La Muerte Blanca (capítulo I) – actualizado 05-07

Capitulo I-1

Sabía que llegarían en cualquier momento. Simplemente los esperaba. Agazapada en el último rincón de la sala que en otros tiempos había hecho de cafetería, sabía que en cualquier momento la puerta se abriría de par en par en un acto violento, como sólo la Muerte puede serlo, y mis preocupaciones por fin acabarían. Se había acabado el resistirse a lo inevitable. Ahora estaba completamente sóla, en la oscuridad, esperando su llegada, con ansia incluso. Para mi se había acabado luchar: estaba extenuada y rendida morálmente, y sólo podía desear que fuese rápido.

Por supuesto, nadie en su sano juicio podría haber imaginado el rumbo que iban a tomar los acontecimientos, cuando hace apenas dos meses, la tripulación de la base Ayax se incorporó al completo a las nuevas instalaciones recién inauguradas. Yo era una de los 14 miembros del equipo, un equipo interdisciplinar que debía investigar las muestras extraídas de la Tierra de la Reina Maud, en plena Antartida. Entre tanto biológo, geólogo y otras mentes preclaras, la presencia de una simple mecánica, sin título ni carrera, destacaba más que Richard Nixon en una manifestación hippie, aunque rápidamente, supongo que por condescendencia, me convertí en la mascota del grupo, en parte por ser el miembro más joven de una tripulación compuesta en su mayoría por hombres que rondaban la cincuentena. De los 14 miembros, sólo habíamos un total de 3 mujeres, y de esos 14, sólo 6 de nosotros podíamos considerarnos jóvenes, incluyendo al resto de mujeres del grupo. Sin duda, para mi, no era un grupo muy ameno para pasar los siguientes 10 meses alejada de la civilización y de mis divertidas conversaciones con David y John, sobre anime, punk o cualquier otra cosa que se nos pasara por la cabeza, pero la promesa de un sueldo de 5 dígitos era un buen aliciente.

La travesía en barco había sido realmente dura. Nunca habría creido lo díficil que es mantenerse en pie con olas de hasta 10 metros, ni soportar los continuos mareos de un viaje tan largo, sin contar con el frio extremo que cada vez aumentaba más a medida que nos acercabamos a la Antártida. Apoyada sobre la barandilla, en mi típica postura, lista para vomitar, fué como conocí a Megan Gillespie.

– Es duro ¿verdad?- me dijo esbozando una sonrisa – En mi primer viaje también lo pasé bastante mal. Hizo un frio horroroso y los mareos hacían que estuviese más tiempo en el lavabo que en cubierta. Al menos tú estás siendo valiente.

Por un momento me quedé parada. Era la primera vez que un miembro del equipo de la Ayax, del que yo también formaba parte aunque fuese como jugadora de segunda división, me dirigía la palabra. Hasta ese momento, me había limitado a pasar el tiempo en mi camarote o a charlar con la tripulación del Odiseo, de mi misma casta de los "intocables". Pero ahora, esa mujer rubia, de unos treinta y pocos años, y mirada penetrante me estaba hablando. Por su expresión se podía ver que era una persona de mundo y sin duda sabía despertar el interés del público masculino. Por supuesto, sabía de quién se trataba, porque yo había hecho mis deberes. Se llamaba Megan Gillespie e iba a ser la segunda geóloga del grupo, bajo el mando del Dr. Roberts, un eminente científico que había participado en el descubrimiento del límite KT.

– No crea – balbuceé como pude, presa de una mezcla de tímidez súbita y náuseas.

– No me llames de ústed, que me haces sentir mayor – me respondió – Además tampoco nos llevamos tantos años, ¿verdad Sarah?

No sé que me sorprendió más de aquel comentario, si el hecho de que supiera mi nombre o la familiaridad con la que me trataba, teniendo en cuenta el escaso roce que habíamos tenido en todo el viaje. Supongo que en cierto modo, a esas alturas, ya era necesario que todos los que formabamos áquel equipo empezaramos a conocernos mejor, y que todos debíamos hacer un esfuerzo.

– De acuerdo, Megan… – Me quedé pensativa sin saber como continuar. Nunca había sido una chica tímida pero en áquel preciso momento más por el excesivo respeto que aquella persona me infundía que a otra cosa, me quedé en blanco – …esto ¿TÚ eres la geóloga verdad? ¿Qué es exactamente lo que vamos a investigar, perdón, lo que vais a investigar?

La Dra. Gillespie lanzó una sonora carcajada ante mi desliz, pero lejos de sentirse ofendida continuó.

– No soy yo quién debería responderte a esa pregunta, sino aquel hombre de allá – dijo señalando a un individuo que se apoyaba peligrosamente en la barandilla en el lado de popa – Ese es Henry Dawson, un eminente arqueólogo que ha estudiado infinidad de civilizaciones desaparecidas y "misteriosas".

El tono sarcástico con el que había pronunciado aquel "misteriosas" me hizo sentir que, tal vez, me estaba tomando el pelo, y que lo había hecho desde el principio de la conversación, porque ¿qué demonios podía hacer un arqueólogo en un yermo helado como era la Antartida? Un yermo helado que se había mantenido así durante millones de años. Cuando ya me disponía a alejarme de la barandilla y regresar a mi humilde camarote, Megan llamó al Dr. Dawson. Era un hombre que debía tener en torno a cuarenta años, con algunas canas que lo hacían parecer más interesante y que le daban un aspecto más de gigolo que de un científico serio. La familiaridad con que se trataban me hizo sospechar que en el pasado había habido algo entre ellos dos, y sin duda no me equivocaba.

– Henry, cuéntale a nuestra joven amiga en qué consiste nuestra misión – la sonrisa constante esculpida en su cara mostraba a las claras que se lo estaba pasando bien – Ya sabes que deberemos pasar mucho tiempo juntos así que cuanto antes dejemos las cosas claras, mejor que mejor ¿verdad? – dijo, guiñándome el ojo.

Si buscaba algún tipo de complicidad conmigo, iba mal encaminada porque en ese momento creía que ambos pretendían tomarme el pelo, pero de repente la conversación, ahora a tres bandas, comenzó a tomar un cariz inesperado.

– ¿Estás borracha? – le respondió Dawson enfadado. "Touché", pensé, "Sarah, has acertado de lleno, ni Miss Marple habría sido tan aguda: estos dos estaban liados" – Ya veo que no, sólo lo haces para provocarme.

La cara de desprecio del arqueólogo-gigolo no podía ser más expresiva, y yo lo único que deseaba era largarme de allí como fuera. No quería estar implicada en nada de lo que aquellos dos tuvieran que decirse y menos ser participe.

– Creí que todo estaba olvidado. Tablas dijiste ¿verdad? – Megan suspiró y prosiguió con un tono mucho más serio – Sólo le he comentado que tal vez debería saber cual es nuestro proposito allí. Si no recuerdo mal, dijiste que no está bien que haya secretos entre los miembros de una expedición, y que yo sepa, ella – dijo señalándome a mí – aunque no sea una científica titulada, sigue formando parte del equipo, ¿o es que prefieres que en estos diez meses no tenga ni idea de lo que esté pasando a su alrededor?

Dawson miró hacia abajo, tal vez intentando rehuir la mirada de su ex, respiró hondo y levantó la cabeza, esta vez dirigiéndose a mi, que había sido testigo mudo de la discusión de forma involuntaria. Y por fin espetó:

– Nosotros, la Expedición Ayax, vamos en busca de Dios.


Capítulo I-2 

Después de aquella interesante conversación, los días volvieron a pasar sin incidentes o lo que traducido a  un lenguaje llano, el resto de miembros volvieron a hacerme el vacio, pero de hecho ya no me importaba. Prefería pasar mi tiempo arreglando cualquier pequeño aparato que mis amigos del Odiseo, en su mayoría marineros argentinos y chilenos, me pedían que les arreglase, mientras me desenvolvia como podia en mi precario español, fruto de haberme criado en la templada California.

La llegada a tierra firme significaba el fin de la amplia zona de icebergs que, a pesar del cambio climático, continuaba siendo realmente extensa, y el principio de mi calvario, con la obligación de convivir con aquellos individuos elitistas y snobs durante tanto tiempo. Dos dias más de viaje en camión oruga nos llevaron finalmente hasta la base, un prodigio técnico de última generación, más propio de un proyecto de la NASA que de una expedición al Polo Sur, equipado con todas las mejoras para convertir nuestra estancia allí en algo agradable, a pesar de los 50 grados bajo cero que podían alcanzarse en el exterior. La instalación constaba de diferentes bloques a modo de salas, que parecían grandes iglús desde el exterior, comunicados siempre entre sí mediante túneles y arcadas de plexiglás que aislaban de la temperatura exterior de modo que en ningun momento, a no ser que saliésemos, sufrieramos lo que realmente significaba vivir en la Antártida.

A primera vista, la instalación estaba equipada con 5 barracones o dormitorios, un comedor comunitario, una cafeteria, tres laboratorios y una sala de servidores, aparte, claro está, de las instalaciones exteriores, con calefacción tradicional, compuestas por los garages de los transportes y el edificio de la perrera. Todos ellos, a excepción de la perrera, estaban a mi cargo, o lo que era lo mismo, formaban parte de mi pequeño reino de frio, oscuridad y grasa de motor, al que fuí relegada. La única persona que compartía mi mismo destino era Lynn Meyer, la veterinaria que cuidaba los huskies que tiraban de los trineos, a pesar de que en realidad siempre se utilizarían los vehiculos oruga para desplazarse. Lynn era una chica morena, con una mirada viva que se intuía a través de sus gafas, de veintipocos años y de muy pocas palabras. No lo hacía como el resto, por altivez, sino por una timidez extrema, casi enfermiza, que la mantuvo encerrada en su camarote casi todo el viaje, pero eso no suponía ningún problema ya que yo hablaba por las dos, y enseguida trabamos una buena amistad, silenciosa pero profunda. Ambas compartiamos barracón, "el barracón de las chicas" como lo apodamos, con la Dra. Gillespie, que resultó una gran conversadora y bastante divertida contando anécdotas de su pasado no tan lejano.

Por supuesto, la teoria del caos se mostró en toda su plenitud al poco de llegar allí, cuando mi presencia fue requerida por Enrico Malone, biólogo número 1 y lider de la expedición, cosa que sin duda, nada bueno podía significar.

– Señorita Johnson – comenzó su discurso – El generador de la sala de ordenadores no funciona y no hay corriente. Ya sabe lo que le toca hacer.

La orden me había extrañado porque todas las salas parecían iluminadas y por tanto el generador debía estar funcionando perfectamente.

– ¿El generador, Sr. Malone? – pregunté

– Se dice Ma-lo-ne, no "Maloun", porque soy de ascendencia siciliana, y no, el generador auxiliar que alimenta la sala de servidores no funciona. Pero ústed debería saber eso, porque por eso le pagan, y no por perder el tiempo vagando de un lado para otro.

Si en esta vida he sentido ganas de matar a alguien alguna vez, fué en ese preciso instante. Que me tachase de vaga, mientras ellos habían estado pululando por la base, desempaquetando sus fabulosas mochilas de marca,  yo me las había tenido que ver con una reparación de urgencia de una de las excavadoras, a la que, literalmente se le había reventado uno de los manguitos por culpa del frio. Procurando mantener la calma, respiré hondo y me limité a contestar:

– No tenía constancía de que hubiera otro generador, aparte del principal. Nadie se molestó en pasarme los planos- dije simulando una autosuficiencia que en realidad no tenía.

Malone me miro, esta vez menos autoritariamente, y alargándome los planos de la base que había en una mesa cercana, me los paso.

– Aquí tiene. – prosiguió – Le servirá para localizar el cuadro de control y conectarlo. Le acompañará el informático, Eric, porque no sé qué problemas hay o que sistema de seguridad de esos estúpido tiene instalado que hace falta ejecutar un programa. Él – dijo señalando a un muchacho joven – sabe lo que tiene que hacer.

Eric Douglas era el técnico informático de la base, aunque ni su aspecto ni su carácter era el típico que solemos asociar a esta profesión. Tenía sólo unos pocos años más que yo pero se desenvolvía perfectamente entre ordenadores, como si llevara toda la vida haciéndolo, y su aspecto era más el de alguién que dedicase su tiempo a practicar surf que a jugar al World of Warcraft. Además era un tipo bastante sociable que le encantaba contar chistes a todo aquel incauto que pasase cerca de él, sin dar ninguna muestra de soberbía, nada que ver con Malone. El motivo por el que no nos habíamos cruzado en todo el viaje era porque no había podido soportar los mareos, que se habían agudizado con un brote de gastroenteritis, y sólo al final se atrevió a salir a cubierta.

Nos abrigamos bien y salimos al exterior en busca del famoso generador auxiliar, que se encontraba en uno de los edificios más alejados del complejo. Al entrar en él, me di cuenta de que éste tenía corriente, de modo que se alimentaba directamente del generador principal. ¿Que sentido tenía que una única sala requiriese de un generador adicional cuando a todas luces no era necesario? En realidad, a esas alturas, ya no me importaba nada el secretismo que toda aquella misión transpiraba: me limitaría a hacer lo que me mandaran, por ilógico que fuese, y al parecer, Eric era de mi misma opinión. Siguiendo los planos, llegamos hasta una puerta en el segundo piso que, a diferencia del resto, estaba sellada mediante una cerradura eléctronica.

– Aquí es. Sé que no debería decirte el código, pero francamente, me importa una mierda lo que ese pedante de Malone opine – dijo, esbozando una sonrisa cómplice – El código es 1348. Es el año…

– … de la Epidemia de Peste Negra que asoló Europa.- me apresuré a contestar – ¿Porque le pusiste un código tan raro?.

– No fuí yo – contestó Eric – sino Malone. Por lo visto es un auténtico pirado. Odia cualquier aparato tecnológico que no sea una simple radio de transistores. Está anclado en la Era Analógica, que se le va a hacer.

– Que tenga tecnofobia no significa que sea un pirado – le espete, recordando a mi pobre tía Millie, una mujer de mediana edad que había pasado de todo en la vida y que sin embargo era incapaz de programar un video.

– No me refiero a eso sólo. – prosiguió Eric adoptando una pose más seria y enigmática, como la de alguién que está a punto de desvelar la clave del mayor enigma de la Humanidad – Como sabrás, yo he hecho la programación que gestionará toda la base, incluidos los laboratorios. Pero a diferencia del resto, que suelen ser las típicas bases de datos en SQL sobre control de muestras, gastos y otras chorradas,… sus peticiones son, como decirlo,… muy raras, muy siniestras. ¡Joder, sólo hay que ver que puto número tan raro ha puesto de contraseña!… Bueno, es igual, no me hagas caso.

Me choco aquella reacción. Nunca hubiese dicho que Eric pudiese ser un paranoico, y, aunque Malone fuera un tipo que pusiese los pelos de punta (y encima afirmando su ascendencia siciliana, aún con más razón), no había nada que indujese a sospechar de él en esos terminos.

– Bueno, dejémoslo – le dije – y continuemos con lo que hemos venido a hacer.

Marqué el número en el teclado numérico y la puerta se abrió con un chasquido, dejando escapar un aire inusualmente frío para estar en interior: la sala del generador auxiliar estaba refrigerada a propósito. Lo que ví en aquella sala me dejo asombrada: no había ningún generador, sólo lo que parecía la consola de un ordenador y una manivela que accionaba ves a saber que tipo de aparato electrónico escondido tras alguno de aquellos paneles ciegos. Eric se me adelantó y accionó la manivela. En apenas dos segundos, la pantalla del ordenador se encendió, volviendo a solicitar una contraseña, ésta aún más siniestra que la primera:

Password: LILITH

– ¿Que te dije? – me dijo Eric con una sonrisa triunfal dibujada en la cara – Si esto no es friki y siniestro, ¡apaga y vamonos!.

Al introducir la contraseña, todo pareció seguir igual a excepción de un pequeño icono que apareció en la esquina inferior derecha de la pantalla. "¿Eso era todo?", pensé, "¿era necesaria tanta parafernalia para esto?". De repente, el informático interrumpió mis pensamientos.

– Ya nos podemos ir. La sala de servidores ya está activa


Capitulo I-3

Los dias siguientes transcurrieron apaciblemente mientras la expedición se acomodaba y realizaba los últimos retoques en los sistemas de gestión de muestras y documentación. Yo ocupaba la mayor parte de mi tiempo en la puesta a punto de los dos grandes vehículos oruga, con capacidad para diez personas cada uno, que nos habían traido hasta allí, y que representaban nuestra única vía de salida de la base, sin contar los trineos de perros, a simple vista insuficientes para transportar a todos los que formabamos parte del personal. Pero aquellos no eran los únicos vehículos con los que contabamos. En los garages de la base habían dos excavadoras adaptadas para el frio intenso y una perforadora capaz de extraer muestras de hielo a grandes profundidades sin alterar la nieve de alrededor. A todos ellos, había que sumar lo que se convirtió en mi pequeño capricho: una moto de nieve, rápida y potente, cuya función era permitirme llegar en el menor tiempo posible en caso de que alguna de las máquinas se estropease. Por supuesto, esta moto y los dos vehiculos oruga eran las máquinas a las que cuidaba con más cariño, porque de ellas dependía nuestra supervivencia.

En apenas dos semanas, se iniciaron las excavaciones en las inmediaciones de la Tierra de la Reina Maud, pero los que nos quedabamos en la base nunca llegamos a saber qué era lo que realmente hacían allí. Partían de la base a eso de las 6 de la mañana y volvían sobre las 4 de la tarde, sólo para cenar y recuperar fuerzas para el día siguiente. Los que nos quedabamos cada día allí, solos en la base, nos sentiamos ajenos a todo aquello, de modo que poco a poco comenzaron a formarse dos grupos diferenciados, cuyo único vínculo de unión acabó siendo la extrovertida Megan Gillespie. El grupo "de casa", como decía Eric, lo formabamos Eric, Lynn, el Dr. Levy y yo, una pandilla unida si no fuera por la nota discordante que personificaba el doctor.

Michael Levy era un hombre de cincuenta años y pelo cano, con un bronceado del estilo de Miami, que revelaba de forma involuntaria donde había ejercido la profesión hasta ese momento. Las circunstancias por las que un afamado doctor experto en cirugía plástica y millonario había acabado haciéndose cargo del hospital de campaña de una base científica en la Antartida eran un auténtico misterio, pero las malas lenguas afirmaban que el buen doctor había sido denunciado por abuso sexual por algunas de sus pacientes. Al parecer, al doctor le gustaba comprobar la firmeza de los muslos y pechos de sus pacientes mientras estas estaban dormidas aún por la anestesia, pero nunca se pudo probar nada ya que las denunciantes retiraron la demanda después de que milagrosamente sus cuentas corrientes subieran unos cuantos ceros. Aún así, el negocio ya no volvió a ser el mismo, y el afamado Dr. Levy tuvo que cerrar su consulta por falta de clientes.

El día que empezó todo, el equipo "de casa" estabamos jugando a las cartas, a excepción del Dr. Levy, que se paseaba nerviosamente de arriba a bajo, mientras contemplaba como caían los copos de nieve.

– No se te ocurra quedarte dormida… – me susurró Eric al oido, con una sonrisa maliciosa – o el buen doctor te hará una visita…

-¡Calla!- le dije con tono enérgico pero procurando no alzar demasiado la voz – que te puede oir. No está bien hablar mal de los demás a sus espaldas.

– Yo no hablo mal a sus espaldas – continuo Eric tan jocoso como siempre – Yo le hablo mal a la cara… je je

– Eres un cabrón, ¿lo sabías?

– Me encanta cuando te enfadas. Me pone ese entrecejo fruncido tuyo y los ojos inyectados en sangre… ¡Te lo haría aquí ahora mismo!

La tímida Lynn no pudo reprimirse más y soltó una sonora carcajada, acompañada de las nuestras, que hicieron que el Dr. Levy despertara de su ensimismamiento.

– Se están retrasando demasiado -dijo el Dr. Levy – Eso no es normal. Son casi las cinco y no han dado señales de vida. Deberíamos hacer algo, ir a buscarlos, ¡lo que sea antes de seguir esperando aquí como pasmarotes!

– Si está insinuando que salga ahí con la que está cayendo va bueno. – le conteste con tono enérgico – Antes de actuar, hay que esperar a que nos den el aviso por radio.

Nada más pronunciar aquella frase, me arrepentí. Mi intención no era haber sido tan brusca con el doctor, pero tampoco quería recorrer tal vez decenas de kilometros hasta una localización desconocida, en mitad de una ventisca, para acabar perdiéndome. Sacar a Aeris, que era como había apodado a mi querida moto, del garaje era mi última opción.

– Será mejor que tratemos de contactar con ellos por radio – nos interrumpió la dulce Lynn.

Sin duda aquella era la propuesta más sensata que se había lanzado en toda la noche. Nos dirigimos al pequeño cuartucho que hacía las veces de sala de comunicaciones y de almacén, y conectamos la radio en el canal 13, la frecuencia que estaba asignada para la radio de los miembros de la expedición, pero no dió ninguna señal.

– Joder… mierda… – el tono de voz de Levy sonaba cada vez más asustado – esto no puede estar pasando…

– Prueba a cambiar de canal – dijo Lynn, la única que asombrosamente parecía mantener la calma en una situación como aquella.

Seguí su consejo y deslice el dial por cada uno de los canales de radio de las frecuencias disponibles pero a cambio no recibí ninguna respuesta, a excepción de parasitos,… hasta llegar al canal 32.

– ¡¡Jod… est.. por to… rtes! ¡corr…! A.. ehic..lo …ga!!

Aquella transmisión era mucho peor que el hecho de no recibir respuesta, y tal como empezó, terminó.

– ¿Quién creeis que era?- pregunto Lynn

– Por la voz, debía ser Jasper, el segundo biólogo al mando de Malone – le contesto Eric, esta vez mucho más serio y abatido.

La transmisión había servido de revulsivo para todos, y por fin nos había puesto los pies en la tierra y dado la razón al doctor, que ahora se paseaba casi catatónico de arriba a abajo. La expedición había sufrido algún tipo de percance que los había dejado incomunicados con la base y era necesario que alguien acudiera en su ayuda. Me abroché mi parka y me dirigí a la puerta de salida, cuando Eric se interpuso en mi camino.

– Ya ire yo. Está nevando demasiado, y no puedo dejar que vayas sóla con la que está cayendo- me dijo.

– Mira, es muy honorable por tu parte, y caballeroso y eso, –  le contesté –  pero es mi deber, como técnico mecánico, acudir en ayuda del resto de miembros. Si han tenido cualquier problema con los orugas sólo puedo solucionarlo yo, y por tanto no servirá de nada que te pierdas en la tormenta.

– No es eso… – titubeó – pero es que…

– La transmisión no da buena espina. – continuó Lynn – Al menos, deberías dejar que alguno de nosotros te acompañe.

Razón no le faltaba, y yo era la primera que no deseaba ir sóla. Por desgracia para mí, y siendo razonables, era lógico que debía acompañarme el doctor "manitas" Levy, y aunque la idea no era halagüeña, la necesidad apremiaba.

De repente, y sin previo aviso, la puerta se abrió de par en par, y un pedazo de la Antartida, compuesto por nieve, hielo y viento helado, entró por la misma. Entre la ventisca, bajo el marco de la puerta recien abierta se dibujaba una figura humana, que avanzó unos pasos, los suficientes para, a pesar de la palidez sepulcral de su cara, reconocerla. Era la Dra. Gillespie.

– Es Zacharias -dijo con una voz casi apagada, irreconocible en ella, producto del shock – está… está…

Antes de acabar la frase, se desplomó.

 

– FIN DEL CAPÍTULO I –

 

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Espero que os haya gustado este trozo porque es mi primer relato y más o menos ya sé como encarrilarlo. No tengo demasiada experiencia en esto, pero me gustaría que me comentarais que os parece, para continuarlo o no.

 ¡Nos leemos!