pues tenía que lidiar un novillo de respetable tamaño; de todos modos el público se reía. Un critico habló de él: “Este muchacho tiene una cara más triste que un entierro de tercera, y por su figura parece un clavo retorcido”.

Un año después llamó la atención de un torero retirado, llamado Camará, que se convirtió en su apoderado. En el joven novillero volvó todos su conocimiemto y experiencia en los toros. En 1939 fue la alternativa de Manolete. Después de triunfar en Sevilla y Barcelona, se metió en un puño al exigente público madrileño. Esta vez, un crítico escribió: “Nunca ha existido un torero igual. Jamás ha habido, en la historia del toreo, tal garbo y elegancia”.

Tanto arrastre tenía Manolo entre el público, que podía exigir los honorarios más altos que se hubieran pagado jamás a un matador. En ocho años ganó más de 100 millones de pesetas. Y como presidente de la Unión de Matadores, utilizó su influencia para elevar los sueldos de los demás toreros.  Según Guillermo González, pagaba generosamente sus subalternos y, lo que es más, los hacía sentir importantes. Vivía en una regia mansión, con su madre y dos hermanas, y poseía varios automóviles y dos grandes fincas.

Aunque acaso esta vida puede parecer magnífica, exigía grandes sacrificios. Más de ocho meses del año se la pasaba de un lado a otro. A menudo se presentaba en 25 plazas en un mes. Muchas noches se la pasaba viajando en automóvil para llegar a la siguiente ciudad, a participar en una corrida más. Para Manolete, toda corrida era tan importante como si tuviera lugar en la plaza de Madrid. Más de una docena de veces recibió graves cornadas. En cierta ocasión en que pudo haberse puesto a salvo con sólo dar un salto, se mantuvo en su sitio y recibió una cornada en el muslo. Cuando se le preguntó por qué no esquivó al toro, contestó: “La gente no paga por ver correr a Manolete”.

Para Manolo toda corrida constituía una lid, no contra una bestia de 450 kilos, sino consigo mismo. Cada vez que el toro embestía era para él una ocasión de poner a prueba su propio valor. Y Manolo se encaraba a esta prueba manteniéndose erguido e increíblemente unmóvil, arrimando el cuerpo a los pitones mientras movía con lentas ondulaciones la roja muleta o la capa malva y oro. Una y otra vez se pasaba muy cerca del animal, haciendo que este le buscara tras el engaño. A tal punto llegaba la sangre fría con que ponía en juego su maestría, que los aficionados dieron en llamarle el Monstruo. Aunque los cyernos rozaran su cuerpo, a menudo dejaba perder la mirada en la lejanía, como si hubiese hallado la serenidad en medio del peligro. A la hora de matar, se iba derecho sobre los cuernos, exponiéndose mucho más de lo que ningún otro matador se atrevía a hacerlo. Aún quienes sabían poco de toros, o que incluso reprobaban la fiesta brava (ya existían los detractores de esta actividad tachándola de inhumana) reconocían que, al menos en el caso de Manolete, lo que en ésta se hallaba en juego no era la muerte del toro, sino el valor del hombre.

A fines de 1946 los años pasados en el ruedo habían dejado su huella en Manolo. Aún no tenía 30 años y más bien parcía ontar 50. Lleno de cicatrices, exhausto ya, anunció que se retiraría después de la temporada de 1947.

Los críticos taurinos se volvieron inopinadamente contra él: “¿Acaso el Monstruo tiene ya miedo a los cuernos?” preguntaban burlonamente. A pesar de que ese año fue de ruedo en ruedo, dando siempre lo mejor de sí mismo, los aficionados le exigían más y más. Se diría que no querían dejarlo salir con vida. Tal actitud recordaba el viejo dicho: “La única bestia en la plaza de toros es la multitud”.

Para colmo, Dominguín, joven matador osado y ambicioso, comenzó a jactarse de que la verdadera razón de que Manolete se retirara era que no se atrevía a competir con él. Manolo aceptó aquel reto y firmó contrato, comprometiéndose a aparecer con Dominguín en tres corridas que tendrían lugar en agosto.
En las dos primeras corridas, la mutitud aclamó a Dominguín -su nuevo ídolo- a la vez que se mostró exigente para con su antiguo héroe. En cierta corrida en San Sebastian, recuerda Guillermo, el público se mostró histil. En un momento en que se acercó a la barrera para para pedirle otra muleta, Arruza, el matador mexicano, que andaba por ahí cerca le preguntó:

-¿Qué más quiere esta gente?
-Ya sé lo que quieren -repuso Manolo-. Y puede que uno de estos días se lo dé.

La última corrida se celebraba en Linares, población minera de Andalucía. Dos años antes, viajando en automóvil, Guillermo tuvo la mala fortuna de atropellar a una chiquilla. Manolo llevó a la niña al hoispital e hizo venir a los mejores médicos. Cuando abandonaban el lugar le dijo a la madre superiora: “Este sitio es encantador. Quisiera volver aquí algún día, en otras circunstancias”.

Esta vez Manolo condujo el automóvil hasta Linares. El día de la corrida, 28 de agosto, estaba muy aimado. Lo acompañaba en el hotel su buen amigo Baldomero Sánchez de Puerta, en cuya finca acostumbraba Manolo cazar y montar a caballo durante sus temporadas de descanso. Charlaron toda la tarde y cambiaron bromas, pero no se habló de toros. Mientras Manolo se vestía para la corrida, Baldomero svio la pierna desnuda de Manolo y mencionó que la herida suturada parecía un ciempiés.

Minutos antes de salir al ruedo, rezó ante una pequeña imagen de la Virgen y luego, como tenía por costumbre, se quitó un anillo del dedo y se lo dio a guardar a Guillermo. El anillo era regalo de su buen amigo Gilbert Roland, el actor de cine, y llevaba inscrita estas palabras: “No temas, hijo mío”.

Unos 100 mil aficionados de toda España llenaban la plaza. Aunque Manolete arrancó algunos aplausos con su primer toro, Dominguín se ganó una ovación con su vistoso toreo de capa. La multitud estaba de su parte.

Luego, Manolete ejecutó con su segundo toro una de las más brillantes faenas de su vida: sin enmendar terreno dio quince pases seguidos. Luego, volvió la espalda al toro para ejecutar otra serie de pases. Eran lances limpios, exentos de toda impostura y mero afán de lucimiento. Toreaba tanto más cerca de los cuernos que Dominguín, y con tal dignidad y sangre fría, que la multitud, como un solo hombre, se puso de pie y rugió, como tantas veces antes lo había hecho, aclamando a Manolete.

Una vez que hubo demostrado su completo dominio sobre el toro, Manolo se acercó a la barrera para tomar la espada de manos de Guillermo. Su apoderado había notado que el animal tenía cierta tendencia a levantar la cabeza hacia el lado derecho. Le comentó a Manolo que tuviera cuidado con el cabeceo y entrara a matar de lado. “Sólo hay una manera de entrar a matar”, dijo el matador.

Como siempre lo hacía a “la hora de la verdad”, se lanzó a matar sobre el cuerno derecho, moviendo la muleta con la mano izquierda para que el animal mantuviera la cabeza baja.

Mas en el momento en que la espada penetraba el morrillo, el toro levantó rápidamente los cuernos hacia la derecha, enganchó a Manolo por la ingle y lo lanzó por los aires. Hubo un grito de espanto de la multitud y los toreros se echaron al ruedo para distraer al animal con la capa. Guillermo corrió y agarró al toro por el rabo para alejarlo del lugar. Pero cuando vio la terrible herida que había recibido Manolo, se desmayó. Segudos después, en el momento mismo en que levantaban a Manolete de la arena, el toro caía muerto.

Después de una intervención de urgencia en la enfermería de la plaza, Manolo fue trasladado el hospital mismo que había adirado dos años atrás. A Guillermo lo llevaron a otra habitación y le aplicaron una inyección para calmarlo. A la mañana siguiente le informaron que Manolete había dejado de existir.

Su muerte llenó de luto toda España. Si los dolientes se sintieron invadidos de tanta culpa como pena fue tal vez porque comprendieron que las multitudes que llenan los ruedos, las mismas que antaño habían venerado a Manolete, lo habían arrojado entre los cuernos de su último toro.

Entre los miles de pésames que recibió la madre de Manolo, se contaba el del Jefe de Estado Español, que póstumamente concedió al matador la Cruz de la Beneficiencia por sus innumerables obras de caridad, a menudo anónimas. En sus funerales, uno de los mayores en la historia de España, más de 100 personas desfilaron por las calles de Córdoba. Al paso del cortejo fúnebre, caían flores de los enlutados balcones y ventanas.

En la siguiente corrida que se celebró en Córdoba, los aficionados llegaron con un enorme cartel que decía: “Manolete no ha muerto. Vive en el corazón de los cordobeses”.

El Increíble viaje del Voyager

Provisto sólo de un transmisor de radio para anunciar su llegada, un desgarbado pájaro de aluminio descendió velozmente en agosto de 1989 a escudriñar el polo norte del planeta Neptuno. En rauda trayectoria a través de los más remotos confines del sistema solar, la nave espacial no tripulada Voyager 2 (viajero) envió sorprendentes fotografías y datos a la distancia de 4500 millones de kilómetros, hasta el Laboratorio de Propulsión a Chorro (LPC) en Pasadena, California, donde unos astrónomos aguardaban impacientes el encuentro con el planeta azul. Tras cumplir con su misión principal, el Voyager transformó la fuerza gravitatoria de Neptuno en una honda celestial, y salió disparado a cumplir su cita con el infinito.

El Voyager 2, en su asombrosa travesía por el sistema solar, ha enviado fotos espectaculares de Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno, junto con más de 5 billones de bits de datos científicos.

Este artefacto, de 825 kilos de peso, que llenaría una sala de estar grande, ha demostrado ser la sonda de mayor éxito que se haya lanzado al espacio. Está compuesta de millones de piezas separadas montadas de modo redundante, para que si fallase algún componente otros se hagan cargo de sus responsabilidades. En su brazo lleva los generadores de energía nuclear. Esto es necesario dado que su misión lleva al Voyager tan lejos del Sol que no puede obtener la energía de él, como otras naves. De su pequeña planta de energía nuclear extrae cientos de vatios de la desintegración radiactiva de una pastilla de plutonio.

Sus tres computadoras integradas y la mayoría de sus funciones de mantenimiento ?por ejemplo, el sistema de control de temperatura? están localizadas en el centro. Recibe órdenes de la Tierra y radia sus hallazgos hacia la Tierra a través de una antena de 3.7 metros de diámetro.

Hay muchos instrumentos científicos como espectrómetros ultravioleta e infrarrojo, aparatos para medir las partículas cargadas, los campos magnéticos y las emisiones de radio? pero los más productivos han sido las dos cámaras de televisión, preparadas para tomar decenas de miles de imágenes de las islas planetarias del sistema solar exterior.

Después de despegar de Cabo Cañaveral, el 20 de agosto de 1977, el Voyager 2, recorrió una trayectoria arqueada que le llevó más allá de la órbita de Marte y le hizo atravesar el cinturón de asteroides para acercarse al sistema de Júpiter y abrirse paso entre el planeta y sus lunas. El paso de la sonda cerca de Júpiter lo aceleró y lo envió hacia Saturno. La gravedad de Saturno lo empujó hacia Urano. De ahí hacia Neptuno en donde será enfilado hacia “el infinito y más allá”.

Hoy el Voyager 2 se dirige hacia su sitio en la historia, sin embargo, el viaje provocó sobresalto tras sobresalto.

Un receptor de radio funcionó mal, y después el equipo de reserva perdió su capacidad de distinguir con precisión diferentes tonos y no pudo detectar y seguir determinada frecuencia. Después de sobrevolar Júpiter, falló un microcircuito de silicio, avería que borró el 3 por ciento de la memoria de la computadora. En Saturno, se trabó la plataforma de exploración que contiene las cámaras y otros instrumentos. Por fortuna, el lubricante penetró nuevamente en los engranes a tiempo para acudir a su cita con Urano. El achacoso Voyager 2, artrítico y parcialmente sordo, llegó a duras penas a Neptuno.

 

 
La NASA jamás había tenido que resolver tantos complejos problemas de ingeniería espacial, como al gobernar al Voyager cuando iba a 5000 km de las nubes más altas de Neptuno. Durante años, los ingenieros espaciales del LPC, donde se trazaron los planos del aparato y donde se construyó, habían estado corrigiendo su trayectoria. Cuando por fin llegó a Neptuno, se encontraba tan sólo a 34 kilómetros de donde se esperaba que estuviera. Esta hazaña es el equivalente cósmico de meter una pelota de golf en un hoyo distante 3640 kilómetros. No fue un mal tiro.

Año tras año, los expertos en cibernética de la NASA habían radiado tantas mejoras a la computadora de abordo, que, esencialmente, le hicieron un trasplante cerebral a control remoto. Cuando el Voyager se aproximaba a Neptuno, los ingenieros del LPC trabajaron las 24 horas del día para radiarle instrucciones. No obstante, ignoraban la ubicación exacta de los “escombros” que circunvalan ese planeta. Como las señales llegaban con cuatro horas de retraso, por su largo viaje entre Neptuno y la Tierra, no existía la posibilidad de hacer ajustes de último minuto. Un choque habría hecho fracasar la misión, pero, por fortuna, el Voyager logró eludir los “escombros” que orbitan alrededor del planeta.

Los datos llegaban en señales de radio tan débiles ?de una diezmilbillonésima de watt?, que se necesitaron 38 gigantescas antenas radiotelescópicas  emplazadas en cuatro continentes para captar el tenuísimo mensaje del Voyager. ¡Y qué mensaje!

Se descubrió que Neptuno es un mundo tormentoso y dinámico. Está envuelto por un espeso manto de niebla compuesto de hidrógeno y helio. Soplan allí vientos de 2500 kph que impulsan nubes de metano congelado. Un vastísimo sistema de tormentas, anticiclón cuyo diámetro es del tamaño de la Tierra, bautizado Gran Mancha Oscura, es la principal característica de su hemisferio austral.

Tritón, la luna más grande de Neptuno, casi superó en espectacularidad a las imágenes de Neptuno que envió el Voyager. El geólogo del proyecto, Laurence Soderblom, comentó que Tritón era “el objeto más curioso que hayamos visto”. Ya se sabía que ese satélite era un “renegado” astronómico: la única gran luna del sistema solar que orbita en dirección opuesta a la rotación de su planeta. Tritón mostró una superficie jaspeada, como fino mármol italiano color rosa. La historia de Tritón parece ser la de un helado que se lleva a casa en verano: primero está congelado; después, se funde, y luego se congela una vez más. Es posible que haya sido un planetoide desviado de su órbita solar y atraído por el brazo gravitatorio de Neptuno.

Los nuevos descubrimientos astronómicos llegaban en tan rápida secuencia, que tratar de encontrarles sentido era como intentar beber agua de la manguera de un bombero. En ninguna parte es más palpable la violenta historia del sistema solar que en los anillos y lunas que iba descubriendo el Voyager; primero, alrededor de Júpiter y de Saturno, y después girando alrededor de Urano y Neptuno. El jefe de científicos del proyecto, Edward Stone, afirmó: “El Voyager hizo que nos enfocáramos la atención en la importancia de las colisiones”.

Cada choque cósmico, potente escultor del sistema solar, da origen a diferentes clases de anillos; desde las bandas luminosas que circundan a Saturno, hasta los 11 anillos de Urano.

Como su misión primordial ya se ha cumplido, las cámaras del Voyager 2, el detector de rayos infrarrojos y el fotopolarímetro irían apagando en el transcurso de 1990. la electricidad que así se ahorraba serviría para hacer funcionar los instrumentos que medirán los campos magnéticos y las partículas subatómicas que se encuentren en la ruta de la sonda por el espacio.

Es probable que en el año 2020 quede silencioso el Voyager 2, pues quizá sus generadores carezcan ya de la potencia necesaria para alimentar a los equipos de comunicación. En el año 40,176 deberá de encontrarse a una distancia aproximada de 1.7 años luz de la estrella Ross 248. En el año 296,036, el Voyager 2 pasará a unos 4.3 años luz de Sirio.

Las probabilidades son escasas, pero en el sistema de una de esas estrellas quizá haya un planeta en el que habiten seres con inteligencia para detectar al minúsculo y silencioso vagabundo. Si lo capturan, encontrarán en uno de sus costados un disco dorado, aguja y pastilla. Si descubren cómo hacerlo funcionar, esos seres escucharán saludos en 60 idiomas de la Tierra (además de un dialecto de las ballenas), y los sonidos de nuestro planeta: música, el retumbar de los truenos, el croar de las ranas y el llanto de un recién nacido.

Si el Voyager 2 no encuentra a nadie, seguirá flotando para siempre, a través de la Vía Láctea, como emisario de los terrícolas que lo lanzaron al cosmos, esperanzados en dejar su marca en la vastedad del tiempo cósmico.

Hoy, que se cumplen 33 años de cuando la Tierra expulsó, cual amorosa madre, a este pequeño pájaro viajero que alzó su tembloroso vuelo hacia un horizonte incierto pero muy revelador. Silencioso pero laborioso, feo y hermoso a la vez, olvidado héroe de miles de victorias, viaja al infinito frío y vacío, orgulloso de sus hazañas pasadas, para forjarse un lugar en la historia científica de la humanidad. Feliz cumpleaños, pequeña ave.

Fidel Castro y los chistes que más odia

A Fidel muchas veces se le olvidan las cosas por lo que es tarea de Raúl, su hermano ayudarle a recordar lo que suele extraviar. Frecuentemente le pregunta “¿cuándo fue la última vez que lo usaste?” para hacerle traer a la memoria donde dejó algo. Cierto sábado, mientras Fidel trabajaba en cierto proyecto de gobierno, especialmente exasperante, exclamó: “Creo que he perdido la cabeza en esto”. Y Raúl contestó con voz serena: “¿Recuerdas dónde la usaste por última vez?”

* * *

Ante todos los intentos de la CIA por eliminar a Fidel, a éste se le ocurrió una forma de conservarse vivo y poder seguir acercándose al pueblo sin temor: conseguirse un doble de cuerpo (un Kagemusha). Le ordenó a sus cuerpos de seguridad que encontraran a un sujeto lo más parecido a él para llevar a cabo su plan.

Tras largas búsquedas, al final lo encontraron en un hospital siquiátrico; era alto, barbudo, fumaba puros y se paseaba lanzando peroratas contra todo el mundo, incluido el imperialismo yanqui, y además, al igual que Fidel, se bañaba un sábado sí, y otro no.

Tras ciertos arreglos, sacaron al hombre del sanatorio, batallaron para que se bañara y lo vistieron con un uniforme militar verde olivo, botas y una gorra en la cabeza. El parecido era asombroso. Coronaron la vestimenta colocándole una pistola al cinto. Probaron colocarlo en una oficina y, persona que entraba, persona que lo saludaba creyendo que era el mismísimo Fidel. Incluso llegaron a pensar que el hombre, de quien se desconoce su nombre, era algún hermano gemelo perdido de Fidel.

Para platicar con el doble, el verdadero Fidel lo hizo subir a un Jeep y, ambos se dirigieron en dirección al Malecón. Pero la mala suerte les siguió. El jeep chocó contra un tanque soviético y dio varias volteretas  expulsando por el aire a ambos.

Rápidamente los miembros del ejército que por ahí se encontraban, fueron a auxiliarlos, pero se toparon con un horrible espectáculo: ¡Uno de los dos había muerto!

* * *

En una visita al doctor, Fidel le pregunta al galeno

?Oiga doctor, me preocupa que mi pueblo cubano se quede sin un líder tan bueno como yo, y quiero saber si mi enfermedad es mortal.

Con un aire de decepción, el médico contesta.

?¡Claro que no! De ser así, hace años que le hubiera pasado la cuenta.

* * *

?¿Cómo vamos a saber cuando llegue a Cuba el Desarrollo Máximo del Socialismo?
?Muy sencillo: cuando Cuba empiece a importar azúcar de Miami.

* * *

Cierta noche Fidel regresaba de una fiesta en el pueblo y al entrar a su fortaleza pasó al centinela sin detener su automóvil, pero poco más adelante aplicó los frenos. Se bajó del vehículo y, tambaleándose de borracho se dirigió al soldado de guardia y lo increpó violentamente recordándole que su deber era “tirar a matar” contra cualquiera que pasase por la puerta sin detenerse. No fuera a ser que un imperialista yanqui quisiera invadir el lugar.

Una vez que Fidel hubo terminado su sermón de 3 horas, el soldado le miró cara a cara y le contestó:

?¿Quisiera usted, mi comandante, echar marcha atrás y probar otra vez?

* * *

Fidel visita un criadero de cerdos y se detiene frente a una hermosa cerdita preñada.

?¡Precioso ejemplar!? dice palmeando a la puerca? Apuesto mi barba a que tendrá por lo menos 10 cerditos.

Todos los lambiscones aplauden y Fidel sale del lugar.

Pero dos semanas después, la cerda solo da a luz seis cerditos. Todo el mundo está aterrado: Fidel quiere que sean diez y no seis, coño. El encargado reporta entonces que la cerda tuvo “siete”. Al recibir el reporte, su supervisor corrige y pone “ocho”. Su jefe, el director de Granjas del Estado, vuelve a corregir y escribe “nueve”. Pero al llegar el informe al Ministro de Agricultura, que debe presentar el reporte personalmente a Fidel, aumenta el parto a “diez”. Al leerlo, Fidel no cabe en sí de gusto.

?¡Fantástico! ?dice el comandante? el 60% de los lechones se va a la exportación y el 40% que vaya al consumo interno.

Por esa razón, concluyen el chiste los cubanos, no hay carne de puerco en Cuba, excepto para la exportación.

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Una maestra pidió a sus alumnos que trajeran cada uno 5 pesos para ayudar al Partido Comunista de Etiopía. Un niño no trajo el dinero pues su papá dijo que en Etiopía no había Partido Comunista.

Pocas semanas después, la maestra pidió de nuevo 5 pesos para ayudar a los hambrientos de Etiopía. Esta vez, el mismo niño no trajo 5, sino 10 pesos. Cuando la maestra le preguntó por que, el niño contestó:

?Dijo mi papá que si hay hambre y escasez en Etiopía, entonces sí hay Partido Comunista en Etiopía.

* * *

Fidel estaba hasta la madre de los chistes que sobre él circulaban en la Isla. Ordenó que se encontrara a los autores de esos chistes que hablaban del mercado negro, de las colas, de los balseros de las raterías de sus funcionarios.

Todo el aparato represivo se movilizó y en una semana habían descubierto al autor, que resultó ser un guajiro de la Sierra Maestra. Inmediatamente fue llevado ante Fidel.

?¿Así que tú, mi hermano, eres el que inventa todos esos chistes contrarrevolucionarios?
?Sí Fidel, pero no lo hago por nada malo ?empezó a hablar el hombre?. Lo que pasa, mi socio, es que yo vivo solo en la sierra. No tengo con quien hablar durante semanas y me pongo a inventar chistes para poder contar algo cuando bajo al poblado más cercano.
?Parece mentira ?lo recriminó Fidel?, que te entretengas en contar chistes contra nuestra sagrada Revolución. Contra esta Revolución que está acabando con las injusticias sociales, que le ha dado todo al pueblo, que está mandando a los niños a las mejores escuelas de la Unión Soviética para que se eduquen, que le ha dado medicinas gratis al pueblo, que acabó con la delincuencia y el homosexualismo, que acabó con la prostitución, con la pobreza, con la explotación campesina.
?¡Fidel, mi socio! ?lo interrumpió el guajiro? Te juro que los otros chistes los inventé yo. Pero este que me estas tú contando, por mi madrecita santa, ¡no lo inventé yo!

¡Feliz Cumpleaños y que todos los cubanos te recuerden a la madrecita santa que te parió Fidel!

James Smithson y su Legado

 

En diciembre de 1903, Alexander Graham Bell, el inventor del teléfono, contemplaba en la tumba abierta del cementerio inglés de Génova, Italia, los restos mortales de James Smithson, un científico inglés (era químico) que recorrió el continente europeo y que, años antes de su muerte en 1829, concibió el insólito plan de hacerse un lugar en la posteridad. Smithson, que se consideraba un “ciudadano del mundo”, iba a emprender en espíritu un último viaje a un país que nunca conoció.

Hoy los restos de Smithson yacen en el mismo sepulcro de mármol que adornaba su tumba en Italia. Pero el monumento ocupa ahora un nicho junto a la puerta principal del castillo de arenisca roja guarnecido de torres que constituye el núcleo de un extenso conjunto de museos, bibliotecas, galerías de arte y centros de investigación que lleva su nombre: La Institución Smithsonian.

Muchos hemos oído hablar del Instituto Smithsoniano, pues bien, cada año millones de visitantes se pasean por este lugar para ver los objetos que ahí se encuentran: máscaras de la tribu ligbe de Costa de Marfil; uno de los uniformes de media gala de George Washington; antiguos artefactos de bronce chinos y puntas de lanza de pedernal de hace 10 mil años; el bastón de Benjamin Franklin; el mostrador del restaurante de Woolworth donde comenzaron las manifestaciones  en favor de los derechos civiles a principios de los años 60 del siglo pasado; las ojivas nucleares de un misil soviético SS-20: el avión Spirit of Saint Louis de Charles Lindbergh y el burdo prototipo de madera de la computadora Apple.

El imperio Smithsoniano -que en su mayor parte se extiende sobre la explanada que separa el monumento a Washington del Capitolio, en la capital estadounidense- no tiene igual en el mundo. Pero los objetos que allí se exhiben, por curiosos y admirables que parezcan, no son mas que la punta del iceberg intelectual, científico y cultural. Recluidos en laboratorios y atestadas oficinas, los investigadores y voluntarios del Smithsonian restauran y preservan libros raros, clasifican lepidópteros, rastrean asteroides, pegan objetos rotos de cerámica antigua y revisan colecciones filatélicas donadas a fin de agregar alguna estampilla al acervo de la institución. Algunas de sus increíbles colecciones (más de 150 millones de objetos) se hallan en diversos recintos esparcidos por todo Estados Unidos, razón por la cual se le conoce como el desván de la nación.

Numerosos científicos y eruditos, fervientes defensores y políticos escépticos se han pasado mucho tiempo debatiendo acerca de lo siguiente: la institución debe su existencia a la fortuna de James Smithson, pero también le debe su carácter a la ambigua redacción de su testamento.

Testamento y herencia
El misterioso benefactor de la institución que lleva su nombre nació en 1765. Smithson era hijo bastardo, lo que lo privaba de toda esperanza de hacer carrera en la milicia, la iglesia, la política o el servicio público. Esto lo frustraba. Su madre le heredó una fortuna tan vasta, que ni las apuestas parecían mermarla. Nadie sabe qué fue, pero un día decidió encontrar la manera de perpetuar su nombre. Quizá sea la explicación de que su testamento, escrito de su puño y letra en 1826, especificara que si su único sobrino moría sin dejar herederos, toda su fortuna debía legarse a Estados Unidos para que en Washington se fundara “La Institución Smithsoniana, un establecimiento consagrado a acrecentar y difundir el conocimiento entre los hombres”.

El sobrino de Smithson falleció sin dejar herederos en 1835. Cuando el cónsul americano en Londres tuvo conocimiento de ello y del testamento, se quedó perplejo. Smithson jamás visitó los Estados Unidos y, al parecer tampoco se comunicó con nadie allí. Ni en su biblioteca ni en sus documentos se hallaron muchos indicios de que le interesara ese país. Por eso algunos se preguntaron si Estados Unidos debía aceptar o no el cuantioso legado, porque no estamos hablando de un dinerillo guardado, sino de una gran fortuna.

Tras salvar el escollo de los tribunales ingleses, Estados Unidos recibió en 1838 el dinero de Smithson: un cargamento de 105 sacos de soberanos de oro. Éstos se fundieron en la casa de moneda de Filadelfia, se reacuñaron en metálico (508,318.46 dólares) y se entregaron al Tesoro, en Washington.

Por entonces, el Congreso estaba enfrascado ya en un intenso debate sobre la mejor manera de cumplir el deseo de Smithson de “acrecentar y difundir el conocimiento entre los hombres”. Los votantes instaban a los congresistas a invertir la fortuna en bibliotecas, escuelas de agronomía, una universidad nacional e institutos de capacitación en artes prácticas. Pero el ex presidente John Quincy Adams, que encabezó la comisión encargada del legado, pidió que no se excluyera “ninguna rama o campo del saber humano de una parte equitativa de esta donación.”

Pues sabiendo como son los políticos, la discusión se alargó 8 años. En cierto momento, Adams, exasperado, declaró que era preferible “arrojar todo el dinero al Potomac” que aceptar un plan muy estrecho. Por entonces, empero, no quedaba mucho dinero que arrojar al río: el Tesoro había invertido la donación en unos bonos estatales que debían redituar intereses, pero que en su mayoría estaban en mora. Entonces Adams persuadió al Congreso de que asignara al cometido una suma igual a la original más los intereses.

Lluvia de Donativos
El 10 de agosto de 1846, el presidente James Polk firmó la ley para crear la Institución Smithsoniana. El documento estipulaba que parte de la renta anual de 30 mil dólares devengada del dinero de Smithson se usaría para construir un edificio de “materiales sencillos y duraderos” en un terreno público del Distrito de Columbia. El inmueble contaría con una biblioteca “formada por valiosas obras de todas las ramas del conocimiento humano”, además de espacio para “toda clase de artefactos curiosos y exóticos y todo género de especímenes del campo de la historia natural”, como los que habían empezado a acumularse en varios museos de Washington.

La frase “envíaselo al Smithsonian” pronto comenzó a oírse por todo el país. Numerosos voluntarios, desde los aburridos oficiales de caballería en campaña contra los indígenas hasta los topógrafos ferrocarrileros y peones de las mimas de oro, se convirtieron en recopiladores que acrecentaban los acervos de historia natural con un inacabable aluvión de “hallazgos”. Con el tiempo llegó a haber unos 1000 “misioneros” que reunían cosas para la Institución. En 1858 el Congreso asignó fondos para construir un museo nacional anexo al Smithsoniano.

El alud de obsequios, préstamos y adquisiciones ha perdurado hasta la fecha, y los objetos que hoy pueden verse allí son muy variados: botones de campañas electorales, figurillas de porcelana, estampas de beisbolistas, las zapatillas rojas que usó Judy Garland en el Mago de Oz, entre otras muchas cosas.

La institución no solo posee el famoso diamante Hope, de 45.5 quilates, que donó el joyero neoyorquino Harry Winston, sino también el paquete de papel estraza en que lo envió por correo desde Nueva York.

Empleados curiosos y raros
Además de objetos, la institución ha coleccionado un buen número de simpáticos personajes: desde su primer conserje Joseph Herron, a quien le agradaba trabajar desnudo, hasta el distinguido entomólogo Harrison Dyar, que llegó al Smithsonian en 1897. Cuando Dyar no estaba clasificando insectos, se ocupada de mantener dos casas, dos esposas y dos grupos de hijos que no sabían nada unos de otros. Luego se le ocurrió cavar túneles debajo de sus dos viviendas trabajando las noches y fines de semana.

De hecho, en el Instituto parece existir la idea de que la excentricidad debe tolerarse porque suele fomentar iniciativas útiles y geniales. Aleš Hrdli?ka, inmigrante checo conocido como “el doctor calavera”, dirigió el departamento de antropología física en 1903. su fascinación por los cráneos no tenía límite. Como creía que era un desperdicio sepultar un cadáver cuando se podían estudiar los huesos en aras de la ciencia, reunió una colección de más de 25 mil calaveras, muchas de las cuales consiguió robando tumbas. Además solía medirles la cabeza a sus amigos con una cinta métrica que siempre tenía a la mano.  

La obsesión de  Hrdli?ka resultó ser inmensamente valiosa para el FBI y otras dependencias ejecutoras de la ley. Con base a los datos obtenidos de su enorme colección de cráneos, los científicos de la institución idearon una tecnica llamada reproducción facial que permite reconstruir el rostro de personas con los restos óseos que de ellas se conserven.

El 25 de enero de 1904, cuando Graham Bell, en su calidad de miembro del consejo directivo del Instituto Smithsoniano, depositó los restos de James Smithson en el castillo de la Institución, terminó de cumplir una misión personal. Los restos de este “gran benefactor” se hallaban donde debían estar.

Setenta años más tarde, en 1973, los restos de Smithson volvieron a ser perturbados. La cripta se restauró y limpió como parte de los preparativos para celebrar el bicentenario de la nación, y, curiosos incorregibles, los antropólogos de la institución decidieron echar un vistazo. Informaron que el esqueleto “parecía ser de un hombre, caucásico, que falleció entre los 50 y 65 años”; que su estatura “era unos 5 centímetros menor que la del estadounidense medio actual” y que era “un poco más bajo que el inglés medio de clase alta de fines del siglo XVIII. Era muy delgado pero atlético, con un tronco largo, pecho ancho y brazos y manos poderosos. Los dientes del lado izquierdo se ven desgastados por morder una pipa.” señalaron también que “ciertas peculiaridades del dedo meñique derecho revelan que tocaba el clavicémbalo, el piano o algún instrumento de cuerda, como el violín”.

Si el espíritu de James Smithson acaso anduvo revoloteando por la cripta aquel día, debió sonreír al ver el esfuerzo de los antropólogos por acrecentar y difundir algunos conocimientos más sobre su persona. En este 10 de agosto se cumplen 164 años de la Institución y por lo visto James Smithson hizo realidad su ilusión: pasar a la posteridad. Feliz Cumpleaños Smithsoniano.

Hablemos de Enrico Caruso

 

 

 Cuando Enrico Caruso relataba algún chiste, se reía a carcajadas por lo malos que eran. En cambio, cuando cantaba, lo hacía con una voz cuyo mágico lirismo lo convirtió, desde antes de su muerte, en una figura de leyenda. Hasta hoy, a poco más de 10 años de cumplirse el centenario de su fallecimiento, sigue siendo el cantante de ópera más famoso que haya existido jamás y el artista vocal que inició la era de los rompe récords en lo que se refiere a la venta de discos.

Para el secretario personal de Caruso, Bruno Zirato, él fue mucho más que una leyenda. Fue un hombre afectuoso, generoso al extremo que el único defecto que le encontró era que lo obligaba a comer los mismos alimentos que él comía. La víspera de alguna función, comía higos secos con magnesia, y su almuerzo consistía en espinacas con un par de huevos duros, cocidos durante una hora.

Es sabido que los tenores son personas con quienes resulta difícil convivir, pero Caruso era un hombre de una gran sencillez y de un encanto natural. Detestaba la vanidad. “Es prueba de ignorancia y estupidez”.

El público sentía adoración por Caruso y le mostraba cariñosa admiración. Era un aficionado incorregible a gastar bromas pesadas y su natural buen humor no conocía límites. Durante una representación de La Gioconda, deslizó un huevo crudo en la mano del barítono y dejó que este se las arreglara como pudiese para deshacerse de él. En el último acto de la Bohème, el bajo le canta una tierna aria de despedida a su gabán, que a continuación se viste. En el momento de ponérselo, cierto cantante descubrió horrorizado que el gabán tenía las mangas cocidas una con otra. ¿El autor de la broma? Caruso, nadie más. Durante otra función de la misma ópera, Nellie Melba, que cantaba el papel de Mimí, oía un persistente y misterioso chirrido cada vez que Caruso se inclinaba sobre ella, en la conmovedora escena de la muerte de la protagonista. ¡El tenor llevaba en la mano un juguete de caucho y lo acercaba al oído de Melba!

Enrico Caruso vino al mundo en Nápoles, Italia, un 25 de febrero de 1873. fue el decimoctavo entre 21 hermanos. Su padre era mecánico, y Enrico fue un chico dócil y un estudiante aplicado a quien llamaban Errico, o bien Carusiello. Durante dos años Enrico trabajó en una fundición, haciendo pilas para agua, y de allí pasó a estudiar contabilidad, materia en que se tituló al cumplir los 16 años de edad. En el tiempo libre que le dejaban sus ocupaciones, solía cantar en fondas y en baños públicos, y guardaba las monedas que entonces le arrojaban a los pies.

 

 

Hasta que tuvo 21 años, en 1894, no pudo dedicarse por entero al canto. Ese año hizo su estreno en la ópera, en una pieza titulada L’Amico Francesco, que pronto cayó en el olvido. Entonces le pagaron 80 liras (16 dólares de aquel tiempo) por cuatro funciones, suma que difícilmente le alcanzó para sus gastos. Años después, Buenos Aires y la Ciudad de México habrían de pagarle hasta 700 dólares cada vez que cantaba en esos lugares, y La Habana le ofrecía hasta 10,000 dólares por una sola presentación.

Caruso tuvo dos hijos varones de Ada Giachetti, una soprano con quien cantaba en Italia. Las relaciones de Enrico y Ada se prolongaron durante 11 años, haste el día en que la soprano abandonó a Caruso para seguir a otro hombre. El tenor legitimó a sus dos hijos.

Caruso se casó por primera vez en 1918, con Dorothy Benjamin, joven norteamericana. Enrico y Dorothy fueron padres de una niña a la que bautizaron como Gloria.

Caruso tenía apasionada afición a vestirse esplendorosamente y a acicalarse con esmero. Cuando fue por vez primera a casa de Dorothy, llegó vestido con el atuendo del protagonista de Julien, la ópera de Gustave Charpentier: traje azul con solapas de terciopelo, camisa de seda color crema gran corbata flotante, escarpines de charol negro, enorme sombrero de fieltro azul y una amplia capa echada sobre los hombros. Más tarde le decía a la chica: “Vestí así para que te acordaras siempre de mi”.

Por la época, Caruso siempre se cortaba el pelo y se arreglaba las manos y pies todos los días. Muchas fueron las partituras que aprendió en el sillón de la barbería, mientras el peluquero y la manicurista lo atendían en silencio y el acompañante  del artista tocaba el piano. A veces, mientras Caruso tomaba un baño, un pianista interpretaba para él alguna composición en el aposento contiguo.

De los 43 papeles que componían el repertorio de Caruso, el del payaso Canio, en la ópera Pagliacci, era probablemente el predilecto del público. Al cantar “Ridi, Pagliaccio!”, el final de la magnífica aria Vesti la giubba, en la que Canio explica que su misión es divertir al público aunque tenga destrozado el corazón, Caruso precipitaba una tempestad de aplausos.

Según Bruno Zirato, la vez en que Caruso cantó el aria de Pagliacci más espléndidamente que nunca fue en Londres. El tenor acababa de recibir dos noticias terribles: que su padre había fallecido y que Ada Giachetti lo había abandonado. El público que atestaba esa noche el Albert Hall de Londres estuvo a punto de derribar la sala con sus aclamaciones, sin sospechar siquiera que Caruso, pálido bajo la harina que cubría su rostro, acababa de cantar desde lo más hondo del corazón, con el dolor que le causaron sus dos tragedias personales.

Era frecuente que le preguntaran al tenor qué se requiere para ser un gran cantante, y Caruso siempre respondía: “Grandes pulmones, una boca grande, un 90 por ciento de memoria, un 10 por ciento de inteligencia, trabajar empeñosamente y traer algo en el corazón”. Al referirse a sus propias interpretaciones, solía decir: “Yo he sufrido mucho en esta vida. La gente que no ha sentido nada, es incapaz de cantar”.

A Caruso le agradaba sentirse nervioso antes de salir a escena. Si su mano le temblaba, Caruso se mostraba encantado; en caso contrario, fruncía el ceño. El ritual que seguía antes de cada función rara vez variaba. Encendía uno de los 40 cigarrillos que fumaba diariamente, aspiraba alguna medicina y un polvo de rapé, bebía un sorbo de Whisky y se comía la cuarta parte de una manzana. Se metía en el bolsillo de la ropa de su personaje dos botellitas de agua salada tibia, en prevención de que, ya en escena, tuviera que aclararse la garganta; en seguida se guardaba en un segundo bolsillo sus medallas y amuletos; y por último, antes de salir a escena invocaba en voz alta el auxilio de su difunta madre.

Pocas, sin duda eran las cosas que proporcionaban a Caruso tanto placer como dibujar caricaturas, para regalarlas con igual prodigalidad que cualquier otra cosa. Con trazos rápidos y firmes, sabía trasladar al papel rasgos, expresiones, vestimentas. Joseph Pulitzer, editor del diario The World, de Nueva York, llegó a ofrecerle 50 mil dólares al año para que dibujase caricaturas para su periódico, pero Caruso no aceptó.  Sí, en cambio, una vez por semana le enviaba un dibujo a su gran amigo Marziale Sisca, director de La Follia, un periódico que se publicaba en italiano en Nueva York, y nunca quiso recibir por ello un solo centavo. “A los amigos no les cobro”, le dijo al director.

La gente se le presentaba con peticiones de toda especie: para que cantara, para que les hiciera dibujos, o sencillamente para que participase en alguna función benéfica. Era raro que Caruso se negara. A la muerte del artista, su viuda encontró una lista con 120 nombres de que nunca había oído hablar. Correspondían a otras tantas personas a quien Caruso enviaba dinero con regularidad. Bruno, su secretario, mencionó que él mismo ponía en el escritorio de su jefe las cartas con las peticiones de ayuda de individuos casi desconocidos para él.
Cierta vez, su esposa le reconvino por regalar el dinero con tanta liberalidad.

—Te aseguro que no todas esas personas lo merecerán —le dijo.
—Ya sé que no —repuso Caruso —, pero dime: ¿Cómo voy a saber quiénes lo merecen y quiénes no?

Hacia los comienzos de la Primera Guerra Mundial, cuatro obreros de grosera apariencia se acercaron a Caruso en una ocasión en que él y Bruno almorzaban en un barrio de Nueva York, llamado ya entonces la “Pequeña Italia”. Caruso sacó su chequera, seguro de que le pedirían dinero. Pero los trabajadores, que resultaron ser napolitanos y estaban a punto de volver a Italia a incorporarse a su regimiento, habían hecho una colecta entre ellos y reunieron la suma de 200 dólares, que ofrecieron humildemente al cantante a cambio de que cantase para ellos.

Profundamente conmovido, Caruso los invitó a que la noche siguiente fuesen a verlo al hotel en que paraba y a que llevasen consigo a sus amigos. Allí acudieron alrededor de 20 personas, y el artista cantó para su regalo durante varias horas. Su último número fue una ingenua canción folclórica napolitana, al terminar la cual Caruso ocultó la cara entre las manos y rompió a llorar.

Caruso daba constante ocasión para que los diarios se ocupasen de él… y por muy diversos motivos. Cierta vez, por ejemplo, una mujer lo demandó por 100,000 dólares por incumplimiento de promesa matrimonial. Una segunda lo hizo arrestar acusándolo de haberla pellizcado cuando paseaba por el jardín zoológico del Parque Central. Por tal delito, el juez impuso al artista una multa de diez dólares. Hubo una vez en que la Mano Negra, asociación delictuosa de Sicilia, tuvo amenazado al cantante, por lo que tenía que presentarse en el Teatro Metropolitano de la Ópera rodeado de agentes de policía.

El telón cayó por última vez para Caruso cuando era todavía muy joven. El tenor había pillado un resfriado a principios de diciembre de 1920, y en el curso de una representación de Pagliacci se desplomó brazos de Bruno al salir del escenario. El médico diagnosticó la enfermedad como “neuralgia intercostal”. Caruso cantó esa noche hasta el final, pero pocas noches después, interpretando L’Elisir d’Amore, sufrió una hemorragia mientras cantaba. El artista se negó a interrumpir su actuación. Bruno estuvo pasándole una toalla tras otra desde las bambalinas hasta que el público empezó a gritar que suspendieran el acto para que el tenor recibiera atención médica. La función se detuvo.

La víspera de esa Navidad Caruso cantó La Juive, a pesar del intenso dolor que le mordía el costado. A la mañana siguiente gritaba a causa de los dolores. Otro médico declaró que Caruso padecía de una pleuresía aguda. Se le extrajo fluido de la cavidad pleural y, posteriormente, le quitaron diez centímetros de una de las costillas. Llegado el mes de mayo, los médicos autorizaron a Caruso para que volviera a Italia con el fin de recuperarse. Fue en Italia donde, dos meses después, al tenor se le formó un absceso en el costado, y los médicos discutieron si convendría operar al enfermo. Antes de que pudieran resolver la cuestión, el artista había dejado de existir. Era el dos de agosto de 1921. Enrico Caruso tenía 48 años de edad.

Algunos datos acerca de Enrico Caruso

La fama imperecedera de Enrico Caruso se debió en gran parte a sus discos, que cuando él empezó su carrera era una industria nueva. En 1902 grabó 10 canciones para la “Compañía de Gramófonos y Máquinas de Escribir”, por las cuales recibió la cantidad de 100 libras esterlinas, una suma exorbitante para las normas de la compañía. Más tarde se alegraron muchísimo de haber hecho el trato: su ganancia neta alcanzó la suma de 15,000 libras esterlinas. Nada mal.

El 8 de abril de 1904, grabó Mattinata, una canción de Ruggiero Leoncavallo,  considerada como la primera canción compuesta exclusivamente para ser grabada. Caruso y la industria fonográfica hicieron mucho para promoverse en las dos primeras décadas del siglo XX.

Un caballo de carreras fue bautizado como Caruso, e invariablemente el tenor le apostaba 10 dólares cada vez que el animal figuraba en una carrera, sin embargo, “Caruso” jamás ganó.

Cuando tuvo lugar el famoso terremoto de San Francisco, ocurrido el 17 de abril de 1906, Caruso estaba en plena actuación. Aterrorizado, el tenor rescató solamente una cosa de su derrumbado camerino: el retrato del presidente Teddy Roosevelt que éste había autografiado personalmente para Caruso. Más tarde, cuando trataba de tomar el tren con los otros miembros de la compañía de ópera, los guardias no le reconocieron, y no le dejaron pasar. Entonces Caruso les mostró su atesorado retrato, obtuvo su pase de salida, y logró ponerse a salvo del terremoto.

Breve Historia del Sistema Métrico Decimal

Poca gente pondría en tela de duda que la Plaza de la Bastilla es el símbolo de la Revolución Francesa. En cambio, en lo que respecta a la Place Vendôme -esa plaza señorial que alberga a las joyerías más lujosas del mundo-, su relación con la lucha del pueblo francés resulta menos obvia. No obstante, es esa misma plaza, bordeada por algunas de las mansiones más opulentas de París, existen los vestigios de una revolución más silenciosa, pero tan profunda como la de 1789: la del Sistema Métrico Decimal.

Inmediatamente a la izquierda de la puerta del Ministerio de Justicia, en la Place Vendôme número 13, hay una placa de mármol debajo de una ventana. Bajo la inscripción tallada “Mètre”, hay una línea grabada entre dos puntos y dividida en decímetros: el decímetro del extremo derecho está dividido a su vez en centímetros. Esta placa de alrededor de 220 años de antigüedad es una de las pocas sobrevivientes de las 16 que instaló originalmente “en los sitios más frecuentados de París” la oficina de Pesas y Medidas, organismo temporal creado en 1792 por la Convención Nacional.

Estos escasos monumentos menores, en los que se pegaría o tallaría un metro, se harían, según la oficina, lo suficientemente llamativos para atraer la curiosidad, y lo bastante sólidos para resistir los elementos y cualquier acto de vandalismo. Así fue posible que la gente se familiarizara con las nuevas unidades de medición, y comprobara que sus instrumentos de medidas estuvieran de conformidad con los de la Asamblea Nacional. Ya desde 1790, esta había resuelto poner fin al desorden y a la confusión existentes en Francia en materia de pesas y medidas.

Ya estaba en marcha la revolución Métrica. Al menos, en el papel. A instancias de la Academia de Ciencias, se había decidido definir el metro como “la diezmillonésima parte del cuadrante de un meridiano terrestre. Medido entre el Polo Norte y el Ecuador”. En julio de 1792 se comisionó a los astrónomos Pierre Mechain y Jean-Baptiste Delambre para calcular, lo más precisamente posible, la longitud del metro recién definido, utilizando el arco que describe un meridiano entre Dunquerque y Barcelona.

Pero su labor se demoró. Por querer establecer pronto un conjunto uniforme de pesas y medidas que facilitaran la libre circulación de víveres y granos, la oficina dio a conocer el nuevo sistema métrico el 1 de agosto de 1793, fijando un metro provisional. Este metro se obtuvo de una medición del meridiano calculada 50 años antes, y en ella se basaron para hacer las 16 placas de mármol que se fijaron de febrero de 1796 a diciembre de 1797.

El 22 de junio de 1799, Mechain y Delambre llevaron por fin su metro definitivo a los archivos del Estado. Pero, aunque se habían tardado 10 años en crear un sistema uniforme de medidas para el país, pasarían otros 40 años antes de que la gente lo empezara a usar. Los regímenes políticos cambian, sin embargo, los hábitos de la gente siguen fuertemente arraigados. No fue sino hasta el 1 de enero de 1840 que se volvió obligatorio el uso del sistema métrico decimal.

Desde entonces, los debates girarían en torno del problema de afinar la definición del metro y de hallar un fenómeno universal  y científico que lo describiera. Mechain y Delambre habían dado al país un metro teóricamente, al menos, inmutable. El único escollo fue que después se descubrió que este buen metro -con cuyas especificaciones se fabricaron todos los metros durante 100 años- medía dos décimas de milímetro menos de lo debido.

¡Ay, mi Dios, en términos científicos eso era inaceptable, intolerable, un escándalo! El metro del archivo no se ajustaba a una norma metrológica muy precisa. Además, a los países de Europa no les agradaba mucho tener que estar yendo al Archivo Francés por su metro patrón. Y fue debido a esto que en 1867 se creó un organismo mundial para internacionalizar el sistema métrico y preparar un nuevo conjunto de unidades que sirviera de patrón. Así nació el famoso metro patrón de platino -el prototipo internacional-, que se conserva en el Pabellón Breteuil, de Sèvres, Francia.

A finales del siglo XIX, los científicos empezaron a definir las unidades de medida con gran precisión, usando el rayo de luz roja de una lámpara de cadmio. Ya en 1960, los avances logrados en los campos de la espectroscopia y de la física atómica permitieron fijar el nuevo metro patrón utilizando el rayo anaranjado que emite un átomo de criptón-86. La pureza espectral de este rayo de criptón permite tal precisión, que el margen de error equivale a menos de una diezmillonésima de milímetro.

Gracias a este método se definió el metro como “igual a 1,650,763.73 veces la longitud de onda de la radiación correspondiente a la transición entre los niveles 2p10 y 5d5 del átomo de criptón”. ¿Quién podría imaginar algo más sencillo, pero al mismo tiempo verdaderamente oscuro para el profano? Por esa misma época nació el rayo láser, esa maravillosa fuente de luz monocromática. Los metrólogos no querían dejar pasar la oportunidad de usar tan preciosa herramienta. No obstante, durante la XVII Conferencia General de Pesas y Medidas, celebrada en París en octubre de 1983, se resolvió finalmente que el metro debería definirse por medio de una constante fundamental de la física: la velocidad de la luz.

Así pues, se resolvió -y esta vez para largo rato, puesto que la velocidad de la luz nunca cambia- que “el metro es igual a la distancia recorrida en el espacio por la luz en 1/299,792,458 de segundo”. Finalmente terreno firma.

Pero ¿y la placa de mármol de la Place  Vendôme? De acuerdo con la ceremonia de los Patrones Métricos que se efectuó allí el 27 de septiembre de 1989, ese metro mide aproximadamente 1.0021 metros. Nada mal para un anciano de casi 220 abriles.

Con datos de Le Monde, Paris Francia.

El verano del Hijo de Sam, David Berkowitz

El asesino solitario y astuto que lleva a cabo sus fantasías sexuales acechando y matando mujeres, es un trillado personaje de las películas baratas y sensacionalistas, y de las novelas de misterio. Sin embargo, en la Ciudad de Nueva York, hace 34 años, ese personaje fue una escalofriante realidad durante más de un año. Miles de jóvenes vivieron aterrorizadas, los funcionarios perdieron el dominio de sus nervios, y uno de los cuerpos policíacos más competentes de Norteamérica se vio frustrado.

A la 1:30 de la madrugada del 29 de julio de 1976, se recibió una llamada telefónica en las oficinas de la Octava Zona Antihomicidios, en el Bronx: “dos mujeres balaceadas”. Jody valentine, de 19 años, herida en el muslo izquierdo; y su amiga, Donna Lauria, de 18, muerta. Cuando esta última se disponía a bajar del automóvil, frente a su casa, un hombre le disparó cuatro veces a través de la ventanilla delantera derecha. Según los peritos en balística, el arma era un revólver calibre .44. Pero este dato no se divulgó.

Alguien informó que Donna había reñido con su novio, y que este se encontraba en Nuevo México. Varios detectives volaron hacia allá y descubrieron que poco antes un individuo había comprado un revólver .44, y que había vivido en el Bronx, a seis manzanas de la calle donde la chica había sido asesinada.

Empezaban a armarse las piezas del rompecabezas. Un investigador pesimista comentó: ”Si ese no es, entonces se trata de un psicópata, y la situación se nos va a complicar”. (Un maniático mata por capricho y rompe con la norma según la cual todo delito tiene su móvil.)

A petición de la comisaría de Nueva York, la policía estatal de Nuevo México busco el .44 y lo encontró; pero las balas no correspondían a las del arma homicida. En la sala de detectives se oyeron maldiciones; pero aún faltaba lo peor.

El siguiente ataque, casi una repetición del primero, no despertó mucha atención. A las 2:30 de la madrugada del 23 de octubre, Carl Denaro y Rosemary Keenan, de 20 y 21 años respectivamente, se encontraban en un automóvil estacionado en la calle 160 de Flushing, en el barrio de Queens. Denaro recibió un tiro en la cabeza, pero sobrevivió. Rosemary salió ilesa. Más tarde, la policía especuló que en la oscuridad el asesino había tomado al muchacho por una mujer, pues el cabello le llegaba al hombro.

El sábado 27 de noviembre, el homicida atacó de nuevo. Joanne Lomino, de 18 años, y su amiga Donna DiMasi, de 17, estaban sentadas frente a la casa de la primera cuando un sujeto se acercó a preguntarles una dirección. De pronto, sacó un arma de su chaqueta y abrió fuego. Hirió a Joanne en la cabeza y la dejó paralizada, y a Donna en el cuello. Los agentes recogieron tres cartuchos de calibre .44.

Transcurrieron dos meses hasta el siguiente ataque; esta vez la puntería fue letal. Christine Freund, secretaria de 26 años, cayó muerta a tiros a las 00:30 horas del 30 de enero de 1977, cuando con su prometido se hallaba en un automóvil en Forest Hills, en el barrio de Queens. Luego, a sólo media calle de allí, el 8 de marzo a eso de las 19:30 horas, Virginia Voskerichian, estudiante de 19 años de la Universidad de Columbia, fue abatida a balazos desde corta distancia en la calle Dartmouth.

La yuxtaposición de los dos asesinatos parecía demasiada coincidencia. Dos días después, mientras el terror atenazaba al vecindario de Forest Hills, el alcalde de Nueva York, Abraham Beame, y el comisario municipal de la policía, Michael Codd, convocaron a una conferencia de prensa para anunciar que el mismo revólver .44 había matado a las tres muchachas y que el pistolero solitario aún andaba suelto, quizá buscando nuevas presas.

Como las autoridades solicitaron la cooperación del público, empezaron a llegar abundantes informes por carta y por teléfono. Antes de que pudieran verificarlos, el asesino cobró nuevas víctimas. En esta ocasión dejó una nota burlona cerca de los cadáveres de Valentina Suriani, estudiante universitaria de 18 años, y de Alexander Esasu, de 20, ayudante de operador de un camión de remolque. Tras acercarse al auto en que estaban sentados, el criminal disparó a través de la ventanilla cerrada. Esto sucedió a las 3 de la madrugada del domingo 17 de abril, a pocas calles de donde ocurriera el primer homicidio.

Tres días más tarde, el jefe de detectives John Keenan estableció un grupo a las órdenes del inspector adjunto Timothy Dowd, para coordinar la búsqueda del hombre a quien Keenan llamaba “Hijo de Sam”, según una enigmática mención en la nota. Al igual que con Jack el Destripador, una nota sería el conducto para que a ambos asesinos se les llamara por un mote elegidos por ellos mismos.

Nació el primero de junio de 1953. nunca conoció a sus verdaderos padres. Tenía 17 meses cuando se firmaron los documentos de adopción, que lo convirtieron en David Richard Berkowitz, hijo de Nat y Pearl Berkowitz.

Al morir Pearl, él tenía 14 años, y lloró abiertamente en el funeral. Desde que cursó la enseñanza secundaria, se metía en dificultades. “Siempre hay en cada grupo un tipo al que todos consideran raro”, comentó un ex condiscípulo suyo de la escuela de Segunda Enseñanza Columbus, en el Bronx. “David era uno de esos”.

Provenían de los distritos policiales de las cinco zonas metropolitanas; de callejones, esquinas y bares que constituían sus cazaderos. Eran los mejores y más talentosos detectives de la Ciudad de Nueva York, seleccionados para sumarse al batallón especial del inspector Dowd.

Respondían al teléfono, clasificaban los informes y examinaban los bocetos que trazaban los dibujantes de la policía. Tomaban café por litros, dormían muy poco y sentían que aumentaba la presión. Algunas veces entraban cuatro llamadas telefónicas por minuto.

El 31 de mayo de 1977, el Hijo de Sam envió una carta a Jimmy Breslin, columnista del diario Daily News, de Nueva York. He aquí algunos extractos:

“Un saludo desde las cloacas de la Ciudad de Nueva York, que rebosan de mierda de perro, vómito, vino rancio, meados y sangre. Un saludo desde los albañales de la Ciudad de Nueva York, que se tragan estos manjares cuando los arrastran  los camiones de la limpieza. Un saludo desde las grietas de las aceras, de parte de las hormigas que moran en ellas y se nutren de la sangre seca de los muertos”.

“No piense que porque no he dado señales de vida durante un tiempo me he echado a dormir. Aún estoy aquí, como un espíritu que ronda en la noche; sediento, hambriento, descansando raramente, ansioso de complacer a Sam”.

“Posdata: J.B., por favor informe a todos los detectives que trabajan en el caso que les deseo la mejor de las suertes. Sigan indagando, no desmayen, piensen positivamente, no se apoltronen , toquen madera de ataúdes, etcétera”.

A principios de junio la situación comenzó a tornarse positiva. Cierto estudiante de Manhattan les dio el nombre de un colega que muy bien podía ser el Hijo de Sam. Respondía a las descripciones físicas. Era brillante, elocuente, y extraño solitario, intenso. Lo habían arrestado varias veces por asalto a bancos, y en una ocasión lo declararon culpable; en todos los casos figuraban una nota y una pistola. En clase participaba en las discusiones acerca de asesinatos famosos, y a veces las dirigía. Sin embargo, cuando salían a colación las matanzas cometidas con el revólver .44 permanecía callado. Los grafólogos estudiaron la letra y opinaron que pudo haber escrito la nota del Hijo de Sam. Los detectives indagaron más a fondo. Tenía conocimientos especializados en todo tipo de armas. Empezaba a interesar. Lo pusieron bajo vigilancia. Cuanto más lo observaban, más se convencían.

Luego, cierta noche, hacia fines de junio, eludió a sus seguidores y se desvaneció. Esa misma noche ocurrió un tiroteo cerca del cabaret Elephas.

A las 3:20 de la madrugada, del domingo 26 de junio les dispararon a Judy Placido de 17 años, y Salvatore Lupo, de 20, cuando se encontraban en un  automóvil estacionado en Bayside, en el barrio de Queens. Judy recibió heridas en la cabeza, el hombro y la nuca; lupo en el brazo. Ambos sobrevivieron.

En las semanas siguientes la policía asignó a más agentes para la investigación y preparó una vigilancia en gran escala de los vecindarios donde el criminal había actuado.

Durante el ataque, el sospechoso anduvo perdido. Volvió a casa a las 6 de la mañana al volante de un auto color claro, parecido al que habían visto cerca del sitio donde se cometieron los crímenes; vestía como el hombre que observaron alejarse del lugar de los hechos.

En total, 75 detectives y 225 agentes uniformados se dedicaban de tiempo completo a descifrar el caso; centenares más colaboraron en sus horas libres. Se congestionaban las líneas telefónicas especiales de la policía. Hubo muchos que llamaron y decían ser el Hijo de Sam; a veces pedían que los aprehendieran en tal o cual domicilio. Los agentes acudían, pero nadie los esperaba.

Mientras, varias patrullas recorrían los sitios donde se estacionaban los enamorados, y anotaban la matricula de todos los coches que se encontraban allí después de medianoche. Incluso colocaban maniquíes en algunos vehículos para simular parejas, pues consideraban muy peligroso usar como señuelo a personas.

“Era un joven muy apuesto, distinguido, alto, de cabello castaño y ondulado”, recuerda una vecina de la familia Berkowitz. “También era hiperactivo. Los niños se quejaban de que les pegaba sin motivo”.

“Hacía cosas raras. Daba empellones a las personas. Siempre tuvo una imaginación muy vívida. Su conversación iba más allá de la de un chico normal. Su madre sólo le sonreía”.

El 26 de julio, Berkowitz, de 24 años y empleado común y corriente del servicio postal, salió de la oficina de correos del Bronx, donde trabajaba, para no volver jamás. En los diarios se hablaba mucho del día 29 del mismo mes. (en su carta a Breslin había insinuado que tal vez atacara en el aniversario de su primer crimen.) La policía había tendido una red sobre Queens, el Bronx y partes de Brooklyn, con la esperanza de capturarlo antes de que asesinara otra vez. Berkowitz esperó hasta la noche siguiente, encontró un hueco en la vigilancia y lo aprovechó. Mientras tanto, los detectives velaron más de cerca, agregaron agentes y los distribuyeron en torno a la casa que estaban vigilando como a guardias en el muro de una prisión. Así estaban la noche del 31 de julio cuando aconteció lo que más temían.

El escurridizo Hijo de Sam atacó por octava vez el 31 de julio. Mató a Stacy Moskowitz e hirió a Robert Violante, ambos de 20 años, a las 2:50 de la madrugada, mientras contemplaban desde un automóvil la Luna llena que iluminaba la bahía de Gravesand, en Brooklyn.

Los detectives que cuidaban una casa cuando ocurrió el asesinato se miraron perplejos. Un detective fue y llamó a la puerta de entrada. Al cabo de pocos minutos la abrió el sujeto, con los ojos hinchados por el sueño. El agente lo miró, luego dio media vuelta y se marchó.

Neysa Moskowitz, la angustiada madre de Stacy, expresó la cólera de la ciudad al decir: “Un animal como ese debe ser atrapado. Espero que sufra el resto de su vida”.

Aquella fue la noche de la adversidad. Por todos los rincones de la ciudad vigilaron a todos los principales sospechosos; todos tenían coartada. Pero no habían avanzado un solo paso en la captura del Hijo de Sam. La frustración empezaba a reinar en el departamento policial.

En 1971, David se alistó en el ejército. El Pentágono califica su hoja de servicios de “muy rutinaria”. Cuando estuvo en Corea, en 1972, sus cartas cambiaron en forma radical. Sustituyó su firma “Soldado raso Dave”, por la de “Amo de la realidad”.

¿Quién podría explicar la paradoja? Sus camaradas del Ejército lo oían jactarse de que tomaba LSD y píldoras, mientras que por otro lado predicaba un cristianismo apocalíptico que no armonizaba con las tradicionales diversiones de un soldado: el alcohol, las mujeres y la blasfemia.

Algunos individuos maduran y aprenden del servicio militar. David Berkowitz tomó el camino opuesto. Su correspondencia parece un testimonio de la degeneración de una mente enferma.

Una carta alude a una conversación con Jesucristo: “Un día yo y Jesús hablamos de lo de siempre. Como quiera que sea, abordamos temas muy profundos”.

“Desde que lo conozco”, afirmó un amigo, “David siempre ha confundido la fantasía con la realidad”.

Las fuerzas del orden comenzaban a desesperarse cuando algo ocurrió que abrió una luz al final del túnel. Tal como el inspector Dowd viniera repitiendo incesantemente, un detalle trivial hizo tropezar al homicida del .44. “Una infracción de estacionamiento”, comentó más tarde a un agente. “Nada menos importante que eso”.

Diez días después del asesinato, durante una comprobación de todos los automóviles multados esa noche en la zona del crimen, los policías encontraron el auto cerca de un edificio de apartamentos en el número 35 de la calle Pine, en el suburbio residencial de Yonkers (Nueva York). Por una ventanilla, el detective Ed Zigo vio la culata de una ametralladora en un saco de yute, y un sobre dirigido a la policía y a la prensa.

Encaminándose a lo que, según él, habría de ser su noveno ataque y apoteosis final (una matanza con ametralladora en un cabaret de Long Island), el individuo tomó una bolsa con el revólver Bulldog calibre .44 cargado, salió del apartamento lleno de pornografía y de inscripciones, bajó el ascensor, y entró al Ford Galaxie color crema que contenía la ametralladora. Dio vuelta a la llave del encendido y, de repente, vio que le apuntaban los cañones de tres pistolas.

?¡Policía! ¡No se mueva! ?gritaron los detectives.
?Está bien ?dijo mansamente David Berkowitz?. Me han atrapado ?y sonrió.

El misterioso “Sam” de las cartas parece haber sido un vecino delgado y canoso, Sam Carr, de 64 años. Berkowitz le había enviado misivas, amenazándolo a causa de los aullidos de su perro, al que hirió más tarde en una pata con una pistola calibre .44.

“Sam me dijo qué debía hacer, y lo hice”, refirió David a la policía. “Yo recibía órdenes”. ¿Quién era Sam? Según Berkowitz, su vecino, pero “en realidad es un hombre que vivió hace 6000 años. El perro me traía los mensajes. Me ordenó matar”.

Lo sometieron a un examen psiquiátrico. Según algunas personas informadas, había pocas probabilidades de que lo enjuiciaran o encarcelaran. Cuando empezó a hablar aquel perturbado ejecutor de extraños mandatos, los detectives no sentían ya odio ni rabia. A diferencia de la muchedumbre que reclamaban venganza afuera de la comisaría, los veteranos de aquella pesadilla presintieron de inmediato que el Hijo de Sam (había segado 6 vidas y dejado cicatrices en muchas otras) no les dejaría otra cosa que su caprichosa y horrible demencia. Y la sonrisa.

 
El verano de 1977…. perteneció a Sam
 
 
Extractos del “Time”, “Daily News” de Nueva York, “Times” de Nueva York, y de Newsweek.

El Arco de Triunfo

El majestuoso Arco de Triunfo de Francia se yergue en la plaza de la Estrella, en París. Colosal, sobrecogedor, domina la extensión de los Campos Elíseos. De él arrancan 12 magníficas avenidas que se apartan simétricamente para desembocar en todos los esplendores de la capital francesa. Victor Hugo la llamó: “Una mole de piedra sobre un conjunto de gloria”.

El arco de l’Etoile (o la Estrella) es el arco triunfal más grande que se haya construido jamás. Su elevación equivale a la de un edificio de 15 pisos, y es tan grande que de todos los arcos levantados por los antiguos romanos, dos cualquiera podrían caber caber bajo su bóveda, uno al lado o encima del otro.

El Arco de Triunfo no es precisamente una obra de arte. El pequeño Arc de Triomphe du Carrousel, en las Tullerías, es más clásico; la catedral de Note-Dame es más antigua; la prisión de la Conciergerie es más imponente desde el punto de vista histórico. Pero en el Arco de Triunfo hay dimensiones no imaginadas, una esencia invisible, cierto eterno secreto francés con sagrado en esa piedra silenciosa. Desde el día en que se inauguró, hace 174 años, el Arco ha sido el foco de cuanto existe de poderoso y dinámico en la vida nacional francesa. Los ciudadanos se han reunido bajo su altiva bóveda para invocar pasadas grandezas, protestar contra una política torpe y fortalecer el ánimo cuando la patria se veía invadida.

Allí se citaron para conmemorar la victoria después de la primera guerra mundial, y allí dieron gracias por haber recobrado la libertad después de la segunda. Ningún monumento nacional, en parte alguna del mundo, parece despertar la misma intensidad emotiva.

Curioso es saber que este monumento casi estuvo a punto de quedar inconcluso. Napoleón ordenó su construcción en 1806 para honrar a los ejércitos revolucionarios, pero rivalidades palaciegas, ciertas dificultades económicas y la implacable marea de los acontecimientos obstaculizaron el proyecto  desde el momento en que el Emperador puso su firma al pie del decreto. También hubo diferencias acerca de la ubicación y el diseño del monumento.

Cuando hoy se contempla desde la cima del Arco el fantástico panorama del París moderno, no cabe duda de que la Estrella era el lugar exacto para levantarlo. Pero en la primavera de 1806 el sitio tenia poco de atractivo. Se encontraba en los límites de la ciudad, y hasta poco antes había sido un muladar.

Con todo, Jean Chalgrin, uno de los arquitectos franceses más célebres de la época, vio en la Estrella, una simbólica puerta de acceso a la nación. Supo interesar en su proyecto a un ministro, y este le escribió a Napoleón: “La estrella necesitará un monumento de proporciones colosales, pero ¡qué situación tan ventajosa!… Vista desde el palacio de Vuestra Majestad, que es el centro de la capital, como París es el centro de Francia… estará siempre frente al Conquistador.” Napoleón no pudo resistir y la piedra fundamental se colocó el 15 de agosto, día en que él cumplía 37 años.

Fue esta la última vez que algo relacionado con la construcción del Arco sucedía tan fácilmente. Los costos fluctuaban de modo terrible. Mes a mes los constructores presentaban cálculos costosísimos y la cuenta fue de casi 10 millones de francos.

El terreno era gredoso, y los trabajadores tuvieron que excavar en busca de suelo rocoso. El 2 de abril de 1810, cuando Napoleón tomó por segunda esposa a la archiduquesa María Luisa, la pareja entró en París bajo un arco de bienvenida cuya inscripción decía: “Ella amenizará el descanso del héroe”. Aquel arco representaba un estudiado simulacro. El Emperador, dándose cuenta de que sería imposible terminar el Arco de la Estrella a tiempo para su matrimonio, exigió una réplica de tela. Unos 500 hombres la levantaron en 20 días, trabajando largos turnos.

Cuando los obreros encontraron por fin suelo firme, a ocho metros de profundidad, tuvieron que tender una base artificial de enormes piedras trabadas. Fue una hazaña asombrosa, que requirió dos años de labor. Actualmente, el Arco descansa en lo que es probablemente la parcela más excavada y perforada de Francia. La atraviesan líneas del ferrocarril subterráneo, el túnel de un expreso regional, canales de desagüe, cloacas, equipo de ventilación y otro túnel sin que sea necesario reforzar los cimientos.

Considerando las mezquinas herramientas de la época, la obra de ingeniería del Arco no fue menos notable. Pesadas carretas, cada una tirada por ocho caballos, acarrearon brillante y blanca piedra caliza, procedente de canteras situadas a 90 kilómetros al sur de París. En un principio, recuas de mulas arrastraban los grandes bloques (algunos de seis toneladas) hasta lo alto de rampas de madera; allí los ponían sobre rodillos y los empujaban a hombro hasta el lugar donde se encontraban los albañiles.

Una vez que la elevación de la estructura hacía imposible seguir utilizando esta técnica improvisada, se ideó un ingenioso sistema de cabrias y poleas, que funcionaban por gigantescas ruedas movidas desde el suelo por varias yuntas de caballos. La caída de Napoleón interrumpió en 1814 los trabajos y sólo se reanudaron en 1823.

Diez años más tarde. 19 escultores se hicieron cargo del Arco, trabajando en andamios que se balanceaban en el aire. Su obra, que representa grandes momentos en la historia Francesa y 30 escudos descriptivos de las victorias napoleónicas, son hoy notables sólo como ejemplos de la escultura de ese período. La única escultura que muestra el sello del genio es la de Françoise Rude, titulada La Partida de 1792, pero llamada popularmente La Marsellesa.

En la mañana del 29 de julio de 1836, fecha fijada para la inauguración del Arco, llovía a cántaros, y los espectadores apenas pasaron de dos borrachines y un perro empapado. Pero esa anoche amainó la lluvia, y entonces el pueblo de París fue a celebrar el magno evento a su manera. La muchedumbre bailó en la calle y marchó asombrada en torno del magnífico monumento. Este, macizo y encumbrado, era el sublime resultado de 30 años de esfuerzos, el legado de unos pocos espíritus luminosos y del trabajo de miles de manos anónimas.

Aproximadamente, unos 500,000 visitantes al año suben al Arco. El espacio utilizado se limita al ocupado por dos escaleras y el pozo de un ascensor en los pilares. Encima de la bóveda hay tres galerías. La más alta es hoy un museo donde se exponen fotografías de los detalles relevantes del Arco. Justamente debajo de este museo está la zona “de trabajo”: una galería baja que contiene restos de piedra caliza, y otra mayor donde se guardan condecoraciones dejadas reverentemente en la tumba del Soldado Desconocido. Allí también se encuentra el aparejo que levanta la gran bandera, y la entrada a las instalaciones eléctricas y tubos de desagüe destinados a desaguar  200,000 litros de agua de lluvia que se acumula en la espaciosa terraza superior. A nivel del suelo hay pequeñas oficinas para el cajero y el guardián. Aparte de eso, el Arco es una sólida mole de piedra.

Desde un principio el Arco de Triunfo representó a Francia, y pronto se convirtió en escenario de las grandes ceremonias estatales y religiosas. Napoleón, que en vida no alcanzó a verlo, recibió allí el primer homenaje póstumo. En 1840 se trajeron del exilio los restos del héroe, y, un frío y claro día de diciembre, descansaron estos durante unos minutos bajo el monumento soberbiamente concebido por el Emperador. Comenzando con la visita de la Reina Victoria hizo a París en 1855, casi todos los jefes de Estado extranjeros que llegaban a la capital gala eran recibidos allí. El funeral de Victor Hugo, en 1855, fue sin duda la ceremonia más espléndida celebrada bajo el Arco. Tras el coche fúnebre para pobres en que el poeta había pedido que lo llevaran a la tumba, desfilaron diez furgones cargados de flores y 800,000 personas.

En 1857, el barón Georges Haussmann, a quien debe París el encanto de sus espacios abiertos, agregó siete avenidas a las cinco que componían la “estrella”. La ciudad en expansión avanzó hacia el oeste, hacia el Arco. Desaparecieron dos antiestéticas aduanas y en su lugar se alzaron grupos de árboles. Así estaba París aquel día negro de 1871 cuando las botas de los victoriosos soldados prusianos resonaron en el adoquinado de la Estrella. Un grupo de niños tercamente apiñados frente al Arco, obligaron a la columna de soldados a rodearlo en vez de pasar bajo él, pero durante dos días y sus noches los vencedores acamparon en la estrella. Apenas la abandonaron, el pueblo se desbordó de las calles laterales acarreando atajos de paja, arrojó estos al suelo y les prendió fuego.

La multitud guardó solemne silencio hasta que la cérémonie de purification del Arco de Triunfo terminó. Había ocurrido lo increíble: la inerte fábrica de mapostería se había convertido en un santuario.

Terminó el siglo, pero el Arco siguió siendo para Francia el eje de los acontecimientos históricos. En los primeros calamitosos días de la primera guerra mundial, lo cubrieron con sacos de arena para protegerlo del bombardeo. Y los alemanes, que se encontraban ya en el Marne, hicieron acuñar una medalla conmemorativa para celebrar su victoria en la cual aparecían sus tropas marchando triunfalmente bajo el sagrado monumento.

La medida resultó prematura: fueron los ejércitos de Francia y de sus aliados los que desfilaron bajo el Arco el 14 de julio de 1919, encabezados por miles de inválidos con muletas y de heridos llevados en camillas. Un año y medio después, el ataúd del Soldado Desconocido francés, envuelto en la bandera, fue enterrado en la silenciosa piedra del Arco, mientras los nombres de los grandes soldados de la nación lo contemplaban, como formando una excelsa guardia de honor. El 11 de noviembre de 1923 se encendió en esta tumba una llama eterna, y todas las noches se vuelve a encender en homenaje a los muertos en guerra.

El día más lúgubre de la historia del Arco fue el 14 de junio de 1940. esa mañana los soldados alemanes subieron hasta lo más alto del monumento y desplegaron allí una gran esvástica, la cual ondearía sobre París durante los cuatro años siguientes. Pero puntualmente, a las 18:30 de esa primera noche, y de todas las noches que vinieron después, unos veteranos franceses miembros de la Société de la Flamme, aparecieron para volver a encender la llama eterna. Los soldados alemanes al ver aquello, saludaron.

El 19 de agosto de 1944, París se levanto en contra del opresor, y en la tarde del 25, la vanguardia de las fuerzas blindadas de los ejércitos libertadores, precedida por el tanque del general Philippe Leclerc, avanzaba hacia la estrella. En ese mismo instante, la bandera tricolor era izada de nuevo en lo alto del Arco. Apenas 20 horas más tarde, aunque tiradores alemanes acechaban aún por todas partes, el general Charles De Gaulle llegó hasta el Arco para encender de nuevo la llama eterna.

Habiendo sobrevivido a cuatro guerras y tres revoluciones y después de 125 años, durante los cuales el mundo inmediato a él se había transformado de bucólico arrabal en bullicioso corazón de una gran ciudad, el Arco necesitaba desde hacía tiempo de una limpieza general. Como el limpiarlo con chorros de arena habría roído la natural capa protectora de la piedra caliza, hubo que fregar a mano, metro por metro, toda la superficie del monumento, a la vez que lo lavaban con mangueras de agua. Se atendió después a restaurar metódica y científicamente sus esculturas.

Como repositorio de las más hondas emociones de la nación, el Arco ha sido teatro de muchas reuniones inesperadas. A veces, en el calor del momento, los elementos extremistas estallan allí violentamente, como sucedió a raíz de que los franceses se retiraron de Indochina y en los tensos días que siguieron a la decisión del Gobierno de otorgar la independencia a Argelia. Pero jamás había vito el Arco tan espontánea explosión pública como la que ocurrió el jueves 30 de mayo de 1968. Durante cuatro semanas Francia se había debatido en la hoguera de una revuelta inminente, en esos trágicos días de mayo. Las huelgas y los disturbios habían detenido la marcha de la nación. Día tras día, mientras los alimentos y los artículos de primera necesidad escaseaban y la correspondencia no se distribuía, los obreros permanecían ociosos en sus fábricas y jóvenes activistas, saliendo de las universidades de las cuales se habían apoderado, organizaban innumerables demostraciones callejeras y entronizaban un espíritu de anarquía y desesperación.

Entonces el general de Gaulle arrojó el guante, jurando restablecer la ley y el orden en el país. A las 16:30 horas de aquel jueves, respondiendo a la llamada de varias agrupaciones que apoyaban a de Gaulle, se reunió una multitud en la Plaza de la Concordia. Pero esta era una multitud diferente, compuesta de hombres y mujeres que habían soportado el caos con silenciosa angustia y mudo temor por su país. Eran estudiantes que deseaban aprender, trabajadores ansiosos de trabajar, comerciantes, empleados, jefes de empresa y amas de casa.

A medida que su número crecía hasta llegar a 600,000, la multitud se desbordaba hacia la Madeleine y al otro lado del Sena, animada por un sentimiento de orgullo y una esperanza nueva. Tomó por los Campos Elíseos, en filas de 50 personas en fondo, en dirección al Arco de Triunfo. Era uno de esos fugaces momentos de la larga historia del hombre en que se debe avanzar o retroceder. Los manifestantes, marchando en interminables columnas, cantaban La Marsellesa y agitaban improvisadas banderas tricolores, y desde las aceras miles de ciudadanos cantaban con ellos. Quienes estuvieron allí ese día, sintieron que los amenazadores acontecimientos de mayo terminaban en ese histórico crepúsculo, cuando la última fila de manifestantes llegaba al Arco de Triunfo.

Poco más de un año después, el nuevo presidente de Francia, Georges Pompidou, unos minutos antes de prestar juramento, fue al Arco para volver a encender la llama eterna en la tumba del Soldado Desconocido. La importante figura del general de Gaulle se desvanecía en las páginas de la historia, pero Francia seguía adelante. Y su tenaz continuidad se afirmaba, como en tantas ocasiones solemnes, bajo el Arco de Triunfo.

Este 29 de julio, el gran Arco cumple 174 años. ¡Felicidades Viejo! y¡Felicidades Francia!

La Toma de la Bastilla

Durante toda la noche del 14 de julio de 1789, habían llegado a Versalles relevos de mensajeros informando al Rey los últimos acontecimientos de la insurrección que se gestaba y que había tenido en efervescencia a París desde fines de abril. Luis XVI se fue a la cama después de resumir en su diario los sucesos del día con una sola palabra: “Nada”.

Así terminó el gran día que a los ojos del mundo simboliza el fin del despotismo monárquico. Celebrada como emblema de la libertad desde 1790, ninguna otra fecha ha tenido mayores consecuencias en la historia de Francia. Sin embargo, pasarían meses para que Luis XVI se diera cuenta de que la caída de la Bastilla no solo amenazaba a su poder, sino su cabeza misma.

La Bastilla fue construida por Carlos V para defender el acceso a París desde la puerta de Saint-Antoine. Tenía ocho anchas torres, cada una de 25 metros de altura, un amplio y profundo foso y dos puentes levadizos. Al crecer la ciudad, la fortaleza perdió su importancia estratégica y posteriormente fue transformada en prisión del Estado. Pero, contrario a la creencia popular, el número de presos encerrados en ella durante los reinados de Luis XIV y Luis XV no pasó de 40, en promedio, e incluso esta cifra bajó tanto, que el 14 de julio de 1789, solo quedaban allí siete reclusos. Había 19 veces más guardianes que prisioneros: 4 carceleros, 7 funcionarios y 120 guardias y oficiales, todos al mando del gobernador, marqués Bernard-René de Launay.

Con estos datos uno se pone a pensar: ¿por qué entonces el pueblo odiaba tanto a la Bastilla? Un poco de historia lo esclarece: era costumbre encarcelar en ella, sin otra formalidad que una lettre de cachet, a cualquiera que hubiese desagradado al rey o a su corte. La lettre de cachet era una carta lacrada y sellada que, firmada por el rey o por algún alto funcionario del gobierno, constituía una orden arbitraria de detención y encarcelamiento. Voltaire había pasado en ella casi un año por haber escrito unos versos licenciosos  contra la duquesa de Berry (Marie-Louise Elisabeth d’Orléans), y otro escritor, Jean-Francoise Marmontel, también fue enviado a esta prisión para que se arrepintiera de sus sarcasmos contra la alta nobleza.

Así mismo, había muchos relatos sobre los horrores que supuestamente se cometían en la Bastilla. El conde Alessandro de Cagliostro, implicado en el célebre asunto del collar de la Reina, declaró: “Si me dieran a escoger entre la ejecución inmediata y pasar seis meses en la Bastilla, no vacilaría en decir: Llévenme al Cadalso”.

El 2 de julio, el marqués Donatien Françoise Alphonse de Sade, entonces preso en la Bastilla, utilizando un tubo de hierro a manera de megáfono, había arengado al populacho del Faubourg Saint-Antoine: “¡Nos están degollando aquí!”. Gritaba. “¡Están asesinando a los prisioneros! ¡Vengan a salvarnos!” Temiendo que se repitiera tal llamamiento al pueblo, el gobernador ordenó que trasladaran al loco marqués al manicomio de Charenton.

En realidad, tales relatos de atrocidades eran puras habladurías. Según los registros, nadie había sido torturado en la Bastilla desde 1720. Charles Françoise Dumouriez, el futuro vencedor de los prusianos en Valmy, llegó a elogiar los alimentos que allí servían: “Había siempre cinco platos en la comida”, escribió, “y tres en la cena, sin contar los postres”.

No obstante, la Bastilla seguía siendo, y con razón, el símbolo mismo del despotismo real. La situación económica en que vivían los parisienses también explica en buena parte el furor popular que estalló el 14 de julio. El general Marie-Joseph de la Fayette calculaba que, de los 600 mil habitantes de la capital, 30 mil carecían de trabajo. En aquel período, la hogaza de pan de dos kilos costaba hasta 20 sous (moneda de cobre equivalente a la vigésima parte de la libra, o franco).

A las 9 de la noche del domingo 12 de julio, el joven barón Thièbault regresaba de París de una merienda campestre en el bosque Vincennes. Encontró la capital sumamente agitada; la muchedumbre que llenaba las calles protestaba por la destitución de Jacques Necker, ministro de Hacienda, en quien el pueblo cifraba sus esperanzas para que mitigara su pobreza. En los jardines de las Tullerías, la caballería, que el Rey había mandado llamar, cargó contra los manifestantes y los dispersó a sablazos.

En la Bastilla, el gobernador Launay sintió que subía la fiebre popular. Ordenó que se transfirieran 250 barriles de pólvora del Arsenal a la fortaleza y colocó 12 hombres en lo alto de las murallas. Había en las torres 15 cañones, pero resultaban inútiles a corto alcance; por ello, el gobernador hizo que izaran hasta los parapetos seis carretadas de adoquines; en caso de asedio, sus soldados podrían arrojarlos sobre los atacantes.

Llovía en París el lunes 13 de julio, pero ni siquiera el aguacero logró aplacar los encendidos ánimos. Los parisienses, armados de horquetas, libertaron a 25 presos de la cárcel de La Force, situada cerca de la Place Royale. También saquearon varios depósitos de armas, entre ellos el Guardamuebles Real. En la Rue de la Bûcherie, el escritor Restif de La Bretonne observó desfilar a las ojerosas y macilentas multitudes, que según él parecían decir “Hoy es el último día de los ricos y acomodados. Mañana nos tocará a nosotros: mañana dormiremos en colchón de plumón de cisne

Al despuntar el alba del martes 14, los parisienses seguían en las calles. El cielo estaba cubierto de negros nubarrones, soplaba fuertemente el viento y la temperatura era baja para julio: 22° C. A la euforia de las fáciles victorias obtenidas los días anteriores había sucedido la zozobra; se decía que varios regimientos leales al Rey marchaban sobre París; corría el rumor de que el regimiento Real Alemán había tomado posiciones en la Barrière-du-Tr?ne (Barrera del Trono) y de que 15 mil soldados avanzaban por la Rue Saint-Antoine.

El barón Thièbault relataría después en sus memorias que, al salir de su casa por la mañana, encontró un grupo de 500 hombres al frente de los cuales, iba un tambor greñudo. Un amigo suyo que acompañaba al grupo le dijo: “Vamos a los Inválidos, a apoderarnos de los cañones.”  Thièbault se unió a aquella tropa.

Al llegar a la explanada de los Inválidos ya se habían agolpado allí, delante del foso, entre 8000 y 10000 personas que pedían armas para hacer frente a la carga de los regimientos del Rey, ataque inminente, según los repetidos rumores.
 
Había en los Inválidos 32000 mosquetes. Su gobernador, Sombreuil, ordenó poco antes a la guarnición que los inutilizara quitándoles los percutores, pero los soldados simpatizaban secretamente con la muchedumbre y en seis horas sólo habían desarmado 20 mosquetes.

Sombreuil abrió la reja y salió a explicar que esperaba órdenes de Versalles. La turba, aprovechando aquella inesperada brecha, entró en tropel. Los soldados de la guarnición permanecieron en su puesto, pero no presentaron resistencia.

Los asaltantes se apoderaron de unos 30000 mosquetes y los repartieron entre todos los que quisieran tomarlos. Aunque ya tenían las armas, los parisienses encontraron poca pólvora y pocas balas en los Inválidos. Como sabían que las había en la Bastilla, muchos se precipitaron hacia la vieja fortaleza.

Ya se habían agrupado alrededor de la Bastilla cientos de parisienses que empuñaban picas, horquetas y hasta cuchillos de cocina. Y aunque los cañones de Launay no servían a corto alcance, sus hombres (para entonces reforzados con 32 soldados de la Guardia Suiza) estaban armados para hacer de aquella manifestación una carnicería.

Consciente de ello, el Comité Permanente de Electores, que en esos momentos  sesionaba en el Ayuntamiento, votó enviar una delegación a la Bastilla. Encabezados por el oficial de infantería Bellon, los emisarios obtuvieron de Launay la promesa de que “no haría fuego sobre la multitud y no la provocaría”. Para probar su buena fe, el gobernador invitó a la delegación a almorzar allí mismo.

Pero en vez de calmar los ánimos a la muchedumbre, aquel acto de hospitalidad por parte del gobernador aumentó sus temores. Como Bellon no regreso, el populacho creyó que lo habían hecho prisionero. Un segundo emisario fue a investigar qué ocurría. Launay propuso presentarse en persona en una de las torres, en compañía de los negociadores, para tranquilizar a los manifestantes. Para entonces la multitud crecía considerablemente. Se oían gritos: “¡Queremos la Bastilla!” Luego, un tendero de apellido Pannetier descubrió que era muy fácil pasar al interior de la Bastilla escalando los muros exteriores para llegar al patio del Gobierno, donde estaba el segundo puente levadizo, que daba acceso a la ciudadela propiamente dicha. Siete u ocho hombres armados de hachas hicieron de inmediato la maniobra propuesta y, una vez adentro, rompieron las cadenas que sostenían el puente levadizo exterior, el cual cayó con terrible estruendo y mató a uno de los sitiadores. Al momento se precipitaron 300 hombres por la brecha.

 
 
Pero no había nadie en el patio del Gobierno, pues toda la guarnición se había retirado al interior de la fortaleza. Algunos soldados apostados en los parapetos de las murallas y en las torres conminaron a la multitud a detenerse. Finalmente, los soldados abrieron fuego y cayeron varios invasores.

Afuera, se levantó un grito de la muchedumbre: “¡Launay rompió su promesa de no disparar! ¡Muera Launay!” Cundió el rumor de que Launay había ordenado bajar el puente levadizo para que sus tropas tuvieran despejada la línea de fuego sobre la multitud. Este mal entendimiento costaría la cabeza al Gobernador.

En eso, un tal Santerre, de oficio cervecero, propuso meter en el patio del Gobierno una carretas llenas de paja ardiendo. Así, se tendería una cortina de humo para cegar temporalmente a la guarnición.

Un poco después, la turba de sitiadores se apoderó de una muchacha a la que confundió con la hija del gobernador. Fue atada abierta de piernas y brazos a una carreta de paja, y se amenazó con prenderle fuego si su padre no se rendía.

“¡Deténganse!”, gritó un soldado de apellido Aubin-Bonnemère a la enardecida gente, que conocía muy bien a la guarnición de la Bastilla. “¡Esa no es la hija del gobernador!” Se trataba de Mademoiselle de Monsigny, cuyo padre era el comandante de los 82 veteranos de la Bastilla. Mientras la muchedumbre vacilaba, Aubin-Bonnemère corrió y se llevó consigo a la muchacha.

Al mismo tiempo ocurría frente al Ayuntamiento otra escena crítica. Dos destacamentos del regimiento de guardias franceses, 62 hombres en total, que habían desertado para unirse a la insurrección, se arremolinaban en espera de órdenes. Fue el momento que escogió Pierre Hulin, de 31 años de edad, para darse a conocer. Había empezado su carera militar como mozo de tropa; lo habían ascendido a sargento, y luego dejó las armas para abrir una lavandería en Saint-Denis. Varios años después de esta jornada histórica llegaría a ser uno de los generales de Napoleón.

El fragor de la fusilería que provenía de la Bastilla le inspiró a Hulin ideas de caudillaje. “¡Amigos míos!”, gritó a los 62 soldados ahí reunidos, “¿Son ustedes ciudadanos? ¡Sí, lo son! Entonces, ¡marchemos sobre la Bastilla! ¡Allí están degollando al pueblo! ¡Degüellan a sus camaradas!” Los soldados se movilizaron y empezaron a arrastrar cuatro cañones. Cuando llegó a la fortaleza, la columna constaba de unos 500 individuos.

Una cuarta delegación, al frente de la cual iba el procurador Éthis de Corny, intentó a su vez llegar hasta el gobernador. Pero al reanudarse el fuego, más cerrado que nunca, el procurador se retiró corriendo.

Eran las 15:30 horas. Launay no comprendía por qué no le habían enviado refuerzos, cuando un solo regimiento de caballería habría bastado para salvar la situación. Le repugnaba la idea de utilizar los cañones contra la multitud; cumpliría hasta el final  su promesa de no dispararlos. Y tampoco llegaro a arrojarse las carretadas de adoquines sobre los parisienses.

Pero Hulin no tenía esos mismos escrúpulos. Cuando él y los guardias franceses rebeldes llegaron a la Bastilla, colocaron sus cañones en posición. Cada uno lanzó una andanada, mas los artilleros eran tan ineptos que las balas apenas rozaron la fortaleza. La inutilidad de las primeras descargas convenció a Hulin de que debía acercar más sus cañones. Moverlos a distancia de tiro eficaz era operación peligrosa, pues había que arrastrarlos a mano hasta el segundo puente levadizo, precisamente bajo el fuego de la guarnición.

Al observar esta audaz proeza desde lo alto de las murallas, Launay empezó a sentir pánico, aunque las bajas de los defensores habían sido muy leves hasta entonces: un muerto y tres heridos. El teniente De Flue, comandante de la Guardia Suiza, escribiría en una carta que envió a su madre: “Pareció perder la cabeza por completo. Sin consultar con ninguno de sus oficiales… ordenó de pronto a sus tambores tocar a rendición”. Algunos historiadores creen que haya sido probable que haya flaqueado su entereza tras dos noches de espera y un día de tensión agobiante. Esa acción fue un terrible error histórico

Ya ondeaban las banderas blancas cuando el gobernador escribió un mensaje: “Tenemos toneladas de pólvora. Nos volaremos y reduciremos a cenizas todo el distrito si no aceptan ustedes nuestra capitulación”.

De Flue había pasado el mensaje a través de un agujero de la puerta de la ciudadela. Job-Élie, ex portaestandarte del Regimiento de la Reina y que había estado muy activo con los cañones de Hulin, leyó en voz alta el mensaje y respondió: “Por mi honor de oficial, aceptamos. No se les hará daño alguno”. Momentos después, bajaba con gran estrépito el segundo puente levadizo. La Bastilla había caído.

Para los insurgentes que entraron atropelladamente era increíble lo que presenciaron: 120 soldados presentaban sus armas, con la boca de los mosquetes apuntando hacia tierra en formal signo de rendición. El gobernador, que llevaba puesto un levitón gris, entregó a los vencedores su bastón de estoque con empuñadura de oro.

Afuera se escuchaban gritos incesantes: “¡Hemos tomado la Bastilla!” Era tal el regocijo popular que casi nadie prestaba atención a los acallados sollozos de muchas personas de la multitud: en las seis horas de lucha, habían muerto 98 parisienses y otros 60 habían resultado heridos.

Hulin salió de la Bastilla para conducir a los prisioneros al Ayuntamiento. Al aparecer Launay, la muchedumbre profirió gritos de odio; pese a los esfuerzos de los captores para protegerlo, recibió un sablazo en el hombro y luego alguien le encajó una bayoneta. Cierto cocinero, de apellido Desnot, que después confesó haber estado borracho, se precipitó hacia Launay, que se había desplomado, y lo remató con salvajes sablazos.

Empezó el saqueo de la casa del gobernador. Restif de la Bretonne, que acababa de llegar al interior, se quedó consternado por las escenas que presenció. Escribiría: “Unos vándalos enloquecidos arrojaban desde lo alto de la torre documentos de inestimable valor histórico”.

Al mismo tiempo, otros invasores exploraban infatigables cada centímetro de la fortaleza. Les parecía inconcebible que aquella infame prisión solo albergara a siete reclusos. Los prisioneros libertados fueron conducidos en triunfo. Al desvanecerse la alegría inicial, la muchedumbre cayó en la cuenta de que dos de ellos estaban dementes.

Así, mucho más que una odiadísima prisión, lo que acababan de aplastar era el símbolo del despotismo. Por ello, resultaba intolerable a los parisienses hasta la vista de aquellas siniestras torres. El 16 de julio empezaron a demoler la estructura unos hombres provistos de picos y barras de hierro, y a finales del año no quedaba en pie ni una sola piedra. Pierre-Françoise Palloy, a quien fueron cedidos los materiales que se recuperaran, mandó tallar cientos de maquetas de la Bastilla con los bloques de piedra originales. Incluso hizo forjar docenas de supuestas llaves de la fortaleza. Al año del suceso, se otorgó el codiciado título de “Conquistador de la Bastilla” a 954 ciudadanos.

Actualmente solo unos cuantos adoquines de diferente color señalan el sitio donde se alzaba la antigua fortaleza en lo que es ahora la Plaza de la Bastilla. Pero parte de sus cimientos pueden verse aún en la estación Bastille del metro.

Pocas instituciones monárquicas sobrevivieron a aquellos golpes de pico. El biógrafo de María Antonieta, Stefan Zweig, lo expresó así: “Rara vez, en toda la historia de la milenaria Francia, habían madurado las semillas tan rápidamente como en el verano de 1789; la nobleza y la Iglesia cedieron sus derechos al trabajo organizado y al diezmo. Se abolió el impuesto sobre la sal. Se proclamaron los Derechos del Hombre”.

Cualesquiera que hayan sido las causas más profundas de la caída de la Bastilla, la victoria del pueblo representó, mas que otra cosa, un triunfo sobre Luis XVI. Y, de hecho, cuando este mandó a los regimientos, que tanto atemorizaban a los parisienses, volver a sus cuarteles, aquella orden equivalió a legitimar la insurrección.  

Luis XVI y María Antonieta pudieron haber escapado de Francia en 1791, excepto por un retardo al cambiar caballos para el carruaje en Saint-Menehould. El rey y la reina bajaron del carruaje para esperar, y fueron reconocidos. Dos jinetes que cabalgaban adelante de ellos hasta Varennes, dieron la alarma que provocó que los fugitivos fueran detenidos y devueltos a París. Luis XVI fue llevado al cadalso, de todos tan temido, el 21 de enero de 1793. Un año antes escribió: “Perdí mi oportunidad. Debí salir de Francia la noche del 14”.

Según se cuenta, antes de ser ejecutado Luis XVI dijo, como perdonando al verdugo y no siendo sarcástico: “Que mi sangre cimente tu felicidad”.

Menos de un siglo después, en 1880, la Tercera República consagró esta fecha histórica al declararla el Día de la Nación en recuerdo de las 24 horas que transformaron el mundo.