La Llamada

 

La Llamada

Ric se encontrabasentado en el parque, como todos los jueves, esperando a Raymond. Raymondsiempre llegaba tarde, Ric se había acostumbrado a eso, y aprovechaba el tiempopara leer algo. No es que le gustara mucho pero ¿que más iba a hacer? Además, lohacía parecer inteligente, y a las mujeres les gustaban los hombresinteresantes. Las de su edad solo hablaban del guapo de turno, de la últimapeli de Steve Armand, de los pectorales del presentador del Grand Quiz. A él le interesaban lasMujeres de verdad, con mayúsculas, como la profesora de biología. Había queadmitir que Ric no estaba en forma. En realidad si hay que ser sincerosdeberíamos decir que Ric era Gordo.Que es algo muy diferente a estargordo. Cuando uno esta gordo con tres meses de dieta y gimnasio dos veces a lasemana puede adelgazar y hasta ponerse fuerte. Pero el caso de Ric eradiferente. Lo intento muchas veces, salir a correr por las mañanas, comer solofrutas y verduras, incluso comprar unas pastillas que absorbían  las grasa. Nada dio resultado, su barrigaseguía colgando y burlándose de él. Eso hacía que Ric se enfadase, y cuando Ricse enfadaba comía. Tomaba prestado un poco de dinero de su madre (siempredejaba su cartera en cualquier lugar de la casa), y se iba a las tiendas del cinea comprar caramelos, bombones, coca-cola, gominolas azucaradas y si el enfadoera muy grande se compraba unas palomitas de un tamaño considerable. Ric yahabía aceptado que el era Gordo, y convivía con ello, no era fácil, pero notenía otra opción.

– Así es la vidasoldado- suspiró mientras miraba hacía el sol que se ocultaba lentamente trasel horizonte.

Ric, a veces,hablaba solo. Últimamente con más frecuencia, pero desde pequeño lo había hecho.Era como pensar en  en voz alta, escucharsus pensamientos parecía aliviarlo, como si perdieran importancia con cadapalabra que el soltaba al viento.

– ¿Cuándo llegaráRaymond?- le preguntó aburrido al reloj.

– Ya está aquí-contestó.

Ric soltó unagudo grito y su cara palideció. Una carcajada inundó el aire y Ric desesperadoforcejeó para quitarse aquel reloj parlante. Una cosa era hablar solo, pero queel reloj le contestara le hacía dudar de su cordura.

Lanzó eldiabólico artefacto al suelo y se dispuso a pisarlo para que parara de reírsecuando sintió que le daban golpecitos en la espalda.

Se giró con elpuño alzado dispuesto a enfrentarse a cualquier cosa y su cara pasó del blancoal rojo. Raymond se encontraba en el suelo con lágrimas en los ojos y riendo atodo pulmón.

– Estas loco tío,como una regadera- sus palabras se ahogaron en otro ataque histérico de risa.

Ric miraba alreloj y a Raymond incapaz de articular palabra.

– Oye tío ¿no tehabrás enfadado?, llevo aquí un rato y no he podido resistirme- tuvo queaguantarse otra carcajada-, venga te invito a un helado no te enfades.

Ric seguíaobservando el reloj con cautela. Raymond se acercó y lo sujetó por los hombros.

– ¿No pensarásque te habló el reloj?, fui yo R.

– No me llames R

– Esta bien,prometo no asustarte más, ¿cerramos el trato con saliva?

– Vale…- dijo Ricresignado

Los dos jóvenesescupieron sobre sus manos y las juntaron en un apretón fraternal.

A Ric no legustaba enfadarse con su único amigo así que siempre le perdonaba todas lasbromas que este le gastaba, pero a veces hacía cosas que lo asustaban.Recordaba una vez, que se encontraron en el parque como todo los jueves yhablaban de los superpoderes que les gustaría tener.

– Pues a mi megustaría tener rayos X para poder atravesar con mi mirada cualquier material-dijo Ric entusiasmado.

– Claro y asípodrías verle las braguitas a la profe de Biología- respondió Raymond con unasonrisa socarrona.

– Bueno yo habíapensado en que podría detectar enfermedades a las personas y así ayudar a losdoctores pero… me gusta tu idea.

Los dos rieron juntoscomo buenos amigos, en ese momento Ric se sentía feliz.

– ¿Y a ti quepoder te gustaría tener?

– Yo ya tengo unpoder.

– ¿Y cual es esepoder?- dijo Ric siguiéndole el juego.

– ¿Ves ese gatoque esta cerca de los columpios?- dijo Raymond.

– Si.

– Observa.

Raymond se pusode pie separó las piernas y puso sus manos alrededor de la boca formando untúnel para amplificar su voz.

-Exurgunt mortui et and veniunt – gritó con fuerzas.

Elpequeño gato levanto su cabeza y caminó hacia ellos.

– Lo ves,viene hacia mí- dijo Raymond orgulloso.

-Casualidad, ¿qué diantres has dicho?

– No lo sé,me lo dijo mi padre, yo estaba durmiendo se acercó a mi cama y susurró esaspalabras.

-Vaya..-dijo Ric, sin saber muy bien como reaccionar- ¿no le gusta el clásico“Buenas noches”?

El gatose restregaba contra las piernas de Raymond ronroneando.

– Exurgunt mortui et and veniunt- repitió

El gatolo miró fijamente y se sentó.

-¡Has visto! Exurgunt mortuit et and veniunt

El gatocomenzó a temblar visiblemente. Raymond repitió las palabras de forma más lentay mirando a los ojos al animal.

– Oye,para ya, creo que lo estas asustando…

-Exurgunt mortui et and veniunt

Unpequeño charco se expandió bajo el frágil cuerpo del gato.

– Se hameado tio, déjalo en paz- dijo Ric y trató de apartar a Raymond lejos delanimal.

Pero nolo pudo mover estaba clavado al suelo.

Repitióuna vez más:

 

Exurgunt mortui et and veniunt

 

Entoncesel pequeño gatito cayó como fulminado por una rayo se sacudió tres veces y yano volvió a moverse. Tenía los ojos abiertos.

– Estamuerto, lo he matado, yo lo he matado…-dijo Raymond como hablándose a si mismo.Estaba asustado.

Mientrastanto Ric recogió el cuerpo muerto del animal, pesaba más de lo que él pensaba,la pequeña cabeza colgaba a un lado y los ojos se estaban secando rápidamente.Le tocó el pecho con la esperanza de encontrar un pequeña pulsación, pero loúnico que sintió era como el calor abandonaba el cuerpo del gato. No pudocontener las lagrimas. Era la primera vez que veía a la muerte cara a cara yera muy triste. Se imagino al pequeño gato correteando entre los arbustos,echándose plácidamente al sol, recorriendo los tejados por las noches…, luego vioel cuerpo y supo que nada de eso sucedería. La vida se había escapado sin quesonara ninguna canción de fondo como pasaba en las pelis y series que solíaver.

Raymondseguía de pie mirando hacía el horizonte.

– Vamos aenterrarlo- fue lo único que dijo.

Nunca másvolvieron a hablar del tema, con el tiempo lo fue olvidando, el recuerdo se fueenterrando entre las brumas del olvido y lo poco que aún visualizaba de todoaquello era modificado por su desbocada imaginación. Ya no podía distinguir sitodo aquello había sido una pesadilla o él se lo había imaginado.

Pero elrecuerdo había vuelto, furioso, nítido.

 

“…me lo dijo mi padre, yoestaba durmiendo se acercó a mi cama y susurró esas palabras…”

 

– Ric,estas muy raro- las palabras de Raymond lo trajeron de nuevo al presente.

-¿Recuerdas al gato?

– Ric deboirme- dijo Raymond ignorando la pregunta.

– ¿Ya sonlas ocho?

– Si, peroesta vez es diferente, me voy Ric ¿lo entiendes?

– Lo delgato ¿sucedió en realidad?, ¿lo mataste?

– Losiento Ric mi padre me llama, ¿no lo escuchas?, ya no puedo postergarlo más mevoy con él.

– Nunca mehas hablado de tu padre…

– Mi madreme dijo que estaba muerto, un accidente en la carretera. Pero no es así, mevisita por las noches. Yo me hago el dormido, pero puedo verlo, se acerca a lacama sin hacer el más mínimo ruido y se queda observándome durante horas.Siempre parte antes del amanecer. Me susurra cosas extrañas, como eso que ledije al gato, es como otro idioma. Huele mal, pero me imagino que estaráviviendo en la calle, solo, sin techo donde dormir…- la voz de Raymond vaciloy sus ojos se humedecieron-  Creo que menecesita.

Ric sabíalo que significaba aquello, perdería a la única persona que lo trataba bien. Asu único amigo.

Los dos sequedaron en silencio mirando al suelo durante unos minutos que parecieron unaeternidad, el parque estaba desierto.

Ric intentohablar pero no pudo hacerlo, su garganta estaba bloqueada por un nudo. No seanimaba a levantar la vista, no quería ver a Raymond, no lo soportaría.

– Ric, mevoy…

– Vete deuna vez, dejame aquí solo…

– Yo…losiento… de verdad que lo siento… Adiós amigo.

Ricescuchó los pasos que se desvanecían lentamente. Seguía mirando al suelo, veíacomo sus lágrimas empapaban la tierra. Cuando levanto la cabeza Raymond ya noestaba allí.

Como si fuese un sueño- pensó con amargura.

 

***

 

Faltabanveinte minutos para las doce de la noche y Raymond seguía sin poder dormir.

Quizás fue todo un sueño ymi padre está muerto. Quizás estoy loco

A travésde la ventana la luna filtraba sus rayos en la habitación tiñendo elaire de plata. Raymond miró al hombre de la foto que tenía en la mesita denoche. Estaba abrazando a su madre que lucía una inmensa barriga, tomaban unhelado.

– Aquíestoy yo- le dijo a la noche señalando el vientre de su madre.

Había sidoun día duro, sobre todo despedirse de R. Y lo peor fue que ni siquiera lo miró.El se moría de ganas de abrazarlo y decirle que lo quería, pero Ric se enfadó yni siquiera lo vio partir…

Espero quete vaya bien colega- susurró y apretó el rostro contra la almohada para ahogarel llanto.

Cuando supadre entró en la habitación Raymond estaba profundamente dormido.

 

***

El joven semovía por las oscuras calles en pijama. El frio atenazaba sus músculos y susdientes castañeaban. Nunca había salido de su casa tan tarde, se sentíanervioso, como si hubiese violado una regla no escrita “Los niños no debensalir a la calle de noche o algo malo les sucederá”. Un perro ladró a lo lejosy se escucho el chirrido de las ruedas al morder el asfalto.

Estabacerca lo sabía, pero las sombras parecían alargar las distancias. Un coche dela policía giro en la esquina y el muchacho se pegó a la pared al lado de uncontenedor de basura. Sus movimientos eran torpes, estaba excedido de peso, subarriga oscilaba como un pesado péndulo. El coche de la policía siguió su recorridoy Ric volvió a respirar.

Se secoel sudor que perlaba su frente y su nariz y continuó camino.

 

***

 

Cuandoestaba  a unos cincuenta metros de casade Raymond se escondió en unos arbustos y esperó.

Bien ¿y ahora qué?

No habíapensado que haría al llegar. No podía golpear la puerta, era muy tarde, y a ademásiba en pijama. Por otra parte si alguien veía a un niño observando una casaescondido en entre los arbustos a esas horas alertaría a la policía. Ric seodió por no pensar las cosas antes de hacerlas. Pero fue una sensación muyrara, había soñado algo que ya no recordaba y cuando estuvo consciente se encontrabaen la calle corriendo.

Seencendió una luz dentro del hogar de Raymond y volvió a apagarse. Se abrió lapuerta y un hombre increíblemente alto ( Ric calculó más de dos metros) salió ala calle llevando a Raymond de la mano. El hombre llevaba un traje negro deetiqueta como si fuese a una boda.

O aún entierro.

Ric salióde su escondite y comenzó  a acercarse tímidamentehacía Raymond y su hipotético padre. Sus ojos se habían acostumbrado a lamortecina luz de las farolas que iluminaban las calles y cuando estuvo a diezmetros del gran hombre se frenó en seco. El rostro pálido del individuo se veíaagrietado y seco, donde debía haber ojos lo único que vio fue oscuridad, suscuencas estaban vacías.

– ¡Raymond!-gritó aturdido.

Raymondse giró y lo miró a los ojos. Ric comprobó que aunque los globos ocularesseguían en su sitio estaban vacios, la nada se reflejaba en la mirada de suamigo.

– Exurguntmortui et and veniunt- le respondió Raymond como si eso lo explicara todo yluego sonrió.

– VamosRaymond llegaremos tarde a la fiesta, tu madre se enfadará- dijo el padre conuna voz cavernosa.

 

***

Ric se despertóen una cama que no era la suya, su madre estaba sentada a su lado.

– HolaRic- le dijo dulcemente.

– Hola, ¿quépasa?- dijo mirando a su alrededor. Pudo ver que a su lado había otra cama y unviejo dormía en ella. Cada pocos segundos escuchaba un pitido.

– Ric , ¿norecuerdas?- su madre lo miró con una expresión, que le resultó extraña, habíaangustia pero también miedo y rechazo. Te encontró la policía cerca delcementerio, estabas inconsciente, tienes un fuerte golpe en la cabeza. Segúnlos médicos te pondrás bien, aunque dijeron que seguramente no recuerdes lo quepasó en mucho tiempo…

¿Rictomas drogas?- la voz de su madre se quebró y se cubrió el rostro con las manospara apaciguar el llanto.

– No,yo…- Ric se calló, no recordaba nada, podría haber tomado drogas toda lanoche y el no lo sabría- lo siento…

– Estabien cariño, es culpa mía- dijo su madre secando las lágrimas con un pañuelo-debo volver a casa, llevo dos días aquí y tu padre morirá de sobredosis depizza.

Ricsonrió.

– No tepreocupes habrá una enfermera que cuidará de ti, te han administrado uncalmante así que te dormirás y mañana estaré aquí nuevamente, te quiero cariño.

Ric callóen un profundo sueño sin apenas darse cuenta.

Cuandodespertó su madre no estaba, y además no podía moverse, la oscuridad eracompleta. Estaba encerrado en algún lugar, olía a humedad.

– ¡Ayuda!-gritó- , ¡enfermera ayúdeme!

– Ric,tranquilo-

– ¿Raymond?-

– Si, ¿noes genial?

– ¿Dónde estamos?

– Eso daigual, lo que importa es que estamos juntos, fue muy cruel de tu parte nodespedirte de mi R. Pero eso ya da igual te perdono porque soy un tío legal. Elque no se si te perdonará es mi padre. Se enfada con facilidad.

– Raymond¿qué diablos dices?, ¿qué está sucediendo aquí?

– Tú hasescuchado su llamada, fue culpa mía, lo siento colega- la voz de Raymond eraapagada pero estaba cerca.

Pasos enla oscuridad.

– Ya estáaquí- dijo Raymond en un susurro apenas audible.

Los pasosse acercaban a Ric. El hombre levantó la tapa del ataúd y lo sacó levantándolo porel aire. Los ojos vacios se clavaron en los suyos y se sintió desvanecer.

– Se hacetarde para la fiesta Ric, tu madre se enfadará.

 

Fin

Largos días y placenteras noches…

El Árbol

El Árbol

 

Gris,retorcido y nudoso, se alzaba el árbol en aquella región yerma y marchita. Susbrazos quebrados en ángulos imposibles eran una perfecta analogía del dolor yla tristeza. Sus anchas raíces se incrustaban en la tierra que parecía gemir. Lavena hinchada que era su tronco transportaba savia ocre y sucia hacÌa las ramasmás altas, aún así, ninguna flor crecía, sino que el árbol se hinchaba más ymás. En su conjunto aquel ser conjuraba un desasosiego en el espíritu del quelo contemplase parecido al de la muerte de las personas queridas.

 

 

A sualrededor, se expandía varios metros una circunferencia de desolación. Latierra estaba pelada, seca . Solo deambulaban por su superficiesobrealimentados escarabajos que se enterraban para devorar gusanos albinos y ciegosque parecían nunca mermar.

No era extraño encontrase alguna alimaña o pájaroempalado en una de sus ramas regando su corteza con sangre.

El leñadorobservaba aquel engendro con curiosidad. Comenzó a reír a la vez que sufría unataque de hipo, se tambaleó, y cayó sentado sobre el suelo levantando una nubede polvo. Las lágrimas se escapaban de sus ojos dejando surcos en la tierra quetenía adherida a las mejillas.

Lo habíancontratado para talar ese único ejemplar, le pagarían lo que el ganaba en unaño, ¡solo por un árbol!.

Trató de calmarse. Poco a poco fue recuperando elaliento. Probó a levantarse del suelo pero el mundo giraba muy deprisa, perdióel equilibrio y volvió a caer. Había bebido demasiado, pero no era para menos,¡tenía que celebrarlo!, además lo invitaron los mismos que lo contrataron unaasociación de vecinos o algo asÌ.

– Asociación de paletos- rumió el leñador por lobajo, mientras volvía a reÌr.

Se acercó hasta el hacha andando a cuatro patas.

"Todavíano te han dado el dinero, así que levanta tu culo del suelo y derriba elpuñetero árbol antes de que te ahogues en tu propio vómito borrachoholgazán"

Kattie, su esposa, hablaba desde algún rincón desu aletargado cerebro.

Utilizando el hacha como un bastón logróincorporarse, trato de dar un paso adelante y vaciló.

Cogió un puñado de tierra y empolvó sus manos.Sujetó el hacha con fuerzas y se dirigió al árbol.

Algo se movió en los arbustos que lo rodeaban, segiró nervioso, observó a su alrededor, trato de enfocar su mirada pero le eraimposible, el mundo era un carrusel de objetos duplicados, todo giraba.

– ¿Quien anda ahí?- gritó.

Silencio.

– Putas ardillas…

Algo tiró de su pie y calló al sueloaparatosamente golpeándose la cabeza con una roca. Un estallido blanco de dolorlo cegó, la inconsciencia se apoderó de él.

Al abrir sus ojos y lo primero que vio fue suhacha, se encontraba cubierta de esos asquerosos escarabajos que poblaban lazona. Al instante se dio cuenta de que se hallaba en una posición elevada.

Estoymuerto- pensó-, he muerto sin cobrar, Kattie se enfadará.

Al dolor de cabeza se le sumó una molestia en sushombros, los tenía tensados hacía atrás. No sentía las manos y por más que lointentó sus brazos se negaban a moverse.

El cieloes un lugar bonito pero nunca pensé que el viaje fuese tan incómodo.

– Si te quedas quieto te dolerá menos.

El viejo caminaba lentamente hacia el leñador.Vestía una túnica escarlata que le ocultaba los pies y hacía que pareciese quese deslizaba suavemente por el suelo. Un medallón pendía de su cuello yoscilaba de un lado a otro con cada paso.

El leñador tardó unos instantes en reconocer alportavoz de la Asociaciónde Vecinos. Trató de moverse pero fue inútil, sus piernas estaban fuertementeatadas a algo, un poste o quizás…

Giró un poco su cabeza y por el rabillo del ojopudo ver la putrefacta corteza del árbol.

– Desátame por favor, creo que me golpearon y meataron aquí, sería para robarme, estoy un poco borracho, no se lo que pasó…

– La primavera está a punto de llegar, ¿no notasla fragancia de las flores?- le preguntó el anciano mientras recogía el hachadel suelo- ¿acaso no sientes las raícescrecer?, ¿no escuchas como fluye la savia?

Algo malo estaba sucediendo no sabía que, pero elmiedo se instalo en su cerebro susurrándole horribles palabras

– Disculpa pero creo que tu también estasborracho, lo único que siento es un dolor de cabeza insoportable y creo queestoy atado a este puto árbol…

Sus palabras dejaron paso a un grito provocado porun intenso dolor en las piernas algo lo apretaba con fuerzas, le estabatriturando los huesos. Intento observar que pasaba pero su inmensa barriga leocultaba la razón de semejante dolor.

Quizássea mejor.

No hables de esa forma insensato- espetó elanciano.- Ya esta todo listo gritó el viejo, y tapó su rostro con la capucha dela túnica.

Oh Diosmío sea lo que sea que acabe rápido- pensó el leñador. Su respiración se había acelerado, el dolor había borradolos vestigios de alcohol en su sangre y ahora veía todo con una claridadinsoportable.

De los arbustos que rodeaban el claro comenzaron asalir todos los integrantes de laAsociación de Vecinos, sus vestiduras se parecían a las delviejo a excepción del color, todas eran verdes en diferentes tonalidades. Formaronun semicírculo a su alrededor y entonaron palabras que desconocía, palabras quele dañaban sus oídos.

El árbol se movía, latía como un corazón enfermo clavado a la tierra. El dolor que recorríalos nervios del leñador le impedía siquiera gritar. Pudo observar como la pielde aquel ser con apariencia de árbol lo absorbía hacía sus entrañas, rompiendohuesos y carne en el proceso.

En los últimos instantes antes de perderse en elolvido, el leñador observó como el Anciano Jefe de la Asociación de Vecinosse acerco hacía él y le dijo:

Hasaplacado el hambre del Dios-Árbol. No nos culpes Hijo de Adán. Los sacrificiosson necesarios. Nosotros también hemos probado la fruta prohibida sellandonuestro destino para toda la eternidad. Ya no pertenecemos a tu especie, ya nosomos humanos, Él llegó desde las estrellas y lo cambió todo. Ahora descansa y entrégateal silencio eterno.

Lo último que vio antes que la corteza-piel delDios-Árbol le devorase los ojos fueron los pétalos rojos que asomaban en elrostro del viejo.

FIN

Largos días y placenteras noches…