Silent Hill: Hidden Memories, capítulo 2

<- Capítulo 1 

 

Un encuentro casual

La muchacha lo observaba, divertida, con los brazos en jarra. Era sorprendentemente bella. Tenía el pelo corto y ondulado, de color azabache, y una piel bastante clara que contrastaba con el color del cabello, pero sobretodo tenía unos intensos ojos azules, que por un momento le hicieron sentirse incómodo y le obligaron a retirar la mirada. Ella se dio cuenta y sonrió por el efecto que había provocado sin querer.

– Ya llevo esperando dos horas y no he visto pasar ninguno, eso sin contar – dijo sin dejar de sonreír – que eres el primer ser humano que he visto…

– El autobús de línea debe haber tenido una avería. – le respondió Gary sin dejar de mirar el suelo.

– ¡Vaya por Dios! – exclamó la chica – ¡Menuda visita turística! Tenía que haberme quedado en casa. Por cierto, ¿Cómo te llamas?

Aquella pregunta pilló con la guardia baja a Gary. Le pareció que la chica estaba siendo demasiado entrometida, pero aún así, le respondió.

– Gary.

– Yo me llamo Alice, pero mis íntimos – le dijo con una mirada sugerente que parecía esconder una doble intención – me llaman Honey…

– Entonces, te llamaré Alice – le cortó bruscamente.

Lejos de sentirse ofendida la chica se dio la vuelta y empezó a caminar con paso alegre hacia la recepción del Jack’s Inn. Él la vio alejarse, sin atreverse a decir nada. La actitud de la chica, por las familiaridades que se tomaba, le habían incomodado pero por otro lado, no le gustaba la idea de quedarse sólo allí, plantado en medio de la niebla. La sensación de soledad le invadió, así que aunque por alguna razón que no llegaba a comprender, la presencia de la muchacha le hacía sentir molesto, no quería quedarse sólo en medio de aquella niebla tan densa.

– ¡Hey, espera! – alcanzó a gritarle Gary, pero la silueta de la chica se había convertido en una simple mancha borrosa, alejándose en dirección a la recepción del motel.

Se levantó y corrió en aquella dirección, pero cuando llegó a aquel punto, ella ya se había desvanecido. El ruido súbito de una puerta al cerrarse, le indicó que la chica debía haber entrado ya en el Jack’s Inn, así que se limitó a seguirla sin tener en cuenta si estaba invadiendo una propiedad privada o no. Nada más entrar, le chocó que el interior estuviese completamente sumido en la más profunda oscuridad. Tanteó el bolsillo hasta dar con el viejo mechero zippo que había pertenecido a su padre y que tenía una curiosa inscripción compuesta por tres circulos inscritos dentro de otro de mayor tamaño, a la que no le había prestado nunca demasiada atención. La débil luz del mechero, que apenas iluminaba más allá de dos metros, mostraba el penoso estado en que se encontraba el mostrador del motel, que parecía abandonado desde hacia muchísimo tiempo, tal vez años, así como las paredes, cuya pintura se caía a pedazos.

– ¿Alice?… – empezó a llamar Gary, primero casi como un susurro para acabar gritando a pleno pulmón – ¡¡Aaalice!!

Pero no obtuvo respuesta, lo que no era normal puesto que la recepción del motel era un edificio pequeño y por descontado sus gritos debían oírse casi hasta en el estado vecino. Sin previo aviso, el grito desgarrado de una sirena antiaérea comenzó a retumbar con fuerza, casi destrozándole los tímpanos, mientras un dolor intenso, terrible, le perforaba el cerebro y sentía nauseas y la sensación inconfundible de no poder respirar. Era como si cayera en un profundo y oscuro pozo en el que no se podía ver el fondo, hasta que finalmente se desmayó.

Al despertar, todo había cambiado. Las paredes descascarilladas se habían convertido en rejas de alambre de espino de las que parecían colgar trozos de carne, cubiertas de sangre, y un olor a óxido y carne putrefacta inundaba toda la estancia. Gary hizo un esfuerzo enorme por no vomitar, a pesar de la punzada penetrante que sentía en la boca del estomago. Pero no sólo había cambiado el aspecto de la sala, ¡ya no se encontraba en el Jack’s Inn! Había mesas regularmente dispuestas en mitad de la habitación que estaba presidida por una de mayor tamaño, y por un lienzo de piel humana de más de dos metros de ancho. Aquello no eran mesas, eran pupitres, y aquello tampoco era el Jack’s Inn, era la vieja escuela elemental de Midwich donde había pasado la mayor parte de su infancia.

Entre todo aquel óxido y aquella sangre, sólo un cartel, situado sobre el dintel de la puerta, podía leerse perfectamente: "1B". Era demasiada coincidencia para ser fruto del azar, pero lo cierto era que Gary, sin saber bien cómo, había acabado en la clase en la que había cursado primero de primaria, una clase que, además, contaba con su propia leyenda urbana. Se levantó y se dirigió hacia el pequeño pupitre que destacaba entre el resto, por estar justo en el centro de la habitación y porque el resto de mesas habían sido separadas a propósito para dejar aquella a la vista. Le pasó la mano para quitarle el polvo, por encima de las marcas inscritas a conciencia, y con ira, en su superficie. Aún se podía leer perfectamente "Hazte la muerta", con letras infantiles grabadas con fuerza, con algún instrumento cortante. No pudo evitar sentir un escalofrío que le recorrió el espinazo.

Todo edificio tiene una leyenda negra y la Escuela Elemental Midwich no era una excepción. Todo había sucedido 15 años antes de que Gary naciera, pero era un tema que los habitantes de Silent Hill habían preferido olvidar y borrar para siempre de su memoria. Hacía exactamente 40 años, la pequeña propietaria de aquel enigmático pupitre, había muerto trágicamente en un incendio, después del cual, siempre según lo que comentaban los vecinos, su propia madre, que poseía una tienda de artículos esotéricos en la zona vieja del pueblo, se había vuelto loca. Eso era todo lo que los mayores se atrevían a contar a los niños porque cuando se les preguntaba abiertamente sobre el destino de aquella desgraciada mujer o lo que había sucedido en el pueblo durante esa época, los pocos residentes que quedaban aún, giraban la cara o respondían con un amenazante "¡vete de aquí, mocoso, o sabrás lo que es bueno!". Las ágiles mentes infantiles pronto habían empezado a forjar la leyenda de la misteriosa Alessa, al fantasma de la cuál, acusaban de ser el responsable de todas las cosas malas que ocurrían en el colegio, desde los atascos en los urinarios a los exámenes sorpresa. Por supuesto, aquella maldición se hizo extensible a todo lo que tuviera que ver con ella, incluido áquel pupitre maldito sobre el que recaían rumores terroríficos. Todos los niños conocían la historia del hermano de un amigo de un amigo, que había sufrido la venganza de Alessa y había muerto en extrañas circunstancias por sentarse allí, por eso, todos sin excepción, evitaban sentarse en él, todos menos Kevin Bradford.

Gary sacudió la cabeza. No sabía porqué en aquel preciso momento, se había acordado de Kevin, en aquel lugar que no invitaba precisamente a rememorar los buenos tiempos de cuando iba a primaria. Buscó la puerta del aula, sorteando los boquetes abiertos en el suelo y por los que se podía ver un profundo abismo sin fondo. Sin duda, aquello sólo podía tratarse de una pesadilla, no podía existir algo asi en la realidad.

El mechero empezó a dar muestras de que se le estaba agotando el combustible, de modo que aceleró el paso y abrió la puerta, justo en el momento en el que el viejo zippo daba sus estertores finales. Lejos de encontrarse de golpe con la oscuridad absoluta, un fogonazo de luz directo a la cara lo deslumbró, haciéndole entornar los ojos para poder adaptarse. A medida que su vista se acostumbró, pudo ver el macabro origen de la fuente de luz. Frente a él, un siniestro títere de tamaño natural colgaba de la pared con una pequeña linterna de 6 voltios incrustada en la boca. Parecía tan real, tan humana, tal vez demasiado. Gary no pudo evitar las nauseas y esta vez vomitó lo poco que aún le quedaba en el estómago, mientras, venciendo el asco, alargaba la mano para sacar la linterna. Al hacerlo, el títere pareció devolverle una sonrisa macabra, lo único que no parecía humano.

Con la linterna en su poder, comenzó a buscar la salida. Si aún recordaba bien, la clase de 1B se encontraba en el ala oeste del colegió, que tenía una curiosa forma simétrica con un patio central dominado por la vieja torre del reloj, que llevaba años precintada. Según avanzaba lentamente por el pasillo, algo llamó su atención. Hasta aquel momento, siempre había pensado que estaba completamente sólo allí, pero ahora, justo al fondo del pasillo y tras una reja que obstruía el paso, podía ver gracias a la linterna, la figura de un niño pequeño que no debía tener más de 5 años y que le miraba cabizbajo. Era moreno y con los ojos de un color que ya había visto antes. Eran como los de Alice.

-¡Espera! – le gritó Gary – ¡No te muevas! ¡Es peligroso, intentaré llegar hasta tí!

Lejos de hacerle caso o responderle, el niño salió corriendo hacia la entrada.

Debía atravesar aquella maldita verja que se interponía en medio, sin ninguna lógica. Sabía que las aulas, al menos durante los cursos que pasó allí, se comunicaban entre ellas por una puerta medianera, de modo que entrando por el aula más cercana podría atravesar al otro lado a través de la puerta, y eso fue lo que hizo.

Repentinamente, el móvil empezó a crepitar sin previo aviso, como una radio que sufriera de parásitos e interferencias, pero aquello no era normal en un aparato de alta tecnología como aquel. "¿Qué demonios le pasa a este maldito trasto?" pensó, sin percibir la forma indefinida que se le acercaba, balbuceando y arrastrando sus extremidades. Gary levantó la vista en el momento justo en el que aquella cosa se le tiró encima, pero a tiempo de esquivarlo, cayendo al suelo del empujón. Enseguida se incorporó mientras contemplaba horrorizado aquel ser que parecía humano pero que, como todo lo que ahora le rodeaba, era más propio de una pesadilla. Aquella cosa parecía una persona que hubiese sido "amasada", perdiendo su estructura ósea y convirtiéndose en un amasijo de extremidades, sangre y pus, que se apoyaba en una sola pierna, fuerte y robusta, y arrastraba la otra, que no era más que un muñón deforme. Pero lo peor era su cara. Su cabeza había sido incrustada en el pecho en un ángulo imposible y la expresión de su cara, completamente hinchada y deforme transmitía todo el terror y la desesperación posibles.

Instintivamente, Gary buscó algo con que defenderse. "Si tuviese una pistola", pensó, pero allí no había nada de eso, sólo había tuberías y tela de malla ensangrentada. Como pudo, arrancó una de las tuberías que sobresalian de la única pared de obra, tirando con todas sus fuerzas, y a continuación, con un movimiento que habría enorgullecido a su padre si esto hubiese sido un campo de beisbol de la liga infantil, golpeó con fuerza la cabeza de aquel monstruo, que se tambaleó, herido, pero sin llegar a caer. Gary repitió la operación un par de veces más hasta que finalmente, aquella cosa cayó al suelo, muerta.

¿Qué era aquello? ¿Qué estaba sucediendo? Por alguna razón, que aún no llegaba a comprender, en lo único en que podía pensar no era en su salvación, sino en aquel niño pequeño que deambulaba por allí con aquellas cosas rondando. No había tiempo que perder, tenía que salvarlo.


En primer lugar, me gustaría agradeceros la paciencia que estáis teniendo conmigo y mis relatos. Sé que os gustaría más saber cómo acaba ese experimento de La Muerte Blanca, pero proseguir la continuación de Los Recuerdos Ocultos se lo debo a Baalard, cuyo relato me ha servido de inspiración y toque de atención, y por eso se lo dedico en especial. Ya hay un capítulo 3 acabado, pero también un analisis de Silent Hill Homecoming, pero sobretodo muy poco tiempo para planificarlo. Eso no quiere decir que haya olvidado mi relato más longevo, ya que la Muerte Blanca está pensada hasta en su epílogo final, pero lo dificil es plasmarlo en papel.

Por eso, de todo corazón, gracias por perder vuestro tiempo en estos experimentos.