Vladimir Ilich Lenin -Poema de V. Mayakovskiy

Es tiempo 
comienzo 
el relato sobre Lenin. 
No porque 
no haya pena 
más grande, 
es tiempo 
porque 
la honda tristeza 
sea ya 
dolor claro y consciente. 
Tiempo, 
vuelve a flamear los lemas leninistas. 
¿Es justo 
derramar 
lágrimas y lágrimas? 
Lenin sigue siendo 
el hombre 
más vivo entre los vivos. Es 
nuestra sabiduría. 
nuestra fuerza 
y el arma que blandimos. 
Los hombres son como barcas, 
aunque sin agua. 
Mientras 
vivimos 
se nos pegan 
a los costados 
muchos 
caramujos sucios. 
Y después, 
sorteada ya 
la tempestad furiosa, 
te sientas 
bajo el rayo del sol 
y te quitas 
la barba verde 
de las algas 
y la barba lila 
de las anémonas. 
Yo también 
me limpio 
para semejarme a Lenin 
y seguir remando 
por la revolución. 
———————————————- 
De noche 
dormimos. 
De día 
hacemos las cosas. 
Nos gusta lo ilusorio. 
Cuando alguien es capaz 
de poner las cosas 
en su lugar, 
le llamamos 
«profeta», 
lo llamamos 
«genio». 
No tenemos 
grandes ambiciones, 
si no nos llaman 
no acudimos. 
Agradar 
a nuestra esposa 
ya es bastante. 
Pero cuando 
alguien diferente 
avanza 
con su cuerpo y su alma 
juntos, 
murmuramos 
«majestuosa figura», 
nos admiramos 
«don divino». 
Eso es lo que dice 
la gente 
ni demasiado ingeniosa 
ni demasiado imbécil. 
Las palabras aparecerán 
y desaparecerán como el humo. 
De esas cabezas huecas 
no sacarás nada más… 
Pero ¿cómo medir a Lenin 
con la misma vara? 
Lo vio todo 
y todo el que quiso 
ese «tiempo» 
no tuvo que agacharse 
para pasar 
bajo el dintel. 
———————————————- 
Ayer, 
a las seis y cincuenta 
murió el camarada Lenin. 
Este año 
ha visto 
lo que no verán muchos otros. 
Este día 
entrará 
en la leyenda triste de los siglos. 
El horror 
hizo brotar un estertor 
de acero. 
Una ola de sollozos 
pasó sobre los bolcheviques. 
¡Terrible peso! 
Nos arrastrábamos 
como una masa extraviada. 
Saber- 
¿cómo y cuándo? 
¡Saberlo todo! 
En las calles, 
en las callejuelas 
boga 
como una carroza fúnebre 
el Gran Teatro. 
La alegría 
es un caracol que repta. 
La desgracia 
es un corcel indómito. 
Ni sol 
ni brillo de espejo, 
todo 
tamizado por los diarios, 
salpicado 
con negra nieve. 
La noticia asalta 
al obrero 
delante de la máquina. 
Una bala en el alma. 
Y es como si 
se derramasen lágrimas 
sobre cada instrumento de trabajo. 
Y el mujik 
que ha pasado por todas 
y que, 
más de una vez, 
miró la muerte a los ojos, 
se aparta de las mujeres, 
pero se traiciona 
por los regueros negros 
que enjuaga con el puño. 
Aun los hombres más duros 
-de silex- 
se mordían el labio 
hasta sacarse sangre. 
Los niños 
quedaron serios como viejos, 
y los viejos 
lloraban como niños. 
Por toda la tierra 
el viento 
llevaba el insomnio 
sin pensar, soplando y volviendo a soplar, 
que allá 
en el hielo 
de un pequeño cuarto de Moscú, 
estaba el ataúd 
del padre y del hijo 
de la revolución. 
El fin, 
el fin, 
el fin. 
¡Qué difícil 
creerlo! 
Un vidrio- 
y vemos lo que está abajo… 
Es a él 
a quien traen de la estación Paveletzki 
y llevan por la ciudad 
que arrebató a los amos. 
La calle 
parece una herida abierta… 
Aquí 
cada piedra 
pisada 
por los primeros ataques 
de octubre, 
conoce a Lenin. 
Aquí 
todo 
lo que cada bandera 
ha embellecido, 
fue comenzado 
y ordenado por él. 
Aquí 
cada torre 
ha oído a Lenin 
y lo habría seguido 
a través del fuego y del humo. 
Aquí 
cada obrero 
sabe quién es Lenin- 
exponed los corazones 
como ramas de abetos. 
Nos llevaba al combate, 
anunciaba las conquistas, 
y así 
el proletario 
es dueño de todo. 
Aquí 
cada campesino 
ha inscrito 
en su corazón 
el nombre de Lenin 
con más ternura que en las calendas de los santos. 
Ordenó 
devolverles 
las tierras 
con que sueñan 
los abuelos muertos bajo el knut. 
Y los comuneros 
-los de la Plaza Roja- 
parecían 
murmurar: 
«¡Tú, a quien tanto queremos! 
Vive 
pues tal es 
el más bello destino al que aspiramos- 
cien veces 
nos lanzaremos al ataque 
dispuestos a morir!» 
Si apareciese ahora 
un hacedor de milagros, 
y nos dijese: 
«Para que él se levante 
debéis morir vosotros!»- 
La esclusa de las calles 
se abriría 
y los hombres 
se arrojarían 
a la muerte 
cantando. 
Pero no hay milagros; 
inútil es soñar. 
Está Lenin, 
el ataúd, 
las espaldas encorvadas. 
Fue un hombre 
humano hasta el fin. 
Ahora, 
soporta 
el suplicio 
del dolor de los hombres. 
Nunca hubo 
flete más valioso 
llevado 
por nuestros 
océanos 
que 
ese ataúd rojo 
bogando 
hacia la Casa de las Uniones, 
sobre la espalda 
de sollozos y peldaños. 
Mientras 
hombres 
del temple de Lenin 
montaban guardia 
de honor, 
la muchedumbre 
esperaba desde hacía un rato 
apiñada 
a lo largo 
y Dimitrovka. 
En en alo diecisiete, 
el mismo 
con su hija en la cola 
para el pan- 
¡mañana comeremos! 
Pero en esta 
glacial 
y terrible cola, 
todos se alineaban 
niños y enfermos. 
Las villas 
se alineaban 
al lado de las ciudades. 
El dolor tintineaba, 
infantil o viril. 
La tierra de trabajo 
desfilaba, 
vivo 
balance 
de la vida de Lenin. 
El amarillo sol 
bizqueando dulcemente, 
se levanta 
y lanza 
los rayos a sus pies. 
Como 
acosados, 
llorando la esperanza, 
doblados de dolor 
desfilan los chinos. 
Las noches 
venían 
a lomo 
de los días, 
confundiendo las horas, 
mezclando las fechas. 
Como si 
no hubiese 
noches ni estrellas arriba. 
sino 
negros de los Estados Unidos 
llorando a Lenin. 
Un frío 
antes nunca sentido 
escocía las suelas, 
pero cada cual 
permanecía en esa 
multitud apretada. 
Ni siquiera 
se atreven 
a frotarse las manos 
para calentarse un poco, 
no es conveniente. 
El frío 
atrapa 
y arrastra 
como si 
quisiera poner a prueba 
el temple del amor. 
Penetra a la fuerza 
en la muchedumbre. 
Presa de agitación 
la muchedumbre 
pasa por detrás de las columnas. 
Los escalones crecen, 
se vuelven arrecifes. 
De pronto 
no se oye 
ni canto ni respiración, 
y nadie se atreve a dar un paso más- 
bajo el pie, hay un abismo,- 
es el borde filoso 
de un abismo de cuatro escalones. 
Cortando 
la esclavitud de cien generaciones, 
tiempo en que el oro 
tenía toda la razón. 
El borde 
del abismo- 
el ataúd de Lenin, 
y más allá, 
en todo el horizonte, 
la columna. 
¿Qué veremos? 
Nada más que su frente, 
y a Nadejka Konstanstinovna, 
detrás, 
de una bruma… 
Quizá 
ojos que no llorasen 
verían algo más. 
Pero no eran 
ojos como esos 
los que yo veía. 
La seda de las banderas flameantes 
se inclina, 
para rendir 
los últimos honores: 
«Adiós, camarada, 
has terminado 
tu honrado y valiente camino.» 
Horror. 
Cierra los ojos, 
no mires, 
como si andases 
sobre una cuerda de seda. 
Como si 
por un instante 
estuvieses 
a solas 
con una inmensa 
y única verdad. 
Soy feliz. 
El agua sonora de la marcha 
lleva 
su cuerpo sin peso. 
Sé 
que en adelante 
y para siempre, 
ese momento 
vivirá 
en mí. 
Feliz 
de ser 
una partícula de esta fuerza 
que tiene en común 
hasta las lágrimas de los ojos. 
Imposible 
que la comunión 
en el inmenso sentimiento 
llamado 
clase, 
sea 
más fuerte, 
más pura. 
———————————————- 
Y la muerte 
de Ilitch 
fue 
un gran 
aglutinador del comunismo. 
Por encima de los troncos 
de un enorme bosque, 
millones 
de manos 
sosteniendo su asta 
-la Plaza Roja- 
la bandera roja 
se eleva, 
arrancándose 
con una terrible sacudida. 
De esa bandera, 
de cada uno de sus pliegues, 
nos llegam 
vivo de nuevo, 
el llamamiento de Lenin: 
-¡En fila, 
proletarios, 
para el último cuerpo a cuerpo! 
¡Esclavos 
enderezad 
vuestras rodillas hincadas! 
¡Ejército de proletarios, 
adelante y en orden! 
¡Viva la revolución 
alegre y rápida! 
Esta 
es la única 
gran guerra 
de todas 
la que la historia ha conocido.