Silent Hill: Hidden Memories, capitulo 3

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Al Abismo 

Cruzó el aula para volver a salir al pasillo, esta vez al otro lado de aquella verja. Del niño, sin embargo, no había ni rastro. En su lugar, unas formas ya conocidas se arrastraban hacia él, atraídos por la luz de la linterna.

Aquellas cosas eran fuertes, tal vez demasiado para un combate directo contra las dos, pero eran lentas, así que Gary sopesó la situación: si conseguía llegar corriendo hasta allí, tal vez podría evitarlos, pero para eso tenía que apagar la linterna y volver a quedar a oscuras e indefenso.

Apagó la linterna y arrancó a correr hacia donde calculaba que se encontraba el hueco entre las dos criaturas. Sintió como su hombro derecho rozaba con una de ellas, pero ésta ni siquiera se inmutó, pero tampoco él, que siguió corriendo a ciegas. La dura realidad le golpeó en forma de pared de cemento, la misma pared que marcaba la esquina del pasillo oeste pero que no había podido esquivar a tiempo por tener la linterna apagada. Notó como la sangre le resbalaba por la cara pero no sentía dolor: el golpe había dejado la zona tumefacta pero el calor de su propia sangre le reanimó. Se levantó de un salto y volvió a encender la luz. Los dos monstruos que había dejado atrás, ahora lo podían ver perfectamente y se dirigían hacia donde él se encontraba todo lo rápido que sus deformes piernas les permitían, pero eso ya le daba igual porque no conseguirían atraparle, y más ahora que se encontraba a las puertas de la entrada principal.

Ahora podía verlas con claridad. Huir era imposible. Un grupo numeroso de aquellas cosas estaba allí, plantado delante de la puerta de salida, y eran tantas que dificilmente podría esquivarlas sin que se le echaran encima, y además, ahora también ellas, se dirigían hacia él atraidas por la luz, mientras a sus espaldas, las otras dos que había dejado atrás también se le acercaban peligrosamente. Sólo le quedaba una via de escape, las escaleras del segundo piso con las que lo único que conseguiría sería alargar un poco más aquella agonía.

Subió los escalones a trompicones y entró en la primera puerta que estaba abierta. Parecía el laboratorio de ciencias y por lo visto, en aquel mundo de pesadilla, era la única sala que tenía mobiliario, aunque sólo fuesen aquellas estanterías repletas de libros mugrientos y con una inexplicable capa de óxido. Empujó la más cercana y bloqueó la puerta, esperando que ninguna de aquellas criaturas le apareciese por detrás. Por fín, el móvil dejó de crepitar y la habitación quedó en silencio.

La cabeza empezó a darle vueltas y sintió como el mundo desaparecía poco a poco en la niebla que se formaba en sus ojos hasta caer inconsciente.

"- Kevin es estúpido – dijo Josh – No sé quién se cree que es ni tampoco que hace para que el conserje Bundy le dé tantos juguetes.

– A mi no me cae mal – le respondí – y es muy valiente.

– Eso o es tonto del culo. Hasta la seño se ha quedado alucinada.

– Pues a mi me gustaria ser su amigo. Me parece un chico guay aunque siempre se le vea tan triste.

– ¡Pues por eso es tonto! – exclamó Josh – ¿¡Cómo se puede estar triste con la cantidad de juguetes que tiene!?"

Gary despertó, de repente, sobresaltado y empapado de una mezcla de sudor y de su propia sangre. Ahora, una vez despierto, toda aquella pesadilla desaparecería, pensó, pero en lugar de eso, continuaba en aquella habitación con olor a óxido. El diálogo que acababa de revivir no era un sueño, sino un recuerdo de cuando iba a primero y se hizo amigo de Kevin Bradford.

Kevin siempre había sido un muchacho con una expresión triste dibujada permanentemente en el rostro, pero esa melancolía no había sido impedimento para que desde primero hasta el momento en que tuvo que marcharse del pueblo, él y Gary fuesen amigos íntimos. Tampoco se preocupó entonces por saber el porqué de aquella tristeza. Gary simplemente se contentaba con hacer reir a su amigo por unos instantes. Todo el mundo lo decía: Gary se había convertido en un auténtico revulsivo para el pequeño, su presencia era casi terapéutica, sobretodo en la época en la que el pequeño Kevin enfermó de repente y estuvo a punto de morir de una indigestión, o al menos eso era lo que sus padres le habían dicho cuando preguntó. ¿Se refería el viejo Bundy en la bolera a su amigo Kevin? Pero si era así, ¿por qué había dicho aquellas cosas si él era la última persona en el mundo que le haría daño?

Ya estaba bien de recuerdos inútiles que no lo sacarían de allí. Si quería escapar, tendría que empezar a moverse, comenzando por quitar la estantería que aseguraba la puerta. Asomó la cabeza lentamente y miró a ambos lados del pasillo. Nada. Aquellas cosas habían desaparecido y el móvil, que aparentemente reaccionaba ante su presencia, permanecía en silencio. Salió al pasillo y avanzó hasta una de las aulas del piso superior, concretamente a la que correspondía a 5ºB. No tenía porque entrar allí, pero la curiosidad por entrar en otra aula en la que también había estudiado fue más poderosa que el sentido común. Por suerte, se encontraba vacía, a excepción de la mesa de la profesora Curtis, sobre la que había unos cuantos papeles.

Gary se acercó a la mesa para inspeccionarlos. Uno de ellos era un dibujo infantil con un monstruo de enorme cabeza cónica que tenía agarrado a un hombre con un mono azul, por los pelos. Estaba firmado por Kevin. A su lado, había una nota de la profesora, de su mismo puño y letra que rezaba:

"En mi clase hay un niño que me preocupa. Se llama Kevin. Seguramente lo conoceras, es ese niño que siempre tiene cara de funeral. Creo que abusan de él, pero dudo mucho que sea en su propia casa puesto que sólo vive con su madre y ésta no tiene pareja. Mi teoría es que el abusador forma parte del personal del colegio pero no estoy en condiciones de poder señalar abiertamente un culpable. Se lo comenté al director, pero no pareció importarle demasiado y más sin tener pruebas para acusar a nadie.

De todas formas, vigilaré a ese niño con atención.

Atentamente,
Felicity Curtis"

Gary no pudo evitar estremecerse al leer la nota. ¿Kevin había sufrido abusos? ¿Cómo era posible que él no se hubiera dado cuenta siendo su mejor amigo? La culpabilidad empezó a sacudirle el cerebro, y volvió a sentir nauseas, esta vez de un tipo completamente diferente. Abatido, se dejó caer apoyándose en la pared, y lloró como hacía mucho tiempo que no lo hacía. Sin embargo, de nada le servirían sus lágrimas a Kevin, que ya llevaba muerto trece largos años. Su muerte, al caer de la azotea del colegio, coincidió con la enfermedad de Gary y la marcha definitiva del pueblo. En su día, nunca pensó que pudiera tratarse de un suicidio sino que era  la maldición de Alessa, pero ahora, después de leer aquella nota, estaba seguro de que así fue, y qué fue lo que le llevó a hacerlo. Lo peor era que todo aquello le podía haber pasado a cualquier niño, incluido a él.

Un ruido en el pasillo interrumpió sus sollozos. Al asomarse, enfocó involuntariamente a la criatura que se acercaba hacia él, pero ésta ni siquiera se inmuto. Era diferente al resto: no reaccionaba ante la luz y caminaba como una persona normal, salvo por una ligera cojera. La sorpresa inicial dió paso a la curiosidad por saber qué demonios hacía allí Bundy, que no era otro que la criatura que deambulaba medio desnuda por los pasillos del viejo colegio como un alma en pena. El conserje se encaminó a ciegas, como si conociese a pies juntillas aquel edificio que  se había transformado y parecía irreconocible, como si llevase allí toda su vida, hacia la azotea, un lugar que quedaba vetado para todos los estudiantes y al que sólo podían acceder bajo la supervisión de un adulto.

Un golpe de aire frio le azotó la cara en el momento justo en que salió al exterior. A pesar de que no debían ser ni las dos del mediodía, calculó, en realidad parecía noche cerrada y apenas podía ver al señor Bundy gracias a la débil luz de la linterna. El conserje se acababa de agachar y recogió del suelo un objeto que Gary no podía ver porque el anciano se interponía. Se acercó un poco más, sigilosamente, pero no demasiado, aún temía el fino sentido del olfato que Bundy había demostrado en su anterior encuentro. Ni siquiera pareció percibir su presencia, pero algo le alertó porque empezó a agitarse, temeroso, buscando la fuente del imperceptible sonido. Pronto, Gary también lo escuchó. Era el ruido inconfundible de algo metálico arrastrándose sobre el cemento, algo pesado y grande. Una forma triangular empezó a destacarse iluminada por el debil haz de luz de la linterna, una especie de casco piramidal que culminaba un cuerpo humano descomunal, cubierto de sangre y grasa, que Gary ya había visto antes. Era uno de aquellos jueces de los tiempos de los fundadores que tanto terror les habían provocado después de la instructiva visita escolar a la Sociedad Histórica de Silent Hill, y el mismo que Kevin había dibujado como medio de escape a su desgraciada existencia.

Aquel ser se dirigió amenazante hasta Bundy, que no había tenido tiempo de reaccionar, y levantó el enorme cuchillo que transportaba, con una sola mano, mientras con la otra, que tenía libre, agarró súbitamente los cuatro pelos que aún le quedaban en la cabeza a Bundy, levantándolo del suelo. El conserje gritaba como un cochinillo el dia de la matanza pero Gary no podía reaccionar, se había quedado completamente paralizado, ante la inminente ejecución de aquel desgraciado. Pero de repente, algo cambió. El juez soltó a su presa, que cayó temblando al suelo, y miró, o eso le pareció, porque aquella cosa no tenía ojos, hacia donde se encontraba él. Gary retrocedió instintivamente , pero aquella cosa se dirigía directamente hasta donde él estaba, cada vez más rápido y ágil, como si el cuchillo de casi dos metros no le pesara nada. Estaba casi en el borde de la azotea, un paso en falso y caería al abismo, pero tampoco tenía ningún sitio donde huir. El juez levantó el cuchillo para asestar el golpe final, pero el golpe no dio en su objetivo. Gary se había dejado caer.

"- ¿Por que quiere que suba, señor Bundy? – le contesté – Ya sabe que no nos dejan subir sólos…

– Sólo no vas a estar – me respondió Bundy – además, yo vendré en unos minutos. Tengo algo que te gustará, ya verás.

– ¿Es una GameBoy?

– Mejor – sonrió maliciosamente.

Esperé unos minutos en la azotea. Aunque era primavera, hacía un poco de frio por culpa del viento. De repente, la puerta se abrió, pero en lugar de Bundy, apareció Kevin.

-¿¡Qué haces aquí!?- me gritó enfadado

– Nada, el señor Bundy me dijo que me daría un regalo, como los que te da a tí.

– ¡Vete ahora mismo, imbécil! – me gritó rabioso con lagrimas en los ojos.

– Claro, para que sólo te los de a tí ¿no? – le respondí también enfadado y dispuesto a no perder la ocasión de ganar una GameBoy.

– ¡Lárgate! – me gritó dándome un empujón que me hizo caer de culo en el suelo.

Kevin se giró, dando por acabada la discusión y creyendo que me había rendido. Pero la rabia que sentí en ese momento pudo conmigo y me avalancé sobre él empujándole. No había calculado ni el exceso de fuerza, potenciado por la ira, ni que Kevin no se lo esperaba, pero el resultado no podía haber sido peor, y Kevin cayó al vacio. Al asomarme, sólo pude ver su cuerpo, muerto, y su cuello, quebrado en una posición imposible. Luego, sólo oscuridad."

Una patada devolvió a la vida a Gary.

– Ya era hora – dijo una voz femenina que reconocía perfectamente en tono sarcástico – ¡Menudos sitios escoges para echarte una cabezadita!


Bueno, como dice el dicho "más vale tarde que nunca". De hecho, esta parte llevaba bastante tiempo escrita, pero pensaba publicar antes la última parte de La Muerte Blanca, algo dificil por la falta de concentración de trabajar en casa (demasiadas distracciones).

Espero que os haya gustado, pero sino, no pasa nada porque al fin y al cabo, siempre se puede mejorar.