RECORDATORIO: «La Bola de Nieve»

 

     Hola, ¿qué tal? Ha pasado ya media semana desde que la bola de nieve comenzó a rodar (ver: "iniciativa: "La Bola de Nieve"), media semana desde que Caín y Abel decidieron elegir a Lester Knight como primer portador de la historia, y todavía no hemos tenido noticias al respecto.

     Es nuestro deber recordar (ya se lo hemos hecho saber al propio Lester Knight a través de un MP) que una vez transcurrida la semana, que en este caso ocurrirá el próximo miércoles, si no tenemos la confirmación del primer portador elegiremos a un nuevo candidato (entre varios que ya se han ofrecido a hacerlo).

     Deseando que la iniciativa tenga continuidad y, sobretodo, fluidez, aquí les dejamos nuevamente el inicio del relato, para que vaya calando entre la comunidad:

 

1

Skritor

     Con la cabeza gacha y encogida, arrastrando la mirada por la tierra y propinando tímidas patadas a los guijarros caminaba la niña por el estrecho terraplén que llevaba a la fábrica de metal y al viejo pozo. Había amanecido frío, y unos jirones de nubes grises se deslizaban por el cielo del este amenazando lluvia. No obstante, allí estaba ella, como cada mañana, ligeramente soñolienta pero dispuesta, muy dispuesta.

     El pozo estaba al resguardo de unos árboles retorcidos y macilentos, de melena sucia, cuyas ramas trepaban por entre los barrotes de una verja de hierro. Era un antiguo pozo de piedra gris, sin arco de madera ni cubo de lata, recubierto con el manto de los años y del abandono, y agrietado como un anciano de más de mil años de edad. Los habitantes del pueblo conocían la existencia del pozo, pero la ni-ña nunca vio a nadie en las proximidades.

     A escasos dos metros de la vieja estructura, la pequeña buscó en su bolsa y sacó una cuerda fina y algo deshilachada, pasó un extremo por el asa del cubo que traía consigo e hizo un nudo. Acto seguido se aferró al frío borde y lanzó el cubo al oscuro abismo, sosteniendo con fuerza el otro extremo de la cuerda. Un chapoteo se abrió paso desde las profundidades.

     Mientras tiraba para subir el agua, la niña oyó un leve rumor que llegaba desde los aires. Apenas le prestó atención. Estaba habituada al vuelo de los cazas del ejército sobre el pueblo, al monótono rugir de los motores. Se había convertido en algo tan cotidiano como el cada vez menos frecuente canto de los pájaros o el tañido matutino de las campanas de la iglesia. Carroñeros de hierro, solía decir la abuela, van a guerrear; los hombres no conocen otra cosa.

     Recogió el cubo y retiró la cuerda, lista para volver a casa. Los zapatos le laceraban los dedos de los pies, pero la niña no se inmutó; estaba acostumbrada al calzado y el dolor era casi un añadido más en la tarea diaria de viajar a por agua. Guardó la cuerda en la bolsa y enfiló el camino de regreso a casa.

     De repente…

 

     Esperamos con ansia el siguiente fragmento del relato. Estad atentos. BYE.