La Muerte Blanca – Capítulo VII

Capítulo VII 

Decir que había pasado por situaciones peores sería adoptar la típica pose de heroína de película de acción de serie B de los ochenta, y, por supuesto, faltar a la verdad. Cierto es que criarse casi sin la supervisión de ningún adulto en uno de los barrios más problemáticos de Los Angeles, da para unas cuantas anécdotas sobre la inherente crueldad a la que puede llegar el ser humano pero nada comparable a ser perseguida por sádicos psicópatas poseidos por una masa viscosa, con ganas de desmembrar cualquiera de mis extremidades sin contemplaciones. Supongo que nada te prepara para este tipo de cosas.

Después de que los infectados consiguieran entrar, el caos se apoderó de la estación. Corrimos hacia los pasillos interiores del edificio, los que daban a las salas de laboratorio y a las habitaciones, intentando crear una barricada para frenarles. Aunque lo hicimos motivados por el miedo y la desesperación, en realidad, fortificar la entrada de aquellos pasillos suponía una ventaja táctica respecto a nuestra situación anterior: no había ventanas y sólo se podía acceder por aquella puerta, de modo que esa entrada se convertiría en nuestro particular paso de las Termópilas, un lugar donde resistir a pesar de nuestra clara inferioridad.

Eric y yo bloqueamos aquella entrada con todo lo que pudimos encontrar alrededor, pero era obvio que amontonar muebles detrás de aquella puerta no iba a conseguir detenerles. Necesitabamos algo mucho más resistente que nos sirviera para tapiarla y lo mas recomendable era soldar barras de hierro al marco de la misma. Por desgracia, el soldador de argón debía yacer, solitario y abandonado, sobre el frio suelo de hormigón del garaje, completamente fuera de nuestro alcance. La otra solución era tapiar la puerta con tablones y esperar que fueran los suficientemente resistentes como para impedir que entrasen. Para ello necesitaríamos encontrar una pistola de clavos o al menos el tradicional martillo, herramientas ambas que esperaba encontrar en alguno de los pequeños armarios de mantenimiento. La voz asustada de Suresh a nuestras espaldas rompió nuestra concentración.

– ¿Donde está Lynn?

– No lo sé. – le respondí sin girarme, mientras seguía apilando objetos ante la puerta – Estará con Megan y Dawson, pregúntale a ellos.

– Tampoco están. – su tono de voz era una mezcla de miedo e ira.

– Habrán ido a buscar más madera, – dijo Eric – seguramente la de los palets que aún quedan en el cuartillo de rayos X. Yo no me preocuparía demasiado.

– ¿Por qué no vas a buscarlos? – le dije desafiante al hindú, que permanecía como paralizado a nuestro lado – O mejor, ¿por que no arrimas un poquito el hombro y traes algo para bloquear la puerta? Es sólo una sugerencia, claro, no hace falta que corras. – apostillé tratando de sonar irónica.

Lejos de salir en busca del resto, Suresh se arrodilló al lado de Eric y empezó a clavar uno de los tablones con un objeto contundente de los que habíamos logrado apilar. Resignada ante la insinuación indirecta del científico de que fuese yo a buscarles, me dirigí a la sala de rayos X, esperando encontrar al resto del grupo, gritando sus nombres a viva voz por el camino. Ya no me importaba poder ser oída por alguno de aquellos engendros, sabía que estaban fuera y allí seguirían si mis dos compañeros hacían lo que debían hacer. Sin embargo, a pesar de dejarme las cuerdas vocales en el intento, no obtuve ninguna respuesta. Cuando llegué al cuarto de rayos X, la sangre de Levy seguía allí, viscosa y ya algo coagulada, empapando el suelo. Lo mismo que su cadaver descabezado.

– ¿Megan? ¿Dawson? – grité después de taparme le boca para tratar de no vomitar. Continué sin obtener respuesta alguna.

El débil haz de luz de la bombilla de revelar apenas lograba romper la oscuridad de aquella habitación, lo que ayudaba a abstraerse de algún modo de aquella escena del crimen tan macabra y sangrienta. Pero, a pesar de la tangible oscuridad, algo en el expositor donde se colocaban las radiografías para verlas al trasluz, me llamó la atención. Una solitaria radiografía reposaba sobre el cristal translúcido del expositor, dispuesta como para ser examinada, algo inusual teniendo en cuenta que el resto de radiografías descansaban en el suelo anárquicamente, en la misma posición en la que habían quedado al caer en el momento en el que Levy, que debía llevarlas en la mano, fue asesinado. Alguien debía haberla recogido del suelo y echado un vistazo en el expositor, la pregunta era ¿quién había sido?

Olvidándome por un momento de la razón que me había llevado hasta allí, encendí el interruptor del expositor, que respondió con una potente luz blanca que iluminó la pantalla, revelando una caja torácica translúcida sobre un fondo negro. Todo parecía correcto. Costillas, esternón, vertebras,… todo excepto una masa oscura que parecía rellenar el espacio que deberían ocupar los bronquios. Un escalofrío me recorrió el espinazo: aquella radiografía probaba que uno de nosotros estaba infectado, que el enemigo había logrado atravesar nuestras defensas. Horrorizada, comprobé, escritas con un trazo firme y armonioso propio del doctor Levy en rotulador negro, las iniciales del paciente: H.D.

Sin pensar en nada, ni siquiera en que Dawson, ahora convertido en uno de aquellos monstruos, podía salir de repente y atacarme sin más, eché a correr en dirección a la barricada todo lo rápido que aquellos pasillos tan estrechos me permitían. Al llegar allí, Eric y Suresh ya habían acabado de apilar todos los muebles y enseres que habían encontrado, y ahora se limitaban a contemplar su pequeña obra de ingeniería.

– ¡Dawson! – dije apenas sin aliento – ¡Es Dawson! ¡Dawson está contagiado!

– ¿Qué quieres decir? – preguntó Eric sujetándome de los brazos, tratando de tranquilizarme.

– He visto su radiografía, la que nos tomó Levy a todos antes de morir – respondí entre sollozos – Tiene esa cosa en su interior.

– No puede ser… – susurró Suresh completamente ausente de la realidad – No puede ser…

– ¿Y Megan? – preguntó Eric

– ¡No sé si está contagiada! ¡No tuve tiempo de mirar nada más!

– No es eso. Pero si Megan está con él, corre peligro. Debemos buscarles cuanto antes. – respondió él tratando de poner calma.

En ese momento recordé la pistola. Los nervios y, para qué negarlo, el pánico que había sentido al descubrir la radiografía, habían hecho que mi único pensamiento en aquel momento fuese, siguiendo mi instinto de superviviencia más elemental, simplemente huir. Eché mano a la parte trasera de mi pantalón, palpando el lugar donde aquella 9 milímetros debería estar, pero en su lugar sólo había aire: debía habérseme caído durante la huida o, peor aún, alguien debía habérmela cogido.

– ¡No está! – gemí – ¡la pistola no está!

– ¡No importa! – me respondió Eric mientras echaba a correr pasillo arriba – ¡No hay tiempo que perder! ¡Entre los tres, aunque estemos desarmados, podemos con Dawson! ¡Vamos!

Empecé a seguirle, corriendo tras él, mientras de reojo observaba el comportamiento de Suresh. Dubitativo unos instantes, arrancó a correr aunque no estuviese de acuerdo con la decisión que habíamos tomado, pero, por poco que le gustara, cualquier cosa era mejor que quedarse allí solo, vulnerable, como si llevase un cartel en la frente que dijese menú del día.

Examinamos una a una las habitaciones, primero los dormitorios, luego las zonas comunes, acabando con las salas de laboratorio, gritando sus nombres como si aquello no fuese una estación científica cerrada sino un enorme valle que acallase por su tamaño el más potente de los estruendos. Nada, ninguna señal de ellos.

Entonces oimos el grito de Suresh.

– ¡Están aquí! – exclamó señalando una de las puertas de las salas estancas de los laboratorios de biología, la típica que alguien se esperaría encontrar en una compañía farmacéutica que tratase con virus peligrosos, no en una base científica de la Antártida.

Nos acercamos apresuradamente a la puerta, de una aleación aislante de acero y titanio, para ver qué sucedía en su interior a través del grueso cristal que servía de visor. Efectivamente, tal como había señalado el biólogo, allí estaban los dos, sentados en el suelo, ajenos a todo aquello, pero algo no acababa de cuadrar: a pesar de lo calmados que parecían, Megan aún llevaba en la mano el hacha que había usado para decapitar a Lee. Tratamos de abrir la puerta, pero por mucho que lo intentamos, estaba firmemente cerrada.

– Es una puerta temporizada. – aclaró Suresh – Una vez cerrada, y aunque desactivemos el cierre, tardará cinco minutos en abrirse.

– ¡No podemos esperar tanto! – grité.

– Es una sala monitorizada. – dijo el hindú – Podemos saber que está pasando ahí dentro mientras esperamos que la puerta se abra. Venid.

El biólogo nos guió hasta una pequeña habitación contigua que abrió con una extraña llave de tarjeta que yo no había visto nunca.

– ¿Por qué nadie nos dijo que existía esto? – dijo Eric exponiendo en voz alta las mismas dudas que a mi me rondaban por la cabeza.

– Supongo que por algo lo llaman "acceso restringido" – sonrió autocomplaciente el científico, consciente de que acababa de dejar escapar un sarcasmo impropio de él.

En un panel, al fondo de la pequeña sala, se mostraban en un monitor de 42 pulgadas las grabaciones de cuatro cámaras diferentes: la de la sala estanca, otra que enfocaba directamente a la puerta que acababamos de tapiar, otra uno de los laboratorios ahora completamente a oscuras y la cuarta que mostraba el patio, cubierto por una ventisca. La doctora Gillespie y Dawson seguían en la misma posición. Parecían estar hablando.

– ¿Hay alguna forma de avisarles? – pregunté

– No. – respondió Suresh – Quiero decir, que sí la habría, si ellos tuviesen conectado el intercomunicador de ese lado. Si no lo activan, lo más que podemos hacer es escuchar de qué están hablando – dijo con resignación mientras pulsaba el intercomunicador de este lado.

La voz de Dawson llegaba alta y clara, filtrada y potenciada artificialmente por el sistema de sonido.

– Tienes que hacerlo. – se le oía decir – Ya casi no siento las piernas.

– ¡No puedo! – aulló Megan, mientras las lágrimas manaban de sus ojos sin control – ¡No puedes pedirme que lo haga!

– Eres la única que puede ayudarme y lo sabes. Yo no puedo hacérmelo a mi mismo, y sabes que una bala en el cerebro no solucionaría nada, sino que aceleraría el proceso.

– ¡Pero…! – la mujer se quedó unos instantes en silencio – …no es justo. Apenas hemos tenido tiempo…

– Lo sé. – dijo él sonriéndole mientras con la mano le acariciaba la mejilla como hacía siempre que intentaba reconfortarla – Te quiero.

– No puedo… – le respondió ella, besándole aquella mano que antes tantas veces había besado con pasión pero que ahora lo hacía con tristeza.

– Necesito que uno de los dos sea fuerte por ambos, y yo no puedo. Me muero, y eso es algo innegable. Aunque no lo hagas, el hombre que conocías habrá dejado de existir, mi cuerpo podrá seguir caminando por ahí pero yo ya estaré muerto. ¡No dejes que acabe así! – gritó tratando de soportar el dolor que parecía recorrerle el cuerpo.

– ¡¡No!! – aulló Megan para, a continuación, permanecer en silencio, apretando los dientes para no llorar, tragándose todos aquellos sentimientos que había mantenido ocultos y que afloraban ahora como un erupción volcánica incontenible – Deja al menos que me despida como es debido.

La geóloga se deslizó hasta poder mirar cara a cara a su amante, e hizo el amago de darle un beso en la boca, un último beso de despedida.

– No, – le respondió él con las escasas fuerzas que aún le quedaban, poniendo su dedo índice suavemente sobre los labios de ella – si lo haces te contagiarás también…

– Lo sé – susurró ella mientras le apartaba la mano y se fundía con él en un beso profundo, eterno, cómo si quisiese parar el tiempo para siempre y congelar aquel momento para la eternidad.

Cuando acabó se levantó y se sacó de la parte de atrás del pantalón una pistola 9 milímetros.

– ¡Maldita sea! -aullé echando a correr pasillo abajo al darme cuenta de que era ella la que me había robado la pistola en un descuido.

– ¿Qué ocurre?- preguntó Suresh sorprendido, como si no hubiese visto lo que acababa de pasar.

– ¿¡No lo entiendes!? – le grité al hindú mientras enfilaba ya en dirección a la cámara estanca – ¡Va a matarlo! ¡A pegarle un tiro!

Corrí con todas mis fuerzas los escasos metros que separaban la sala de control de la cámara estanca, que sin embargo se me hicieron eternos, cuando, de repente, un sonido ahogado pero a su modo, lo suficientemente estridente cómo para atravesar la gruesa puerta blindada que aislaba acústicamente la cámara, resonó por el pasillo blanco y esterilizado. Fue como si cien mil puñetazos de procedencia incierta me golpeasen al mismo tiempo, cómo si aquel disparo lo hubiese recibido yo en la sien, directamente al cerebro. Me dejé caer de rodillas, aturdida. De mi estado de shock, me sacó la voz de Eric, llamándome desde la sala de control.

– ¡Ven! ¡Corre! – gritó – ¡Megan se ha vuelto loca!

Volví sobre mis pasos hasta la sala. El monitor seguía mostrando a la doctora Gillespie, de pie, ante el cadáver inerte de Dawson, paralizada, con el hacha aún en la mano. Entonces, de repente, levantó el arma para coger impulso y descargó un golpe tremendo sobre el cuerpo de su amante, un golpe acompañado de otro más, hasta que la cabeza de éste se deprendió finalmente del cuepo. Fue entonces, cuando el silencio a la par que la sangre, inundó aquella cámara estanca, y fue entonces cuando me dí cuenta que ella estaba llorando. Sentí una punzada terrible en el estómago y unas ansias incontrolables que me obligaron a arquear la espalda y vomitar. Sólo el tacto de la mano de Eric sobre la mía, me hizo recuperar la calma y el control de mi misma. Cuando fuí capaz de volver a mirar el monitor de nuevo, ví que Megan se había vuelto a sentar sobre el suelo, apoyando la espalda en la pared y mirando el infinito. Jugueteaba ahora con la pistola, contemplando la empuñadura y el cañón sólo para, segundos más tarde, comprobar el cargador y la recámara. Hecho esto, amartilló el arma, lista para ser disparada de nuevo.

– Mierda… – susurré – ¿¡Cuanto tiempo le queda a la puta puerta para abrirse!? – le grité a Suresh.

– 9 segundos – anunció.

– ¡Maldita sea! – aullé de frustración mientras volvía a recorrer el impoluto pasillo, de vuelta a la cámara.

9 segundos. Tenía que impedir, como fuese, que pasase. 8 segundos. Ya era demasiado fuerte para nosotros perder a Dawson de esa manera como para perder a otro de los nuestros. 7 segundos. Megan había sido nuestra líder hasta el momento, manteniendo la calma y la cordura de un grupo en una situación que invitaba a lo contrario. 6 segundos. ¡Venga, ya había recorrido la mitad del camino, me quedaba poco para llegar! 5 segundos. Sin ella, estaríamos perdidos sin rumbo, tenía que evitarlo a toda costa. 4 segundos. Había sido como una hermana mayor para mi desde que llegué a la Antártida, ¡no podía dejar que todo acabase así! 3 segundos. Sólo me separaban 3 metros de la jodida puerta temporizada que empezaba a emitir algunos clics mecánicos, síntomas de que ésta había iniciado su proceso de apertura automático. 2 segundos. ¡Ya casi estoy! 1 segundo. Estoy frente a la puerta, justo a tiempo. 0 segundos. La puerta se abre con un chasquido y el ruido característico del aire de los cilindros pneumáticos al accionarse. La empujo sólo para encontrarme con la escena que apenas 10 segundos antes ya había visto en el monitor, ahora en color y con total definición.

– ¡Megan, no lo hagas! – grité.

-Ah, eres tú… – susurró. La apatía parecía haberse adueñado de ella.

– Suelta la pistola, por favor – trataba de sonar lo más calmada posible pero la realidad era que estaba a punto de venirme completamente abajo.

– No lo entiendes, – dijo mientras se cambiaba la pistola de mano, cogiéndola con la izquierda – estamos perdidos. No hay salida, nadie va a venir a buscarnos y tampoco tenemos ninguna probabilidad de sobrevivir enfrentándonos a ellos. Estabamos muertos antes de empezar…

– ¡No digas eso!

– Vamos a morir aquí, ¿lo sabes verdad? – apostilló Megan – pero al menos me reservo el derecho a elegir el cómo y el cuando ocurrirá, y sobretodo el quién quiero que acabe con mi vida, y te aseguro que no pienso ser un títere sin alma como ellos. Adios, Sarah, ha sido un placer…

– ¡¡No!! – aullé mientras me abalanzaba sobre ella para impedírselo.

El tiempo pareció ralentizarse durante unos segundos, unos segundos que se me hicieron eternos mientras veía cómo ella giraba el cañón y lo apoyaba firmemente sobre la sien, justo antes de apretar el gatillo. La bala le atravesó el cráneo, arrebatándole la vida y salpicándome a mí de sangre en el proceso. Me quedé así, paralizada, en la misma posición en que me había quedado al tratar de detenerla, sin saber reaccionar.

No sé cuanto tiempo permanecí así, sólo sé que lo siguiente que mi cerebro percibió fue el abrazo de Eric, que debía haber corrido como alma que lleva el diablo para llegar hasta mí, y que ahora trataba de calmarme apoyando mi cabeza sobre su pecho, cómo quién acuna un bebé.

– Estamos perdidos… – sollozó Suresh – estamos perdidos…

Los llantos del hindú fueron interrumpidos súbitamente por un estruendo procedente de la barricada que con tanto cuidado habíamos fabricado. Estaban tratando de entrar, y lo peor era que no tardarían demasiado en conseguirlo. Cuando me giré para ver a Suresh, éste ya se había desvanecido, sólo para escabullirse en algún agujero, presa del pánico. En ese instante, noté cómo Eric me arrastraba del brazo, corriendo hacia la salida que llevaba a la zona comunal, concretamente a la cocina.

– Tengo un plan. – me dijo.