La Muerte Blanca – Capítulo VI

Capítulo VI

Allí estábamos, plantados ante un enemigo que permanecía oculto y que sabíamos que era capaz de arrancarle la cabeza a un hombre adulto con sus propias manos, como el pobre Levy había demostrado de forma involuntaria. Sin dudarlo ni un segundo, disparé al vacío de la oscuridad, esperando acertar en aquella silueta que apenas se insinuaba en la penumbra, apuntando hacia donde calculaba que debería estar su pecho. El ruido inconfundible del proyectil atravesando la carne, que siguió inmediatamente al de la explosión de pólvora al disparar, atestiguaba que había acertado de lleno en mi objetivo, pero lejos de matarlo o simplemente detenerlo, el asesino continuaba con su risa macabra, aún más exagerada si cabe. No había duda de que todo aquello, y nuestros vanos intentos de matarlo, le divertían.

Pero de repente, como un resorte activado sin previo aviso en su cerebro, el asesino arrancó a correr en dirección a nosotros. Ahora, una vez abandonada la cobertura de las sombras, pudimos ver perfectamente su cara. Era Jasper, quién creíamos erróneamente que había entrado en estado de coma terminal.

Volví a apuntar el arma con ambas manos, firmemente, dispuesta a no fallar, pero esta vez, apuntando a la cabeza, el único punto que se había demostrado vulnerable en ellos. Pero Jasper era rápido y en dos zancadas se puso a mi altura. Por eso, no podía fallar. Era o él o yo, o la salvación de todos nosotros o mi propia muerte. Me preparé para el impacto.

Entonces sucedió algo que no había tenido en cuenta. Cuando estaba preparada para disparar mi última esperanza, sentí como alguien me tiraba hacia atrás con una fuerza insospechada, tanta como para hacerme caer de bruces al suelo, justo a tiempo para ver pasar a Jasper delante de mí, como una exhalación, hacia la puerta. Me giré lo justo para ver que había sido Eric el culpable de hacerme errar el disparo pero también de haberme salvado la vida, mientras Jasper seguía su carrera alocada hacia la puerta principal, ante la mirada atónita del resto, que aún desconocían lo que le había ocurrido a Levy.

– ¡Ya te tengo! – oí gritar a una voz conocida.

Era Hawkins. Había conseguido ponerse a la altura de Jasper y lanzarse sobre él, cargando sobre su brazo derecho como un jugador de rugby. Un ataque de ese tipo habría hecho caer incluso a un hombre fornido, pero para Jasper, Hawkins era como un niño pequeño que se aferraba al brazo de su madre durante una pataleta, sin efecto alguno. Pero algo cambio en él. Dejo de reírse.

Con la mano que le quedaba libre, agarró del cuello a Hawkins y lo levantó del suelo como a un muñeco, mientras con la otra mano le agarraba del brazo derecho. Y entonces, de un rápido y breve tirón, como si se tratase del pétalo de una margarita y no de un brazo humano, Jasper se lo arrancó de cuajo a Hawkins, que empezó a aullar de dolor, mientras se iba desangrando rápidamente. El asesino tiró el despojo sosteniendo aún a su víctima en el aire, mientras le miraba a los ojos sonriente, como una hiena que juega con su presa.

Todos contemplábamos la escena sin saber cómo reaccionar, mientras veíamos morir ante nuestros ojos a nuestro compañero, petrificados. Si hubiese querido acabar de la misma forma con todos nosotros, lo habría podido hacer sin problemas, porque ninguno le hubiésemos opuesto resistencia. Pero incluso en los momentos más funestos, siempre existe un rayo de esperanza, y en este caso, ese rayo lo personificó una llamarada incandescente que le alcanzó de lleno en la cara, desde delante. Mientras Jasper se retorcía intentando infructuosamente apagar las llamas que consumían su piel, la llama avanzó hacía él, movida y controlada con un simple spray por una persona a quién nunca creeríamos capaz de algo así. Se trataba del anciano Roberts, que seguía avanzando hacia él, sabedor de que por fin había encontrado el punto débil de aquellas criaturas.

El infectado cayó al fin al suelo, desplomado y aún ardiendo, mientras aquella sustancia negra escapaba de su boca estremeciéndose como un ser vivo, para acabar tan muerta como su huésped. Finalmente, Megan reaccionó y fue corriendo hasta donde se encontraba el cuerpo empapado en sangre de Hawkins.

– ¿Está vivo?- preguntó Roberts apuntando hacia el cadáver de Jasper con su lanzallamas improvisado  aún en la mano, aunque de todas formas ya conocía la respuesta.

Megan buscó el pulso en la carótida y negó con la cabeza. Hawkins había muerto del shock provocado por la hemorragia, hacía apenas unos segundos, y con una herida de ese tipo, cualquier intento de reanimación resultaba imposible.

– ¿Qué ha pasado?- nos preguntó finalmente Dawson, después de unos segundos en silencio que me parecieron eternos.

– Levy… ha muerto – le respondió con un atisbo de voz Lynn que había permanecido todo el rato en el umbral del pasillo que llevaba a la enfermería – Jasper estaba contagiado… y nosotros… ¡nosotros dejamos que pasara! – gritó llorando, dejándose llevar por la tensión acumulada.

– ¿¡Cómo podíamos saber que algo así iba a pasar!?  – le respondió Megan alzando la voz, también con lágrimas en los ojos.

– ¡Pasó con Lee! ¡Y sabíais en qué se había convertido!- estalló Lynn

– ¡No seas imbécil! – oí gritar a mi lado a Eric, algo que nunca antes había hecho – ¿Qué querías que hiciéramos? ¿Matar a  Jasper como medida de precaución? ¿Acaso te estás escuchando a ti misma?

Lynn enmudeció. Eric tenía toda la razón. Por mucho que hubiésemos podido sospechar que Jasper había sido contagiado, no habríamos podido matarlo a sangre fría, aunque podíamos haberlo aislado preventivamente. Nuestro fallo había sido precisamente olvidarnos de él, creyendo vanamente que sólo estaba en coma y que no suponía ningún peligro.

– Al menos sabemos que no soportan el calor, – interrumpió Roberts – algo es algo.

– Aplicado de esa manera, – le respondió Eric – ni ellos ni nadie.

– Algo de razón tiene el profesor. – dijo Megan acercándose hasta donde se encontraba el cadáver – Parecen inmunes a las balas, y lo único que parecía funcionar era cortarles la cabeza. Que haya otra forma nos da más posibilidades de poder salir vivos de aquí. Lamentablemente, no hay más sprays por aquí para que podamos llevarlos encima, es más, ni siquiera sé cómo logró pasarlo por la aduana estando prohibidos aquí…

– Estar en una base perdida en medio de la nada – le respondió Roberts con una sonrisa burlona – no significa que deba olvidarme de cuidar mis mejores atributos – dijo mesándose su tupida y blanca cabellera.

La cruda realidad era que sólo teníamos un hacha, una pistola que no servía para nada y un spray a punto de agotarse, para defendernos. Estábamos completamente vendidos ante cualquier nuevo ataque, viniese de donde viniese, pero lo menos que podíamos hacer era intentar resistir.

– No… no nos hacen falta más sprays. – susurró Eric a mi lado – Yo sé como hacer bombas incendiarias…

Todos nos giramos al unísono, asombrados por lo que acabábamos de oír, exigiendo con la simple mirada una explicación. Antes de que nadie dijera nada, Eric prosiguió:

– ¿Conocéis "El libro de cocina del Anarquista"? – preguntó sin esperar una respuesta, como quien da una clase magistral – Es un libro prohibido que trata sobre cómo fabricar bombas… digamos que yo me encargue de distribuirlo en la Red durante una época y que probé algunas de sus recetas…

– ¿¡Eres un terrorista!? – exclamó Suresh con la mejilla aún bañada en sangre – ¡Sabía que no debía fiarme de ti! ¡Estáis todos locos!¡¡Todos!!

– ¿Y eso que importa ahora? – le grite al hindú intentando calmar la situación – Lo primero es salir de aquí, y luego, si sobrevivimos, ya nos preocuparemos del pasado de cada uno, ¿de acuerdo?

Suresh se calmó casi instantáneamente, más por el hecho de saber que yo aún llevaba encima la pistola y que no dudaría en usarla, al menos para amenazarlo, como ya había hecho con Levy, que por mis palabras. Megan volvió a tomar el control de la situación:

– Eric, ¿que te hace falta para fabricarlas? – le preguntó esbozando una sonrisa forzada que parecía más una mueca – Como ves, no tenemos mucho tiempo.

Con todo lo ocurrido, casi nos habíamos olvidado por completo de los infectados, que continuaban lanzando bolas de nieve contra los cristales, que, a pesar de ser reforzados, empezaban a resentirse. Sus gritos y sus burlas, se habían convertido en un eco monótono y monocorde que ya ni siquiera nos afectaba.

– Sólo necesito algunas cosas que haya en la cocina y en el almacén, y alguien que me ayude a transportarlas y, por supuesto a construir las bombas – dijo Eric lanzándome una mirada cómplice.

Todos asintieron. Juntos, Eric y yo nos dirigimos a la cocina primero, en busca de recipientes de plástico, vidrio y metal en los que realizar las mezclas. Mientras rebuscaba en los armarios, las manos me temblaban sin control haciendo tintinear de forma involuntaria las botellas, hasta que finalmente una se me cayó al suelo, reventando en una miriada de pequeños cristales transparentes. Enseguida, Eric acudió a mi lado y me tomó ambas manos en las suyas, apretándolas contra su pecho.

– ¿Qué? ¿Estás mejor?

Hasta ese preciso momento, no me había dado cuenta de lo importante que Eric era para mí. Intenté sonreír para tranquilizarle, como había hecho antes, pero no pude y en su lugar, las lágrimas que tanto tiempo había estado reteniendo, empezaron a brotar sin control entre sollozos. En respuesta, él me abrazó suavemente, susurrándome un dulce “ya estᔠal oído. Permanecimos así unos segundos, abrazados sin movernos, hasta que no pude evitar romper aquel momento mágico.

– Si querías que nos enrollásemos en la cocina, no te hacían falta excusas – le dije intentando sonreír mientras me limpiaba las lágrimas.

Lejos de ofenderse, me devolvió la sonrisa.

– Eres de lo que no hay,… pero me gustas así. Anda, ve y acércame la sosa cáustica del almacén.

Poco a poco, reunimos todo el material necesario compuesto por toda clase de líquidos y materiales, los nombres de la mayoría de los cuales desconocía su existencia. Había compuestos a base de nitratos, así como ácido sulfúrico y otros productos tóxicos, que me resultaba imposible imaginar cómo Eric iba a convertirlos en una bomba incendiaria casera. Mientras él empezaba su labor de alquimista moderno, yo lo observaba por encima del hombro. Entonces, sin que yo le preguntase nada, Eric empezó a sincerarse conmigo sin dejar de prestar atención a lo que estaba haciendo.

– Estuve en la cárcel por esto, ¿sabes? – me dijo cabizbajo – Me cayeron cinco años  por distribuir ese tipo de información en la Red. Era joven, era estúpido, y nunca pensé que lo que hacía podía tener consecuencias más allá de las de ser un hacker comprometido, pero el FBI tiene una base de datos de libros prohibidos, así que no les resultó muy difícil seguirme los pasos. Sin embargo, nunca llegué a entrar en la cárcel: Malone se ofreció a limpiar mi expediente si me unía a la expedición y acataba sus órdenes.

– Por eso te hacía chantaje… – susurré al recordar como aquella vez, mientras discutíamos en la cocina, Malone había achantado a Eric.

– Exacto. – me contestó Eric – Supongo que al resto de vosotros os tenía cogidos por los huevos de forma parecida. Al menos a Levy seguro que sí.

– A mí no. – le respondí – Yo sólo respondí a un anuncio de periódico, pero entiendo a qué te refieres. Creo que ya está todo, ¿no?

– Sí – me dijo, cargando el pequeño carrito de la comida que nos hacía de improvisado transporte para las granadas caseras.

Habíamos podido fabricar unas once de aquellas bombas, que a continuación introducimos en una mochila más fácil de transportar. En realidad, a pesar de que cabían a duras penas en aquel macuto, no pensaban tanto como aparentaban y hasta yo podía llevarlas sin demasiados problemas. Era una lástima que sólo hubiésemos podido fabricar aquella cantidad, pero era lo único que podíamos permitirnos con el material que teníamos, aunque Eric me aseguró que su potencia era suficiente.

Cuando regresamos al hall, aún seguían discutiendo sobre qué debíamos hacer, si esperar un posible rescate que tal vez nunca llegase o si darles caza. Ninguna de las dos opciones era muy halagüeña pero tampoco nos podíamos quedar con los brazos cruzados. Entonces, Eric procedió a dar una pequeña clase magistral sobre cómo se utilizaban las granadas incendiarias.

– Estas bombas incendiarias se basan en la reacción química del fósforo. – dijo tratando de sonar lo más técnico posible mostrando una de ellas, sacada de la mochila que había dejado a sus pies – de modo que actúan como las de fósforo blanco que tiene el ejército, aunque en menor escala, es decir, que al explotar, queman todo lo que tengan en su radio de acción. Para activarlas es fácil, sólo tenéis que lanzar el bote de vidrio al suelo para que el oxígeno entre y se produzca la reacción. Cuando las lancéis, aseguraos de hacerlo bastante lejos de vosotros.

Todos estaban atentos a las explicaciones de Eric, casi absortos, tanto que apenas nadie se dio cuenta de que los ruidos y los gritos de los infectados habían cesado súbitamente. Cuando nos dimos cuenta ya era muy tarde: los cristales empezaron a volar y la puerta, reventada por las jambas, había cedido por completo ante el impacto de un objeto descomunal, una de las ruedas de la excavadora que los infectados habían lanzado contra la entrada. A partir de ahí, todo fue caos. Todos nos protegimos tras los sofás intentando cubrirnos de un ataque que nunca llegó, mientras los gritos de terror y pánico retumbaban en el hall. Yo traté de sacar la pistola del pantalón y quitarle el seguro pero las manos me temblaban demasiado de la tensión, y tardé demasiado. Cuando por fin salí de mi cobertura, apuntando hacia la entrada, todo parecía seguir igual. Ni siquiera habían tratado de entrar y ahora continuaban con su risa macabra mientras se les oía correr por la nieve. ¿Por qué no nos habían atacado si nos tenían acorralados?

– ¿¡Donde está la mochila!? – oí gritar a Eric a mi lado. Entonces yo también lo vi: la mochila con las granadas, que habíamos dejado en el centro de la habitación, ya no estaba. Todos se asomaron poco a poco para ver qué estaba pasando.

– ¡Mierda! – gritó Megan – ¿¡Dónde está Roberts!?

En ese momento todos nos miramos. El anciano profesor Roberts no estaba entre nosotros y ninguna puerta detrás nuestro se había abierto, por lo que el viejo geólogo sólo podía haber desaparecido por un punto, la puerta de entrada. Megan salió corriendo hacia el exterior, tras Roberts, pero Dawson la agarró del brazo a tiempo. Era una locura salir así, en plena ventisca, en ropa de calle, sin abrigo, pero en ese momento su propio bienestar era lo que menos le preocupaba.

– ¡Suéltame! – fue lo único que alcanzó a decir antes de que la onda expansiva de la detonación la hiciera caer de espaldas.

Una luz brillante e intensa inundó la oscuridad de la noche, cegándonos, una llama blanca que sólo podía ser fruto de las granadas que Eric y yo habíamos fabricado hacía apenas media hora. Entonces lo comprendí. Roberts había decidido autoinmolarse después del ataque, como medida desesperada, intentando atraer a los infectados hacia él para matar al mayor número posible de ellos, pero las risas macabras que se oían en el silencio de la noche demostraban que el sacrificio del anciano había sido en balde.

– ¡Todos a las salas interiores! – gritó Dawson mientras arrastraba a Megan que se había venido abajo entre sollozos.

Entonces fui consciente. No podríamos evitarlo ya, la Muerte venía a por nosotros.

 

 


Perdón por la espera, pero como veis, la historia sigue en marcha pero se ha ido retrasando por problemas de inspiración, ya que aunque a veces se tenga claro exactamente el desenlace y el desarrollo que va a tener un relato, cuesta expresar y unir esos conceptos que parecen tan claros en nuestra mente. A eso hay que añadir la dificultad narrativa que suponen los relatos en primera persona.

Espero que hayais disfrutado de esta parte.