RECORDATORIO XX edición del concurso de relatos de gamefilia + Relato ejemplo

XX Concurso de relatos de gamefilia

Así es. Tras selectivo y la reactivación del blog es momento de pensar en el concurso. Os recuerdo que todavía tenéis hasta el 30 de junio para enviarme los relatos. Las bases las podéis leer aquí.

Además, para que esta entrada no quede tan sosa (y por que, dado que durante 3 días no tendré tiempo para actualizar, este será el post que se quede durante todo este tiempo) he decidido escribir un relato que fácilmente podría participar en el concurso. No es nada del otro mundo (lo escribí en 15 minutos), pero es la prueba viviente de que todavía tenéis tiempo para participar y obtar a alguno de los fabulosos premios de esta edición (medallas, colaboraciones, rangos, participar de manera extraordinaria en la fase de "Mejor relato del año"…). Sin más, os dejo con mi último escrito, el cual todavía carece de nombre:













 

Su secretaria le había asegurado que su cliente (¡Qué desfachatez!) era ni más ni menos que un vampiro, el cual le quería encargar algo de vital importancia, prometiéndole en caso de éxito una inmensa recompensa. El detective privado entró en aquella habitación y se topó con lo último que se había esperado ver: un gimnasio.

-¿Hola? ¿Hay alguien ahí?

-Sí, disculpe, ahora me pongo con usted – dijo una voz a su espalda. Sobresaltado, nuestro protagonista se dio la vuelta y se topó con un hombre mayor, de unos 50 o 60 años, el cual poseía un cuerpo que ponía en evidencia la falta de ejercicio del detective.


-Es usted…


-¿El vampiro? Sí, así era conocido en otros tiempos. El hombre murciélago, me llamaban, pero hoy en día estoy retirado. Todavía hago ejercicio para no perder las buenas costumbres, mas sé que sería incapaz de hacer una de mis antiguas rondas nocturnas…


-Bueno, iba a decir el cliente, pero supongo que su apreciación no está nada mal, señor…


-Bruce, llámeme Bruce, por favor, detective Otomo. Por cierto, si me permite la indiscreción, supuse que, con ese nombre tan japonés, tendría unos rasgos asiáticos mucho más marcados, aunque veo que me equivocaba…


-¿Podríamos hablar de su encargo, Bruce? – no le gustaba el sendero que estaba tomando la conversación, demasiado personal para su gusto…


-Oh, sí, perdóneme, es la edad, se acerca el momento de estar senil… ¿Podría acompañarme a la sala contigua? Tengo allí la información que usted necesita para encontrar a mi… pupilo.


**


Todo aquello comenzaba a oler a podrido. ¿Un millonario que se enfunda unas mallas por la noche, capaz de tumbar a cualquiera en el cuerpo a cuerpo y que durante años ha sido el brazo duro de la ley en toda una ciudad como ésta necesitando ayuda para encontrar a un mocoso desaparecido? En alguna parte había gato encerrado, pero la agencia de investigaciones Otomo tenía una regla básica: El que paga manda. Y este hombre pagaba mucho.


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Ya llevaba cinco días de infructuosa búsqueda por las buenas. Era el momento de pasar a la acción.


Dos horas después, ya tenía un nombre y una dirección. Por lo que parece, cuando empiezas a romper falanges a la gente le da por contarte hasta el nombre de pila de su madre…


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Cuando, desde su escondite, contó 8 hombres armados, tuvo serias dudas de lograr infiltrarse hasta llegar al lugar en donde se encontraba el pequeño, pero lo logró. Una vez llegó y le quitó las esposas, salir fue coser y cantar. Cinco penosos minutos arrastrándose por los conductos de ventilación después y ya estaban de camino a casa de Bruce.


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-¡Dick! O, Dios mío, gracias a Dios este detective te ha devuelto a mis brazos…


-Señor Wayne, siento interrumpir el momento de felicidad, pero… ¿Podríamos hablar de mis honorarios? 


-Claro, le ruego disculpe estas muestras de afecto espontáneo… acompáñeme. Tengo su justa retribución dentro de mi despacho.


Mientras caminaba hacia allí, Otomo distinguió un brillo extraño en los ojos de aquel niño. ¿Terror? ¿Lástima?


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-¿Qué significa eso?


-¿Esto? Nada. Es solo que no puedo dejarle vivir. Dick representa el futuro de esta ciudad, y nadie debe conocer su identidad. Por ello, le prometo que apuntaré bien y no sentirá el menor dolor. Si escogí a un asiático fue para poder echarle las culpas a los radicales.


-Alto, esto no pue…


Un fogonazo blanco. Luego, nada.