Las fuentes de Dead Space

 

 

Como ya hice con anterioridad, en esta ocasión trataré de exponer a grandes rasgos las fuentes cinéfilas en las que se inspira el universo de Dead Space. Aunque pueda parecernos un argumento lo suficientemente original y complejo para un videojuego, es relativamente fácil adivinar de qué películas o libros saca tal o cual concepto. Aquí, tratare de enumerarlas, aunque siempre puede quedar algo en el tintero.

ATENCIÓN: Esta entrada contiene spoilers importantes de la saga pero necesarios.

El argumento de Dead Space gira en torno a Isaac Clarke, un ingeniero espacial de la compañía CEC, que viaja en el USG Kellion para cumplir una misión aparentemente rutinaria. La USG Ishimura, la mayor nave extractora planetaria, se encuentra barada orbitando alrededor de Aegis VII y no responde, sin que haya una explicación para ello. Su misión original es, pues, averiguar el porqué de esto y de paso conocer el paradero de su novia Nicole Brennan, que se encuentra a bordo de la misteriosa nave y que le ha enviado un críptico mensaje de video.

A su accidentada llegada al Ishimura, Clarke y sus dos compañeros, Zach Hammond y Kendra Daniels, se encontraran con la causa principal de que el Ishimura haya dejado de transmitir: una invasión de seres deformes aparentemente alienigenas, muy agresivos, llamados necromorfos. Poco a poco, Isaac, separado del resto al aterrizar y obligado a trabajar en solitario, descubrirá la horrible verdad detrás de los necromorfos. No se trata de entes extraterrestres sino de los cadáveres mutados y devueltos a la vida de la propia tripulación del Ishimura, por la influencia de la Efígie roja, un artefacto de orígen desconocido descubierto por los mineros en Aegis VII antes de que todo comenzara. Este objeto emite una señal que modifica el código genético del tejido muerto para reconvertirlo en algo completamente diferente, y para ello emite un pulso que "condiciona" a la gente con visiones de sus seres queridos muertos para manipularlos y que en ultima instancia, se suiciden. Es lo que los Unitologistas (una especie de religión que adora la Efigie como una obra de Dios cuyo propósito es unir a la Humanidad en un único ente) llaman la Convergencia, salvo que su propósito no es la salvación humana sino la extinción y mutación de la especie.

A la amenaza de los necromorfos se añade la situación crítica del Ishimura, a la deriva en un campo de asteroides y condenada a estrellarse en la superficie de Aegis VII, de la que Isaac deberá escapar para sobrevivir, no sin antes descubrir dos terribles verdades: la que se esconde tras el orígen de la Efigie roja y el destino de Nicole.

Fuentes

2001, Una odisea en el espacio (1968), de Stanley Kubrick

A mediados de los años 60, Estados Unidos y la U.R.S.S. estaban envueltos en una carrera espacial por la conquista del espacio que definiría cual de las dos superpotencias se haría con la hegemonia aeroespacial, en la que parecía que los rusos habían tomado la delantera. La NASA entonces, siguiendo las directrices del propio Kennedy acerca de que EE.UU enviaría un hombre a la Luna, empezó a desarrollar el proyecto Apolo, posible gracias al cohete más potente jamás diseñado, el Saturno V.

 

 

En abril de 1965, cuando se inició la pre-producción de la película, el proyecto Apolo era aún un secreto de estado y los viajes espaciales, una utopía. Después de rodar ¿Telefono rojo?, Volamos hacia Moscú (Dr. Strangelove), por la cabeza de Kubrick pasó la idea de hacer una película sobre la posibilidad de vida extraterrestre. Para llevar a cabo su proyecto, el cineasta se puso en contacto con el escritor de ciencia-ficción Arthur C. Clarke, con el que empezó a escribir conjuntamente el guión de la película, basándose en algunos de los relatos cortos del autor, principalmente en El Centinela (1951). La película se caracterizaría por dar por primera vez un enfoque serio y metafísico al género de la ciencia-ficción, dominado hasta entonces por las películas de serie B de la época, y por una rigurosidad científica en la aplicación de los efectos especiales que sentaría las bases para las producciones posteriores. Tanto es así, que cuando en 1969, Armstrong pisó la Luna de verdad, muchos dudaron de la veracidad de las imágenes recordando el trabajo de Kubrick, que gozó del apoyo y asesoramiento de la propia NASA para rodar la película.

2001 empieza con una escena en la que unos cuantos hominidos buscan comida para sobrevivir, hace tres millones de años. En ese momento, aparece en escena el monolito negro, un artefacto de orígen desconocido a cuyo contacto, uno de los hominidos toma conciencia de sí mismo como cazador, fabricando por primera vez una herramienta al romper un hueso, mientras suena de fondo Así habló Zaratrusta de Richard Strauss. La película hace un nuevo salto temporal situandonos en el futuro (bueno, en 2001 o tal como lo veían en 1968). En un cráter de la Luna, se descubre enterrado un monolito cuyo orígen sólo puede ser extraterrestre fechado en cuatro millones de años de antigüedad, y que además produce una extraña anomalía magnética. Cuando los científicos van a hacerse una foto con él, el monolito empieza a emitir una señal de radio desconocida.

 

 

El siguiente corte en la película nos situa a bordo del Discovery One, una nave que se dirige a Jupiter para investigar una formación anómala en la órbita de Júpiter. La nave está comandada por una inteligencia artificial, la más evolucionada de su serie llamada HAL 9000, supervisada por dos astronautas, Dave Bowman y Frank Poole, y mantiene en estasis al resto de la tripulación, principalmente científicos, que sólo despertaran al llegar al destino. Sin embargo, todo empieza a ir mal cuando HAL tome conciencia de sí mismo, o mejor dicho cuando sea obligado a saltarse sus propios protocolos y aprender a mentir y sobretodo cuando tome medidas desesperadas para garantizar su propia supervivencia que incluyen matar a toda la tripulación. Después de una escena que pasará a la historia del cine, en la que Bowman desconecta manualmente a HAL, no le quedará otra que dirigirse hacia la anomalía de Júpiter en una de las cápsulas, que no es otra cosa que un monolito gigante como el de la Luna.

Se deduce que los monolitos, sobre cuyo origen no se da ninguna pista (extraterrestre, divino,…), son el desencadenante en todos los casos de la evolución de la especie humana o mejor dicho de la adquisición de la inteligencia, tanto en los hominidos como en HAL. Asi mismo, el último mensaje, el de la preservación del satélite de Jupiter, Europa, indicaría que sería allí el siguiente lugar donde se desarrollaría una especie inteligente.

Ahora bien, después de lo citado hasta ahora, ¿qué tiene que ver 2001 con Dead Space? En primer lugar tenemos el homenaje obvio que se le hace al autor: el protagonista se apellida Clarke (Isaac obviamente sería en honor de Isaac Asimov, el otro gran autor de ciencia ficción del siglo XX). Lo demás tiene que ver precisamente con la analogía entre la Efígie y el Monolito de 2001.

 

 

Ambos artefactos parecen tener la clave de la evolución humana. Si el monolito negro tenía la facultad de hacer tomar conciencia de uno mismo y favorecer la evolución de la especie, la Efigie también afecta a la evolución humana en tanto que los símbolos de su superficie son en realidad una representación del código genético del ser humano. A esto hay que añadir que la efigie original, encontrada en el cráter del Yucatan, era de color negro (Dead Space: Mártir) ya que la Efigie roja (Dead Space) es en realidad una reproducción elaborada por el gobierno de la Tierra. Como el monolito de la Luna en 2001, la Efigie también provoca distorsiones electromagnéticas, y en ambos casos, los artefactos emiten una señal. La diferencia radica en que si enfocamos de forma más metafísica y espiritual el tema, el monolito negro, ya sea enviado por Dios o por un ser superior desconocido, tiene un papel positivo, mientras que el de la Efigie (también enviada por un ser abstracto, llamado Dios cabreado/Diablo/extraterrestre cabronazo) es claramente negativo al provocar la extinción de la raza predominante en ese momento.

La señal, que en un caso protege (2001), en el otro provoca la mutación del tejido muerto reconvirtiéndolo en algo completamente diferente, con una expansión similar a la de una epidemia y que a la larga lo que provoca es el fin de la especie.

Horizonte Final (1997), de Paul W. Anderson

Sí, aunque pueda parecer raro, hubo una época en la que Paul W. Anderson fue considerado una promesa en el mundo del cine, antes de meterse en cutre adaptaciones. La historia de la película narra como la nave Event Horizon (en realidad, también es el título original de la película, que hace referencia al "horizonte de sucesos" de un agujero negro, el límite en el que la luz ya no puede escapar, pero ya sabemos cómo se las gastan aquí con las traducciones…), una nave capaz de viajar por el espacio creando su propio agujero de gusano y que se daba por desaparecida, reaparece de nuevo siete años más tarde emitiendo una señal de socorro. Allí es enviada una nave con la misión de descubrir qué le pasó a la Event Horizon y donde estuvo todo ese tiempo.

Para su sorpresa, descubrirán que la tripulación murió de la forma más horrible tras atravesar a esa dimensión desconocida y que la nave ha cambiado, ha quedado "impregnada" de esa maldad tomando conciencia propia. Como HAL en 2001, la nave tratará por todos los medios regresar a la otra dimensión llevándose consigo a la nueva tripulación y también se resistira a ser desconectada (la escena en la que Weir trata de hacerlo es muy similar a la de Bowman con HAL 9000).

Uno de los métodos para asesinar a los protagonistas es precisamente crear alucinaciones en sus mentes aprovechando sus debilidades para provocarles la muerte o simplemente conseguir que hagan lo que quieran.

 

 

La principal similitud entre Horizonte Final y Dead Space, además de tener un diseño artístico y conceptual muy similar, recae en las visiones. De la misma forma que el Event Horizon, la Efigie se "comunica" con los que tiene más cerca haciéndoles tener visiones protagonizadas por sus seres queridos ya muertos (Kendra ve a su hermano muerto, Isaac a Nicole), que les advierten acerca del artefacto y sobre la Convergencia, aunque en realidad su objetivo es el contrario, es decir, provocarla (esto queda más patente en Dead Space 2).

Otros libros y películas utilizan un planteamiento similar, el de artefacto alienígena que provoca alucinaciones, como por ejemplo Esfera de Michael Crichton, o Solaris.

La cosa (1981), de John Carpenter

A principios de la década de los ochenta, el maestro del terror John Carpenter sorprendía a propios y extraños con la adaptación libre del clásico de la ciencia ficción de los años cincuenta, El enigma de otro mundo (1951), que es considerada hoy por hoy una obra maestra del cine de terror.

En ella, unos científicos americanos de una base polar antártica descubren que en la base polar vecina noruega se han vuelto locos y se han matado entre sí despues de haber desenterrado algo en la nieve. El único superviviente es un husky al que perseguían y que acojen en la perrera de la base. Subitamente, el perro se transforma de repente en un monstruo que mata al resto de animales antes de que puedan matarlo con un lanzallamas. Entonces descubren que en realidad es una forma de vida capaz de adoptar cualquier forma y que reacciona ante el fuego. Pronto crece la inquietud al descubrir que cualquiera de ellos puede haber sido asimilado por el ente, que puede separarse en partes para asegurar su superviviencia.

 

 

No existen nexos argumentales en común entre la obra de Carpenter y la de EA, pero cualquiera que conozca a ambas, reconocera que el diseño conceptual de los necromorfos recuerda muchísimo al de La cosa de Carpenter. Ambas criaturas pueden recombinarse a placer, pudiendo algunos necromorfos separarse en entidades más pequeñas y su diseño, tan caracterísitico, es muy similar.

Fantasmas de Marte (2001), de John Carpenter

Esta película pasó sin pena ni gloria (con razón) por la cartelera y está considerada una de las obras menores de Carpenter, puesto que rezuma tufillo a serie B a kilometros. Su calidad no es precisamente la razón por la que aparece listada aquí sino por sus semajanzas con la saga que nos ocupa.

La historia de la película se situa en el siglo XXII. En ese futuro, el ser humano ha terraformado con éxito Marte que ahora es víctima de una intensa actividad minera. Una oficial de seguridad llega a una de estas colonias mineras para recoger a un preso peligroso cuando descubre que todo el personal de la misma ha desaparecido. Al parecer, los mineros mientras excavaban dieron con una antigua estructura alienígena y al abrirla, los "espiritus" allí contenidos se escapan infectando a los colonos, que empiezan a tener conductas muy agresivas y violentas, automutilandose.

 

La relación con Dead Space no parece tan obvia como en los casos anteriores, salvo por la forma común en la que se encuentra el artefacto alienigena (ambos en una excavación minera), y cómo éste afecta a las víctimas, volviéndolos locos y mutándolos. En ambos casos además, el objetivo de la "infección" es el mismo, el de extenderse como un virus.

Estas son de momento las que se me ocurren. No hay duda que películas como Alien también habrán influído pero es dificil asociarlas en tanto que muchas de estas películas han supuesto un antes y un después en el cine de ciencia-ficción, de ahí que en esta entrada haya señalado las más obvias que se me ocurren. Ya sabeis, si se os ocurre alguna más, mencionadla en los comentarios.

OFF-TOPIC: Ayer por fin, operaron a Miqui Roque del cáncer de cadera que padecía y al parecer se recupera satisfactoriamente. Desde aquí, le deseo que se recupere pronto y pueda volver a hacer vida normal. También hay que aplaudir la actitud del Real Betis que ha movido cielo y tierra para que pudiera costearse la operación, una de las más caras y complicadas.

 

Cómo perder la cabeza sin morir en el intento

Este es el relato que presenté para el concurso de relatos de Gamefilia de Septiembre de 2010, una de las ediciones más reñidas que se recuerdan. El relato es una muestra bastante característica de mi humor absurdo que algunos ya os ha tocado sufrir en el Live Very Surprised y hoy os lo presento aquí (vale, es una simple excusa para actualizar el blog mientras la musa vuelve de vacaciones, que la jodía debe haberse ido a Cancún). Espero que os guste y sino… ¡sugus de piña!



Vale, tengo que reconocer que no soy muy inteligente. Eso no quiere decir que no sea listo, es más, tengo el don de memorizar cualquier dato que pase por delante de mis ojos, aunque por desgracia para mí y mi improbable carrera universitaria, estos suelen ser intrascendentes y poco productivos, como por ejemplo quién ganó la liga en 1988 o qué frase decía Chuck Norris en el capítulo 12 de la tercera temporada de Walker Texas Ranger. Por eso, mi madre suele decirme que soy su "idiota genial", lo cual no sé si tomármelo a bien o a mal, pero se lo perdono porque la mayor parte del día suele estar algo pedo gracias al Agua del Carmen que su "idiota genial" le trajo de un viaje de fin de curso asegurándole que era medicinal y que ahora le fabrica combinando vodka y orujo a granel. Lo reconozco, además de ser algo parecido a Dustin Hoffman en Rainman pero con el careto de Tom Cruise, soy un verdadero cabrón y un alquimista nato, lo cual adoro y no me refiero al noble arte de la alquimia.

¿A qué ha venido esta presentación tan extraña?, os preguntareis. He pensado que, tal vez, deberíais saber algo de mí antes de empezar a contar mi historia y la razón por la que he acabado aquí, disfrazado con un pasamontañas y lleno de sangre.

 
Todo empezó hace apenas unos días, cuando los condenados exámenes finales se interponían entre una alucinante Yamaha de 125 cc que mi padre, divorciado y feliz con su flamante novia rubia de 22 años y pechos que desafiaban la ley de la gravedad, me había prometido y éste humilde servidor. Normalmente, estos no me preocuparían porque aunque otra de las virtudes que me caracterizan es la vagancia extrema, suelo aprobar los exámenes estudiando en el último momento sin demasiados problemas, pero este año era diferente y la razón de esa diferencia tenía nombre y apellidos: Don Ataulfo Rejones Pérez. El insigne Ataulfo era el profesor de Física y Química del no tan insigne I.E.S. Poli Díaz, pero la enseñanza de la química solía pasársela por el forro del cloruro de sodio, de modo que en lugar de enseñar la parte de la asignatura que me aseguraba el aprobado, llenaba sus clases con eternas peroratas de fórmulas con nombres de alemanes muertos. Lo peor no era que se limitase a enseñar únicamente Física sino la forma tan anodina y aburrida cómo lo hacía. Sus clases eran el equivalente homeopático a una buena dosis de Valium, y aunque tratase de luchar contra el sopor, el sueño siempre me vencía. La respuesta de don Ataulfo a este efecto secundario de sus enseñanzas siempre era un sonoro "¡Pardeza, levante la cabeza!", que podía oírse en todo el instituto, acompañado de un proyectil teledirigido en forma de borrador que siempre acertaba justo en la frente, cual Predator, y al que yo le hubiese contestado con otra rima utilizando su apellido que daba mucho más juego que el mío, si no fuera porque me podía costar la expulsión y por ende la moto. Amén de que don Ataulfo era un cabrón redomado y reconocido por todos, profesores y alumnos, que aprobaba a 5 de cada 30 alumnos, estadística de la que además se sentía orgulloso y quería mantener año tras año.

 
A mediados de curso ya me había dado cuenta de que era mejor aprovechar el tiempo de sus clases en cosas bastante más productivas que oír su voz de pato asmático recitar de carrerilla la teoría del gato de Schrödinger o el Gato del FUUUUUU, como mi compadre de fechorías, el Chewbacca, lo llamaba, porque el gato, se abriese o no la caja, estaba igualmente bien jodido: el tal Schrödinger podía dar gracias de que a principios de siglo no existiese la PETA o estaría mucho más FUUUUUU que su propio minino. Hablando de Chewbacca, tal vez ya va siendo hora de que os presente al tercer protagonista de esta historia. Su verdadero nombre es Héctor Sánchez pero todos lo llamamos Chewbacca por la cantidad de pelo que tiene en su cuerpo, hasta el punto de que si quisiese se podría hacer rastas con el vello de las axilas y a que en más de una ocasión lo han confundido con una alfombra persa cuando ha estado tomando el sol en la playa. Creo que padece una enfermedad llamada hirsutismo pero como los médicos junto a don Ataulfo, son las dos cosas que más teme en el mundo, nadie lo ha confirmado y más desde que Chewie descubrió por casualidad la magia de las cremas depilatorias femeninas que le hacen parecer Lex Luthor, aparte de por su maldad intrínseca, porque nunca ha tenido mesura y se las pone por todas partes, incluida la cabeza.

Como iba diciendo, las clases de Física y no-Química preferí pasármelas leyendo toda clase de libros que cayese en mis manos, desde novela erótica francesa del siglo XVIII a la Guía de Supervivencia Zombi, pasando por un pequeño libro de santería que mi tío me regaló cuando estuvo destinado en una misión humanitaria en Haití, aunque su concepto de "ayuda humanitaria" distaba bastante del de la ONU, vamos, que le gustaba mucho mostrar su "humanidad", especialmente entre las jóvenes haitianas. En resumen, ese curso no aprendí Física pero si una gran variedad de cosas que al final sólo sirven para ganar arrasando en el Trivial, mientras que Chewie aprovechó mejor que yo el tiempo dibujando en pelotas a la profesora de inglés que, a pesar de tener ya una edad, seguía conservándose francamente bien.

Nuestro plan era aprovechar mi prodigiosa memoria fotográfica estudiando de una sentada todo lo que no habíamos hecho durante el año para que luego Chewie copiase mi examen, como habíamos hecho tantas veces. Era un plan perfecto que no podía fallar… si no fuera por don Ataulfo. Cinco días antes del funesto examen fui a buscar los libros que necesitaba en la biblioteca, pero cuando se los pedí a la bibliotecaria me dijo que todos habían sido retirados por uno de los profesores, y no era muy difícil deducir cuál de ellos había sido.

El tiempo se nos echaba cada vez más encima y ni siquiera podíamos recurrir a internet porque Telefónica había vuelto a hacer de las suyas con las líneas de ADSL; es lo que tiene vivir en el pueblo en el que Jesús perdió la alpargata y no volvió a buscarla de lo lejos que estaba. Ante este aprieto, decidimos optar por la opción más lógica: raptar a don Ataulfo. Ahora dicho así y visto lo que acabó pasando, no parece tan buena idea, pero ya os he dicho al principio que no soy muy inteligente o al menos el sentido común no es el mejor de mis compañeros, y a esa altura ya estábamos tan desesperados como para intentar cualquier cosa.

La idea era capturar a don Ataulfo a última hora del día, puesto que todo el instituto sabía que el profesor Bacterio en cuestión era siempre el último en abandonarlo y era él mismo el que cerraba con llave antes de salir. Al acabar las clases, según habíamos planeado, nos encerramos en los lavabos del segundo piso hasta que todo el mundo se fue y entonces nos pusimos nuestra ropa oscura y pasamontañas, para aparentar ser secuestradores profesionales, pero la cruda realidad era que parecíamos un cutre cosplay del más patético de los soldados Genoma. Con sigilo, nos deslizamos silenciosamente hasta el despacho de don Ataulfo situándonos a cada lado de la puerta, esperando que ésta se abriera de un momento a otro. Y así lo hizo. Con un chirrido agudo que clamaba a gritos un chorrito de 3 en 1, la puerta se abrió y tras ella apareció don Ataulfo, con su cara diabólica de profesor chiflado de secundaria.

– ¡A por él! – le grité a Chewie sin darle tiempo a reaccionar a nuestra presa, mientras Chewbacca se lanzaba contra él como un resorte.


La impresión de ver a dos tipos disfrazados de forma cutre, de terroristas aficionados del Counter Strike, debió ser algo demasiado fuerte incluso para don Ataulfo, que retrocedió de forma refleja con tan mala fortuna que se tropezó con la papelera y cayó de espaldas contra su propia mesa de despacho, que produjo un sonido similar al que hace una sandía cuando la golpeas con un bate de beisbol. Quedó tendido en el suelo, inmóvil.

– ¿Es… está muerto? – preguntó Chewie tras unos segundos de incertidumbre.

– No, que va. – le respondí yo después de agacharme y tomarle el pulso de la carótida – Está dormido, ¿¡tú qué crees!?

Don Ataulfo Rejones Pérez estaba muerto, bien fiambre, y nosotros dos habíamos sido los responsables de su muerte. Ahora sí que me iba a quedar sin moto, pensé. Mientras Chewie daba vueltas frotándose su cabeza de billar, fruto de la crema de almendras con perfume de rosas, en estado de shock, yo seguía pensando en la forma de salir de aquel aprieto. Entonces recordé una de las recetas del libro de santería de mi tío Joaquín. En aquel pequeño librito de edición limitadísima había recetas de todo tipo: para fabricar filtros de amor, maldiciones, convertir a alguien en un zombi y, por supuesto, como hechizo que no puede faltar en ningún grimorio vudú que se precie, uno para devolverle la vida a los muertos. Como ya os he dicho, tengo una memoria fotográfica prodigiosa y nunca está de más conocer algún método para resucitar a los muertos, aunque sólo sea para crear en un futuro tu propio ejército de no-muertos para dominar el mundo.

Por raro que parezca, todos los ingredientes que necesitaba para la poción estaban disponibles en la cocina del instituto, de modo que los reuní y los mezclé bien dentro de una botella de vidrio de una conocida marca de refrescos de cola. El mejunje oscuro, en un principio de aspecto más asqueroso que el puré de lentejas con morcilla que solía hacer mi abuela, despedía algo de gas carbónico y una vez reposado, daba el pego como un simple refresco, si no fuera por el olor a descomposición que despedía. Ni su embriagador aroma ni su pinta me preocupaban ya que quién debía tomárselo hacía unos cuantos minutos que había perdido el sentido del gusto y el olfato, consecuencias inevitables de estar más muerto que el padre de Simba. Cogí la botella y subí hasta el despacho, sólo para encontrarme a Chewie con una sierra de marquetería en la mano, mirando aviesamente el cadáver de don Ataulfo, como un onanista compulsivo mira a una porno star en el Salón Erótico de Barcelona esperando que haya una "cata gratuita" del producto.

– ¿Qué haces? – le pregunté.

– Tenemos que deshacernos del cadáver. – me respondió tratando de sonar como un personaje tarantiniano aunque más bien parecía un secundario tarado de una peli demencial de Robert Rodríguez, mientras agitaba en el aire aquella arma tan mortífera que siempre se rompía al tratar de serrar una pieza de madera de 4 milímetros de grosor.

– No digas tonterías. ¡Traigo esto – dije alborozado alzando la botella de refresco de cola – para resucitarle!

Después de unos segundos de silencio incómodo, Chewie me respondió.

– Estás de coña, ¿no? ¿Con eso? Si fuera un Redbull lo entendería…

– No estoy de coña y esto no es cola, ¡inútil!, pero al menos déjame intentarlo como último recurso. Si no funciona, no perdemos nada. Pero si realmente consigo resucitarlo, ¡será como si nada de esto hubiese pasado! – le respondí – ¡Yo tendré mi moto y a ti sólo te quedarán 5 asignaturas para recuperar!

Algo dubitativo, Chewie se echó atrás dejándome sitio para poder arrodillarme junto al cadáver de don Ataulfo. Incluso muerto, seguía teniendo la misma expresión de hijo de mujer de profesión excesivamente liberal, que tan bien le caracterizaba mientras aún estaba vivo. Soportando como pude la grima que me daba hacerle tragar aquello a un muerto, vertí un buen sorbo del líquido oscuro por el gaznate del viejo profesor de física, mientras comprobaba horrorizado que el líquido se quedaba estancado en aquellos carrillos rechonchos de los que nos habíamos cachondeado en clase hasta la saciedad y que le hacían parecer un hámster sobrealimentado.

– Tienes que frotarle un poco la nuez, – me sugirió mi compinche – para que trague y por supuesto, incorporar al muerto para que la gravedad haga el resto.

Aún sorprendido por la muestra de sentido común de Chewie, la primera que había visto desde que lo conocí en primaria, hice lo que me había sugerido, observando cómo las mejillas hinchadas y un tanto ridículas de don Ataulfo perdían su volumen a medida que el líquido entraba por su garganta. Lo volví a dejar tendido en el suelo y esperamos que la poción hiciese efecto.

Nada. Esperamos varios minutos observando con detenimiento el cadáver, a la espera de que cualquier movimiento, por pequeño que fuese, indicara que el profesor había vuelto a la vida. Pero nada. Seguía tan inerme como cualquier muerto que no conociese a George Romero.

– Has tenido tu oportunidad y no ha funcionado. – me dijo Chewie – Ahora deja que lo solucione a mi manera.

Resignado, me quedé a cierta distancia mientras Chewie retomaba su labor de matarife aficionado con una herramienta que no era a todas luces la más adecuada. Por extraño que parezca, la frágil sierra de marquetería empezó a deslizarse sin problemas por la carne del cuello del profesor. Ni siquiera el hueso de las vertebras ni la tráquea parecían ser obstáculo para aquel utensilio infame: nunca más volvería a ver la carpintería con los mismos ojos.

Entonces, de repente, la mano del profesor tuvo un espasmo involuntario. Chewie, que también había visto ese movimiento, se detuvo un instante sólo para comprobar que había sido simplemente una contractura muscular producto del rigor mortis, tras lo cual prosiguió con su labor. Pero unos segundos más tarde ocurrió algo: ¡el cuerpo del profesor se irguió como un muñeco tentetieso a la vez que profería uno de los gritos más estremecedores que he escuchado nunca en mi corta vida!

– ¡¡Coño, tengo el culo helado!! – aulló mientras se ponía de pie de un salto.

Aquel movimiento súbito tuvo consecuencias inesperadas, al menos para el recién resucitado don Ataulfo, porque la cabeza, que Chewie estaba a punto de seccionar por completo, se resbaló de su posición original y se quedó colgando, al revés, de un hilo de carne, ante nuestra mirada atónita.

– ¿Por qué os veo al revés? – preguntó el zombi recién nacido. Sorprendentemente, y desafiando todas las leyes físicas que un muerto devuelto a la vida puede desafiar, se le entendía a la perfección a pesar de que el aire de sus pulmones se escapaba como si de una vieja gaita sin fuelle se tratase, dado que sus cuerdas vocales estaban en el lugar equivocado en el momento equivocado, a lo John McLane.

– ¡La puta…! – exclamó Chewie

– ¡Sánchez! ¿¡Qué hace aquí que no está estudiando para el examen!? ¡2 puntos menos, lo cual, teniendo en cuenta su media, son -2!

– ¿Don Ataulfo, se encuentra bien? – intervine.

– ¿Pardeza? ¿¡Usted también!? ¡Por el amor de Dios, dejen de hacer el pino de una vez!

– Señor Rejones, no somos nosotros, es usted…- le dije señalándole con el dedo la posición que debería ocupar su cabeza si no estuviera practicando deportes extremos y amenazando con estrellarse contra el suelo a la primera de cambio.

El profesor empezó a tantearse el cuerpo en busca de heridas, primero por el torso, luego por los brazos, hasta llegar al lugar donde debía reposar su cabeza y que estaba completamente vacío. De la impresión, empezó a hacer aspavientos con los brazos, con tan mala fortuna que, ironías de la vida, al profesor de física fueron las teorías de sir Isaac Newton las que le jugaron una mala pasada, precipitándose su melón de carne contra el suelo, y rodando hasta los pies de Chewie.

Como ya os he advertido, ni Chewie ni yo somos unos lumbreras, así que en lugar de devolverle la cabeza al profesor y pedirle perdón como buenos alumnos, cogimos la cabeza y arrancamos a correr pasillo abajo, como alma que lleva el diablo o alma a la que persigue un profesor de física furioso, porque precisamente eso fue lo que empezó a hacer el cuerpo descabezado de don Ataulfo, correr detrás de nosotros a una velocidad impropia de su edad y condición, la de no-muerto. Chewie, que había hecho el primer relevo de nuestra carrera desesperada, viendo que, por culpa de la dieta de donuts mañaneros y la falta de ejercicio, salvo el que hacía con la mano derecha y el RedTube, don Ataulfo lo iba a atrapar, me lanzó la patata caliente en forma de testa alopécica, que debía ser muy inteligente porque la cabrona pesaba un quintal.

– ¡¡Pardeza, devuélvame la cabeza!! – gritó el paquete que llevaba entre las manos.

– ¡¡Rejones, no me toque los cojones!! – le respondí, mientras me paraba en seco sólo para plantarme delante del cuerpo autónomo de mi difunto profesor – ¿La quieres, eh, la quieres?

El cuerpo empezó a moverse de un lado a otro, tratando de anticiparse a mis movimientos como un cachorro que jugase a atrapar la pelota.

– ¿La tiraré por la izquierda o por la derecha? – le espeté, como si fuera a hacer una finta, y hasta botar la pelota catedrática para no hacer pasos.

– ¡¡Pardezaaa!! ¡Devuélvamela o estará repitiendo curso hasta que las ranas críen pelo!

En un movimiento rápido, colé la cabeza de don Ataulfo, con un mate a lo Rudy Fernández, dentro del container pequeño para el papel, incumpliendo la normativa básica sobre reciclaje al meter basura orgánica en él, pero eso era lo de menos. Lo mejor era que de este modo, el 85% de don Ataulfo se entretendría un buen rato buscando su otro 15%, dándome tiempo de sobras para escapar, cosa que logré, llegando a la entrada del instituto. Estaba a punto de atravesar la puerta y huir de aquella pesadilla cuando recordé que Chewie se había quedado atrás, por lo que decidí llamarlo al móvil para esperarle.

– ¿Chewie?

– Hola, tío. – me contestó resoplando aún, al otro lado de la línea – ¡Menuda movida más chunga! ¡Casi prefiero suspender!

– Y que lo digas. – respondí – Yo he conseguido llegar a la entrada. He dejado al Bacterio rebuscando en la basura, así que puedes venir hasta aquí tranquilamente, que no creo que te moleste. Y tú, ¿dónde estás?

– Estoy en la cocina. – me dijo – ¡Espera! Creo que he oído algo ahí fuera… ¡Es él, ostias! ¡Salimos de la sartén para caer en las brasas con esto!  ¿¡Pero qué mierda le diste!?

– ¡Chewie! – grité – ¡Sal de ahí ahora mismo!

Pero era demasiado tarde. La llamada se cortó no sin que antes oyera el grito angustioso de mi amigo. Mi primer instinto fue correr hacia allí en su ayuda, pero fuera lo que fuese lo que le hubiese ocurrido, ya no podía hacer nada ni tampoco quería que me ocurriese a mí. Por eso eché a correr hacia la salida, cuando, justo, me encontré con ustedes, señores agentes.

[…]

– Mira, niño, no sé qué mierda te has fumao, pero debe ser muy buena para soltarte así la lengua y hacerte ver elefantes rosas – dijo el policía.

– Ni he visto elefantes ni voy drogado. Le estoy diciendo la verdad: mi colega y yo hemos matado por error a mi profesor de física y lo hemos resucitado con un potingue vudú, ¡y ahora don Ataulfo ha perdido la cabeza y ha matado a Chewie!

– ¡Joder, deja ya lo de la cabeza, que se me va a escapar el pis de la risa! – dijo el otro policía retorciéndose de la risa.

– ¡Qué les he dicho la verdad! ¡Entren y busquen al zombi de mi profesor!

– Mira, chaval, en mis tiempos, respetábamos a los profesores, no ahora, que dais vergüenza ajena con eso del "bullin" – "Si es que esta juventud está echá a perder", se oía decir al otro poli – pero te voy a hacer caso y voy a registrar el instituto… y luego nos iremos al cuartelillo a ver si te hace tanta gracia.

Pardeza y los dos policías entraron en el instituto, linterna en mano, buscando cualquier pista de lo que el joven había descrito, pero no encontraron nada, salvo el container del papel, completamente volcado en el suelo. Entonces, vieron una luz que procedía de uno de los despachos del segundo piso, y decidieron acercarse puesto que a esas horas no debía quedar allí nadie. Cuando llamaron a la puerta, la voz de un hombre de mediana edad les invitó a pasar. Era don Ataulfo.

– ¡Buenas! – dijo el policía – ¿Conoce a este mendrugo?

– Por supuesto, es mi alumno, Sergio Pardeza – le respondió ajustándose un poco el jersey de cuello de cisne.

– Es que anda diciendo que usted está muerto y que él y su amigo le cortaron la cabeza, cosa que es obvia que no es verdad.

– Ya sabe, esta juventud ha visto demasiadas películas y pasa demasiado tiempo con videojuegos en vez de estudiar, ¿verdad Pardeza? – dijo guiñándole un ojo.

– En ese caso, disculpe las molestias. Llevaremos a éste a su casa. – apostilló el policía más viejo – Señor.

Ya habían cruzado los agentes el umbral de la puerta cuando el profesor se acercó a su alumno, y le dijo al oído sonriendo ladinamente.

– Es sorprendente, ¿verdad?, las maravillas que puede hacer una cinta adhesiva de calidad… ¡Caballeros! – gritó para llamar la atención de los dos policías ante la mirada atónita de Pardeza -¿No les apetece una Coca-Cola? Ha perdido un poco de gas… pero les aseguro que reviviría a un muerto.