Concursus Interruptus: Cuando Han encontró a Chewie

Aprovechando este día especial de San Jordi, día romántico para las parejas que deciden expresar su amor mediante una de las flores más poéticas posibles (te amo, cielo Kitten) pero también cultural al celebrarse hoy también el Dia del Libro, fecha marcada por la muerte el mismo dia de dos de los grandes de la literatura universal, Miguel de Cervantes y William Shakespeare.

Nosotros no somos ni Miguel ni William, aunque tampoco por suerte Stephanie "los vampiros son fosforescentes" Meyer. Así que, ¿que mejor dia que hoy para publicar los relatos del concurso inconcluso?

Sin más preámbulos, aquí los teneis.

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UNA AUSENCIA LLORADA, por momone

Los niños caminan por el hangar 1138, el hangar donde su padre tiene guardada su nave, una vieja nave coreliana con la que ha surcado por la galaxia. Para su sorpresa, la rampa de acceso a la nave está abierta, lo cual les permite entrar en aquella joya de otros tiempos. Instrumentos con polvo, óxido y detalles antiguos les observan, mientras oyen el sonido de piezas encajándose, así como algún que otro grito de su padre. Ellos tratan de caminar en silencio, pero una voz familiar para ellos les dice:

-Eh, ¿Alguno de vosotros me pasa el soldador láser?

Uno de los niños le pasa el soldador a su padre por la abertura que hay en la chapa de la nave, y al terminar les dice:

-¿Qué se os ha perdido por aquí abajo?

La niña, heredera de los rasgos de su madre, le dice:

-Mamá nos dijo que estarías por aquí, como todos los días en los que se celebra…

-Vuestra madre siempre acierta, deberíais hacerla más caso.

Uno de los hijos va hacia la cabina de la nave, y se queda boquiabierto. Pensar que su padre pilotó ésta nave…

-Papá, ¿Tú y él pilotabais la nave siempre?

-No, siempre no. Hubo buenos amigos que pilotaban la nave, a veces hasta mejor que nosotros, pero eso ya pasó. Ah, todavía me parece ayer cuando nos subíamos a la nave e íbamos de acá para allá. Eramos… transportistas, y de los buenos.

-Papá, mamá siempre dice que fue en ésta nave donde os enamorasteis. No me lo creo.

-Pues deberías creerlo, muchacho, aquí fue donde nos enamoramos, y fue en una situación muy, muy peliaguda, con el enemigo persiguiéndonos sin descanso.

El tercero de sus hijos, manitas y habilidoso como su abuelo, del cual tiene su nombre, se acerca y le pregunta:

-Papá, ¿Cómo le conociste?

El hombre mira a su hijo, suspira, y se frota los ojos para evitar que le vean soltar lágrimas, antes de responderlo.

-Verás, le conocí cuando trabajaba con gente que vestia toda de gris y con pegatinas raras, para mí no eran medallas. Yo dominaba su idioma, y fui allí para que ellos se entendieran con ellos. El caso es que no llegaron a entenderse… y la cosa se puso muy fea. Yo no estaba de acuerdo con lo que querían hacer con ellos, y entónces, decidí ayudarle a él y a los suyos. No fue fácil, pero conseguí salvarle a él y los suyos. No me arrepiento de haberlo hecho, y lo volvería a hacer de nuevo su pudiera.

-Vaya, eso es muy impresionante.

La niña se sienta en el asiento de copiloto, mirando las luces y los indicadores de hipervelocidad. El padre decide sentarse en el asiento de piloto, asiento en el que hacía tiempo que no se sentaba.

-Papá, ¿Es verdad que salvaste a nuestro tío de caerse en una ocasión?

-No, no fui yo, fue otro el que lo hizo, otro tío vuestro, el antiguo dueño de la nave.

-Hace tiempo que no vamos a verlo, lo echamos de menos, como a nuestros otros tíos.

Los niños tienen cara triste, ya que hoy es el aniversario de la muerte de uno de sus tíos, el que salvó a uno de ellos de morir a costa de su propia vida.

-Niños, ¿Qué os parece si logramos arrancar ésta vieja maravilla y damos un paseo? A él le hubiera gustado.

Los niños sonríen ilusionados ante un reto como ese, mientras la niña dice:

-Tengo un mal presentimiento.

Después de varias indicaciones y de verse luminosos encendidos, el ruido de los motores de la nave comienzan a oirse, causando estupefacción en los chicos. La rampa de la nave se cierra, y el veterano piloto espacial activa la radio de la nave:

-Aquí el Capitan, solicito permiso para despegar, vuelo de rutina, hangar 1138.

-Permiso concedido, Capitan. Feliz vuelo.

Las compuertas del hangar se abren, revelando un cielo color ocre con varias naves surcándolo, como es costumbre en Coruscant. La elevación es suave, y poco a poco la nave va saliendo del hangar para volar por el planeta que nunca se para. Despegar le da algo de libertad, de recuerdo a los viejos tiempos donde él y su amigo fallecido iban de planeta en planeta, aunque les gustaba ir a Tatooine, a la cantina en Mos Eisly.

-Papa, ¿Con ésta nave podías ir a hipervelocidad?

-¿Bromeas? ¡Ésta nave es la más rapida de la galaxia, pequeña!

-Demuéstralo, papá.

-Anakin… no me tientes.

-No te tiento, sólo demuéstralo.

Obligado por su hijo, el progenitor realiza varias maniobras a máxima velocidad, moviéndose con gran habilidad entre las nubes de naves que transitan por todo el planeta.

-¿Me creés ahora?

-Te… te… creo, papá.

-Buen chico.

Manejando la nave como si por él no hubiera pasado el tiempo, el padre de los niños eleva la nave hasta salir del planeta, permitiéndo que los niños véan como es Coruscant desde el espacio.

-Fijáos, ahí es donde vivís.

-Vaya.

De repente, una voz femenina familiar, muy familiar, se oye por la radio de la nave.

-Al final… le has recordado.

-Han sido ellos, me han enseñado a despedirme de él como es debido.

-Volved a casa, u os mandaré un destacamento a por vosotros.

-Sí, señora.

Con un leve giro, el Halcón Milenario cambia de rumbo volviendo a acceder a la atmósfera de Coruscant, con un Han Solo derramando lágrimas por la muerte de Chewbacca.

FIN.

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La guerra de las galaxias, por Miquiprince

En una galaxia muy lejana, pero mucho, no vaya usted a imaginar que estaba a la vuelta de la esquina u accesible fácilmente en sidecar. Quizá en un sidecar espacial de bombero nazi podrías llegar a esa lejana galaxia, habitada por personajes que beben y consumen drogas y vagabundos que hacen mucha gracia.

Algunos de estos vagabundos espaciales, llevan espadas aunque sean especiales, pero en el aula todos son iguales. En el Instituto Espacial Secundario de Mendoza los alumnos son muy buenos… los profesores también. Seguro que te divertirás en el aula de música, de historia, de gimnasia…

Hay espadas láser para todos y de todos los colores. Excepto para los iniciados en el lado oscuro, éstos tendrán que robar la suya a un no-iniciado. Esos desviados totalmente perdidos, tienen demasiado poco futuro, casi como los homosexuales en una legislatura del PP junto el Vaticano.

Los jedis perseguirán a los iniciados en la oscuridad hasta el confín del universo con sus espadas de luminosidad. Ese es su deber como caballeros desempleados de la galaxia. Podrán convivir con diferentes razas alienígenas…aunque normalmente las usan para esclavizarlas y sodomizarlas.

Eso era así hasta que un joven Sith, Lord Juan Ignaciatobellosoalajarwi Alfabiblellana Decimosexto, también conocido como Darth Vater, decidió que el abuso de los Jedi tendría que cesar. Por eso emprendió una campaña contra Jo-Da, el presidente de la Alianza.

Darth Vater se juntó con unos cuantos amigos en un botellón del planeta Hoth, el mejor lugar donde beber con los colegas, ya que no necesitan hielo y no hay nadie que les moleste al no ser que haya una batalla campal. Allí Darth conoció a Juan, el amigo de Salvador. Una vez acabada la fiesta, recibió una solicitud de amistad en el Empirebook. Ya tenía miles de relaciones sociales con gente e todo el universo…por lo que decidió colgar en su muro virtual una publicación que decía:

“Engaaaa vamoh a imbadir la galacsia de toda exta penya niñooooh”

Recibió más “Me gusta/Like/Hate/Fuck” que ningún otro usuario en Empirebook. Había creado el movimiento de la rebelión. Después de múltiples batallas con los Wookies, Ewooks, Hooligans y socialistas, consiguió destruir la Alianza internacional democráticamente elegida. Así se fundó el Imperio de arth Vader (se cambió la “t” por la “d” por razones obvias).

Después de dominar el Imperio durante décadas… recibió una solicitud de amistad en el “Licker”. Una chica le estaba siguiendo y le había etiquetado como “Padre”. ¿Qué desdichada tenía los ovarios para decir eso? Miró su nombre… era “La Princesika Leilaaaah”. Si eso fuese verdad, no tendría esenombre, más bien: “Leia Ignaciatobellosoalajarwi Alfabiblellana Decimoséptima”.

Accedió a encontrarse con ella en la Luna de Endor, lugar que estaba siendo repoblado en secreto por pequeñas poblaciones de Ewooks. Allí, Darth se encontró con Leia, con su Hermano Duke, su novio imaginario “Solo”, el amante “Cheewbacca” y dos androides: (7i,2j,4k) y Vita. Estos amables señores hicieron entender a Darth que él había tenido relaciones sexuales con su madre, Amimedalomismo. Trajeron junto a ellos un grupo de abogados, muy majos ellos, que denunciaron a Darth Vader y le obligaron a pagar a sus supuestos hijos durante el resto de su vida.

Con esa responsabilidad, el imperio se quedó sin fondos rápidamente. Darth tuvo que prostituirse y hacer shows con su espada láser en los clubs nocturnos más asquerosos del Universo…Luke murió de un accidente de coche. Leia no quiso hacerse las pruebas de paternidad porque sabía que habrían dado negativas *Oups, se escapó*. Cheewbacca se escapó con Vita a Mustafar. (7i,2j,4k) descubrió que su vector director se había escapado a la Tierra.

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STAR WARS: La Nenaza Fantástica, por eletroduende

La República Galáctica está jodida,
muy jodida, y sumida en una profunda crisis.
Hasta los Jedis las pasan canutas
para pagar a final de mes las facturas
de la luz de sus espadas láser.

Ser Guardián de la Paz y
de la Justicia en la Galaxia
ya no mola ni sale rentable.

Incluso el Canciller Supremo
los putea mandándolos a planetas
que están a tomar por culo
para conciliar conflictos triviales,
como si fueran Klaus (el juez gnomo),
pero sin zorro.

Mientras Obi-Wan se empecina en enseñar
a un gamberro las técnicas de la Fuerza,
un Jedi Gris descubre un spoiler
que hará temblar los foros de Internet.

Esta es la historia del otro elegido.
Una historia que hasta el propio
George Lucas desconoce…

TANA TANANANANA TANANANANA TANANANAAAAA (insertar aquí el resto de la banda sonora incluyendo una imagen de John Williams con la batuta para darle más énfasis)

¡Tócamela otra vez Sam! – gritó al pequeño ser que se aferraba con dos de sus manos a un piano electrónico (a su vez calculadora) marca CASIO, mientras que con las dos restantes le vendaba los restos de su otrora visible cola.

La música retro en 16 bits de Sonic el Erizo, o Sonic The Hedgehog para los puristas que gustan de las versiones originales, comenzó a inundar las paredes y recovecos de aquel pequeño antro.

Estaba hasta los mismísimos huevos, y no precisamente porque fuera ovíparo, de la música que tocaba la banda de Figrin D’an en un reconocidísimo bar del puerto de Mos Eisley llamado ‘La Cantina de Chalmun’; lugar que se había puesto de moda después de haber aparecido en la primera película de una reconocida saga de Ciencia Ficción, la cual luego, por causas del destino, o más bien por culpa del guión, resultó ser la cuarta.

Por eso venía hasta este recóndito lugar, mucho menos popular pero bastante más tranquilo, alejado además de los gritos del Wookiee propietario del citado antro, que se ponía de muy malas pulgas tanto cuando una plaga de ídem hacía acto de presencia en su pelambrera como cuando algún droide incapaz de beber algo que no fuera aceite se atrevía a ocupar algún asiento en el interior de su negocio.

Además, Sam era el único ser en el universo que parecía querer escucharle, aunque realmente su nombre fuera Huev Onazo. Sin embargo, se empeñaba en llamarlo de la otra forma porque aquel Xexto pequeño, fiel, servicial, de pies enormes, y más mariquita perdido que amanerado, le recordaba mucho al personaje de Sam Sagaz de ‘El Señor de los Anillos’. Incluso el nombre de su planeta natal, Troiken, le evocaba a Tolkien, el autor de dicha obra.

Le encantaba aquel texto literario, aunque realmente todo lo que sabía de él lo había visto en los trailers de las películas, ya que éstas últimas, como el libro, le parecían eternamente largas, por mucho que le libraran de tener que leerse semejante tochazo.

El caso es que disfrutaba especialmente con la parte de la Comunidad del Anillo porque, a pesar de tratarse de un mundo completamente ficticio, no difería en demasía de lo que podía vivirse en la galaxia. Un montón de razas unidas por un objetivo común, la paz o en su defecto el anillo único, y un montón de enemigos tratando de dar por culo, ya sea en forma de amenaza fantasma u orcos liderados por el malo de turno.

– ¿Te he dicho ya que yo fui un Jedi del Consejo, Sam? – le pregunto a Huev en busca de conversación.

– Miles de veces, señor Frodo – respondió sonriendo con su ocurrencia, ya que además de dominar el lenguaje básico aquel Xexto poseía un refinado sentido del humor.

– Pero no uno de esos que salen en los cómics, en los Blurays, en los PubliHologramas, o en las Wikipedias. De los de verdad – dijo mientras tomaba el líquido amarillento de una copa de cristal cuyo sabor era al whisky lo que el orín de un Eopie sería para cualquier humano.

– Un verdadero Jedi Gris – contestó Huev manteniendo su sonrisa.

– Si, un Jedi Gris – musitó, para inmediatamente bajar la cabeza y sumirse en sus propios pensamientos – Un Jedi Gris con una vida del mismo color. Eso es lo que soy ahora.

Huev se mordió sus inexistentes labios al darse cuenta del error que había sido recordarle aquella palabra al azulado, y excepcionalmente grande, Aleena que tenía delante y que respondía al nombre de Tsui Choi.

Por fortuna, el ruido de los aplausos de los pocos tertulianos que frecuentaban aquel garito, ante la aparición sobre un minúsculo escenario circular de una forma envuelta en una túnica azul, consiguió atraer la atención de ambos hasta el punto de llevarlos a olvidar aquella infructuosa conversación.

Hacía tiempo que las sesiones de Pole Dance habían dado paso a las de Karaoke Japonés a causa de la poca afluencia de público en general y al bajo presupuesto con el que contaba el dueño de aquel tugurio en particular. Sin embargo, el gesto de sorpresa que se podía percibir en los enormes ojos de su propietario Mon Calamari delataba que aquel baile distaba mucho de haber sido pagado con antelación como parte de un espectáculo.

Ante las dilatadas pupilas de todos los presentes el cuerpo escultural de una mujer alta, con un cabello negro y liso que caía lacio sobre sus hombros hasta acariciar el contorno de su ancha cintura, empezó a retorcerse al ritmo de la música con una flexibilidad y cadencia pasmosas.

El rojo de su piel, que brillaba a causa de la humedad provocada por el sudor que la cubría, no dejaba duda alguna acerca de su proveniencia. Desde el mismo momento en que sus feromonas comenzaron a flotar por aquel recinto con cada uno de sus sutiles y provocadores contoneos, capaces de poner de punta, o a punto, cualquier pelo, tentáculo o arma láser de cualquier ser presente en la sala, con independencia de su género, todos sabían que sólo podía tratarse de una bella y hermosa Zeltron.

Pero mientras los presentes jaleaban y animaban a la improvisada bailarina a realizar movimientos cada vez más lascivos e inverosímiles sobre la barra de metal a la cual se aferraban sus prietos muslos, el Aleena apenas podía acompasar su respiración con su creciente ritmo cardiaco.

Más allá de sus voluptuosos pechos, de sus nalgas respingonas, de sus carnosos labios, de sus sensuales gestos, y en definitiva, de lo buenísima que estaba la muy jodida, había algo en aquella mujer que lo perturbaba de forma muy diferente a como ocurría con el resto de parroquianos. Jamás había sentido una fluctuación tan grande y anómala de la Fuerza, y mucho menos, jamás de los jamases, ante la visión de una mujer, le había sangrado de forma tan abundante los orificios nasales que tenía a modo de nariz.

Intrigado, no pudo evitar acercarse en un estado casi hipnótico a la barra americana donde aquella chica exhibía sus dotes tanto para la danza como las anatómicas.

– ¿Notas el poder de la Fuerza? – fue lo único que atinó a decirle.

La chica sonrió señalando mediante su dedo índice la parte del pantalón del Jedi donde sobresalía un pequeño bulto, y dijo – Creo que es la forma más original con la que nadie me ha dicho que le gusta mi trabajo.

– ¡No es lo que piensas¡ – dijo al tiempo que derramaba los cubitos de hielo que aún permanecían en su vaso por el interior de su pantalón – ¿Has oído hablar de “la profecía”? – le preguntó exaltado intentando elevar su voz sobre la música que retumbaba en sus oídos.

– ¡Uy, que si la he oído dice!, ¡la he visto y todo!, ¡está tan descatalogada que me la tuve que bajar de ‘seriessith’, pero menudo peliculón! El Damian ese si que era un autentico niño hijo de puta. A su lado el extinto Darth Revan en sus momentos más malos parecía un Ewok de teta, y un NE-naza más que una AME-naza – gritó mientras separaba deliberadamente las primeras sílabas de estas dos palabras.

– No me refería a “esa” profecía – respondió al tiempo que se daba cuenta que no iba a ser tan sencillo hablar con ella en medio de aquel frenético baile como en un principio le había parecido – Mira, soy un Jedi retirado y…

– ¿Retrasado?, no te preocupes, ya decía yo que esa cara que ponías mientras bailaba no podía ser de alguien muy normal, independientemente de su especie – le interrumpió tratando de quitarle importancia al tema.

– Retirado, Jedi R-E-T-I-R-A-D-O, y sé de lo que hablo – dijo subiendo aún más el tono de voz – Durante años hemos estado esperando la aparición de un elegido, alguien en el que se pueda percibir un poder de la Fuerza fuera de lo normal.

– Oye, no sé de que va todo eso. Soy sólo una chica de alterne que trabaja bailando en una barra, no lo olvides. Si te van los rollos Jedi y Padawan a la hora de bailar lo respeto, cosas peores he hecho, pero eso se paga aparte, cariño.

– Disculpa, creo que no me has entendido bien. ¿Cómo dices que te llamas?

– Disimula… – respondió mientras sus violáceas e iridiscentes corneas escrutaban al dorado droide de protocolo que acababa de entrar en el local.

– ¿Disimula?, ¿a que viene ese nombre? ¿a un apodo artístico mal escogido o a unos padres muy cabrones con un cuestionable sentido del humor y del gusto?

La chica acarició el rostro del Aleena y lo empujó hasta incrustar su hocico entre los muslos de sus esbeltas piernas, haciéndolo partícipe de su espectáculo. La proximidad del diminuto tanga malva cubierto de decenas de monedas tintineantes y lo vergonzoso e inesperado de aquella situación consiguieron que el rubor, cual camaleón, convirtiera el tono azulino de la piel de su cara en algo tan carmesí como las manos que la sujetaban.

Poco a poco el droide recién llegado, bajo la atenta mirada de la Zeltron, se hizo hueco hasta llegar a la altura del escenario, empujando por el camino a quién quiera que le impedía el paso.

Pronto, las crecientes quejas de los presentes ante las molestias ocasionadas por la violenta conducta de la unidad 3PX se vieron acalladas cuando ésta sacó a relucir un impoluto rifle Blaster E-5 encargado a los Talleres de Blindaje Baktoid por la Federación de Comercio.

– ¡Levantad los brazos todos aquellos que dispongáis de esas extremidades, y los demás pegaos el piro! – dijo el droide en un tono muy chulesco.

Un Aganof suspiró aliviado, al tiempo que comenzaba a arrastrarse a la salida del local bajo la envidiosa mirada de los presentes que por primera vez en su vida habían deseado carecer de manos y poder desplazarse como aquella cosa.

– Tú, el camarero tembloroso, ya me vas quitando a Rihanna y me pones algo de Metallica; y una tapa de aceitunas, que necesito aceite. ¿De verdad creías que ibas a escaparte tan fácilmente de mi maestro? ¿de verdad pensabas que no íbamos a encontrarte?

– ¡Como es posible!, ¡he pagado a un médico Zabrak para que me desactivara el collar anti-alejamiento, me quitara el cinturón de castidad, me arrancara el chip de rastreo, y ya de paso me hiciera una pequeña liposucción y me pusiera algo de bótox en los labios! aunque el resto sigue siendo todo mío, ¿eh? – terminó por aclarar.

– Ya, pero es que mira que hay doctores en este planeta como para decidirte por la clínica de uno de sus hermanos, que encima no es cirujano, es proctólogo. El único que como él ha conseguido ser algo más en la vida que un esclavo del clan de las Brujas liderado por la Madre Talzin.

– Jo, es que era el que me pillaba más cerca, tenía prisa… además, me lo había recomendado…

– Más te vale que regreses con Maul por las buenas, Sorri Yah, o si no…

– ¿Sorri Yah? ¡No me extraña que me quisieras ocultar tu verdadero nombre. Bueno, ¡ya está bien montón de chatarra!

– ¡No te metas! ¡C-3PX es un droide asesino muy peligroso!

– Y yo soy un Jedi, cojones! ¡no lo olvides! ¡mira lo que soy capaz de hacer con el metal que recubre su cuerpo! ¡Ja!, ¡me río yo de Magneto!

La Fuerza empezó a mostrarse en las arrugas de su frente, en su boca contorsionada, en el rechinar de sus dientes, y en sus ojos entrecerrados, mientras la palma de su mano alzada hacía el droide con los dedos completamente extendidos intentaba atraer aquella armadura metálica sin ningún resultado visible.

Luego, aumentó en intensidad, mientras se le hinchaban las venas del cuello, se le ponía la cara completamente morada, y a causa del notable esfuerzo se le escapa un hilillo de voz que sonaba como un ‘ñiiiiiiiiiii’ por la comisura de los labios, aunque la figura de aquel droide permanecía impasible.

Finalmente la Fuerza se mostró como nunca antes lo había hecho en forma de sonido escatológico que se dejo oír por entre las nalgas de sus pantalones, y se dejó ver y oler en la forma de una amplia y maloliente mancha de color… (por que no decirlo) …de color mierda, para ser más exactos.

– ¡No puede ser!, ¡me he concentrado intensamente en estrujar la coraza metálica que recubre su cuerpo, y me he pedido! digo, ¡no he podido! ¿cómo es posible?

– Bueno, ya dabed, la cridid… – sugirió Sorri Yah mientras sus dedos le hacían un favor a su nariz apretando sus preciosas fosas nasales.

– ¿La crisis? ¿Cómo que la crisis? – preguntó intrigado.

– Lo cierto es que no tenían suficientes créditos para arreglarle la chapa después de haberle introducido en su interior hasta 83 tipos de armamento distinto en su última modificación y lo recubrieron con un disfraz de plástico de C-3PO que compraron por eBay, que se le parece bastante – respondió rápidamente tratando de no respirar.

– Tengo un mal presentimiento sobre esto – acertó a decir Tsui al ver como el droide se desprendía de su coraza dejando entrever un arsenal de armas, que ya quisiera para sí cualquier grupo Tusken de Talibanes, y que apuntaba directamente a su cabeza.

Entonces, en un intento desesperado, el Aleena gritó – ¡Sam, mi espada! – y usando la misma Fuerza que anteriormente le había fallado consiguió atraer hasta su mano el arma luminiscente que el Xexto le custodiaba.

Y como si de una película de Los Inmortales se tratara, en un salto ágil, espectacular e imprevisible, se abalanzó hacía el droide girando en el aire trescientos sesenta grados para intentar seccionar con la hoja de su sable láser el cuello de aquella máquina.

El ruido de unos cristales rotos lo devolvió a la realidad. Hacía tiempo que había empeñado su arma para poder seguir pagando la hipoteca que tanto le agobiaba, y había comprado a un Toydariano de Coruscant aquel mango de plástico con un fluorescente simplemente para poder mantener las apariencias y poder intimidar al personal.

El droide asesino apuntó la mira láser de su rifle Blaster directamente a la sien del Aleena – Es una pena tener que desperdiciar un tiro en un Jedi desahuciado. Los Grises como tú sois la escoria de vuestra Orden – apostilló.

El ruido seco del disparo sonó en la estancia mientras un chorro de plasma color carmesí bañaba los fusibles y cables de C-3PX.

– ¡Noooooo! – gritó Huev, que intuyendo la futilidad del ataque con una espada láser de juguete se había acercado corriendo a socorrer a su amigo sin derecho a roce. Había logrado interponer su pequeño cuerpo entre el arma y el caballero Jedi tras desplazarlo por medio de un empujón.

– ¿Gris?, ¿gris?, ¡gris lo será tu padre, Terminator de mierda! ¡Y tu Sam mira por donde andas que no haces más que tropezarte! – exclamó el Jedi ante todos los presentes.

– ¡Aay! – fue lo único capaz de responder Huev mientras taponaba la herida de su hombro.

– ¡Yo me exilié del consejo por voluntad propia, porque quería casarme! ¿entiendes? ¿sabes lo que eso significa? ¿podrás tan siquiera algún día llegar a comprender aunque sea sólo un poco lo que significa el amor? ¡Si sólo me hubiera guiado por el Código, aún estaría en el Consejo! – siguió desahogándose en un discurso que quizás debería haber soltado hace muchos años.

– “No existe la pasión, sólo existe la serenidad”, es lo que me repetían miles y miles de veces. El amor para un Jedi sólo puede surgir de la compasión porque te obligan a desprenderte de todo aquello que temes perder. ¿Y sabes qué? ¿sabes que ha sido lo más gracioso de todo? que ya la he perdido. Murió meses después de que decidiéramos dejarlo todo para vivir una nueva vida. Así que, te doy la razón. Tengo una vida gris, pero no por ello voy a dejar de honrar la Orden a la que todavía pertenezco.

Con un gesto vertical de su mano laceró uno de los brazos del droide asesino mientras con la otra creaba un escudo para protegerse de sus disparos. Pero la máquina, al ver lo inútil que resultaba su pesado armamento ante aquel adversario decidió atacarle en un combate cuerpo a cuerpo. El repentino y furtivo golpe de su puño hidráulico a la altura del estómago del caballero fue suficiente para tumbarlo en el piso entre visibles gestos de dolor.

– Voy a devolverle la Zoltran al maestro Darth Maul, y ni tú ni tu mascota vais a poder hacer nada para impedirlo – afirmó el droide en un claro atisbo de victoria.

– ¡Que sepas que el dorado ya no se lleva ni está de moda, ordinario! – soltó Huev entre sollozos en un intentó de herir al menos moralmente a su agresor.

– ¡Utiliza la Fuerza Sorri Yah! ¡utiliza la Fuerza! ¡puedes hacer cosas imposibles para cualquier ser humano! – espetó Tsui a la Zeltron.

La mujer se agachó hasta la altura de la túnica azul que aún yacía en el suelo, y sacó de ella algo que colgaba de los dedos de su mano con la forma de dos diminutas bolas rojas entrelazadas por una rama. Eran dos guindas.

– ¡No la miréis incautos! ¡no la miréis! – gritó Tsui a sabiendas del potencial de la chica.

La chica sacó su lengua y envolvió con ella los pequeños frutos hasta introducirlos en su boca. Nadie pestañeaba.

De pronto, sus húmedos y carnosos labios formaron una especie de ‘O’, y de ellos volvieron a salir las guindas, esta vez con un nudo en medio de la rama que las unía.

En el recinto se podía oír perfectamente el frenético batir de los corazones de todos los presentes, salvo el de Huev, y lógicamente el del droide. Fue entonces cuando sus labios volvieron a succionar aquellos frutos y, tras unos movimientos internos de su lengua, sacaron de nuevo las guindas con otro nudo más.

Las gotas de sudor empezaron a salir de forma inexplicable incluso en aquellos seres que carecían de sistema nervioso simpático o de glándulas sudoríparas.

Al tercer nudo, el suelo era ya una amalgama de distintas especies inconscientes y desmayadas ante la impactante demostración de habilidad y destreza de aquella chica. Incluso C-3PX parecía haber sucumbido bajo sus efectos.

– ¡Maldita!, ¡no vas a recalentarme!, ¡no vas a recalentarme! – dijo el droide al tiempo que intentaba frenar la velocidad del rotor y la subida de temperatura de su motor interno.

Pero cuando se dio la vuelta para intentar elevar la dosis de líquido refrigerante que circulaba por su interior, Tsui se percató del único punto débil visible de aquella máquina creada para matar. Un pequeño, minúsculo, y diminuto botón de color rojo oculto en su espalda para cualquier ojo no adiestrado, pero fácilmente identificable para un caballero Jedi como él, y para cualquiera que hubiera leído el enorme cartel que junto a éste decía “PULSAR SOLO EN CASO DE EMERGENCIA”. Y si poder morir en manos de un amasijo de hierros con vida no significaba una emergencia, entonces que viniera Yoda y lo viera.

El sonido plástico del ‘click’ sorprendió de lleno al droide, que tras darse cuenta de su precaria situación simplemente accedió a despedirse con esta frase – Que hartas estamos las máquinas de que todo el mundo nos utilice sin tan siquiera haberse leído nuestro manual de instrucciones.

Y tras estas enigmáticas palabras, la voz pre-grabada de una mujer diciendo con una inapropiada serenidad “LA AUTODESTRUCCIÓN TENDRÁ LUGAR EN 5 SEGUNDOS” le dio toda la razón al droide asesino.

Una enorme explosión tuvo lugar en el interior del droide, que voló en cientos de pedazos, y su onda expansiva impactó sobre Tsui, Huev, y Sorri Yah, empujándolos unos cuantos metros hasta chocar con el frío y duro suelo del local.

– ¿Cómo estás? ¡dime que estás bien! – inquirió rápidamente Tsui mientras trataba de levantarse.

– Me duele – respondió lastimosamente Huev.

– No te preguntaba a ti, quejica – y mientras sostenía a Sorri Yah de la mano le preguntó con voz de Constantino Romero (o de Darth Vader, que para el caso es lo mismo) – se te ve estupenda, aunque supongo que eso te lo habrán dicho muchas veces.

La Zoltran sonrío complacida ante aquel halago mientras dejaba que el Aleena  la cogiera entre sus brazos – Déjame que te haga una analítica – dijo al tiempo que cual Doraemon se sacaba un aparato del bolsillo.

– ¿No sería mejor un poquito de Betadine y unas vendas? – solicitó Huev.

– No te lo decía a ti, llorica. Por cierto, ¿quieres dejar de sangrar de una vez? ¡lo estás poniendo todo perdido!

– ¿Que es eso? – preguntó Sorri Yah cuando Tsui puso un pequeño dispositivo en uno de sus dedos índice.

– Un Vitality Sensor para la Wii. Es una tecnología muy antigua que fue muy infravalorada en su época y que los Jedis hemos rescatado junto al Balance Board para nuestros análisis y entrenamientos virtuales.

– ¿Que tal? – preguntó Sorri Yah verdaderamente intrigada.

– Mal, no consigo detener la hemorragia – dijo Huev.

– Me refería a los resultados de mi analítica – le aclaró Sorri Yah.

– Es increíble. Según los datos tienes de todo, azúcar, colesterol, e incluso la tensión por los suelos. Sin embargo, sólo tienes dos midiclorianos.

– ¿Ves?, te dije que tan solo era una bailarina, nada especial.

– Sorri Yah, lo que te hace excepcionalmente diferente no es el número de midiclorianos que se encuentran dentro de tu organismo, sino el tamaño de los mismos.

– ¿Tamaño?

– Bastante grande, creo que necesito puntos – interrumpió Huev en alusión a su herida.

– Si, tamaño. A simple vista creo que tienen unos cien centímetros de diámetro. Normal si tenemos en cuenta que tienes uno alojado en cada… ya sabes, en cada teta. Y no es que andes mal sobrada respecto a este tema. Según mis cálculos eso equivaldría a cien mil midiclorianos por mama, y eso se sale de las tablas. ¡Ni el Maestro Yoda los tiene tan grandes!.

– Vale, está bien, tengo dos midiclorianos enormes dijo a la vez que se sostenía el busto con ambas manos. Pero, ¿de qué me sirve tenerlos? – preguntó con curiosidad mientras le acercaba sus senos a la cara.

– Esto… Los midiclorianos son criaturas microscópicas que se encuentran dentro de todos los seres vivos, en simbiosis. Sin ellos la vida no existiría, y tampoco conoceríamos la Fuerza. Cuanto más nivel de midiclorianos tiene un ser vivo, más aptitud se tiene para usarla. La profecía dice que el nacimiento de un ser con una fuerte afinidad con la Fuerza traerá el equilibrio a la misma y destruirá a los Sith – le explicó sin dejar de mirar detenidamente el lugar donde se escondían aquellos dos enormes midiclorianos.

– ¿Y de verdad crees que yo soy ese elegido?

– Chicos, chicos, creo que estoy perdiendo la sensibilidad en este brazo – dijo Huev tratando de acaparar la atención.

– Bueno, no te alarmes, por suerte te quedan otros tres. Creo que es tiempo de hacer una llamada – contestó Tsui.

– ¡Menos mal!, ¿a emergencias? – dijo Huev con alegría – Me preocupa el color liliáceo con el que se está tornando el brazo.

– No, al maestro Windu. El sabrá aconsejarnos sobre como actuar en este caso – dijo con un claro gesto de preocupación.

– ¿Quieres que le envíe un holograma?, mi raza está especializada en recrear los mejores…

– Quita, quita, a mi que no me saquen del Skype – respondió interrumpiendo a la chica mientras sacaba un teléfono móvil con lo último en Android.

– ¿Tsui? ¿eres tú? ¡cuanto tiempo querido amigo! ¿donde has estado? – se pudo escuchar a través del Terminal.

– Maestro Windu, no tenemos tiempo para explicaciones, es una larga historia. ¿Te acuerdas de la profecía?. Esta chica tiene solo dos midiclorianos, pero lo importante en su caso no es la cantidad, sino el tamaño – dijo al tiempo que enfocaba con su cámara de diez megapixels 3D el escote de la chica – El equivalente a dos maestros Yoda a escala 1:1.

– Lo cierto es que se ven enormes… ¿Te refieres a la profecía de aquel que traerá el equilibrio a la Fuerza? ¿Crees que es esa… chica? – respondió el maestro con sorpresa.

– Pues sí, ¿por?

– Siento decirte que el Consejo ya ha rechazado una propuesta de Qui-Gon Jinn para entrenar a un chico de Tatooine con un número inusitado de midiclorianos, más de veinte mil, por ser demasiado adulto según nuestro Código. Así que imagina lo que nos dirán si le vamos con estas peras… digo con esta jamona.

– Ya sabes lo que opino acerca del Código Jedi. Vale, vale que está muy crecidita, pero…

– Lo siento Tsui Choi, no podemos hacer nada al respecto – se lamentó Mace Windu.

– ¿Y que tal si aprovechamos la llamada para solicitar una ambulancia? – dijo Huev sin esperanza alguna. Pero el Aleena ya había colgado.

– Gracias por ayudarme, y por haber creído que yo era el elegido – le animó Sorri Yah mientras lo rodeaba con sus brazos.

– No te preocupes, para mí sigues siéndolo. ¿Quieres ser mi aprendiz?

– Eso no va por mí, ¿no? – preguntó Huev sabedor de la respuesta.

– ¿Estás de broma? ¡me encantaría! – contestó una Sorri Yah ilusionada.

– Pues que le den por culo al Consejo. Te nombro oficialmente mi joven Padawan.

– Así que Jedi Gris, ¿eh? A Darth Maul no le va a hacer puta gracia que te hayas quedado conmigo – dijo Sorri Yah sonriendo.

– Quizás no tan Gris al fin y al cabo. Al menos no ahora que he dejado atrás el pasado y vivo contigo el presente. ¿Quién es ese tal Maul? – le replicó mirándola a los ojos.

– Hablando del pasado, a lo mejor deberías conocer algo del mío – le advirtió la Zoltran.

– Creo saber por donde van tus tiros Sorri Yah, y créeme cuando te digo que no me importa cual haya sido. Además, será mejor que atendamos de una vez al pobre Huev, hace rato que no lo escucho quejarse – dijo mientras observaba como el Xexto yacía inconsciente junto al resto de cuerpos.

– ¿De verdad? ¡Jamás pensé que pudiera encontrar un hombre al que no le importara que fuera la empleada del mes durante quince años consecutivos trabajando como chica de alterne en aquel burdel de carretera, y que me haya pillado todas las enfermedades de transmisión sexual habidas y por haber!

– Bueno, tanto como no importarme, lo que se dice no importarme…

Ambos se fundieron en un fogoso beso y en un cálido abrazo, mientras sus lenguas se empeñaban en entrechocar como en una pelea de espadas láser, de esas que sólo se pueden ver en las películas de Ciencia-Ficción.

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Los caminos de la Fuerza, por RikkuIntheMiddle (fuera de concurso)

Inspiró profundamente. Si no hubiese estado concentrada, las partículas de arena arrastradas por el viento y la atmósfera cáustica del planeta le habrían obligado a toser hasta dejarse allí los pulmones. Por suerte, podía aguantar la respiración mucho tiempo o ralentizarla para minimizar esos pequeños contratiempos que hacían de Korriban un planeta inhóspito. Pero el aire viciado no era la razón por la que cualquier jedi temía posar un pie allí, sino algo mucho más antiguo y poderoso.

Avanzó unos pasos y activó el camuflaje de su nave. Tampoco es que temiera que alguien pudiese descubrir su única vía de escape en el planeta natal de los sith, ahora un yermo deshabitado a excepción de las tumbas que poblaban el valle. Korriban era un cementerio,  uno muy grande que orbitaba alrededor de su estrella y al que muchos profesaban una devoción casi religiosa como depositario de una sabiduría ya extinta. Para una persona no sensible a la Fuerza, el Valle no dejaba de ser una colección gigantesca y grandilocuente de mausoleos, mástabas finamente decoradas de una civilización perdida; para un jedi como ella, el Valle era una trampa enorme llena de focos del lado tenebroso de la Fuerza en la que era relativamente fácil perderse. En todos los sentidos.

Cuando estuvo segura de que había una buena señal, activó el holocomunicador. La imagen nítida del maestro Jorhal apareció de repente, en su característica pose tranquila.

– Ya he llegado. Sin contratiempos. – informó secamente.

– Nadie decía que los fuera a haber. – le respondió el maestro sin perder su sonrisa – Noto cierta perturbación en tu ánimo. ¿Te preocupa algo, joven padawan?

Maris tardó unos segundos en responder. Claro que algo la preocupaba. No hacía falta ser un genio para darse cuenta de que mandar a alguien como ella, que no había adquirido aún el rango de caballero jedi, a una misión de caza y captura en solitario a un lugar dominado por el lado oscuro de la Fuerza, no era muy sensato. Menos aún considerando que su objetivo era su mejor amigo de la infancia.

– ¿Usted que cree? – eludió responder con otra pregunta, con un deje de insolencia en su voz.

– Comprendo tus temores. – trató de tranquilizarla Jorhal – Pero lo que ha hecho Bendak es de una gravedad terrible y pone en peligro a toda la Orden. No hay excusa para sus actos. Robar un holocrón sith, custodiado y protegido en lo más profundo de las cámaras de la biblioteca, sólo demuestra la intencionalidad del acto y su premeditación. Bendak se ha dejado arrastrar por el Lado Oscuro y ya no puede ser salvado.- zanjó – Debemos detenerlo antes de que esta situación vaya a peor.

– Pero, ¿por qué yo?

El maestro Jorhal pareció dudar durante unas décimas de segundo, antes de responderle con un mantra que no por repetido muchas veces, dejaba de perder su razón de ser:

– Los caminos de la Fuerza son inexcrutables. – dijo, para zanjar más tarde – Ha sido una decisión del Consejo y debes acatarla.

Maris comprendió que su maestro daba por concluida la conversación sin darle más razones que las que ya le habían dado en Dantoine antes de partir. Si tan grave era la situación, hubiese sido más lógico enviar a un maestro, al propio Jorhal por ejemplo, antes que a ella, que seguía siendo susceptible de caer en la tentación del lado oscuro.

– Cierro la comunicación. – apostilló – Cuando acabe, – ‘si es que sobrevivo’, pensó para sí – volveré a llamarle. – dijo apagando el holocomunicador.

Se caló la capucha de la capa de modo que las particulas de polvo arrastradas por el viento no le entrasen en los ojos. Trató de poner su mente en blanco para percibir con mayor claridad la Fuerza y el efecto que Bendak producía en ella mientras se movía. Era una tarea harto difícil. El lado oscuro embotaba todos sus sentidos de una manera casi física, oprimiéndole el pecho e impidiéndole casi respirar. Entonces lo notó. Una fina traza entre aquel mar neblinoso que le resultaba tremendamente familiar. Encaminó sus pasos en aquella dirección, directa al Valle de las tumbas de los antiguos señores sith.

"Cuidado con las bestias que se sienten atraidas por la Fuerza". Las palabras del maestro Bindo, el viejo ermitaño, transcritas para la posteridad 200 años atrás, seguían retumbando en su mente. Korriban era un planeta desierto: los restos de la vieja academia sith fundada por Malak, con sus capas de polvo acumuladas en el transcurso de dos siglos, testimoniaban que nadie, aparte de Bendak y ella, se había aventurado a ir a allí desde entonces. Las leyes de la República respecto a la prohibición de viajar al planeta eran muy estrictas para evitar la resurrección de un culto que debía ser olvidado para siempre, pero también por los peligros que seguían existiendo en Korriban.

A medida que se acercaba, podía sentir con mayor claridad la presencia de Bendak en una de las tumbas. A diferencia de las de gran tamaño pertenecientes a los famosos señores sith, como la de Naga Sadow o la de Marka Ragnos, aquella tumba era relativamente pequeña y su entrada pasaba desapercibida con facilidad hasta el punto de que si no hubiese estado siguiendo a su antiguo compañero, ni siquiera se habría percatado de su existencia.

Los recuerdos de su infancia empezaron a emerger en su mente a medida que se adentraba en la oscura tumba. Su primer recuerdo de Dantoine era el de su llegada al templo jedi, junto a un niño de su misma edad que no paraba de llorar. Ella no compartía aquella tristeza por la vida que se había visto obligada a abandonar: no era lo mismo tener que dejar para siempre a unos padres que te quieren que a un amo que te usa como animal de compañía. Aquel niño al que tuvo que calmar por supuesto era Bendak, pero no tardaría en invertirse la  situación, cuando Bendak tuvo que calmarla a ella en plena noche durante sus numerosas pesadillas. Entre ellos nació una bonita amistad que perduró años hasta que se les asignó un tutor de maestro a cada uno y sus vidas tomaron caminos diferentes.

Si había alguien al que jamas creería verlo convertido en sith, ese era Bendak. Siempre había sido una persona afable, bondadosa y recta, capaz de asumir a la primera el Código Jedi como propio en tanto que ya formaba parte de su forma de ser. Por eso siempre fue un alumno aventajado y sabio al que los maestros trataban como a un igual a pesar de su juventud y al que – tal vez ese fuese su error – permitían acceder a archivos cuyo acceso a otros alumnos se negaba. ¿Bendak, un sith? Imposible, eso era algo que tenía que comprobar por sí misma.

Tan sumida estaba en sus pensamientos que ni siquiera se percató del ataque hasta que la garra de la bestia le arrancó parte de la túnica de un zarpazo, lacerándole el hombro izquierdo. El golpe mortal casi logró derribarla y, de no haber sido una jedi, no hubiera tenido los reflejos suficientes como para esquivar el siguiente ataque. Saltó hacia un lado para ganar distancia respecto a su atacante y contemplarlo en todo su esplendor. La enorme bestia acorazada, un terantatek, despertada de su hibernación por su presencia y la de Bendak, la miraba ahora con un atisbo de curiosidad aunque eso no dejaba de ser una falsa impresión: el terantatek sólo estaba esperando el mejor momento para atacarla de nuevo.

Trató de calibrar la situación a la par que se maldecía a sí misma por no haber estado atenta como debería. Tenía una herida profunda en el hombro izquierdo que probablemente le había seccionado el tendón, además de dislocarle el húmero, dejándole el brazo izquierdo completamente inerte e inservible. En un acto reflejo desenfundó su sable láser y la pálida luz azul de su hoja iluminó repentinamente la antesala. De poco le iba a servir. Para atacarle directamente, tendría que acercarse lo suficiente, lo que suponía ponerse a su alcance y eso le daba toda la ventaja al terantatek, cuyo siguiente golpe sería letal de necesidad. Decidió cambiar de estrategia. Usó la Fuerza para empujarlo pero la bestia no reaccionó. Parecía ser completamente inmune a cualquier ataque que le hiciera porque esa era su naturaleza como animal que había sobrevivido milenios devorando a los antiguos sith.

Definitivamente su vida iba a acabar allí, pensaba, enterrada junto a un señor sith de nombre desconocido y devorada por una bestia ancestral. Los designios de la Fuerza resultaban terriblemente irónicos a veces. Pero algo en su interior le decía que ese no iba a ser su fin. El azar, o la Fuerza, hizo que su mirada se posase sobre el techo agrietado encima de su cabeza. La actividad sísmica del planeta había hecho que la estructura de enormes sillares de piedra se resintiera amenazando con venirse abajo. Sólo tenía que darle un pequeño empujón…

Maris se concentró como nunca antes lo había hecho, ignorando los pasos del terantatek, cada vez más cercanos, reclamando para sí la esencia de la Fuerza inherente en aquellas enormes losas, hasta que, tras un crujido que retumbó como un grito, el techo se derrumbó, en una nube de polvo, cayéndole justo encima al enorme animal.

En ese momento, fue consciente de la gravedad de su situación. Podía notar cómo la sangre le resbalaba brazo abajo, empapando su túnica y formando un pequeño charco en el suelo. Ya había perdido demasiada. Encima, ella misma había destruido la única salida conocida de aquella tumba, de modo que, tal como se encontraba, aunque encontrase otra via de escape y tuviese la suerte de no toparse con otro terantatek por el camino, nunca podría volver a la nave.

Deambuló por aquellos pasadizos sin rumbo fijo durante horas. Ni siquiera podía concentrarse para seguir el rastro de Bendak: todo lo que sentía era una especie de corifeo de cacofonias, amplificadas por la tumba de aquel señor sith desconocido, hasta que finalmente perdió el conocimiento.

Cuando despertó, no se había unido a la Fuerza junto a los grandes maestros de la Orden como pregonaban las enseñanzas. En su lugar, se encontraba en una sala bastante grande que debía ser la cámara mortuoria del lord sith, recostada sobre un camastro improvisado.

– Ya era hora que despertases. – dijo una voz conocida – Llevas tres días inconsciente. Me estabas empezando a preocupar.

Bendak la observaba de pie, sin perder su expresión amable. No pudo seguir mirándole a la cara, avergonzada ante lo que estaba obligada a hacer.

– Te he curado esa herida del hombro. – prosiguió Bendak – No tenía buena pinta pero  las he visto peores.

Entonces Maris se fijó en el vendaje, puesto con sumo cuidado, que le cubría el hombro. También se percató de que volvía a tener plena movilidad en ese brazo. Era sorprendente la habilidad de Bendak: una herida de ese tipo podía postrar en cama a una persona, incluso a un jedi, durante semanas y él la había curado en apenas tres días.

– ¿Sabes por qué estoy aquí? – le dijo a su amigo finalmente.

– No soy estúpido, Maris. – la expresión de Bendak se hizo más solemne pero sin perder su afabilidad – Lo sé.

– ¿Y no tienes nada que decir?

– Tengo que aceptar lo que me depare la Fuerza, – le respondió él – y si mi destino es morir aquí, por tu mano, que así sea.

– Si sabías que he venido a detenerte cueste lo que cueste, ¿por qué me has curado? – le replicó Maris.

– Quería que nuestra pelea fuese en igualdad de condiciones. – sonrió él con sarcasmo.

– ¡Vamos, sabes que soy mejor que tú en combate! – aulló de frustración ella, poniéndose  de pie de un salto – ¡Es un suicidio!

Bendak volvió a sonreirle en respuesta, esta vez de la misma forma como lo hacía cuando estaban en el templo y lograba que ella aprendiera una lección que los maestros no habían acabado de explicar del todo bien. Le lanzó su sable de luz a Maris y desenvainó el suyo con su atípico haz de color verde. Sin embargo, en lugar de atacar, continuó hablando.

– ¿Sabes dónde estamos? – dijo – Estamos en el lugar exacto donde empezó todo. ¿Sabes de quién es esta tumba? – hizo una pausa dramática – Es la tumba de Silas Khor.

Un escalofrío recorrió el cuerpo de Maris al oir aquel nombre, por la simple y llana razón de que eso era imposible: Silas Khor había sido uno de los maestros jedi más honorables de la Orden, que había participado en la primera gran guerra. Era imposible que estuviese enterrado allí, entre los sith.

– ¡Eso es una blasfemia! – gritó a la par que desenvainaba su sable de guardian de la Orden, de un brillante color azul.

– Eso mismo pensé que me dirían los maestros cuando les conté lo que había descubierto en aquel holocrón, – le respondió Bendak sin perder la calma – pero sólo me pidieron que no se lo explicara a nadie.

– ¡Mentira! – aulló Maris lanzándose contra Bendak.

Las dos hojas se cruzaron emitiendo un sonido característico. El primer golpe súbito y potente casi hizo trastabillear a Bendak pero pronto recuperó la posición retrocediendo unos pasos, ganando así cierta distancia respecto a su oponente, que seguía golpeando sin tregua a un ritmo endiablado. Resistía como podía los ataques, pero sabía que Maris era mucho mejor espadachina que él. Y tenía mucho más aguante también a pesar de la herida.

– ¡Nos mintieron! – le gritó – ¡Nada es tan simple! ¡No todo es de color blanco o negro! ¡Lado luminoso o tenebroso!

En ese momento, notó que Maris atacaba con menos intensidad que antes. En un movimiento rápido, le lanzó con la mano que tenía libre un empujón de Fuerza que pilló por sorpresa a la jedi, proyectándola contra la pared. Sin embargo, ésta reaccionó antes de golpearse la espalda contra ella, girando sobre sí misma hasta dar con los pies, y se impulsó dando una voltereta en el aire.

– ¡Te has convertido en un maldito hereje sith! – gritó Maris presa de la ira, continuando su ataque despiadado del que a duras penas él podía protegerse.

– Herejía. – dijo Bendak relajando su cuerpo como si hubiese alcanzado de repente un estado de meditación – Esa fue la razón por la que los exterminaron, para silenciar las voces discordan…

No llegó a terminar la frase. En un movimiento rápido, Maris, mientras aún hablaba, le había arrancado el sable de la mano, desarmándolo, y le había atravesado el estómago con su espada. Bendak se desplomó sobre ella y quedaron así, juntos, fundidos en una especie de abrazo de muerte y desolación. Habían dejado de ser una justiciera jedi y un hereje sith para convertirse de nuevo en sólo dos jóvenes aprendices que se habían prometido amistad eterna.

– La salida trasera está por ese pasillo. – dijo, para concluir, exhalando su último aliento – ¿Ves? Lo han vuelto a conseguir…  Han vuelto a silenciar la verdad…

Maris le cerró los párpados sabiendo que si había alguien digno de unirse a la Fuerza, ese era su difunto amigo, y se encaminó hacia su nave por el camino que él le había indicado. No tardó mucho en salir al exterior y conectar el holocomunicador. La imagen del maestro Jorhal volvió  a aparecer, como hacía tres días.

– ¿Maris? ¿Te encuentras bien?

– He acabado con el sith. – le respondió ella secamente.

– En ese caso, me complace informarte que has pasado la prueba del Consejo. – dijo el maestro en tono casi jovial – Recibe con orgullo el rango de Caballero jedi.

El maestro jedi no se percató de la sonrisa maliciosa que en ese momento se dibujó en la cara de su antigua padawan. Tal vez, si lo hubiese hecho, los acontecimientos hubieran seguido un curso muy distinto.

——-

Maris Sho abandonó la Orden poco después, retirándose a un lugar desconocido de los Sistemas exteriores, de donde regresó años después convertida en Darth Maris provocando la Segunda Caida del templo jedi de Dantoine, y asesinando uno a uno a todos los maestros. Nadie sabe porqué les perdonó la vida a los aprendices o porqué sólo mató a los que se le opusieron abiertamente. También se desconoce la razón por la que, en vez de iniciar una nueva rebelión como muchos señores sith antes que ella, regresó por donde había venido. Dicen también, que al ser preguntada por uno de los jedis a los que perdonó la vida, ésta se limitó a decir: "Los caminos de la Fuerza son inexcrutables".