Las crónicas de Bartolo (I)

-Anchonito, ven aquí.

-¡Que me llamo Jose, abuelo!

-¡No me llames abuelo, que me hace sentir mayor! Llámame tito Bartolo o Bartolo a secas.

-Abu… ¿Te has tomado la medicación de hoy?

-Será posible… ¿Que maneras son esas de hablarle a los mayores?

-Bueno, ¿Qué querías? 

-A sí, esto… hum… erm…

-¿Se te ha vuelto a olvidar?

-Calla niño; no se me ha olvidado… es solo que… que… ¿Que qué tal te ha ido el día?

-Mal.

-¿Por qué?

-Hoy he tenido un problema en el cole.

-No me digas. Mira, yo tengo la solución a tus problemas.

-Pero si aún no te he dicho cuales son.

-Es igual. Te voy a contar lo que me pasó hace algunos años, cuando tenía tu edad en el cole. Que tiempos aquellos cuando tenía 13 años…

-Pero abuelo, yo tengo 8 años…

-Calla coño. Verás…




…era un horrible día de lluvia del año 2012. Mi querida madre me había dicho que debía salir una hora antes del cole para poder ir a ayudarla con la cosecha de tomates cuadrados de ese año, así que me firmó un justificante para poder escaquearme de la última hora. Casi lloro de la emoción. Era la peor hora de clase que te podías imaginar, repleta de torturas que se repetían una y otra vez. Además, ese día tocaba una de las peores. Por ello, no te imaginas el alivio que sentí cuando le dije a aquel tipo que si quería que alguien saltara el potro  ya podía ir empezando a coger carrerilla.

Esa contestación me ganó un castigo en el que conocí a mucha gente y viví un montón de aventuras (e incluso conseguí un tesoro y bañé a un mono con gel), pero esa historia la dejamos para otro día. 

Por donde iba… a, sí, la nota. Fui con ella todo contento hacia la salida pero… ¡Horror! Estaba allí la señorita Lestrange, la cual además de fea era borde como ella sola. Todavía recuerdo las palabras que me dijo aquel día:

-Hola pequeñín, ¿Que te trae por aquí?

-Tengo una nota de mi madre para irme antes de clase.

-Muy bien, puedes esperar en ese banquito hasta que vengan tus papis a buscarte.

-Disculpe, pero mis padres no van a venir. La nota es para que vaya yo a casa.

-Pero no podemos dejar que se vayan los alumnos antes de tiempo. Si se rompen una pierna por el camino es nuestra responsabilidad.

-¿Me está diciendo usté que no me dejan ir andando hasta mi casa por si me caigo… pero ese gorila me hace saltar un cacharro horrendo todas las semanas sin problemas? 

-¿Qué maneras son esas de hablar del profesor Bulxit? Un poquito de respeto niño, que estás en un colegio religioso.

-¿Y entonces que hago? Yo me tengo que ir.

-Ese no es nuestro problema.

Fue entonces cuando lo comprendí. Me armé de valor, agarré mi paraguas con todas mis fuerzas y… 




-Abu.

-¡¿Para qué me interrumpes?! ¡Nunca me interrumpas que pierdo el hilo narrativo! A ver, que pasa.

-Tú sabes que estamos en el 2011 y que los tomates cuadrados no existían en aquella época, ¿Verdad? Además, que mi problema es que me gusta una chica y no sé como decírselo. No se me ocurre como tu historia me podría ayudar.

-…

-…

-…

-…

-Niño.

-Qué.

-A la cama. Ya.