Silent Hill: Hidden Memories, capítulo 1

 

El Despertar 

El frío se colaba por la pequeña rendija de la ventanilla que aún quedaba abierta. Era un aire gélido, penetrante y doloroso, que hizo que Gary diese un respingo en el asiento del conductor del viejo Chevrolet de su padre. Por un momento, no supo donde se encontraba porque no recordaba cómo había siquiera subido al coche y mucho menos, cómo había llegado hasta allí. Las luces de cruce del coche seguían encendidas, pero ya debía haber amanecido, a pesar de que la luz a duras penas podía atravesar la espesa niebla que se había levantado.

Decidió continuar hasta la señal más próxima para poder ubicarse. Intentó arrancar el motor, pero por más que girara la llave del contacto o alimentara el starter, éste no daba signos de poder reiniciar la marcha. Resignado, Gary se bajó del coche y se adentró en la profunda niebla que tapaba por completo la carretera.

No sabía como había llegado hasta allí, fuese el sitio que fuese, porque era incapaz de recordar nada cuando tenía uno de aquellos episodios de sonambulismo. Cuando le pasaba, al despertarse, podía encontrarse a varias manzanas de su casa o en sitios que nunca antes había pisado. Pero lo peor era la frecuencia. Había empezado a pasarle durante la infancia, cuando aún iba a primaria, y el problema había ido agravándose inexorablemente, habiendo llegado a considerar la posibilidad de ingresar voluntariamente en un psiquiátrico.

Continuó un poco más, siguiendo el arcén de la carretera sin perder de vista los árboles, lo único que era capaz de intuir a través de la niebla. Entonces lo vio. Era un cártel que debía tener ya algunos años y que había empezado a desprender óxido de forma alarmante. En su parte central podía verse aún un enorme conejo rosa junto a un carrusel y una leyenda que rezaba “Parque de Atracciones Lakeside a 2 kilómetros”. En su mente, aún algo adormecida, Gary enseguida reconoció el lugar: estaba en la Avenida Nathan, en su pueblo natal, Silent Hill.

Cómo había conseguido atravesar dos estados y unos cuantos centenares de kilómetros, sonámbulo, era un completo misterio que en esos momentos prefería ignorar. Su principal preocupación era encontrar una forma de volver a casa ahora que el viejo Chevy no funcionaba, así que decidió adentrarse en el pueblo que lo había visto crecer, para tomar un autobús o simplemente llamar a casa. Aún recordaba vagamente los nombres de los barrios y las calles, aunque no lo suficiente como para no perderse y más con aquella maldita niebla. Aún recordaba cuando de niño, la niebla llegaba por el lago cubriéndolo todo, densa e irrespirable, y cómo la gente se encerraba en sus casas, aunque no era tan espesa como ésta. Se decía que era un mal presagio y que debía evitarse a toda costa, pero Gary y su familia siempre pensaron que se trataba de cuentos de viejas para asustar a los niños desobedientes en Halloween.

Nunca habían sido una familia muy integrada en la comunidad, o al menos no había vivido lo suficiente en Silent Hill como para comprobarlo, ya que se habían tenido que mudar hacía ahora trece años, cuando Gary tenía doce, y precisamente cuando empezó a tener aquellos extraños episodios. Él no le había dado la mayor importancia entonces, es más, a pesar de tener que separarse de sus amigos, le gustó marcharse de aquel pueblo, que a pesar de ser una ciudad turística, carecía de un servicio medico adecuado, o al menos eso era lo que sus padres le habían dicho de pequeño. Lo cierto era que el viejo hospital Alchemilla cubría con creces las necesidades básicas de los habitantes de Silent Hill, excepto en verano, cuando el número de visitantes y turistas crecía exponencialmente. Entonces, se habilitaban algunas secciones del Brookehaven, que no dejaba de ser un sanatorio mental.

El Brookehaven era un lugar curioso. Había nacido a principios del siglo XIX como un lugar de descanso para los ricos propietarios de la zona, y para que estos ingresaran a sus mujeres, víctimas de crisis histéricas, esquizofrenia o simplemente por la sífilis contagiada por sus propios maridos. Poco tiempo después, la llegada masiva de inmigrantes, con sus propios problemas psicológicos, hizo que el Brookehaven se masificara y que acabara sustituyendo sus tratamientos habituales por otros menos piadosos y ortodoxos. Los relatos que se contaban en los campamentos de verano del Lago Toluca estaban llenas de historias macabras centradas en el viejo sanatorio: enfermeras que se habían vuelto locas, motines, asesinatos y cosas mucho peores que helaban la sangre a los chicos en las noches de verano, a pesar de que había mucha más verdad en aquellas narraciones de lo que ellos creían.

Cuando Gary sufrió su primera crisis, todos insistieron en que debía ingresar en aquel siniestro lugar, pero sus padres se negaron en redondo y prefirieron cortar toda relación con el pueblo que los había visto nacer, y antes que a ellos, a sus padres y a sus abuelos. Eran de la vieja guardia y no tenían nada que ver con los recién llegados al pueblo, en su mayoría nuevos ricos que decidían invertir su fortuna en un lugar paradisiaco junto a un lago. Gary sabía que aquello les supuso un gran sacrificio, y desde entonces le habían vigilado constantemente para evitar aquellos episodios de sonambulismo, llegando a encerrarlo en su habitación. Con el tiempo, las crisis habían dejado de producirse y él había rehecho su vida, ahora completamente normal, al menos hasta aquel día.

Continuó por la Avenida Nathan hasta que llegó a la vieja bolera de Pete. El lugar parecía completamente abandonado, con restos de basura esparcidos por el suelo, y trozos de una pizza medio podrida a medio comer, pero sin una sola señal de que alguien se hubiera pasado por allí últimamente. Aunque no hubiese nadie, Gary recordaba que la bolera de Pete tenía teléfonos públicos con los que podía intentar llamar a casa, así que se dirigió hacia el mostrador, donde recordaba que el viejo Pete Galvin tenía su oficina y guardaba las hojas de las puntuaciones, junto con el resto elementos que hacían entrañable una bolera. Aún recordaba las largas tardes que pasaba allí, sentado, viendo jugar a sus padres, o haciendo él lo propio con sus amigos del colegio. Recordaba el tacto suave de la madera pulida de la pista y el cuidado con que John, el hijo mayor de Pete, cuidaba y abrillantaba las bolas para que estuvieran siempre perfectas antes de cada partida. También se acordaba de Eileen, la hija pequeña de Pete, con la que había compartido curso en la escuela y que ahora debía tener su misma edad. Tras el divorcio, su madre se la llevó con ella a una ciudad vecina pero lo suficientemente alejada de su ex marido. Los Galvin no habían sido los únicos en irse de la ciudad: poco a poco, ésta se había ido despoblando de sus habitantes tradicionales e incluso, ya parecía medio desierta cuando los Gunness se tuvieron que ir por su culpa, o al menos era lo que Gary Gunness creía.

Por fin, después de aquel  ataque súbito de nostalgia, Gary cogió el teléfono. Parecía que al menos había línea, así que respiró aliviado, introdujo una moneda y procedió a marcar el número de sus padres, un número de Virginia con su consecuente prefijo. Cuando se pegó el auricular a la oreja, esperando oír la reconfortante voz de su madre al otro lado, un terrorífico grito de mujer, o al menos eso parecía, le atravesó los tímpanos como una bomba sónica, dejándolo sordo por completo, seguido de una serie de inexplicables parásitos que le obligaron a soltar de inmediato el teléfono.

– ¡Joder! – gritó sin percatarse de la sombra que se había arrastrado sigilosamente a sus espaldas.

– ¿Eres tú, Kevin? – oyó murmurar detrás suyo con una voz débil y entrecortada. Al girarse en redondo como un resorte, por el miedo, se topó de frente con una vieja cara conocida, que aún, sorprendentemente, era capaz de reconocer.

– Señor Bundy ¿qué está haciendo aquí? – Fred Bundy había sido el antiguo vedel cuando Gary aún iba a la escuela elemental Midwich. Era un hombre tranquilo que siempre estaba regalando caramelos a los niños, aunque algunos padres, por alguna razón que no alcanzaba a comprender, no confiaban en él. Por ese motivo, se vio obligado a jubilarse antes de tiempo. Por supuesto, desconocía quién podía ser aquel Kevin que él buscaba.

– Tú no eres Kevin… – dijo Bundy apesadumbrado. Parecía tener la mirada perdida, y a pesar de estar a apenas medio metro de distancia, era incapaz de mirarle directamente a los ojos. Entonces Gary percibió el hilillo casi negro que le descendía de los ojos, por las mejillas. Era sangre.

Asustado, retrocedió unos pasos, para comprobar que el viejo Bundy estaba completamente ciego, pero movía la cabeza como si fuera capaz de olerlo.

– Yo te conozco – dijo por fin el anciano – ¡Eres Gary Gunnes! ¡El hijo de puta de Gary Gunnes!

Sin apenas darle tiempo a reaccionar, el viejo se lanzó con las manos abiertas, como si fueran terribles garras, a su cuello, pero él pudo esquivarlas con un ágil movimiento de cintura. Lejos de desorientarse, Bundy le siguió como si en realidad nunca hubiese estado ciego, instintivamente. Alargó la mano sobre el mostrador buscando algo, hasta dar con uno de los tacos de billar que Pete solía guardar allí. Sea como fuere, Fred Bundy sabía en todo momento donde estaba exactamente Gary.

– ¡Tranquilícese, joder! – le gritó – ¡Por su bien, suelte eso!

– ¡A ti es a quién debían haber castigado, cabrón! – continuó gritándole Bundy con el taco aún en la mano – ¡Hijo de puta! ¡Lo pagarás!

Con un golpe seco, el anciano rompió el taco con la rodilla y tiró el trozo que no le servía a un lado, quedándose con la parte más manejable y que ahora poseía un extremo muy amenazante en forma de punta. De repente, se paró en seco para estallar en una carcajada siniestra que helaría la sangre al más valiente.

– ¿A si que a ti también te ha convocado? – dijo en tono de sorna sin dejar de reír maliciosamente – Al final será verdad que hay justicia después de todo…

– ¿A que se refiere? – preguntó Gary  intrigado sin atrever a acercarse.

Sin contestarle, Bundy se lanzó a la carga con el taco de billar apuntando directamente a su garganta. En una maniobra sorprendentemente rápida, que nunca antes se habría creído capaz de realizar, Gary esquivó por los pelos la afilada punta, que fue a parar contra la pared que soportaba la estantería de los trofeos, que por el golpe cayeron al suelo, golpeando en su caída al viejo vedel. El joven Gunnes aprovecho el momento de confusión para zafarse de la ira homicida del anciano y salir de la bolera, hacia la salvación de la niebla.

Tuvo el tiempo preciso, justo, para cerrar la puerta tras de sí, y trabarla con lo primero que encontró, irónicamente un palo de fregona, antes de que Bundy la empujara con fuerza, impropia para su edad y condición. La puerta, soportó unas cuantas embestidas más antes de que todo se sumiera en un profundo silencio. Parecía que el viejo había cejado en su empeño.

Entonces pensó que tal vez, Bundy se había herido al golpear la puerta y ahora yacía inconsciente en el suelo de la bolera. Por unos instantes, pasó por su cabeza la idea de volver a entrar para comprobar el estado de salud de su atacante, pero entonces cayó en que, tal vez, simplemente, Bundy estaba buscando la puerta de salida trasera de la bolera, pero él no se iba a quedar allí para comprobarlo. Era el momento de decir adiós al viejo y psicótico vedel.

Decidió entonces que lo más práctico era buscar una forma de salir de allí, y lo más lógico era buscar la estación de autobuses Grey Hound, que eran de línea interestatal, pero por desgracia, contaba con un handicap en el que no había caído: sabía que la estación estaba en la parte vieja de la ciudad, pero no recordaba cómo llegar hasta allí. Recordaba que había autobuses metropolitanos que pasaban cada veinte minutos, o al menos lo hacían, y que una de las paradas estaba justamente al lado del Jack’s Inn, de modo que si había perdido el último, siempre podía alquilar una habitación para pasar la noche, hasta que la niebla se disipase.

Caminó hasta la parada de autobuses para comprobar los horarios. El último de ellos pasaba a las 9 de la noche, así que aún estaba a tiempo de cogerlo. Se miró el reloj de pulsera para comprobar la hora, pero para su sorpresa, éste se había detenido a las 22:15. No tenía forma de saber la hora que era. En los scouts le hubiesen dicho que intuyera la hora que era mediante la posición del Sol, pero con aquella niebla, que podía cortarse con un cuchillo, era imposible saberlo. Abrumado y exhausto, se dejó caer en el banco de piedra de la parada, cuando  una voz desconocida lo sobresaltó.

– Ya puedes esperar sentado que no creo que pasen…

capítulo 2 ->


Bueno, aquí me tenéis de nuevo en otro de mis intentos literarios, esta vez inspirado en el universo de Silent Hill. Lo cierto es que no pensaba publicarlo, al menos hasta que no lo tuviera un poco más adelantado o tuviera mejor pinta, pero como últimamente tengo cierta sequía creativa, me he decidido a colgar este primer capítulo.

El problema de estas historias es que, al menos en mi caso, sabes cómo comienzan y cómo acaban pero el problema reside en cómo conectarlos sin que el ritmo ni la narración decaigan, algo especialmente complicado en el mundo de la brevedad de los blogs.

Por supuesto, estoy abierta a toda clase de críticas, aunque sean del tipo John Carca.