Solo Ojos

Solo Ojos

Elhombre paseaba la mirada por aquella plaza desierta. Observó su reloj yfrunció el ceño, levanto los hombros en un gesto de desinterés y siguiócaminando. Hacía más de veinte minutos que deambulaba por aquelpueblecito y no había visto a nadie. Ni un perro, ni un gato, es másahora que lo pensaba ni siquiera escuchaba el incesante parlotear delos pájaros tan habitual a aquellas horas de la tarde. Su asombro setornó poco a poco en inquietud. El pueblo dormía profundamente, un velode tranquilidad lo cubría. Pero a Elías aquella calma le recordaba a uncementerio .Era el silencio de los muertos.

– Será mejor que vuelva al coche- dijo y el sonido de su voz lo sobresalto.

Lascalles serpenteaban de un lado a otro sin ningún orden lógico. Sobretodas las construcciones se alzaba la iglesia como un gran vigíaobservando aquella calma sobrenatural.

Podíaescuchar su propia respiración, el latido de su corazón y estabaconvencido que si se quedaba quieto y prestaba atención escucharía susangre fluir a través de sus arterias. Los cables de luz zumbaban comoextraños insectos alargados.

Pasó delante de un puesto de periódicos que se encontraba abandonado, un titular llamó su atención.

"Misteriosas desapariciones ponen en jaque a la policía local", el periódico tenía dos días de antigüedad.

"Quizás sea eso- pensó- la gente tiene miedo y no sale a la calle"

Giróa la izquierda por una de las angostas callejuelas, el coche estabacerca, debía cruzar por delante de la biblioteca y girar a la derechaen la primer esquina.

Aceleró el paso. Cruzó por delante de la biblioteca a toda velocidad, estaba nervioso. Giró a la derecha.

Laplaza del pueblo fue lo que encontró, seguía tan vacía como hace cincominutos. En su mente algo le advertía que las cosas no estaban bien,nada bien.

– El coche..- balbuceó incrédulo. Miró a su alrededor, como si estuviese escondido detrás de la fuente o los columpios.

Elolor a putrefacción le golpeó el rostro con fuerza inesperada. Una nubede humo se elevaba detrás de los arboles que rodeaban la plaza. Secubrió la boca con un pañuelo, mientras se acercaba a investigar.

Unagujero perfectamente circular se abría en el suelo, como una grotescacicatriz. El hedor era insoportable. El denso humo era vomitado poraquella negra apertura en voluptuosas bocanadas.

Una sombra se movió a su izquierda.

-¿Quien anda ahí?-gritó.

El silencio era denso, tenía presencia.

Sedescolgó la mochila, abrió la cremallera y con gestos desesperadosbuscó el móvil. Sus manos se movían ansiosas pero solo encontrabanpapeles, tabaco y una botella con agua.

-Genial- suspiró.

Sacóla botella y bebió un trago. Los rayos de sol se ocultaban detrás delas plomizas nubes, pero un calor húmedo y pegajoso llenaba todos losespacios. Un fina capa de sudor perlaba su frente.

"Cuando llegue al coche me metere dentro y encenderé el aireacondicionado luego intentaré llamar a la grúa, aunque antes deboencontrar el móvil, claro, la última vez que intenté llamar no teníacobertura, quizás ahora…."

Un ruido interrumpió sus pensamientos. Algo se acercaba a toda velocidad a través de los arbustos.Era grande, muy grande.

Elíascomenzó a correr poco a poco, sin mirar atrás. Si miraba algo malopasaría, lo sabía. El cielo rugió enfadado vaticinando la furia queestaba a punto de descargar. Podía escuchar que lo seguían, parecía quearrastraban una bolsa de nylon llena de arena detrás de él, su corazónlatía desbocado y un fuerte pinchazo pulsaba en su costado. La mochilagolpeaba su espalda con cada zancada que daba. Lo que venía detrás deél mantenía el ritmo y jadeaba.

Floresnegras estallaron ante sus ojos y se sentía mareado. Sus pulmonesardían, solo entraba un hilo de aire por su garganta seca. No sabíadónde iba, giraba a la derecha, luego a la izquierda, todas las calleseran iguales.

"No puedo más", se dijo, y poco a poco se detuvo, cerró los ojos y esperó.

Aquelsonido menguó a medida que se acercaba a él. Podía sentir una pesadarespiración en su espalda, tan helada como una noche invernal, duranteunos segundos no pasó nada solo esa respiración golpeándolo, haciéndolotemblar.

Elíashizo acopio de toda su voluntad, sujetó con fuerzas el crucifijo quecolgaba de su pecho, y se giró con los ojos cerrados.

-Disculpe señor, creo que esto le pertenece- la pequeña niña de ojosazules y cabellos amarillos como el trigo, estiraba una de susdelicadas manos hacia él ofreciéndole el móvil.

– He.. Gra..ci.as..- atinó a decir Elías. Se frotó los ojos

-Debe ser cuidadoso, señor,- continuo la niña con una voz dulce como la miel- uno puede perderse.

-Se averió mi coche y lo estaba buscando creo que lo deje cerca de…- aElías se le congelaron las palabras en la boca. El coche estaba a unosescasos diez metros de él-… no puede ser.

La niña rió divertida. "Es la risa de un duende" pensó Elías, y esa idea lo aterró.

– Debería irme- farfullo confundido mientras se rascaba la cabeza- muchas gracias. ¿Dondé ha ido todo el mundo?

– Están todos juntos- dijo y sonrió mostrando sus dientes.

-¿Cuál es tu nombre cielo?- preguntó.

– Debería irse- le contesto la niña, ahora con un semblante pétreo que hizo retroceder a Elías.

– Claro, debería irme…

***

Al cuarto intento el coche vomitó humo por el caño de escape, sufrió una serie de espasmos y arrancó.

La niña seguía allí de pie, con su vestido blanco, y esos preciosos ojos azules.

“El calor me afecto, eso es todo”, pensó para tranquilizarce.

Aún así había algo que no le gustaba nada de todo aquello. Lo sentía en los huesos. Debía irse lo mas pronto posible.

Dio marcha atrás, activó el aire acondicionado y ajustó el espejo retrovisor.

Entonces lo vio reflejado.

Dondedebía estar la niña se retorcía un enorme gusano blanco. Su piel estabacubierta de ojos. De las fauces circulares pobladas de afilados dientescaía, en lentos chorretones, un icor negro que quemaba el suelo como sifuese ácido. Los ojos miraban enloquecidos de un lado a otro, parecíanllagas abiertas en la piel del gusano.Había ojos verdes, azules,marrones, ojos cubiertos por un velo lechoso, ojos de niños, ojos deperros…

Elíaspiso el acelerador hasta el fondo. Los neumáticos chirriaron y el cochesalió descontrolado moviéndose de un lado al otro del camino.

Larepulsión que sentía bloqueaba sus pensamientos, su pie seguíapresionando el pedal con todas sus fuerzas. Podía sentir todas esasmiradas despavoridas sobre su piel, lo tocaban, eran húmedas ydementes. Se sentía violado, se movian en su interior, atravesaban sucarne.

Giró su cabeza para comprobar que aquel horror albino no lo seguía.

La niña lo saludaba alegre con una radiante sonrisa en la boca.

CuandoElías volvió sus ojos al frente el poste de luz estaba a dos metros delcoche. Su cuerpo salió despedido como un muñeco de trapo, impactócontra el suelo, se escuchó un terrible chasquido, algo se rompió, elmundo se tiño primero de gris, luego de negro.

***

Abrió los ojos, todo era oscuridad, viajaba a gran velocidad por un pasillo oscuro. Trato de moverse pero fué inutil. Descendía.

¡¡Dondeestoy!!, quiso gritar, pero no tenía boca, ni dientes, ni lengua. Sucuerpo ya no le pertenecía, se había fundido con la carne de aquelinmundo ser. Solo tenía ojos para ver.

"Por lo menos no estoy solo,-pensó- todo el pueblo está aquí"

 

 

 

Largos días y placenteras noches…

FIN