El Guardián – Capítulo III

He aquí el tercer capítulo de la historia compartida del Guardián, que espero que os guste y esté a la altura.

Capítulo II , by Shaiyia.

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Capítulo III   

Lezith miró al vacío impenetrable que se extendía ante él. A diferencia del resto de personas que conocía, él se sentía extrañamente reconfortado por la negra penumbra de la noche. Cuando en su pueblo natal de Tiresia cavilaba sobre los problemas cotidianos propios de un herrero hábil, como si tendría suficiente madera para mantener la forja encendida o si Barek, su joven ayudante, se había acordado de preparar el molde para la colada de acero, siempre lo tranquilizaba vagar de noche a oscuras. Ahora, a pesar de que lo que le preocupaba era mucho más grave y transcendental, la sensación de paz era la misma.

– Deberías volver a aquí, al amparo del fuego. – le dijo Syok a sus espaldas – Te estás arriesgando a que un wargo se te lleve como cena para sus cachorros – continuó en tono de sorna.

Los wargos, carroñeros por naturaleza, se habían convertido en una auténtica plaga desde que la guerra se había extendido por todas partes, gracias a la gran cantidad de cuerpos putrefactos de soldados y civiles que descansaban en las cunetas de los caminos, sin nadie que se preocupara de darles una sepultura digna. Pero no se contentaban con devorar a los cadáveres, Lezith había oído historias de wargos que habían entrado de noche en las casas y se habían llevado a niños de sus hasta entonces seguras camas, y de jóvenes pastores de los que nunca más se había vuelto a saber nada. Pero también sabía que los tiempos eran duros y que muchas veces, detrás de esas historias, había una realidad mucho más negra, de padres que preferían sacrificar a sus propios hijos que cargar con una boca más a la que no podían alimentar. Así que decidió hacer caso a Syok, no por miedo sino para poder entrar en calor.

– Si no comes nada, no tendrás fuerzas para llegar hasta el Guardián – dijo Syok mientras engullía un muslo de pollo – y yo no pienso cargar con tu cuerpo desnutrido todo el camino.

Lezith sonrió. A pesar de su aspecto duro e imperturbable, sabía que detrás de la dura coraza del soldado de la raza de Asgaroth, había un hombre tierno y sencillo con gran sentido del humor. Un compañero de viaje perfecto para embarcarse en la más ominosa de las misiones, una que haría avergonzarse al más impío de los hombres, la de destruir al Guardián, el elegido de los Dioses. Siguió el consejo de su amigo y cogió un trozo de pollo que aún estaba en el fuego. Estaba ya un poco reseco pero Lezith pensó que no era el momento de andarse con remilgos puesto que era más que probable que más adelante en el camino, la comida no fuese tan abundante. Intentó coger un segundo trozo de pollo, pero éste desapareció de repente por arte de magia, acompañado de una mano pequeña, que se deslizó rápidamente como un fantasma, de vuelta a la protección de la oscuridad y el anonimato. Syok también había visto el truco de magia y en un movimiento rápido y ágil, agarró la mano antes de que desapareciera por completo, y tiró de ella arrastrando el resto del cuerpo hacia la luz. Lezith no pudo evitar soltar un grito de asombro.

Era un niño. No debía tener más de diez años pero aparentaba muchos menos. Su pequeño cuerpo aún mostraba las heridas de la guerra en forma de marcas de latigazos y sus costillas sobresalían de su torso como los arcos de una catedral. Tenía el pelo de color gris ceniza y unos ojos azules que resaltaban entre la suciedad y el hollín de su cara, y que reflejaban el terror que sentía.

– ¿Sabes lo que hacemos en mi pueblo a los ladrones? – le gritó Syok sujetándole aún más fuerte por la muñeca – ¡Les cortamos la mano para que no vuelvan a hacerlo más! ¡Y si vuelven, le cortamos la otra, y así hasta que mueren o se arrepienten!

El niño intentó zafarse en vano. Desde luego, no era un contendiente a la altura de Syok pero tampoco se rendía fácilmente, y pataleó y mordió al guerrero, que se mantuvo impasible. Pero entonces, los acontecimientos tomaron un giro insospechado. Mientras Syok desenvainaba la espada, el niño consiguió agacharse lo suficiente como para dibujar un extraño símbolo en el suelo y pronunciar unas palabras en una lengua que ambos desconocían. Una llamarada azul brotó de la nada quemando las ropas de Syok que cayó gritando al suelo, prendido en las llamas de aquel extraño fuego azul, liberando al mocoso, que intentó huir. El herrero decidió que ya había llegado el momento de actuar, y antes de que el muchacho pudiese huir, se plantó delante de él, obstruyéndole el paso y frenando en seco la carrera del ladronzuelo que se quedó paralizado por el miedo, momento que Lezith aprovechó para agarrar al niño de ambos brazos en alto.

– ¡Será hijo de…! – exclamó Syok, enfurecido – ¿¡qué demonios ha sido eso!?

La lógica le decía al herrero que aquello que había visto con sus propios ojos era magia, el mismo tipo de magia que requería los poderes casi divinos que le habían sido otorgados. Pero eso era imposible porque su don era único y sólo le había sido ofrecido a él para poder completar su misión.

– Alquimia –  pronunció finalmente Lezith – Ha creado una transmutación siguiendo el principio de intercambio equivalente. Nada puede ser creado a partir de la nada, sólo a partir de otro objeto con el mismo valor, ¿no es cierto? – dijo, mientras recordaba el trozo de pollo que el niño había tenido en su mano todo el rato y que ahora había desaparecido misteriosamente.

El muchacho asintió con la cabeza. La alquimia era una ciencia casi olvidada, excepto en algunas regiones de las que apenas se tenía conocimiento y que eran conocidas como las Tierras Olvidadas, que se habían preservado casi intactas desde la época del Guardián. Allí se había ocultado durante siglos el Pueblo Bendecido, o el Pueblo Maldito que era como comúnmente llamaban a los que habían logrado sobrevivir a la Gran Persecución y se habían mantenido fieles a su memoria. Su influencia se había desvanecido como las brumas matinales lo hacen al salir el Sol y se habían convertido en una simple leyenda, un bonito cuento que se explica a los niños antes de ir a dormir. Pero aquel niño era muy real como el fuego ilusorio que había chamuscado las ropas de Syok. Y por supuesto, la alquimia era algo prohibido para el resto de los mortales.

– ¿Y qué hacemos con él? – pregunto Syok sacudiéndose la ropa humeante todavía y con la espada aún en la mano.

– Dejarlo aquí – le contestó Lezith con un gesto que indicaba que envainase de nuevo la espada – No hay necesidad de mutilar a nadie.

– ¡Pero puedo seros de ayuda, gran señor! – dijo por fin con voz trémula el muchacho – Sé hacer muchas cosas, hacer fuego azul, romper muros, separar el agua,…  y desde luego sé cocinar mucho mejor que ese…

– ¡Mira que te cuelgo de ese árbol boca abajo, mocoso! – exclamó Syok en un tono falsamente ofendido.

Lezith volvió a contemplar de nuevo al niño. A pesar de la primera impresión, hasta que no lo vio bien a la luz del fuego no se dio cuenta realmente de lo joven y frágil que era. Sintió compasión. No sabía qué métodos había utilizado aquel niño para sobrevivir tanto tiempo solo en el bosque pero no parecía tener padres, que seguramente habían perecido víctimas de la guerra que había asolado la región, como tantos otros. Si era nativo de las Tierras Olvidadas, eso sólo podía significar que cada vez estaban más cerca de su destino y de la senda que el Elegido por los Dioses había tenido que tomar para huir de sus perseguidores. Debían darse prisa porque el hecho de que la guerra estuviera extendiéndose más y más sólo podía significar que, tal como pronosticaron los sabios, el fin de la raza humana estaba cerca.

– ¿Cómo te llamas? – le preguntó finalmente.

– Nihls, señor – le respondió el niño.

– Espero que puedas mantener nuestro ritmo, porque si te retrasas no te esperaremos.

El niño asintió con la cabeza mientras devoraba ansiosamente el muslo de pollo que Lezith le acababa de dar. Las cartas de la señora Fortuna ya estaban echadas: en menos de dos días de camino, a buen paso, llegarían al reino de Hagar, donde la Humanidad perdió su inocencia, y allí seguro que encontrarían la pista del Guardián o una muerte segura.


El próximo capítulo lo podreis leer en el blog de electroduende.

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