Piedra de Luna (Capítulo III)

Al capítulo II  


Allí, en aquella cueva oscura, sólo podía percibir el lejano ruido de unas pisadas acercándose, cada vez más y más cerca, y un murmullo de voces, al principio ininteligibles que parecían rodearme, como la propia oscuridad.

– ¿Quién anda ahí?- exclamó una voz autoritaria que se elevaba por encima del resto – ¿Quién osa perturbar la tranquilidad de las profundidades?

A pesar del miedo que tenía, las visiones que Nurk me había mostrado me dieron fuerzas suficientes para contestar a aquel ser, que aunque no podía ver, sabía que debía estar cercano.

– Soy una habitante de la superficie que…- el murmullo inicial había subido en potencia e intensidad, ahogando mis últimas palabras – … ¡desea hablar con el líder de vuestra comunidad!- dije al final, casi gritando.

El murmullo cesó de repente, tal como había empezado, y fue entonces, tal vez porque mis ojos habían comenzado a acostumbrarse a la falta de luz, cuando me di cuenta de lo que me rodeaba: la profunda cavidad en la que creía estar  al principio aparecía ahora ante mis ojos como una gran sala decorada con relieves y figuras que parecían querer saltar de las paredes. Pero mis ojos no eran los únicos que contemplaban la escena. A mi alrededor se arremolinaban una multitud de seres que medían poco más que la mitad de la altura de un hombre y que enseguida pude identificar como de la raza de Jin.

Una de las pequeñas figuras, que no podía disimular su porte aristocrático, se acercó a mi, apartando a los que se interponían en su camino, y dijo:

– ¿Por qué me buscas a mi, que soy el heredero de Tanhorr y rey de las profundidades, por la gracia de Jin – su tono de voz era potente y altivo, a pesar de su tamaño.

Fue entonces cuando le explique las visiones que Nurk me había  enseñado y la misión que él me había encomendado, así como las plegarías que debían ser ensalzadas para su regreso y sobretodo le explique todo lo que sabía sobre las piedras de luna. Al finalizar mi relato, Tandhir, que así se llamaba se quedó callado durante un instante.  Después, sin mediar palabra, me cogió de la mano firmemente y me llevo, pasando entre el resto de enanos como si nada de ello le importase, hasta una pequeña sala, apartada con extraños símbolos en el umbral, que pude reconocer gracias al libro de Lagar.  Se trataba de la escritura que el propio Jin le había regalado a su más preciada creación para que las historias de los antepasados y del propio dios se perpetuaran por siempre y que no cayeran en el olvido y el ostracismo, como era la voluntad de Vilk. Así, con esta simple estratagema, Jin había conseguido permanecer vivo, en las creencias de su pueblo, evitando la muerte. Pero los enanos habían perdido la esencia de la magia, y ya les resultaba imposible comunicarse con Jin, aunque creían firmemente en él.

– Tus palabras son sabias – dijo de repente Tandhir – pero mi pueblo ya no puede oir a Jin. Sólo algunos elegidos desarrollan la capacidad de “sentirlo” – aquella frase y el sentido en que la dijo me impactaron, pero, sin percibir el efecto que había causado, prosiguió – El último de esos elegidos está ahí, en esa sala. Entra, si quieres, pero debes saber que Él es sabio y percibe si el corazón de quien lo visita es puro o está lleno de maldad. Si no dices la verdad, no saldrás viva de aquí.

El corazón me iba a cien por hora, pero entré por fin en la pequeña sala, con paso firme. Al fondo, y a la luz mortecina que desprendía una piedra-luciérnaga, de las que pueden encontrarse en las minas, había un enano de una estatura ligeramente superior al resto de los que había visto, con el pelo completamente blanco y largo hasta los tobillos. Al oírme entrar, se giro y pude ver su cara, una cara apergaminada y llena de surcos reflejo de la avanzada edad que tenía.

– ¡Por fin has llegado! – dijo – Te he estado esperando largos años, ¡que digo años, siglos!

Su reacción me sorprendió. ¿Cómo podía haberme estado esperando años enteros si yo apenas había abandonado mi adolescencia? El sabio pareció intuir mi perplejidad, y casi como si adivinara mis pensamientos prosiguió con su discurso:

No te sorprendas tanto. Te estaba esperando desde que Jin me encargó la misión de comunicarte sus palabras – entonces pude ver sus ojos, eran completamente ciegos – Debes encontrar las cinco piedras sagradas que Glan nos otorgó. Yo te guiaré hasta ellas.

– Pero ¿cómo voy a saber por donde empezar a buscar? – dije – Ni siquiera s酠 – de repente, me interrumpió.

– Tshhh. – con una agilidad asombrosa para alguien de su edad, se levantó súbitamente y se dirigió hacia donde yo estaba cogiéndome la cara con las manos. Entonces la vi.

Vi una enorme torre negra con almenas afiladas como dientes, erigiéndose hacia el cielo. En la visión, subí hasta la cima de la torre y contemplé el paisaje helado, que en seguida reconocí como Nozghur, el reino maldito del norte, y, mientras me asombraba de la enorme extensión estéril que se extendía ante mis ojos, comencé a caer de repente por el interior de la torre, como si el suelo hubiese desaparecido bajo mis pies. Y entonces la vi. Era la Piedra de Luna, la que se ocultaba en el norte. Despedía una luz cálida y brillante que conseguía transmitir paz y tranquilidad con sólo mirarla, pero estaba custodiada por dos terribles criaturas con ojos de fuego, que sin duda eran obra de la maldad de Vilk .

Cuando volví en mí, el Sabio sonreía a mi lado.

– Ahora ya sabes que es lo que debes hacer.

Regrese a la gran sala donde había dejado a Tandhir, y donde éste me esperaba acompañado de un enano más joven.

– El Sabio nos lo ha explicado todo, mientras estabas en trance. Este es mi hijo Tanthor, él te acompañará en tu viaje al norte. Aquí teneís todo lo que necesitaréis para vuestro viaje, armas, comida, amuletos, todo. Partid cuanto antes, y que la bendición de Jin sea con vosotros.

 


El siguiente capítulo se encontrará proximamente en el blog de Moskeeto . Al resto se puede acceder desde el siguiente índice.