Relato I

Os dejo un relato que empecé a escribir ayer, al principio iba a ser de miedo pero a acabado siendo una mezcla de miedo y erotico.

Relato I

-¡No entiendo porque tenemos que venir aquí!- Se quejadaClarice.

-Porque nuestra casa quedo destrozada por el huracán,¿recuerdas?- Su padre empleó un tono conciliador.

Se dirigían a su casa de campo, situada a unos cincuentakilómetros de las vegas, en medio de la nada, de las grutas y de los cactus,justo en el medio de una gran cuenca que millones de años atrás había sido unrio.

Su camioneta familiar de color rojo despedazaba las piedrasde tierra a su paso, levantaba un polvorín enorme que parecía ser un granincendio.

-¿Pero por qué no has alquilado una casa en la ciudad?-Replicó Clarice. La joven adolescente sentía que su padre hacia todo lo posiblepor alejarla de sus amigas y de John, su novio.

Julius, su padre, lanzó un largo suspiro asqueado, miró alasiento del copiloto donde estaba su hija mirándole fijamente con sus enormesojos grises. Estos tenían el brillo que precede a las lágrimas.

-Cariño- Volvió a hablar su padre con tono suave. Su voz erarelajante, le hacía sentirse protegida- Sabes que no puedo vivir allí, nodespués de…- Sus ojos de inundaron de lágrimas.

La joven bajó la mirada, contempló el anillo de plata conuna piedrecita redonda y verde que llevaba desde hacía unos meses. Ella alargósu mano, acarició vacilante la de su padre y se la cogió.

-Lo sé papá- Su voz sonaba quebrada. Unos mechones rizadosde su pelo castaño le oscurecieron el rostro. Unas lágrimas comenzaron abrillar con el sol del atardecer en su rostro.

Permanecieron en silencio durante el resto de viaje. Unosveinte minutos después habían llegado a la cabaña.

Tenía un pequeño porche. Unas columnas de madera de roblesujetaban el tejadito con tejas de barro cuadradas. A Clarice siempre lerecordaba a una casa del viejo oeste. Su padre abrió la puerta de madera agrietada.Ella se fijó en que su padre tuvo que bajar la cabeza levemente para poderentrar, debía de medir cerca de un metro noventa. Nunca se había fijado comoaquella vez, llevaba una camiseta ceñida y podía verse el cuerpo atlético de supadre, bien cuidado en el gimnasio. Llevaba unos vaqueros negros, la camisetaera negra con el dibujo de un motorista fantasma. Su pelo era largo, hasta loshombros, y negro como el carbón.

Ella entró justo después de que su padre le hiciera un gestocon la mano.

Para su sorpresa la casa no tenía el mismo aspecto pordentro que por fuera. Estaba perfectamente cuidada, con muebles antiguos peroparecían estar recién pintados. En las ventanas colgaban unas finas cortinaslilas. Justo en frente de la entrada había dos arcos. Tras uno podía ver unahabitación verde, el de la derecha, y en el izquierdo de color crema. La cabañasolo poseía esas dos habitaciones. Ella se encontraba en el salón, en el suelohabía una alfombra blanca con líneas finas negras que se entrecruzaban variasveces. A la izquierda de la estancia se encontraba la cocina, que estabaseparada del salón solo por una encimera en donde había tres taburetes parapoder comer. A la derecha de la cocina había otro arco, esta vez un poco máspequeño. Ella se acercó y miró en el interior.

-¡Papá!- Gritó desde el interior. Su padre se acercócorriendo.

-¿Qué ocurre?- Miró alrededor buscando alguna araña oculebra.

-¿Por qué no hay ninguna puerta en esta casa?- Miróseriamente a su padre a los ojos. Él no pudo aguantarse la risa ante la seriamirada de su hija, que a pesar de tener catorce años el todavía la veía comouna niña de tres.

-Cuando tu…- Dejó de reír, bajó la mirada- Cuando lacompramos tu madre y yo no veíamos la necesidad de ponerlas. Aun que tampoco lade llevar ropa- Esbozó una pequeña sonrisa.

Ella esbozó una mueca, pero aun así sonrió.

Sacaron las maletas del coche y cada uno se instaló en unahabitación. Ella eligió la de color verde. Había varios peluches de osos,zorros y águilas sobre la cama. Se sentó sobre la cama, y contempló lahabitación con el peluche de un osito verde en las manos. Algo le parecióextraño, ¿Cómo era posible que la casa estuviera tan limpia y que oliera tanbien si hacía años que no iban allí? Y era imposible que su padre hubiera contratadoa alguien para limpiar, la decisión de irse allí había sido muy repentina.

-Papá- Se acercó a su padre que estaba guardando la comidaque habían comprado en el frigorífico- ¿Por qué está tan limpia la casa?

Su padre frunció el ceño y miró alrededor. Volvió a mirarlay se encogió de hombros. Guardó las últimas cosas en el frigorífico.

-No lo sé- Le pasó un brazo sobre los hombros- Un amigo míode las vegas tiene llave, tal vez haya estado hace poco.

Ella no se sintió satisfecha con la respuesta pero laaceptó. Comenzó a caminar hacia su habitación lentamente, investigando cadapared y cada objeto que colgaba de ellas. Las figuras que había en losarmarios, algunos eran conejos de cerámica negra, otros buitres de latón.

-Claire- Escuchó a su padre tras ella y se giró para mirarlecon sus brillantes ojos marrones- Voy a ducharme, ¿vale?

Ella hizo un movimiento con la cabeza de duda. Y frunció elceño.

-Te lo digo por eso de que no hay puerta…

Ella sonrió y asintió con la cabeza. Siguió contemplando losobjetos. Estaba absorta contemplando el conejo negro, el silencio en laestancia era abrumador, sus ojos parecían ser reales, era como si alguienpudiera ver a través de ellos. Le pareció ver que las pupilas se le dilataban yse acercó un poco más para asegurarse de que había sido un efecto visual. Denuevo los ojos hicieron algo raro, se movieron y se quedaron mirándole a losojos. Ella comenzó a sentir que perdía el control de su cuerpo. Sin saber porqué se dio la vuelta, no se había dado cuenta de que el agua ya estaba cayendoen la ducha. Sin pensarlo se acercó al marco que separaba el salón del baño.

Su padre estaba desnudo, duchándose, y ella podía ver sufigura tras el cristal opaco de la mampara. Le veía frotarse el jabón y sindarse cuenta su respiración se había acelerado a un extremo casi increíble.Intentó tranquilizarse, ya que no quería que su padre la oyera. Siguiómirándolo absorta en los movimientos de su cuerpo. Empezó a notar un gran calory sentía su cuerpo muy sensible. Metió su mano derecha bajo la blusa azul quellevaba puesta. Se desabrochó el sujetador y sus pechos rozaron contra lablusa. Un placer escalofriante rozó su cuerpo y sin quererlo soltó un gemidoque sonó mucho más alto de lo que hubiera deseado.

-¿Claire?- Ella dio un respingo, se alejó rápidamente delbaño y fue a su cuarto. Dejó de escuchar el agua caer. Se sentó en su cama ycogió un libro que minutos antes había dejado en la mesilla y lo abrió.

Su padre apareció con una toalla alrededor de la cintura,como si fuera una faldita hawaiana.

Ella lo miró atemorizada.

-¿Qué vas a querer cenar?- Ella soltó un suspiro y sintióque le quitaban una tonelada de acero de encima- Tenemos hamburguesascongeladas, ¿Te apetecen?

-Lo que tú quieras, papá- Su voz sonó débil, sin fuerza.

Él le sonrió y desapareció tras la pared.

Metió la mano bajo la blusa como había hecho apenas unminuto antes, rozó la punta de uno de sus senos, pero esta vez no sintió elplacer que antes había sentido. Se colocó el sujetador, lo cerró y fue a ayudara su padre con la cena. Al salir de su habitación le echó un vistazo rápido alconejo negro que la había dejado casi hipnotizada. El conejo giró la cabeza yle miró. Ella dio un grito y fue corriendo donde su padre.

-¿Qué pasa?- Su padre se asustó por el grito.

-El conejo…- Volvió a mirarlo, estaba como la primera vezque lo había visto, no tenía la cabeza movida- Le he visto mover la cabeza…

-Estás muy cansada, el viaje ha sido duro. Seguro que hasido tu imaginación, cenaremos y nos iremos a dormir.

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