Top 10 de las mejores películas de todos los tiempos – según el perturbado jucio de Zerael

Últimamente no veo películas que me gusten, y estoy hasta las narices de hacer críticas con mala leche. Así que voy a hacer una de esas entradas que todo el mundo odia pero que en el fondo nos morimos por leer: ¡Mi top 10 de películas favoritas!

No voy a entrar en el tópico de “oh, que gustos más raros tengo” o “nadie me comprende porque tengo un gusto cinéfalico superespecial”, más que nada porque me parece una soberana soplapollez; estas son las que están, y cada una me gusta porque cumple, a grandes rasgos, dos requisitos necesarios y no suficientes: [a mi juicio] son técnicamente notables y [a mi juicio] emocionalmente brillantes (o lo que es lo mismo, su contenido narrativo me conmueve). No estoy diciendo que sea una especie de regla que antepongo al visionado de un flim para catalogarlo de predilecto, sino que, por cosas de la existencia y el movimiento de los planetas, estas diez películas -que son mis preferidas- cumplen esos dos requisitos. Que lo use como razón es puro artificio.

Así que, sin más dilación… ¡vamos al puesto número 10!

10. TAXI DRIVER – Martin Scorsese  (1976)

Hubo una temporada que me dedicaba a ver películas comúnmente consideradas como clásicos a cascoporro. Tenía intención de que se me pegara algo de su buen hacer -y de paso, tenía material para discutir con la gente sobre por qué tal o cual película era en realidad una mierda pinchá d’un palo-. Cuando Taxi Driver se cruzó en mi camino, no tenía ninguna esperanza de que me gustara. Pero por supuesto, me equivoqué.

Esta obra magna de Scorsese nos cuenta la historia de un extraño personaje que vive de primera mano los entresijos de los bajos fondos de Nueva York. Probablemente por su condición de superviviente de Vietnam, padece de un insomnio crónico que le empuja a ocupar sus horas muertas con alguna actividad. Y la actividad elegida es, como cabía esperar, echarle horas al taxi. A través de sus ojos, de la creciente locura y violencia que se apodera de él, asistiremos a toda clase de despropósitos con muy poco espacio para la esperanza.

¡Pum! Acabo de matar mi carrera cinematográfica

Si está entre mis preferidas es gracias al papel de Robert De Niro. Travis, un hombre con una moralidad contaminada por el tedio de la depresión larvaria, hace que el espectador se conmueva y asquee a partes iguales. Con un mensaje claramente pesimista sobre el mundo, sus hazañas y vendetas personales son de un prosaico que hace tambalearse el poder curativo de la ficción. Como un documental de callejeros, el final de Taxi Driver es un bofetón de realidad: no importa cuánto te esfuerces, siempre hay un margen, por pequeño que sea, que se escapa por completo de tu control.


9. VIVIR – Akira Kurosawa  (1952)

A veces uno nunca se decide a leer un buen libro porque su tamaño voluminoso le infunde respeto. A mí me pasa con los Miserables. Pienso en lo que me va a costar leerlo y en seguida me viene a la mente una de mis frasecillas comodín: ningún acto de esparcimiento que requiera más de un mes puede ser etiquetado de ocio. Vamos, que me temo que se lo acabará leyendo su señora tía. El caso es que con las películas me pasa igual. En cuanto pasan de las dos horas me entra la vaguería. Afortunadamente, tenía el precedente de Los Siete Samurais, por lo que ese efecto se diluyó un poco en el caso de Ikiru (Vivir).

Kurosawa filmó un auténtico peliculón, que a pesar de tener una premisa sencilla como ella sola, su ejecución es conmovedora hasta extremos insospechados; primero, porque retrata una sociedad en pleno cambio, impregnándose de los tics que la acompañarán hasta nuestros días, y segundo, porque la humanidad que desprende su personaje principal es apabullante.

El hipnosapo…me ha…pedido…que…me columpie…

Watanabe, un funcionario embadurnado en la monótona ritualidad de su vida -que no es más que su trabajo-, descubre aterrado que un cáncer acabará muy pronto con su vida. Este hecho le hará percatarse de la triste rutina que le ha encerrado durante tantos años, por lo que se obligará a encontrar un sentido a una felicidad que cree haber dejado de lado por la necesidad. Su viaje le llevará a un final impensable que contrasta brutalmente con el pesimismo del comienzo.

A diferencia de Taxi Driver, Ikiru es una de esas películas que te dan ganas de vivir con pasión, disfrutando de cada momento lo máximo posible. Y es que, por muy tópico que suene, no hay nada como perder algo para darse cuenta de lo mucho que lo necesitamos.

8. SOLARIS – Andrei Tarkovsky  (1972)

The ring es una película que aborrezco, tanto su versión americana como japonesa. Pero si algo bueno podía decir de ella, es que el remake era de mucha más calidad que la original. No entiendo por qué los más puristas prefieren la versión más cutre, más allá del factor nostálgico. Solaris, la de George Clooney, es una gran película, y jamás se me hubiera pasado por la cabeza que la original, que además es de un director que no me provoca demasiados orgasmos cinéfilos, me iba a atrapar de la forma que lo hizo. Sí, es más cutre; pero su contenido narrativo, su ejecución y sobre todo, sus personajes, están a años luz del remake americano.

A diferencia de otros casos, Solaris de Tarkovsky tiene un desarrollo argumental muy distinto a su homónima americana. La premisa es la misma: el protagonista viaja a una estación de investigación espacial cercana a Solaris -un misterioso cuerpo celeste al que se le atribuye vida- con la intención de determinar su rentabilidad. Tras mucho tiempo y esfuerzo, los resultados han sido mínimos y cuestionables. Por si no fuera suficiente, uno de los científicos ha muerto en extrañas circunstancias, y el gobierno no está por la labor de regalar unas vacaciones siderales a sus compañeros.

¡Como me toques otra cosa que no sea la espalda te coso a palos!

Con el característico estilo pausado y denso del director, la película desenvuelve su trama con una cantidad justa de emoción y reflexión. Tarkovsky tiende a complicar los guiones, y su estilo visual a veces es desconcertante, pero en Solaris sabe medirse lo suficiente como para que -esta vez sí- quede una experiencia evocadora. El cambio del protagonista, que vivirá en sus carnes la “magia” de Solaris, es sencillamente impagable. No importa cuantas explicaciones o justificaciones nos demos, en los momentos culminantes sobran las palabras.

7. MATCH POINT – Woody Allen (2005)

No sé hasta qué punto es cierto, pero se suele decir que Woody Allen es un director americano con alma europea, lo que en términos cínicos significa que sólo es rentable en el viejo continente. Si hay algo cierto es que sus historias no son precisamente tópicas. Aunque por otra parte, su abultada filmografía ha conseguido crear un estilo propio que, por lo menos a mí, ha terminado por cansarme. Si tuviera que quedarme con una de sus formas de hacer cine, sería con el drama. Tanto las antiguas como las nuevas; y entre todas ellas, Match Point.

La película que nos hizo gastar saliva inútilmente a causa de las curvas de cierta rubia, es en realidad una tragedia que imita con maestría a los clásicos de la literatura. Particularmente, al “ruso loco”. Match Point es una historia contada con un estilo único, pero con un contenido cercano, con el que resulta fácil identificarse; no tanto por el recurrido “esto me ha pasado a mí”, sino por el “joder, no podía ocurrir de otra forma”. Un guión brillante, con unas actuaciones a la altura; el rostro hierático de su protagonista, que en otra circunstancia hubiera resultado insoportable, en Match Point se convierte en el único posible.

Oye, Scarlett, ¿tú crees que soy mal actor? ¿Crees que haré muchas películas después de ésta?

Además, viene con una reflexión gratuita que en cierta forma comparte el espíritu de Taxi Driver: vivir al máximo de tus posibilidades, haciendo todo lo necesario por encontrar la “plenitud personal”, tiene su contrapartida irreconciliable con la suerte.

Para mí, la mejor película de Woody Allen (y me quedan muy pocas por ver)


6. LAS AMARGAS LÁGRIMAS DE PETRA VON KANT – Rainer Werner Fassbinder  (1972)

Con un título así, reconozco que no resulta precisamente atractiva. Es verdad, suena a coñazo de dos horas de duración. Pero dejadme deciros una cosa: los prejuicios son útiles sólo en entornos hostiles como el curro. Por lo que respecta al ocio, y al cine en particular, no es bueno dejarse guiar por preconcpeciones.

Os preguntaréis de qué va semejante amasijo de trascendentaloides palabras…y la respuesta es sencilla: del abandono. El más típico y adolescente posible, el que es resultado del desamor. Se trata de la historia de una mujer de éxito que cae presa de un amor irracional y autodestructivo. La tal Petra Von Kant se enamora perdidamente de una de sus modelos, a sabiendas de que la joven sólo le sigue la corriente por necesidad.

Mmm…qué rica está mi mano..mmm

Sin más decorado que el hogar de Petra, la película está plagada de momentos angustiosos y asfixiantes. A pesar de los muchos elementos extraños que habitan sobre el techo de la diseñadora (como la “entrañable” Marlene, la secretaria muda que tiene que aguantar todo tipo de increpaciones y burlas por parte de su jefa), dejarse llevar por su historia es casi inevitable. A poco que uno haya vivido, reconocerá la desesperación de su protagonista; a ratos cómica, y por momentos fatalista, la progresiva caída en picado de Petra es el retrato modelo de un momento de desamor que se alarga innecesariamente en el tiempo. Perfecta para compensar las ganas de vivir que proporciona Ikiru.

5. DOS HERMANAS – Kim Ji-woon  (2003)

No soy un amante del cine de terror, y son muy pocas las que consiguen enredarme lo suficiente como para que les preste atención. Por eso, me cuesta entender que esta película esté tan maltratada por la crítica. Más allá de la discusión sobre el miedo que da o deja de dar, Dos Hermanas es un peliculón como la copa de un pino. ¿Por qué? Porque plantea una intriga que se resuelve con originalidad y estilo. La mayor parte del cine de terror que depende de una intriga se pega un tortazo en la resolución de la trama. Conseguir un final digno, y llegar hasta él sin caer en los tópicos del género, es algo inusualmente escaso en este tipo de cine.

Dos Hermanas, además, cuenta con un argumento interesante: dos jóvenes que malviven una rutina familiar angustiosa en un caserón plagado de recuerdos tristes. Poco a poco, la convivencia con su madrastra se hará insostenible, y los ecos de desgracias pasadas tomarán formas monstruosas.

Mierda…¿me habré dejado abierto el gas?

Si la tengo en tan alta estima es porque pocas veces una película con una estética tan oscura me ha resultado tan cercana. Su trama, a pesar de ser tramposa, está muy bien compensada por las formas de su director y la ambigüedad de sus respuestas. Como suele decirse, es una de esas películas que no deja indiferente.


4. LILYA FOREVER – Lukas Modysson (2002)

Por lo general, soy más proclive a ver películas sin contenido reivindicativo; ya que voy a disfrutar de algo ficticio, prefiero que se recree en situaciones lo menos prosaicas posible. Los jarros de agua fría, los agitadores de conciencias, los prefiero fuera de mis ratos libres. Así que no es muy habitual que películas como Lilja Forever me toquen la fibra sensible.

Lukas Modisson -como ya hicera en Fucking amal– muestra las crudas consecuencias de un entorno conflictivo. La miseria atrae a más miseria, y cuando el punto de partida de tu vida es marcadamente hostil, vas a tener que currártelo mucho para salir airoso. La mayoría, se pierden por el camino. Lilya, la protagonista, acaba presa de una red de prostitución por culpa de este cúmulo de circunstancias. ¿Torpeza? ¿Falta de inteligencia? ¿O sencillamente mala suerte? Sea lo que sea, la historia de la joven rusa es morbosamente brillante.

He aquí una muestra de lo macabra que puede llegar a ser una cámara fotográfica

Quizá puede achacársele cierta carencia de medios, pero las actuaciones son perfectas. La protagonista, una joven vivaracha y pasota al principio, alcanza tal grado de revelación interpretativa que ha conseguido hacerse un hueco en mi memoria. Junto a Big Fish, la única película que me ha arrancado unos buenos lagrimones.

3. CARRETERA PERDIDA – David Lynch (1997)

Como algunos sabréis, me encanta David Lynch. Carretera perdida tiene gran parte de la culpa. Atendiendo a la forma que tiene este polémico director de hacer cine, podríamos situarla en el conjunto de películas “raras de cojones”. Ya hablé de ella en una entrada especial que hice en Raccon Hill, así que los que la leísteis ya sabréis por dónde van los tiros.

Con dos partes muy diferenciadas, este viaje psicotrópico de Lynch parte de una enigmática premisa: un matrimonio con problemas que empieza a recibir extrañas grabaciones de su casa. Por la noche, alguien se cuela en su hogar y les filma mientras duermen. Poco a poco, esta situación se va desmadrando y se transforma en algo completamente irreconocible: la historia de Pete Dayton, un mecánico con serios problemas de amnesia.

¿Oiga? ¿Es el director? ¿Puede explicarme de qué narices trata esta película?

Como siempre, Lynch plantea una intriga evocadora que nunca termina de resolverse plenamente, y que en caso de hacerlo, no sirve para otra cosa más que abrir nuevos interrogantes. Un ejercicio continuo de mala leche que hará que te revuelvas en tu cómodo asiento. La falta de respuestas claras, como siempre, hará que la adores o que la hundas en la más horrible de las miserias. Especial mención a la actuación de Patricia Arquette, en el que probablemente fue su último papel de mujer explosiva.

Tiene tantas escenas memorables que sabría quedarme con ninguna. Ya puestos, echarle un ojo a la que puse en el blog de Rikku.

2. PERSONA – Ingmar Bergman  (1966)

Bergman la definió como su mejor obra. Una vez leí una cita -no sé si verdadera- en la que el director afirmaba que a partir de esta película, la calidad de su cine siempre iría en descenso. Y la verdad, yo estoy de acuerdo. Según mi perspectiva y gustos, comparte el honor con Kubrick, de ser el director con mejor trayectoria filmográfica de la historia. No tiene una sola película que me desagrade (y mira que el sueco ha sido prolífico). Y aun así, ninguna alcanza el nivel de excelencia de Persona.

Con un comienzo desconcertante -todo muy filosófico y macerado, cómo no-, puede que eche para atrás a más de uno…pero, ¡volved a ponerla, insensatos! Es cierto que se trata de un argumento con excentricidades, con típicas secuencias y rayadas no muy del agrado de la mayoría, pero si eres capaz de obviar sus, vamos a llamarles “manías”, verás que cuenta una historia sumamente intrigante y evocadora.

Ya puedes decir misa, que yo sé que en realidad eres un hombre

Afectada por una dolencia psicológica que le impide hablar, Elisabeth entabla una relación extrañísima con Alma, su enfermera. Al contrario que su paciente, Alma se dedica a hablar por los codos. Maravillada con la atención que recibe por parte de la actriz (sí, Elisabeth es una actriz; de hecho, se queda “muda” tras una representación de Electra), Alma se “desnuda” frente al silencio de su compañera.

Liv Ullman, en el papel de Elisaebth, hace un trabajo espectacular. Y lo mismo por parte de Bibi Andersson (la que hace de Alma, la enfermera). Algunas de sus secuencias me traen muy buenos recuerdos, y aun a pesar de haberla visto tantas veces, no puedo evitar emocionarme con algunos momentos cumbre.

Si eres de los que piensa que todo lo que huela remotamente a pretencioso es infumable, con Persona cambiarás de opinión. Una obra maestra con todas las letras.

1. MULHOLLAND DRIVE – David Lynch  (2001)

¡Y llegamos al número uno! Seguro que muchos os tiráis de los pelos. ¿Mulholland drive? ¡Pero si es una rayada gafapasta! Y quizá no os quite la razón. La posición de esta película en mi top 10 particular tiene un componente personal mucho más exagerado que el resto de las integrantes de la lista. Soy consciente de que mucha gente considera que Lynch tiene otras grandes películas que merecen más reconocimiento que Mulholland Drive, y de que su estilo críptico y pretencioso es desconcertante…pero la verdad, me da igual.

Tan extraña y enigmática como Carretera perdida, su argumento es algo más conciso y completo -que no comprensible-. Mulholland drive es más emotiva, mucho más cercana con el lado oscuro de las relaciones humanas -sobre todo, del amor-, y no tanto con el despiporre visceral de los tejemanejes mafiosos que se intuyen en Terciopelo azul o Carretera perdida.

Escucha atentamente…hacia la mitad de la película tenemos una tórrida escena de cama que pasará a la historia del cine

A pesar de contar con varias historias paralelas, la importancia recae sobre todo en la pareja formada por Naomi Watts y Laura Helena Harring. Interpretan a dos jóvenes unidas por extrañas circunstancias: Betty, una actriz debutante, y Rita, una desconocida con amnesia y asuntos turbios con la mafia. Recién llegada a la meca del cine, con la intención de forjarse un futuro, Betty se instala en casa de su tía, que amablemente le cede su hogar mientras logra hacerse hueco en el cruel mundillo del cine. Allí se encontrará con Rita, una mujer asustadiza y vulnerable con la que establece una relación muy íntima en pocos días. Juntas, tratarán de averiguar algo sobre su pasado.

Un misterio filmado con maestría y con una actuación de proporciones épicas; no en vano, Naomi Watts saltó al estrellato gracias a la interpretación de un personaje tan jodidamente complejo como el de Betty. Con dos cambios de registro radicales, y continuas situaciones surrealistas, la rubia australiana mantiene el tipo con una habilidad impresionante.

Prácticamente cada escena me parece digna de ser recordada. Desde el comienzo, de una cursilería y optimismo desconcertantes, hasta el final, pasando por su progresiva degeneración hacia la cruda realidad. Una película extraña, que le ha valido todo tipo de críticas al director americano, y que desafortunadamente no se ha mantenido en la fallida Inland Empire. Vedla entera antes de juzgarla.