Análisis: Final Fantasy XIII

La compra de Final Fantasy XIII ha sido, para mi, la consecuencia de un afortunado experimento. He aquí el porqué: es el primer videojuego que compro de importación, concretamente de Reino Unido. El atractivo precio de 20 euros provocó que me la jugara y el experimento ha salido bien. Vale que las instrucciones están en perfecto inglés (algo que tampoco es excesivamente incómodo) pero el juego corre en mi PS3 en perfecto castellano. FFXIII ha sentado un precendente en mi vida de jugón y espero que sea el primero de una serie de compras en el extranjero aprovechando la descomunal diferencia de precios entre España y el resto del mundo ahora que se me ha quitado el miedo a comprar por internet.

Al margen de aspectos económicos, ya dije en mi entrada del FFVIII que no me considero fanático de la saga, de manera que adquirí este FFXIII obligado en parte por mi hermano al que le encantan este tipo de juegos (ya me devolverá la jugada con el Birth by sleep). Vista la cantidad de críticas vertidas sobre la decimotercera entrega de la saga por su enfoque pasillero y por un deficiente sistema de batalla me esperaba lo peor cuando metí el disco en mi PS3. Y, siento decirlo, las críticas tenían razón. Pero vamos por partes y empecemos por el principio.

 

En más de un análisis lo he comentado: en ocasiones soy bastante superficial y un juego con gráficos espectaculares ya tiene buena parte de la partida ganada conmigo en ese aspecto Este es el caso de FFXIII. Gráficamente, el juego de Square-Enix es de lo más impresionante que he visto en esta generación. Escenarios detalladísimos, texturas increíbles, parajes de ensueño, reflejos y ondulaciones en el agua de un realismo increíble… En definitiva, el entorno es todo lo que cualquier fanático de los videojuegos puede desear.

Los personajes no se quedan atrás, desde luego, y pasarán a los anales de la historia del videojuego como recreaciones virtuales espectaculares. El nivel de detalle en todos los personajes es increíble. Seremos capaces de distinguir los cabellos, los pliegues de la ropa, el parpadeo de los ojos, el movimiento de las cejas y la boca y, en alguna escena, incluso apreciaremos las arrugas de los labios. La cantidad de escenas cinemáticas que presenciaremos es apabullante y todas son de un nivel sobresaliente sin importar que sean secuencias de vídeo o producias por el motor del juego (las diferencias son mínimas, pero las notaremos). Sorprende que con todo el nivel de detalle de que goza el juego la cosa flojee en algún aspecto tan absurdo como son los dedos, pues siempre aparecen poco definidos y ligeramente amorcillados.

En el campo de los enemigos, el juego sigue manteniendo el tipo: desde los soldados más básicos hasta los bicharracos más grandes, FFXIII cuenta con una galería de enemigos descomunal con un gran nivel de detalle. Por desgracia, como es habitual en casi cualquier RPG, acabaremos viendo variaciones de enemigos más fuertes según avancemos con la única diferencia del color.

En las escenas de batalla el aspecto gráfico no se queda atrás. Nuestros personajes se mueven de manera ágil y realista, seremos testigos de explosiones, efectos de luz, animaciones espectaculares, etc. Puede que FFXIII falle en otros aspectos, pero gráficamente convencerá a la mayoría.

Pasando al apartado sonoro, el juego mantiene el tipo sin problemas. Docenas de partituras de tono épico que se adaptan a la situación, melodías suaves para los momentos "tiernos o tristes", etc. Soprenden las tropecientas variaciones del tema principal del juego que, curiosamente, se adaptan perfectamente al contexto en el que se escuchan.

Las voces de los personajes (en perfecto inglés) están muy bien escogidas: Lightning suena seria, Fang chulesca y con aires de superioridad, Snow tiene un tono de voz que nos demuestra sus aires de pretendido héroe… Nada que objetar en este aspecto.

 

Y creo que hasta aquí llega lo bueno. Pasemos a los aspectos "no tan buenos" del juego, que por desgracia tiene bastante. Como en todo RPG, distinguimos dos partes en el apartado jugable: la exploración por el mapeado y las batallas. En ambos aspectos, FFXIII sale bastante perjudicado.

A nivel de exploración, lo cierto es que el juego apenas ofrece la posibilidad real de explorar y perderse un poco. Los tan criticados pasillos por los que está formado el juego son una verdad como un templo. Durante aproximadamente las primeras 30 horas de juego nuestras posibilidades se limitarán a ir de A a B luchando contra C en el recorrido y tomando una pequeña intersección D que nos llevará a algún objeto ligeramente interesante. Vale que la historia (de la que hablaré más adelante) es muy interesante y engancha sobremanera, pero lo cierto es que durante dos tercios del juego la impresión que he tenido es la de estar viendo una película interactiva, es decir, una serie de espectaculares secuencias con una gran historia en las que de vez en cuando se me permitía jugar (y sin poder hacer demasiado, además).

Superadas las primeras 30 horas (que se dice pronto) el propio argumento del juego nos brinda la posibilidad de explorar entornos más grandes y perdernos un poco (sin la posibilidad de volver atrás, lo que es otra gran cagada en mi opinión). Durante el último tercio del juego se nos da más libertad a costa de un importante bajón en el nivel de narración de la historia. La conclusión de esta gran aventura que es FFXIII es solo un punto y aparte en lo que el juego puede ofrecer, ya que tras derrotar al enemigo final quedan muchas cosas por hacer y que nos obligarán a echar horas y horas luchando contra enemigos si de verdad queremos tenerlo todo. Llegados a este punto, es muy probable que el jugador esté hasta las narices y lo deje o, por el contrario, opte por dejarse los pulgares para conseguir los extras que tiene el juego en forma de misiones, obtención de armas y derrotar a los enemigos más fuertes del juego (muy superiores al enemigo final, desde luego). Esto queda a la elección de cada uno.

 

El sistema de batalla, aunque original, hace aguas por demasiados sitios (en mi humilde opinión). Como de costumbre en un FF, controlamos a 3 personajes en una batalla de los 6 de los que disponemos. Veremos venir a los enemigos que danzan por los escenarios y podemos decidir en la mayoría de las ocasiones si queremos luchar con ellos o no (decisión absurda, pues si no peleamos contra todos los enemigos que nos encontramos lo pasaremos extremadamente mal contra los enemigos obligatorios). Al poder ver a los enemigos podemos intentar sorprenderlos para hacerles un mayor daño inicial e intentar aturdirlos, lo que redunda en una mayor efectividad en nuestros ataques.

Aunque inicialmente nuestras posibildades son bastante limitadas (atacar, curar con pociones y poco más), al poco de empezar nuestros personajes adquirirán la capacidad de desarrollarse en 6 roles distintos, a saber, castigador (especialista en ataques físicos), fulminador (especialista en ataques mágicos), sanador (dedicado a las magias curativas), obstructor (se dedica a provocar estados alterados a los enemigos), inspirador (induce estados beneficiosos en nuestro equipo) y protector (se convierte en el blanco de los ataques enemigos). Inicialmente cada personaje solo podrá desarrollarse en tres roles; una vez superado el juego se dis ondrá de los otros tres. Esto no constituye un inconveniente porque A) los tres roles de los que dispone cada personaje al principio son en los que mejor se desenvuelve y B) la cantidad de experiencia necesaria para desarrollar cada rol al máximo es tan grande que tendremos que echarle muchísimas horas al juego para conseguirlo.

 

Una vez empezamos una batalla, descubriremos que solo podemos manejar al líder que hemos elegido (o que el juego nos impone). Los otros dos personajes actúan a su bola según el rol que estén desempeñando: un fulminador atacará con ataques mágicos, un obstructor producirá estados alterados, etc. Podemos elegir entre 6 posibles formaciones con los roles de que dispongamos y podemos alterarlas en cualquier momento durante el combate. Las posibles combinaciones son elevadas pero se antojan, en muchos casos,insuficientes. Aunque la inteligencia artificial de nuestros compañeros de batalla es elevada, en ocasiones sus acciones de alejan de nuestros deseos. Un inspirador puede no aplicarnos el estado alterado que deseamos, un obstructor no inflige a veces los estados nocivos al adversario que queremos… Se echa mucho de menos el sistema de gambits de FFXII en este apecto.

Además, durante las batallas nuestros personajes se mueven, saltan, etc, pero no tenemos ningún control sobre sus acciones, de tal manera que esquivar ataques o asegurar nuestros blancos es en muchas ocasiones una cuestión de suerte. Otro gran pero es que si el líder que estamos manejando muere, se acabó la partida, algo incómodo pero de sencilla solución, pues podemos continuar desde justo antes de empezar la batalla. Para rematar, al terminar cada batalla el juego cura automáticamente a nuestros personajes, de manera que avanzar matando a casi todo lo que se menea no es muy complicado. Calma y tranquilidad, que también hay bicharracos fortísimos que nos barrerán de un plumazo y de los que tendremos que huir hasta que tengamos el nivel adecuado.

El sistema de batalla es muy vistoso y espectacular, ya está dicho, pero flojea en el control y en nuestras posibilidades a la hora de atacar como queremos. Se ha intentado innovar y se ha obtenido un sistema que queda a caballo entre los combates por turnos de toda la vida y la posibilidad de hacer que nuestros personajes actúen con libre albedrío. Un buen intento que a mi me ha dejado bastante frío y que se podría haber hecho mucho mejor.

No subimos niveles como tales, sino que en cada batalla obtenemos puntos de cristal que nos pemiten obtener nuevas características en cada uno de los roles de cada personajes en forma de habilidades, ataques, aumentos de fuerza, magia y vitalidad, etc.

Los eidolones, las invocaciones de este Final Fantasy, están poco más que de adorno. Cada personaje tiene uno al que tiene que derrotar por imposición de la historia del juego, pero lo cierto es que al margen de una espectacular animación al invocarlos, los eidolones son unos bicharracos muy bonitos pero bastante inútiles (quitando alguna situación muy puntual).

Como es de suponer, disponemos de un descomunal inventario de armas y objetos. Mejorar las armas requiere aprender un sistema bastante curioso. Durante el juego, al derrotar enemigos, obtenemos materiales que al ser usados en cualquier objeto (armas incluidas) mejoran su nivel. Algunos dan un poco de experiencia, otros mucha, otros doblan o triplican la experiencia de los objetos aplicados… Una vez llegados al nivel máximo del arma en cuestión, tendremos que utilizar un objeto específico para mejorar el arma y que pase al siguiente nivel. Estos objetos que transforman las armas son poco habituales, como es de suponer. Una vez transformada el arma, tenemos que volver a aplicarle materiales para que llegar al siguiente máximo. Cada arma tiene tres formas y a mejor nivel, más puntos de experiencia será necesario aplicar. Obtener todas las armas mejoradas de cada personaje puede suponer horas y horas de ensayo error para obtener su forma final (sin recurrir a una guía, cosa que ayuda bastante).

Pasemos a hablar de la historia y los personajes. Lo cierto es que el ritmo narrativo de FFXIII es muy bueno (a costa de destrozar el nivel jugable, eso si) y la historia engancha muchísimo. Si no has leído nada acerca de la historia de FFXIII, empiezas el juego más perdido que un pulpo en un garaje, con un accidente de tren en el que no entiendes nada. Poco a poco, mediante secuencias, explicaciones y flashbacks, una de las mejores bazas de este FF, su historia, queda revelada. Los 6 personajes jugables (alrededor de los cuales gira toda la historia) tienen una serie de motivaciones, actitudes, etc, que quedan explicadas según avanza la historia. Siento decirlo, pero al margen de la calidad de la historia, prácticamente ninguno de los personajes me ha caído bien. No quiero incurrir en spoilers, pero ahí va una pincelada de cada uno.

 

Tenemos a Lightning, la que podemos considerar la protagonista: seria, reservada y con el pelo de color rosa chicle. Lo cierto es que durante la mayor parte del juego parece que tenga una escoba metida en el culo por motivos que no quedan muy claros. Pasemos a Snow (nieve, tócate los cojones), el chuloputas del grupo, con su gabardina, su gorro y su actitud "molo mazo". Va de creído y de héroe por la vida y después hace como que tiene pensamientos profundos, lo que no acaba de colar. Hablemos de Hope (esperanza, toma castaña); su nombre es toda una paradoja porque lo cierto es que esperanza tiene más bien poca. A los diez minutos de empezar el juego muere su madre y el chavalín, de 15 años y con algún trauma por ese pelo tan blanco que tiene, se pasa un buen rato (demasiado) con la típica actitud de crío malcriado de "yo no puedo", "yo no valgo para nada". Sencillamente odioso. Llegamos a otro componente del grupo, Vanille, (vainilla, que debe ser lo que corre por sus venas). Parece la típica niña tonta del bote y lo cierto es que lo es. Si en vez de un Final Fantasy esto fuera una serie de instituto norteamericano, sería seguro una animadora. Es la narradora de la historia, pero con esa voz de niña tonta que tiene no hay quien se crea la profundidad de sus palabras. Luego está Fang (colmillo), una mujerona de personalidad muy afilada (perdón por el chiste malo). Con su voz de camionera y su individualismo, lo cierto es que es de los personajes que mejor me caen. Pero el único por el que siento una cierta empatía es Sazh, el negro con pelo afro del grupo. Es el constante recurso cómico del juego, lo que es una pena, pues su historia es de las más desgarradoras que he visto en un juego. El pobre parece que a veces bromea porque tiene un guionista cabrón apuntándole con una pistola.

Tras este humorístico y personal repaso a los personajes de FFXIII, poco más me queda por decir. Un gran historia, unos gráficos impresionantes y una banda sonora de lujo se ven ensombrecidas por un apartado jugable muy deficiente, con un sistema de batalla al que le faltan opciones y un nivel de exploración nulo en el que nos limitamos a correr por pasillos como borregos. Tampoco me ha parecido un juego malísimo, pero lo cierto es que hay que coger FFXIII con paciencia. Como no me ha salido excesivamente caro, no me arrepiento de la compra y le he echado horas porque la historia me ha encantado. Eso sí, espero que las futuras entregas de la saga mejoren los preocupantes fallos que tiene este juego. Un saludo.