La Muerte Blanca – Capítulo V (y propuesta)

Capítulo V 

– Si son ellos – dijo Levy – tal vez estén aún vivos, ¡hay que dejarlos entrar!

– ¿¡Estás loco!?  ¡Tú mismo certificaste su muerte! – le respondió Suresh agarrándolo del brazo.

– Por primera vez en mucho tiempo – dijo Megan – estoy de acuerdo con Suresh. Tenemos que impedir que entren. Sean lo que sean, ya no son ellos.

Sin apenas mediar palabra, nos dividimos en tres grupos para bloquear las diferentes entradas a la base, deseando con todas nuestras fuerzas que todavía no hubiese entrado ninguno de ellos. Las tapiamos como pudimos con tablas y algunos de los muebles que pudimos recoger. Después, registramos toda la instalación por si alguno de ellos había podido entrar, pero la búsqueda fue infructuosa: no había entrado nadie.

Un golpe súbito contra el cristal de la ventana del hall nos sobresaltó. Habían lanzado una bola de nieve contra ella, con mucha fuerza, que al impactar, casi había rajado el cristal.

Allí estaban ellos, plantados delante de la ventana, riéndose a pleno pulmón con una risa que helaría la sangre hasta al más valiente. Las dos figuras permanecieron de pie, allí delante, durante unos minutos, con aquella sonrisa macabra dibujada en su cara. Luego, se separaron para volver a desaparecen en la nieve.

– He contado dos. – repuse – Creo que eran Brock y Garnet.

– ¿Dónde estaba Malone?- gritó Suresh aún aterrorizado – ¡No lo he visto! ¡Podría estar en cualquier parte de la instalación!

– Tranquilízate – le respondió Dawson en tono calmado para tranquilizar al biólogo – Hemos registrado milímetro a milímetro el edificio, y sólo estamos nosotros.

El hindú se calmó un poco. Allí, en el centro del hall principal, que hacía las veces de salón de descanso y área de reunión, estábamos los pocos supervivientes de los sucesos de las últimas horas: el anciano Roberts, Megan, Dawson, Levy, Suresh, Hawkins, Lynn, Eric y yo. Éramos todo lo que quedaba de la expedición y ahora estábamos atrapados sin salida, amenazados por algo que desconocíamos, un “parásito”, por llamarlo de alguna manera, capaz de poseer la voluntad del huésped, otorgándole una fuerza desconocida y una gran resistencia a las heridas, y que sólo podía ser derrotado decapitando a la pobre víctima.

– ¿Qué creéis que pretenden? – preguntó Megan acercándose peligrosamente a la ventana procurando atisbar alguna figura en el exterior.

– Es una especie de parásito, o sea que supongo que quiere reproducirse – le contestó Dawson.

– ¿Reproducirse? – inquirió Lynn – ¿Cómo?.

– Supongo que a la manera tradicional de los virus, contagiando otro cuerpo – le contestó – Lo que Lee intentó  con Jasper antes de que lo interrumpierais…

– ¡Pues menudo panorama! – apostilló Eric – No tienen ningún problema con el frío de ahí fuera y encima sólo tienen que esperar a que nos muramos de hambre aquí dentro, para “colonizarnos”.

– Eso si no lo han hecho ya – insinuó Levy.

– ¿A qué te refieres? – preguntó Megan alarmada.

– A que pueden habernos contagiado mientras dormíamos, sin darnos cuenta, – le respondió el doctor – o a que tampoco sabemos cómo os habéis podido ver afectados los que entrasteis en contacto por primera vez con “eso”, allí en la excavación. Por lo que yo sé – dijo, señalando a la doctora Gillespie – hasta tú podrías estar infectada.

– ¡Tonterías! – le cortó Dawson repentinamente.

– Levy tiene razón, – dijo Megan intentando calmar los ánimos – Cualquiera puede estar infectado. Dijiste – dijo mirando a los ojos a Levy – que esa cosa podía verse en las radiografías. Pues hagámonoslas para salir de dudas.

El doctor asintió con la cabeza.

Acordamos que todos nos haríamos las pruebas en el pequeño laboratorio del ala médica. Ésta, a pesar del nombre, en realidad estaba compuesta por apenas dos habitaciones y un pequeño trastero, de las que una se dedicaba a los análisis y a almacenar los diferentes medicamentos, donde había tenido lugar mi particular experiencia lisérgica, y otra era la dedicada a los pacientes, con dos camas habilitadas para atender a los posibles heridos, y que ahora ocupaba Jasper. El pequeño trastero era la única habitación, si es que aquel pequeño habitáculo podía ser considerado como tal, que durante mi estancia en la Áyax, nunca había visitado. Allí se almacenaba sin mucho control toda clase de material médico y otros aparatos de diagnosis que habían sido condenados al ostracismo por su carencia total de uso, y entre los que se encontraba un pequeño aparato de rayos X. Al parecer, aparte de ser trastero, esa habitación estaba sellada con plomo para tal fin.

Uno a uno fueron pasando al trastero, mientras el resto esperábamos impacientes en el pasillo a que llegase nuestro turno. Cuando finalmente me tocó a mí, entré temerosa por lo que encontraría. El pequeño habitáculo apenas estaba iluminado mediante una de aquellas bombillas oscurecidas que utilizaban los fotógrafos para revelar las fotografías antes de la revolución digital. Presidiendo la sala en el centro, estaba la camilla y el aparato de rayos X, y justo enfrente, un simple parapeto que protegía a Levy de las radiaciones.

– Quítate la ropa – me ordenó.

Dude unos instantes, sin saber si aquella orden se ajustaba al protocolo habitual para realizarse una radiografía o si había una doble intención mucho más sospechosa, sobretodo conociendo las parafilias de Levy. El doctor debió sospechar de mi recelo, así que prefirió aclarar la situación.

– No hace falta que te lo quites todo, – apostilló sonriendo – sólo la ropa más gruesa. Me vale con que te quedes en camiseta.

Recostada sobre aquella camilla, una serie de extraños pensamientos acudieron a mi cabeza. Pensé que si Levy fuera una persona vengativa podía aplicarme una dosis letal de radiación para vengarse por haberle dejado en ridículo y por haberle hecho pasar el peor momento de su vida. Luego mi mente, más ágil de lo habitual, empezó a divagar sobre la posibilidad de estar también infectada, de que Lee se me hubiese acercado de noche, mientras dormía y me hubiese transferido ese “liquido” con un beso mortal, y de cómo sería mi vida como un ente sin voluntad y pésimo sentido del humor. Mi particular película de la situación se vio interrumpida por el disparo seco e inesperado del aparato de rayos X.

– Ya está, – dijo Levy sonriendo – ya puedes avisar a Dawson para que entre.

Salí de vuelta al pasillo y avisé a Dawson para que pasase. Los nervios entre nosotros estaban a flor de piel y nos mirábamos sin saber bien que decir. La duda es uno de los peores compañeros de viaje en un momento de crisis, y aquel lo era. Finalmente, Eric, intuyendo que algo no acababa de ir bien, se acercó a mi lado y me pasó la mano por el hombro en un amago de abrazo.

– Ya está, – me dijo con voz suave – todo ha pasado, no te preocupes.

Levante la mirada sólo para encontrarme con sus profundos ojos azules y su eterna sonrisa. Le devolví la mirada procurando sonreír en un intento burdo de aparentar que nada me preocupaba, pero lo cierto era que tenía miedo, mucho miedo, a perderme o a perder a algunas de las personas que más quería en aquella base perdida en medio de la nada. Entonces me cogió de la mano y no pude evitar estremecerme. Era cálida y fuerte, y por un momento pude sentirme de nuevo segura y capaz de cualquier cosa.

En ese momento salió Dawson del trastero. Su cara estaba más pálida de lo normal y le costaba moverse, arrastrando los pies. Megan corrió en su ayuda, mientras el resto lo rodeamos, sorprendidos por el cambio.

– ¿Estás bien? – le preguntó Megan preocupada.

Era la primera vez que veía a la doctora mostrar sus sentimientos o simplemente perder la compostura ante algo. Dawson se apoyó en su brazo para erguirse y le sonrió de la misma forma que unos segundos antes yo había hecho con Eric.

– No es nada – le respondió – sólo me he mareado un poco. Ahora sólo necesito descansar. Hawkins, tu turno, eres el último.

Acompañamos a la pareja hasta el salón mientras Hawkins entraba en la pequeña sala improvisada de rayos X. Allí, sentado en uno de los sillones, el arqueólogo volvió a sonreír.

– Que no es nada, en serio – volvió a repetir mirando a los ojos asustados de Megan, sin dejar de sonreír – Todo es por culpa del estrés acumulado estas últimas horas. No te preocupes.

Apenas pasados unos minutos, volvió a aparecer Hawkins. El doctor le había dicho que ahora que habían sido tomadas todas las radiografías, sólo había que revelarlas y que sólo tardaría unos minutos. Mientras tanto, mientras unos y otros daban vueltas por el salón, nerviosos, o se sentaban a esperar, decidí tomarme un chocolate caliente para pasar el tiempo. Eric me siguió y se sentó directamente sobre la mesa de la cocina.

– Ven aquí – dijo Eric agarrándome por la cintura y atrayéndome hacia él.

– Ahora no es el momento, Eric – le respondí intentando, sin éxito, zafarme de su abrazo – Tal vez, cuando termine todo esto…

– Sarah, no nunca va a ser el momento, – dijo – estamos de mierda hasta el cuello y no creo que ni siquiera salgamos vivos de ésta…

Tenía toda la razón del mundo. Era innegable que estábamos atrapados sin saber bien qué hacer y que nadie vendría a rescatarnos, ya que en Tierra de Fuego no sabían nada de lo ocurrido y el barco que debía venir a recogernos no llegaría hasta dentro de un mes. Entonces caí en la cuenta.

– ¡La radio! – grité emocionada, como si fuera Arquímedes en su bañera – ¡Podemos pedir ayuda por radio! ¿Cómo es que no habíamos caído antes?

Llegamos corriendo al salón, olvidando por completo el chocolate que había dejado en el hornillo encendido de la cocina, y apresuradamente, como pude, les expliqué lo de la radio. Malone había prohibido utilizar la radio para pedir ayuda al continente, pero ahora él ya no estaba y teníamos carta blanca para contactar con la base en Tierra de Fuego. Si llamábamos por radio, como muy tarde, la ayuda llegaría en menos de cuatro o cinco días, aunque nada nos aseguraba que aguantaríamos tanto tiempo ni si seguiríamos vivos para entonces.

Rápidamente, en tropel, entramos en el pequeño cuarto que hacía las veces de guardarropa y de “sala de comunicaciones”, donde una simple radio de aficionado sobre una mesa, presidía la habitación. El encargado de realizar la transmisión fue Dawson.

– Aquí Alfa Charlie Tango 101 solicitando contestación – dijo en el extraño lenguaje de los radioaficionados al que no le encontraba demasiado sentido – ¿me recibe? Cambio.

Se oyó un click y los parásitos de radio, pero ningún sonido que pudiera pasar por humano. Dawson volvió a repetir la misma operación.

– Aquí Alfa Charlie Tango 101 solicitando contestación,¿me recibe? Cambio.

A diferencia de la primera vez, la señal se oyó más nítida y una voz de hombre respondió al otro lado.

– Aquí Delta Charlie Foxtrot 98, le recibo alto y claro. ¿Qué desea? Cambio.

– Solicitamos que nos envíen ayuda y un transporte para la evacuación total de la base. Tenemos una alarma de peligro biológico, cambio.

– ¿Peligro Biol…co? ¿Pue…re..tir esa ..tima fra…? …bio

– ¿¡Pero qué demonios…!?- gritó Suresh – ¿Qué le pasa a la jodida radio? ¿qué has tocado, Henry?

– No he tocado nada –  le contestó el arqueólogo – ¡Maldición! ¡Hemos perdido la comunicación!

– A lo mejor son las baterías – sugirió tímidamente Lynn

– Imposible – le respondió Eric, que ahora examinaba la parte trasera del aparato – El led indica que están cargadas y además, ahora estamos funcionando directamente con la red eléctrica de la base.

Un golpe sordo nos dio la solución al enigma. El ruido procedía del tejado, justo encima nuestro, donde se encontraba la antena, y fue seguido por otros ruidos similares que tenían un ritmo, una cadencia.

– ¡La madre que…! – gritó Hawkins – ¡Están justo encima!

No había lugar para la confusión. Los infectados habían logrado salvar la distancia de más de siete metros que separaba el tejado del edificio del suelo, y ahora estaban intentando arrancar de cuajo la antena de radio, una estructura cuyo tallo tenía seis centímetros de diámetro. Ahora sabíamos cómo Lee había conseguido colgar el cuerpo de Brock a esa altura sin una escalera: simplemente no le hizo falta. A eso se le añadía que los infectados poseían una enorme fuerza, la suficiente como para romperle el cuello a alguien o simplemente doblar un tubo del ancho de una botella de vidrio.

Se oyó un último golpe seguido de un estruendo, el provocado por la antena al caer sobre la nieve. Se les oyó saltar de nuevo hasta el suelo para volver a desaparecer en la oscuridad.

– ¿¡Qué hacen!? – exclamó Suresh pegado al vidrio de la ventana – ¿Los veis?

El impacto que se produjo a continuación hizo saltar algunas esquirlas de la ventana reforzada del salón, la misma a la que apenas unos segundos antes, Suresh se había asomado, hiriéndole en la cara. El cristal empezó a agrietarse por el golpe, pero a pesar de todo, resistió. No cabía la menor duda de que volverían a intentarlo.

– ¡Buscad maderas o algo! – gritó Megan retomando las riendas de la situación – ¡Hay que tapar todas las ventanas! Aunque estén reforzadas es mejor asegurarse.

La sangre empezó a deslizarse por las mejillas del hindú, como pequeñas torrenteras en un día de lluvia. Mientras organizaba los grupos para buscar madera y otros objetos para tapiar las ventanas, ordenó a Lynn que acompañara a Suresh a la Enfermería. Eric y yo los seguimos, no para cotillear, sino porque recordaba haber visto unos palés de madera en el cuarto de los rayos X.

Antes de entrar en el ala médica, Lynn llamó a la puerta por cortesía, pero no recibió respuesta a cambio. Volvió a probar, pero no escuchó ningún ruido al otro lado, excepto un gorjeo parecido al de un animal. Sin darme tiempo a desenfundar la pistola ni a cargarla, Lynn abrió de par en par la puerta para encontrarse de bruces con una escena terrorífica. En medio de la habitación, sin apenas luz, se encontraba el cuerpo aún con vida Levy que intentaba arrastrarse por el suelo en medio de un charco de sangre, con una horrible herida abierta en el cuello que dejaba a la vista los tendones y la tráquea. Entonces, sin previo aviso, algo lo estiró de las piernas hasta hacerlo desaparecer del foco de luz.

Nos quedamos unos segundos aturdidos sin saber cómo reaccionar, el tiempo exacto para volver a recargar la pistola y quitarle el seguro. De pronto, y cuando aún no nos habíamos recuperado de la impresión, un bulto considerable apareció volando hacia nosotros con gran fuerza, rebotando un par de veces en el suelo y dejando un rastro de sangre a su paso. Al bajar la mirada para comprobar qué era, vimos horrorizados que se trataba de la cabeza del mismísimo doctor, con la expresión de terror aún grabada en su rostro.

El asesino, que seguía oculto tras la sombras, estalló en una carcajada diabólica.


En primer lugar me gustaría agradeceros la paciencia por haber seguido el relato hasta aquí y no haber "cambiado de canal", y sobretodo me gustaría dar las gracias a ivanete84, mi lector más fiel, por animarme a continuar con la historia, que sin su acicate seguramente seguiría estancada unas cuantas semanas más. Gracias también a LesterKnight, a Logan, a Shaiyia, a rapsodos, a Desmodius, y a todos los que me habeis apoyado hasta el momento en este intento de escribir algo que sea un poco más serio que mis habituales paranoias.

Dicho esto, me gustaría proponeros a todos los lectores de Gamefilia una cosa. Había decidido que una vez terminara el relato, lo colgaría completo en PDF/Word para que estuviera disponible para todos los que estuvierais interesados, y por supuesto para mi.

Así que lo siguiente que me pasó por la cabeza fue ¿porque no ilustrarlo? En Gamefilia hay mucho talento, y la verdad es que me haría mucha ilusión que hicierais un dibujo con vuestra mejor técnica, de cómo os imaginais La Muerte Blanca. Acepto cualquier técnica, incluso dibujos en paint (Wink).

 ¡Nos leemos!