La Muerte Blanca (capítulo II) – actualizado 29-07

Capítulo II-1 

"Si alguién me hubiese dicho esta mañana que todo esto iba a pasar, seguramente me habría reído de él en la cara. Ahora, seguramente le estaría eternamente agradecida por el aviso, pero de nada sirve arrepentirse por el pasado porque no había forma humana de saberlo.

Todo empezó apenas hace dos horas aproximadamente. Yo, me encontraba junto al Dr. Roberts, recogiendo muestras en nuestra parcela delimitada. Sé que os puede sonar raro, pero nuestro sistema de trabajo es bastante particular: cada equipo tiene una zona de trabajo propia y está prohibido que invada la de los compañeros, puesto que son campos científicos muy diferenciados, y además resulta incomodo tener gente pululando que pueda estropear tus muestras, mientras estás trabajando. Esta es una norma de cortesía que nunca, bajo ningún concepto, rompemos, pero hoy ha pasado algo terrible que nos ha obligado a ignorar esas estúpidas normas.

Hace como dos horas, yo estaba enumerando las muestras que el Dr. Roberts recogía cuidadosamente de la ladera de la montaña, una formación de roca basáltica de orígen volcánico, cuando algo llamó mi atención. El equipo de Malone estaba gritando y corría como alma que lleva el diablo hacía el area de excavación de Dawson y su equipo de arqueólogos. De alguna forma, Roberts y yo intuímos que algo grave estaba pasando porque si hay alguién de la expedición intransigente con las normas, ese es Malone.  Echamos a correr en la dirección hacia la que ellos iban, bueno, en realidad Roberts sólo pudo seguirme unos metros, cuando subítamente se oyo un estruendo, como el provocado por un trueno, y la nieve se hundió bajo mis pies casi medio metro. Como pude, casi arrastrándome por la nieve llegué hasta donde se encontraban Suresh y Brock, dos de los cuatro miembros del equipo de Malone. Les pregunté donde estaban el resto pero no supieron articular palabra alguna entre los sollozos que se les escapaban, y sólo al final fueron capaces de señalar con el dedo la entrada del túmulo, creo que lo llaman así, en el que Dawson y su equipo trabajaban.

La entrada estaba cubierta de nieve porque lo que habíamos oido no era un trueno, porque no se avecinaba ninguna tormenta, sino el ruido de las paredes derrumbándose bajo nosotros, y que habían atrapado a los arqueólogos y a Malone y a algunos de su equipo. Frenéticamente intentamos desbloquear la entrada de nieve con nuestras manos, pero todos nuestros esfuerzos eran inutiles y apenas avanzabamos, cuando oimos el ruido de un motor a nuestras espaldas. Era Roberts, que se había acercado a la zona, a pesar del hundimiento, con la excavadora. Con la pala de la misma y mi pericia, conseguimos quitar la nieve de la entrada y nos dispusimos a entrar dentro. Ninguno de nosotros llevabamos equipo especial, pero utilizamos las luces de la excavadora para iluminar el interior y una pequeña linterna que encontramos en la máquina, que apenas iluminaba unos metros.

Avancé unos metros acompañada por Suresh y Brock, mientras Roberts se quedó en la entrada a cargo de la excavadora, pero pronto dejé de escuchar sus pasos. Cuando me giré para ver que pasaba sólo pude intuir sus figuras alejándose, presas del pánico, hacia la entrada. Me armé de valor y continué unos cuantos metros resiguiendo con la yema de los dedos desnudos la pared, procurando captar la dirección de la misma y sus desniveles. Así fué como me dí cuenta de que la pared no era irregular como la de la roca basáltica que Roberts y yo estudiabamos, ni tampoco parecía roca lavada y trabajada por el agua, sino que parecía tener pequeños relieves, invisibles a mis ojos, pero no a mis manos, un trabajo que era imposible que hubiese hecho la naturaleza.

Súbitamente mis pensamientos fueron interrumpidos por la aparición de Dawson por uno de los túneles, que me derribo y cayó encima mio. Tardé en reaccionar unos segundos, como él, extrañado por encontrarme allí. Cuando estaba a punto de explicarme porqué huía, aparecieron por el mismo corredor Malone y Hawkings, que llevaban en volandas a Zacharias Lee, el biólogo del equipo de Malone, que parecía estar inconsciente, pero lo que ví a continuación me heló la sangre. Lee estaba completamente pálido, como si toda muestra de vida hubiese huido de su cuerpo y tenía los ojos completamente en blanco, mirando su propio interior. Un líquido negro, que asumí que era sangre, rezumaba por todos los orificios de su cuerpo, tanto por la boca como por la nariz y oidos, así como por sus lagrimales.

Sentí una punzada horrible en el estomago y no pude reprimirme las ganas de vomitar, mientras me encorbaba presa de la angústia. Acompañada de Dawson y el resto, salímos como pudimos al exterior del túmulo donde el aire frío y cortante me pareció el Paraiso en la Tierra. Sin apenas tiempo para explicaciones, Malone insistió en que cogiera el vehículo más rápido de la expedición y me adelantara para avisar al Dr. Levy, y eso es lo que he hecho. El resto de la expedición no creo que tarde.

Y bueno, eso ha sido todo"

Nerviosa como estaba, la Dra. Gillespie se encendió un pitillo, el primero que había visto fumarse desde que la conocía.

– Ya lo sé, es un mal hábito – dijo aún temblorosa mientras intentaba infructuosamente sonreir – pero creo que un momento así me perdonareis que os fastidie un poco la salud.

– No pasa nada.- le dije- Es comprensible que estés nerviosa con todo lo que has vivido. Eric y Lynn asintieron con la cabeza.

– En ese caso, y con vuestro permiso, acompañaré al Dr. Levy para preparar la llegada de Zacharias porque creo que tal como están las cosas necesitará mi ayuda.

Observé a la Dra. Gillespie mientras se alejaba. Parecía que el realizar alguna actividad que la alejara de lo vivido, por pequeña que fuera, la relajaba y la devolvía de vuelta a la realidad, recuperando su habitual compostura. Cuando comprobé que ya no podía oirme solté a mis compañeros lo que en aquel momento me preocupaba.

– Hay algo que no acaba de cuadrarme en todo esto- dije.

Como casi siempre, fue nuestra Lynn, la que supo exponer las dudas que todos teníamos pero eramos incapaces de pronunciar.

– Si ella es la mejor piloto y disponía del vehículo más rápido, ¿porqué no ha traido directamente ella a Zacharias? Incluso diez minutos son vitales para salvar una vida.

Toda la historia de Megan parecía creíble excepto ese punto que Lynn había dicho. Pero la geóloga no era una persona habituada a mentir, y además sin necesidad, aunque ¿realmente conocíamos a la Dr. Gillespie? ¿o era una extraña que había interpretado un dudoso papel ante nosotros, su público? En estas divagaciones nos encontrabamos cuando de repente la puerta de entrada se abrió bruscamente, sin duda víctima de una patada de un pie del 45, y dos figuras humanas aparecieron, sujetando a una tercera, que parecía inerte, inanimada como si de una muñeco de tamaño natural se tratase.

La descripción de Megan era acertada: Zacharias tenía la cara de la muerte reflejada en su rostro, la Muerte Blanca.


Capitulo II-2

Habían pasado tres días desde el incidente y parecía que todo había vuelto a la calma, una calma tensa y nada habitual en la que ninguno de los equipos había vuelto a salir, y que hacía que las tensiones entre los miembros de la expedición explotasen de tanto en tanto. El Dr. Levy cuidaba día y noche de Zacharias Lee, que había entrado en estado de coma, con la ayuda de la Dr. Gillespie, que se esforzaba como podía en su nueva e inesperada faceta de enfermera, en cierto modo por sentirse culpable por algún u otro motivo que desconocíamos. El resto se pasaba el tiempo descansando en los barracones, en el comedor o en la sala de estar, demasiado preocupados como para salir al exterior. Ni siquiera el equipo de arqueólogos del Dr. Dawson había hecho el amago de volver al lugar, a pesar de que parecían estar bastante cerca de lo que buscaban, y en su cara se podía ver reflejado el miedo, que apenas calmaban a base de chocolate caliente.

Yo, por mi parte, y siguiendo mi política de pasar desapercibida el mayor tiempo posible, decidí dedicarme en cuerpo y alma a mis queridas máquinas, que me esperaban impacientes en los garajes. Lynn, por su parte, hacia otro tanto de lo mismo y se pasaba la mayor parte del tiempo cuidando a los huskies y haciéndoles compañía casi todo el día, cosa que los animales, por su tipo de raza independiente, no necesitaban. El caso de Eric era más complicado y no podía escaquearse tanto como quisiera, tal como hacía antes, ya que continuamente era solicitado por Malone. Éste era el único que parecía impasible ante la nueva situación, y desde el incidente se había encerrado en el laboratorio de Biología, a veces sólo y a veces acompañado por alguno de su equipo, más preocupado por su trabajo que por el destino de su colaborador.

Esa mañana en concreto, todos estabamos en la mesa del comedor, dispuestos a engullir el desayuno compuesto por raciones de comida preparada. A diferencia de otros días, tanto Megan como el Dr. Levy nos acompañaron para desayunar porque Lee, dentro de la gravedad, parecía estable y no requería tanta atención. Nuestras preguntas sobre el estado de salud de éste habían ido disminuyendo a medida que pasaban los días. De una batería de preguntas cada diez minutos al principio, habíamos pasado a un simple "¿Cómo está hoy?", que siempre era respondido con un "Sin cambios". La situación de Zacharías era grave, pero Malone se negó a pedir ayuda por radio para una evacuación de emergencia, alegando que en la Ayax disponiamos del mejor equipo médico posible (lo que no se podía negar), muy superior al de cualquier pueblecito costero cercano, de modo que al final todos accedimos a no avisar por radio.

– ¿Cómo está hoy? – preguntó por fin Prahmat Suresh, compañero de fatigas de Lee, a Megan.

– Sigue igual, aunque parece que ahora respira mejor. Ya le hemos quitado el respirador, pero sigue en coma.

– Ah… muy bien – masculló Suresh.

Después de esa pregunta de rigor, que podíamos haber formulado cualquiera, todos siguieron comiendo, cruzándose miradas furtivas de complicidad que los únicos que no parecíamos comprender eramos Eric, Lynn, Levy y yo. Esto me sacaba de quicio y si hay algo que nos caracteriza a los Johnson es que somos gente con temperamento, de modo que, para ver sus reacciones, decidí lanzar la pregunta que durante estos días había rondado por mi cabeza.

– Jasper, – le dije – cuando intentamos contactar con vosotros por radio, escuchamos una conversación muy extraña, ¿que era lo que pasaba?

– ¿De… de qué estás hablando? – titubeó Jasper mientras comenzaba a sudar copiosamente como un niño pequeño pillado en una mentira – No pudiste oir nada que…

– La radio no funciona bien. – le cortó bruscamente Malone con un tono seco y firme, lanzándole una mirada asesina – Lo que oisteis eran parásitos e interferencias causados por las paredes del túmulo. Es imposible que escucharais nada.

– Pero yo escuche claramente a Jasper decir… – le repliqué.

No me había podido contener, porque si hay algo precisamente que no puedo soportar en esta vida es que me llamen mentirosa, y en ese momento noté como, tanto Jasper como Malone, me estaban tomando el pelo, y eso era algo que no permitiría. Pero Malone no era una persona que se dejase replicar, y en un movimiento rapidísimo, casi increible para alguién de su edad y corpulencia, se lanzó contra mi, dejando su amenazante cara a apenas un palmo de la mía, porque si ya de por sí, la presencia de Malone imponía, tenerlo a tan corta distancía podía acabar con el ánimo del más valiente. Aún así, le sostuve la mirada. Eric y Lynn contemplaban la escena aterrorizados, pensando en que podrían haber estado ellos en la misma situación si hubiesen preguntado lo que a todos nos pasaba por la cabeza.

– Ya está bien. – intervino Megan – Calmaos un poco. Seguramente la radio no recibió bien la señal o algo parecido. A veces sucede, y puede hacernos pensar que son voces humanas cuando en realidad son cacofonías. Ruido blanco creo que lo llaman.

– Me voy a mi laboratorio – dijo Malone, mientras se echaba para atrás – No se os ocurra molestarme. A ninguno – dijo mirando esta vez a sus ayudantes, que agacharon la cabeza.

– Joder, esa ha estado cerca – me susurró Eric al oido. Aún se notaba el miedo en su tono de voz – Creí que te iba a pegar y todo…

– Si, claro, y tú me habrías defendido, ¿verdad? – le contesté en tono de reproche, mucho más  alto, lo suficiente como para ser oído por todos.

Aquella corta conversación, si es que realmente se podía llamar así, había sido un mazazo para mí, una auténtica decepción, no por comprobar el hecho de que todos parecían guardar un extraño secreto que no alcanzaba a comprender, sino por la confirmación de que en una futura confrontación con Malone no tendría a nadie para defenderme, ni siquiera a uno de mis mal llamados "amigos". Y tal vez en la próxima tampoco podría contar con la ayuda pacificadora de Megan.

El violento silencio que se creó tras la incómoda situación fue roto de repente por una voz conocida:

– ¡Um, que buena pinta tiene esto! ¿a mí no me servís nada, ni una triste galleta? – dijo la voz desde la entrada del comedor.

Bajo el marco de la puerta, Zacharias Lee, el biólogo chino cuarentón de mirada siempre ausente, nos miraba con una sonrisa dibujada en la cara y vestido con una bata médica, como si de una extraña aparición mariana se tratase.

– ¡No me mireis así, que no soy ningún aparecido ni un muerto viviente!- dijo Lee sin perder esa macabra sonrisa.

Con un ademán bastante ágil para alguién que llevaba cinco días en coma, Zacharías se sentó a la mesa ante la mirada atónita de todos nosotros. El único que no reaccionó fue Malone, que contemplaba impasible la escena desde la puerta del laboratorio de Biología, antes de volver a entrar en él.


 Capítulo II-3

La recuperación de Zacharías había sido asombrosa. Ningún médico respetable habría dado un duro por él y sin embargo allí estaba, vagando sin rumbo fijo como única secuela de lo sucedido. Cuando se le preguntó si recordaba algo, él siempre respondía que unicamente se acordaba del terremoto. Todo lo demás estaba confuso en su mente.

El resto de los expedicionarios volvieron a sus tareas habituales en el exterior, a excepción de los arqueólogos de Dawson, y por supuesto de Malone, que se pasaba las horas muertas en el laboratorio, sin salir tan siquiera para comer. Pronto volvimos a la rutina de siempre, como si toda aquella experiencia no hubiese sucedido nunca. Eric volvía a tener tiempo libre, así que pensó que tal vez podía recuperar mi confianza dándome clases de programación web, clases que acepté encantada. Y en esas estabamos cuando la cosa comenzó a ir de mal en peor, para no volver a remontar nunca más.

– ¿Ves esas etiquetas así, entre símbolos de menor y mayor? – dijo acercando disimuladamente su silla a la mía – Se llaman tags y sirven para dar propiedades específicas a un texto, o para diferenciar párrafos, o para…

Noté su aliento cada vez más cerca de mi cuello, a medida que pronunciaba la frase más lentamente, como ensimismado en algún pensamiento que intuí rápidamente.

– ¿Sé puede saber que estás haciendo?- le espeté de forma seca y tajante. Su avance se vió interrumpido de golpe y enseguida retrocedió, con tanta prisa que casi se cayó de la silla.

– No, nada, yo sólo… – titubeó, procurando mantener la mirada fija en la pantalla.

– Dime la verdad, Eric. – le respondí – Dime de una vez que sientes por mí y acabemos de una vez con estos jueguecitos tontos, que ya no estamos en el instituto.

Lo cierto es que visto con perspectiva, aquella frase sonaba demasiado dura para cualquiera, pero a veces esta actitud, que me había sido útil en numerosas ocasiones, servía para que el chico en cuestión diera el paso, si realmente le interesaba o echará a correr despavorido. Y francamente, esperaba que Eric fuera del primer grupo.

– Yo… yo… Está bien, te seré sincero – prosiguió él – Ya sabes que tú y Lynn sois muy importantes para mí, y os habéis convertido en unas de mis mejores amigas…

– Ahórrate el discurso, Eric. – le interrumpí, y es que cuando quiero, puedo ser bastante cruel – Lynn no está aquí en este momento. Te estoy preguntando sobre nosotros dos, no te hagas el sueco.

– Esta bién. – Eric se armó de valor – Me cuesta reconocerlo así tan de repente, pero creo que entre nosotros hay algo especial y que si no estuvieramos encerrados aquí, en plena Antártida, te pediría de salir ahora y aquí mismo – dejó escapar un suspiro final al terminar la frase como si se hubiese liberado de una pesada carga.

– Eso… no debería suponer ningún inconveniente, ¿no crees? – le contesté con la voz más sugerente y sensual que pude, que habría hecho que el más frío e impasible de los hombres necesitará urgentemente una ducha fría.

– Shhh… ¡qué nos pueden oir!- dijo Eric señalando con el dedo a Megan Gillespie que descansaba, dormida, en una butaca, aparentemente ajena a la escena que se acababa de producir, a pesar de la sonrisa burlona en su cara.

Por un momento, nos miramos mútuamente a los ojos como sólo los enamorados son capaces de hacerlo. Ya no necesitabamos palabras. Nos lo habiamos dicho todo y sólo quedaba vivir áquel momento…

Sin previo aviso, la puerta principal se abrió de par en par y por ella apareció Lynn. Tenía los ojos inyectados en sangre, producto de la ira, sentimiento desconocido en ella hasta ahora. Por un instante, miró a su alrededor  buscando algo y clavó su mirada en mi. Un escalofrío me recorrió el cuerpo en ese momento, pero fuí incapaz de reaccionar a tiempo. En un movimiento rápido y veloz, recorrió los escasos metros que nos separaban y me golpeó en el estómago con todas sus fuerzas, impropias de alguién como ella.

Sentí una horrible punzada y un dolor intenso, acompañados por la sensación de no poder respirar. Instintivamente, intenté agacharme para esquivar la batería de golpes que sabía que Lynn me continuaría propinando, pero por alguna razón se detuvo. A punto de desmayarme, alcé la vista para comprobar el motivo por el que había parado: Eric le estaba sujetando ambos brazos, pero a pesar de su mayor fuerza física, le costaba retener a Lynn, que parecía poseída por una extraña fuerza.

– ¡Pelea de gatas!- gritó Zacharias, eufórico desde la puerta que llevaba a los laboratorios.

– ¡Cállate, Lee! – le gritó Megan, que había visto la escena completa desde el principio – ¿qué es lo que pasa aquí?

Alertados por el ruido, poco a poco, todos los miembros de la expedición comenzaron a llegar, para contemplar atónitos la escena. Ante la pregunta de la doctora, Lynn empezó a calmarse un poco, lo suficiente como para poder balbucear entre sollozos, una explicación.

– ¡Los ha matado a todos! – dijo derrumbándose completamente por la tensión.

– ¿A todos? ¿A quién te refieres?

– ¡A mis perros! ¡Ella los ha matado porque decía que los trineos no servían para nada!

– ¡Eso es una tontería! – dijo Eric, contestando por mi, que aún me costaba recuperar el aliento por culpa del golpe – ¡No puedes acusar a alguién de algo así por un comentario que hizo!

– Tengo pruebas…

De uno de sus bolsillos, Lynn extrajo algo oscuro, que lanzó a la mesa del ordenador, dejando tras de sí una estela rojiza. Era un objeto rectangular de color rojo, pero en realidad, ese no era su color original sino que estaba cubierto completamente por una sustancia viscosa que sólo podía ser…

– ¡Es su iPod! ¿o acaso es mentira? – gritó Lynn, ya liberada de la presa de Eric y cada vez más nerviosa.

– Es un MP3 – apostilló sonriendo histriónicamente Zacharias. Todos optamos por ignorarlo.

– Será mejor que vayamos a ver que ha pasado – concluyó, por fin, Megan.

Todos sin excepción nos dirigimos hacía el edificio de la perrera. Se había levantado una ventisca y el frio del exterior helaba los huesos, y hasta los pensamientos. Lynn lideraba al pequeño grupo, seguida de Megan, que la vigilaba para que no cometiera ninguna tontería. Detrás de ellas, y a cierta distancia, yo, apoyada en Eric y aún dolorida, les seguía, y detrás de nosotros, el resto, a excepción de Lee y Malone, que se habían quedado allí.

Al llegar a la perrera, Lynn abrió la puerta. Un extraño olor a oxido de hierro me golpeó la nariz. Era intenso y desde luego no era propio de un lugar como áquel donde el principal olor era el de los perros y el de su comida. Poco a poco, temerosos, cruzamos el umbral de la puerta, para encontrarnos con una escena dantesca, la primera de todas las que vería en el transcurso de esos días. En el suelo, había un enorme charco de sangre que se extendía como una marea roja por todo el suelo del edificio. Pero la sangre no era lo peor. Por todas partes había perros muertos, o lo que quedaba de ellos. Algunos parecían intactos, a otros les faltaba la cabeza, y los más desafortunados estaban completamente desmembrados. Algo o alguién había convertido la perrera en una sala de tortura, en una orgía de violencía y sangre, que a pesar del ruido que debía haber provocado, ninguno escuchamos.

Una arcada súbita me invadió y me obligó a encogerme de dolor. La impresión de ver todo aquello habría hecho que el mismísimo Charles Bronson tuviera pesadillas para el resto de su vida, y lo peor era que Lynn creía que yo, su hasta entonces mejor amiga en la Ayax, había sido capaz de aquella carnicería. ¿Pero que razón podría tener alguién para cometer aquella atrocidad? Y sí…

Me incorporé de un salto y corrí hacia la salida. A pesar de que me costaba horrores respirar, corrí todo lo rápido que pude para que no me atraparan, porque no quería dar explicaciones hasta llegar a allí. El viento helado me cortaba la cara y los pulmones, pero no podía detenerme, a pesar de los gritos de mis compañeros, que intentaban alcanzarme. En unos segundos eternos, recorrí la distancia que separaba la perrera del garaje y abrí la puerta justo en el momento en que los demás me dieron alcance. La sorpresa fué mayúscula.

El suelo del garaje estaba cubierto también de una sustancia pegajosa, pero esta vez no era sangre, sino aceite. Todos los depósitos de las máquinas, ahora heridas de muerte, estaban reventados a fuerza de golpes, dejando escapar toda la gasolina y el aceite. Había también cables eléctricos por todas partes, indicio inequívoco de que alguién los había arrancado a lo bestía sin conocer necesariamente su función. Arreglar todo aquel estropicio costaría semanas, tal vez meses.

La razón de todo aquello estaba clara: alguien no quería que salieramos de allí.


Capítulo II-4

– O sea, que estáis diciendo que hay un psicópata suelto entre nosotros – afirmó Brock poco convencido mientras todas las miradas apuntaban hacia mí.

El equipo de biólogos, sin Malone que había pasado la tarde en su laboratorio, acababa de llegar hacía poco y la noticia les había pillado por sorpresa. Lo quisiera o no, y ante la falta de otro sospechoso, para ellos yo era la principal culpable, aunque no lo dijeran a las claras.

– ¿Y ahora qué hacemos? – preguntó Garnet asustado.

– Yo sugiero que la encerremos. – espetó Suresh – Seguro que viene del ghetto y que no es la primera vez que ha hecho algo así.

– ¡Por el amor de Dios, Suresh! – le respondió Megan irritada – De los que estamos aquí, de ti es de quién menos esperaba un comentario racista de ese tipo. Además, no hay pruebas de que Sarah tenga nada que ver con todo esto.

– ¿Y el MP3? – le replicó Suresh

– Eso es una prueba circunstancial, y ningún juez te la aceptaría – le cortó Eric. Al menos parecía que tenía a dos personas a mi favor.

– Claro, tú tienes mucha experiencia en estos temas, ¿verdad? – dijo Malone desde la puerta del pasillo. Hasta ese momento, ninguno de los que estábamos allí nos habíamos percatado de la presencia del investigador, que contemplaba impasible la escena. Su cara y gestos no reflejaban ninguna emoción aparente, pero yo sabía que en sus adentros, Malone estaba disfrutando con la situación y con mi caída en desgracia.

Eric agachó la cabeza, avergonzado por algún motivo que desconocía. Malone tenía esa virtud de algunos abogados defensores capaces de encontrar fácilmente los puntos débiles de sus adversarios y aprovecharse, lo que coloquialmente se conoce como “hurgar en la herida”, y al parecer conocía la de Eric.

– Mientras todo esto se aclara, y por la seguridad de todos, – prosiguió Malone – yo propongo que la aislemos en una habitación. No le hará ningún daño estar incomunicada unas cuantas horas.

– ¡Ey,ey, un momentito! – protesté – ¿qué es eso de encerrarme? ¡Yo no he hecho absolutamente nada!

La situación se estaba caldeando peligrosamente y ahora estaba completamente a merced de ellos. En otras circunstancias, aquella propuesta me habría parecido de lo más lógica y razonable, pero en mi situación actual, y siendo inocente, aquello me pareció un auténtico ultraje.

– Tranquilízate, nadie ha dicho que seas culpable – dijo Megan mientras me sujetaba firmemente el brazo supuestamente para calmarme. Aquello ya empezaba a ser una traición en toda regla.

– ¿Cómo que me tranquilice? – le contesté gritando aún más fuerte – ¡Me queréis encerrar sin pruebas! ¿Qué será lo próximo? ¿Ejecutarme?

Sinceramente no lo vi venir. Lo siguiente que noté fue un pinchazo en el cuello. El Dr. Levy se había deslizado por detrás de mí, silencioso como un hábil cazador, sin levantar sospechas, y me había inyectado algo, un calmante, supuse. El efecto fue bastante rápido. Enseguida noté como las piernas cedían bajo mi peso y mi cabeza empezaba a dar vueltas, mientras oía sus voces cada vez más lejanas a pesar de estar a escasos centímetros.

– ¿Era necesario? – oí preguntar en la lejanía a Megan. Alguien debió asentir con la cabeza.

– Lo siento – dijo Eric y sus palabras se convirtieron en susurro con eco antes de que la inconsciencia y la oscuridad lo invadiesen todo. Lo último que pude escuchar fue la risa histriónica de Zacharias, cada vez más y más lejos.

Cuando desperté, estaba en una de las salas de la enfermería, una de las que se podían cerrar con llave supuse. Debían haber pasado ya varias horas porque se habían encendido las luces automáticas. Sobre las repisas y las mesas, había diferentes utensilios para realizar analíticas simples y animales de laboratorio como conejos, ratas y hasta una serpiente. Habían tenido la deferencia de dejarme tumbada sobre la camilla, de lado, pero en una posición extraña. A medida que empecé a espabilarme un poco me di cuenta de la razón por la que estaba así, en aquella postura tan incómoda: me habían atado las manos a la espalda con una brida, mientras estaba inconsciente.

“Hijos de puta” pensé. Aquello era demasiado. Por lo visto ni Malone ni ninguno de aquellos miserables traidores conocían el derecho básico de la presunción de inocencia pero lo iban a conocer. Si conseguía salir de allí, les iba a meter un puro de los que hacen historia, sí señor, les metería una demanda que iba a dejar sus cuentas corrientes temblando, especialmente la del spagettini Malone.

Sentía una mezcla de ira y euforia, producto de la droga que Levy me había inyectado y que me impedía pensar con claridad. Una serie de pensamientos peregrinos cruzaron por mi mente. ¿Qué era lo que me había inyectado? ¿Por qué me sentía tan rara? ¿En qué momento me había emborrachado? ¿Querían matarme y me habían inyectado algún tipo de veneno de ritmo lento? ¿Me había inyectado “polvo de ángel”? ¡Seguro!, conociendo a Levy seguro que se había guardado alguna dosis para entrar de hurtadillas en el barracón de las chicas y abusar de nosotras mientras se disfrazaba de conejito.

No pude evitar reírme ante la imagen que mi confuso y ebrio cerebro había imaginado, con tantas ganas que acabé cayéndome de la camilla y precipitándome sobre mi hombro derecho. El intenso dolor del golpe me espabiló un poco y empecé a analizar la situación. Miré a mi alrededor buscando algo con que cortar las bridas, un bisturí o algo similar, pero no se veía nada afilado por ninguna parte.

Entonces algo llamó mi atención. Algo se movía en una de las probetas. Seguía teniendo una visión borrosa pero lo había visto perfectamente. Me acerqué un poco más. El tubo de ensayo contenía una sustancia de color negro, viscosa, que a primera vista parecía sangre, pero no lo era. Parecía más bien petróleo u otra sustancia química, aunque bastante más líquida. Me acerqué un poco más. Estaba segura que lo había visto moverse, pero ahora sólo parecía una muestra más de las que había en la mesa.

De repente, la “sustancia” saltó hacia arriba unos centímetros, para volver a caer, esta vez fuera de la probeta. La sorpresa me había hecho caer de espaldas, en un movimiento casi instintivo. La lógica me decía que aquello no podía ser, ningún líquido inanimado podía moverse y menos saltar, pero aquel no sólo era capaz de hacerlo sino que ahora se deslizaba poco a poco por la mesa hacia la dirección en que estaba yo. El miedo me invadió y me arrastré como pude por el suelo, golpeándome con las sillas y la camilla, hasta que conseguí ponerme en pie. La sustancia seguía moviéndose inexorablemente hacia mí, como un depredador acosando a su presa. Sin dudar de si se trataba de una alucinación o algo parecido, corrí como pude hacia una de las mesas y comencé a lanzar lo que había encima con los codos. Para mi sorpresa, era la mesa donde estaban las jaulas, que empezaron a caer al suelo estrepitosamente mientras yo gritaba en vano pidiendo auxilio, porque la sala estaba insonorizada. Una de las jaulas se rompió y su pequeño preso escapó. Era un conejillo de Indias blanco, que por un momento, en lugar de huir, se me quedó mirando con una expresión mezcla de curiosidad y sorpresa.

El ataque vino de atrás y el pobre animal no pudo hacer nada. Sin que pudiera siquiera reaccionar, la sustancia le salto encima, cubriéndolo completamente, mientras el pobre animal gritaba desesperadamente. Mientras éste chillaba, su asesino se deslizó por las orejas, la boca y la nariz del conejillo, hasta desaparecer por completo dentro del cuerpo de su víctima, que se retorcía convulsionándose. Aterrorizada y sin perder de vista al animal moribundo, me dirigí a la puerta caminando de espaldas. Cuando por fin llegué hasta ella, me apoyé dispuesta a tirarla abajo, pero en vez de eso volví a dar otra vez con mis huesos en el suelo. Alguien había abierto la puerta.

– Ya puedes salir.- Era Megan, pero ahora su expresión era mucho más seria y lúgubre que antes.

– Menos mal, – le respondí mientras me ayudaba a incorporarme – por fin os habéis dado cuenta de que esto es una locura. Y, ¿cómo habéis llegado a esa conclusión tan lógica? – pregunté intentando ser lo más sarcástica que alguien en mi situación, atada y medio drogada aún, podía serlo.

Megan no se inmutó y continuó con su cara de funeral.

– Sabemos que no has sido tú… – mantuvo por un momento el suspense dramático mientras cortaba la brida – … porque ha habido otra víctima.

Por unos instantes, perdí la noción de la realidad y entré en estado de shock. Porque el asesinato cruel de los perros y el sabotaje de los vehículos cumplían un fin en la mente de un criminal frío y metódico que quería aislarnos, pero ahora el psicópata había pasado a la acción y cualquiera podía ser su siguiente víctima. Ninguno de nosotros estaba a salvo, ni personas ni animales. Entonces recordé el conejillo de Indias muerto en mitad del laboratorio.

– ¡Espera! – grité- Hay algo ahí dentro. Es una especie de líquido que ha intentado atacarme.

Megan se me quedo mirando, perpleja, como si en vez de contarle lo que acababa de suceder, le hubiese contado que se me había aparecido Santa Claus en pleno verano.

– Debes estar aún bajo los efectos del anestésico, – me respondió – a veces suele jugar una mala pasada.

– ¡Tengo pruebas!- le contesté excitada – Esa cosa atacó a un conejillo de Indias que está ahí, medio muerto…

No pude acabar la frase, cuando me giré para señalar la posición del animal, éste, en lugar de estar muerto, me miraba irónicamente ladeando ligeramente la cabeza, vivito y coleando. Parecía estar burlándose de mí.

– FIN DEL CAPÍTULO II –


<- Al capítulo I                         Al capitulo III->