Synopsis Quest – El JRPG más pequeño del mundo

Con el paso de los años, los géneros videojueguiles adquieren estereotipos. A medida que se suceden los títulos, esas marcas de identidad que definen al género se modulan de formas cada vez más imaginativas –de lo contrario, la prensa y los jugones acusan estancamientos y demás palabrejas relacionadas con la decadencia–.

En una época en la que las formas de jugar se mezclan de modos insospechados, el desarrollo occidental parece estar arrollando al mercado oriental. Posiblemente porque sus lugares comunes no han sabido adaptarse a los nuevos tiempos, el rol oriental se encuentra de capa caída por estos lares. Pero los que amamos esa forma de hacer videojuegos, echamos en falta toda esa amalgama de características que formaban al JRPG clásico.

¿Cómo olvidar la primera vez que nos hacemos con un transporte aéreo y esas odiosas montañas dejan de ser un problema? ¿Y qué me decís de esa satisfacción al hacernos con un arma extrañísima oculta en una misión secundaria absurda? Trazas de buen rollo videojueguil, o recuerdos gratos de un jugón con demasiadas nocheviejas encima… sean lo que sean, lo cierto es que no todas esas características comunes son agradables. Mayormente, son absurdas; y por extensión, simpáticas –grupos de aventureros fusionados cual guerrero de dragon ball, paladines de la justicia saqueando casas de gente anónima con su beneplácito, NPCs repetitivos, monstruos ridículamente poderosos, y un largo etcétera que cualquier habitual del rol japonés recordará sin esfuerzo–.

Skipmore, una pequeña desarrolladora japonesa de juegos para móviles que adapta sus creaciones a ordenador, ha sabido darle un matiz humorístico a esta situación. Si eres de esos que como yo, ha pasado muchas horas con JRPGs dieciseisbiteros, no puedes dejarlo pasar. Synopsis  Quest –así se llama–, es un simpático homenaje a todos esos tics que son motivo de burla y carcajada entre jugones de medio mundo. Puesto que el JRPG no pasa por su mejor momento, nada como tomárselo con humor.

Pero, ¿qué es exactamente Synopsis Quest? Sencillamente, un conjunto de mini-juegos “puzle” ambientados en el contexto del rol oriental. Así pues, es improbable que llame la atención de aquellos que no han puesto un pie en fantasías finales, búsquedas de dragón y demás fauna japonesa de hechicería y acero.

Un total de 25 pantallas independientes, realizables en el orden que nos salga de las narices, ocultan un montón de situaciones modelo que a su vez sirven de hilo conductor para un pequeño puzle no siempre fácil de desentrañar. En la mayor parte de los casos, requieren que pensemos con imaginación, y habitualmente, bajo los presupuestos del género.

En este sentido, el diseño de cada uno de los niveles es sorprendente. No sólo porque como homenaje dibujará una sonrisa de complicidad a aquellos que puedan identificarlo, sino porque salvo excepciones, están muy bien pensados y mejor diseñados; en ocasiones la solución se oculta en el título –memorable la pantalla “Act like a hero” (compórtate como un héroe), que a buen seguro provocará alguna carcajada al descubrir su solución–, en otras, simplemente requieren paciencia, y casi siempre, una buena dosis de eso que llaman “pensamiento lateral”.

No penséis que Synopis Quest puede ofreceros horas de diversión, porque no es el caso. Salvo que alguno de los niveles se os atragante, no es más que un compendio de micro juegos cuya intención no sobrepasa el mero entretenimiento; sin embargo, su valor como parodia simpática e inteligente es más que considerable. Sus valores jugables residen también en este hecho, y aunque como suele ser habitual, un poco más de ambición habría dado como resultado un juego más importante, no es algo que se le pueda echar en cara justificadamente.

Aunque el diseño pixelado sea el mismo que el de sus demás creaciones –echad un vistazo a los otros juegos que tienen colgados y comprenderéis lo que digo–, tiene un encanto único. A mí me ha recordado a las aventuras ochobiteras remasterizadas de nuestros días –muy interesante, por cierto, todo el entramado musical y sonoro; aún siendo claramente retro, funcionan a las mil maravillas–.

El único punto negro de esta inusual mezcla de géneros es el control. No sé si se debe a su vocación para móviles, pero todos los juegos de Skipmore sufren del mismo mal (los personajes tardan en responder o se mueven con torpeza). Afortunadamente, dado el carácter extremadamente minimalista de Synopsis Quest, no supondrá un problema importante.

Así que, salvo que el JRPG te parezca el peor invento desde los tetra bricks con abre fácil, te hará pasar un buen rato. Es el único juego de Skipmore traducido al inglés –poco importa, la verdad, ya que el texto es muy básico y dudo mucho que todavía quede gente incapaz de entenderlo con los medios weberiles de hoy en día–, y ha causado cierto revuelo entre los desarrolladores “underground” del arco occidental. No es para menos, dadas sus peculiares cualidades. No faltarán aquellos que lo tachen de broma de mal gusto.

Pero lo mejor es no hacerles caso… ¡y actuar como un auténtico héroe!

El Escritor – Crítica a destiempo

Últimamente apenas he hablado de cine. Irónicamente, creo que es la época de mi vida que más películas he visto; he ido al cine con asiduidad y he conseguido películas muy interesantes para echar el rato en casa.

Una de mis últimas andanzas por las salas fue junto a El Escritor, del conocido Roman Polanski. Tengo que avisaros de que mi experiencia con el director no es muy amplia –si mal no recuerdo, sólo he visto El quimérico inquilino, El pianista, El baile de los vampiros y La Semilla del diablo apenas unas migajas de su abultada filmografía–. En cualquier caso, todas ellas cumplen, con mayor o menor fortuna, con lo que uno espera de un director de renombre. Y es que pocas veces puedes afirmar con seguridad que lo visto en pantalla es formalmente bueno, independientemente de su contenido.

Lo he dicho en más de una ocasión, pero no me importa repetirlo: no soy ningún experto en cine, ni pretendo serlo. Aun así, creo que cualquiera en mi situación coincidirá conmigo en que El Escritor mantiene el ritmo narrativo a un nivel considerable durante todo su metraje. No hace falta ser muy ducho en esto de las pinículas jolibudienses para percatarse del particular.

El Escritor narra las peripecias de un biógrafo mercenario –esa simpática profesión que en Ejpaña tenemos la costumbre de apodar con el desafortunado adjetivo “negro”– metido de lleno en el que a todas luces va a convertirse en el trabajo más importante de su carrera: escribir la biografía de un polémico político inglés, un ex primer ministro rodeado de asuntos turbios e insinuaciones políticas de dudosa moralidad.

El protagonista, reputado entre los círculos de biógrafos por convertir en best sellers las memorias más aburridas, sucederá a un escritor que acaba de morir en extrañas circunstancias. El político en cuestión, claramente disgustado con el suceso, hará lo posible por ayudar a su nuevo “negro” a completar un libro cuya publicación está sujeta a todo tipo de presiones.

El bueno de Ewan McGregor –que da vida al tenaz escritor protagonista– no tardará en darse cuenta de que el trabajo le viene grande. Los escándalos políticos alcanzan su máximo exponente en cuanto se pone manos a la obra, y las exigencias de la camarilla del ex primer ministro le obligan a tomar medidas de seguridad absolutamente desproporcionadas. Apenas puede pasar tiempo con el manuscrito entre manos, un pestiño de cientos de páginas que su editor le invita a terminar en menos de tres semanas.

Por si fuera poco, alguien está tratando de hacerse con el manuscrito por la fuerza. Antes de que pueda darse cuenta, la curiosidad le llevará al centro de un cúmulo de intereses políticos internacionales. El secreto, al parecer, se encuentra en la biografía de marras… pero, ¿por qué?

A diferencia de lo que suele ocurrir con este tipo de películas, El Escritor no parte de un suceso chocante, o una escena incomprensible que determina el rumbo del resto del argumento. La trama se desarrolla a un ritmo estupendo, planteando paulatinamente más y más incógnitas, hasta un brillante desenlace –quiero insistir en lo de brillante; hacía tiempo que un final no me resultaba tan gratificante– que solventará de un plumazo todos los interrogantes.

Con todo, el argumento no es todo lo disfrutable que debería. A pesar de que Polanski mantiene el ritmo en todo momento, el peso de la historia es demasiado grande –o demasiado liviano, dado el caso–; y es que la intriga que da vida a esta inusual historia de politiqueo y confabulación es relativamente floja. Por mucho que el montaje lo oculte con soltura, el contenido de la narración es extrañamente insulso, vacío. Hacia la mitad de la película, sufre un ligero bajón por culpa de esta falta de chicha argumental. Afortunadamente, dura muy pocos minutos.

Por tanto, podría decirse que el problema de la última de Roman Polanski es rascarle a una historia que apenas da de sí. Bien podría ser la historia de un burdo telefilm de antena 3. De ahí, por otra parte, que sea tan entretenida. Al salir del cine no podía dejar de maravillarme de lo mucho que había disfrutado, a pesar de sus carencias… personajes secundarios tontorrones, enigmas recurrentes y tramposos… y al mismo tiempo, un personaje principal espectacular, un desarrollo sensacional y una resolución arrolladora.

En cuanto a los actores, lamento decir que no soy ningún fan de Ewan McGregor, al que no importa en qué película le vea: siempre tengo la sensación de que hace exactamente el mismo papel. Yo no sé si es que tiene cara de niño bueno o qué, pero nunca logra convencerme. De cualquier forma, el personaje del escritor es demasiado bueno como para ser rebajado por una interpretación mediocre; curiosamente, es lo mejor de un argumento que hace aguas por muchos frentes.

Lo mimo de Pierce Brosnan, que me gustaba mucho como James Bond, pero me parece que no cumple como el político pasota que debiera ser; su actuación me resulta forzada y poco creible (sonrisas a destiempo, rigidez en momentos climáticos… un despropósito, vaya). La única que sobresale, a mi modo de ver, es Olivia Williams, que se mueve con el traje de mujer maquiavélica con una soltura sorprendente.

En fin, ¿qué más puedo decir? Pues que es un gustazo ir al cine de esta forma. Entretenimiento con estilo, ni más ni menos. Quizá no sea la obra maestra de Polanski, pero el hombre ha conseguido hacer cine con un producto claramente inferior, casi de segunda fila. Tan solo por asistir a esa brillante resolución de la trama, merece vuestro tiempo y dinero.

GunFu Deadlands – Demake del tiempo bala

Cuando allá por el 2001 Remedy se sacó de la chistera al inspector de narcóticos más chulo del otro lado del atlántico, muchos nos quedamos ojipláticos al descender con el bueno de Max a las profundidades de su infierno personal. Han pasado ya siete años desde que la saga se viera forzada a un parón vergonzoso (el negocio es el negocio, y The Fall of Max Payne no colmó las expectativas de sus productores), pero sigo recordando con una sonrisa en la cara los tiroteos que me llevaron hasta Nicole Horne.

Reconozcámoslo: el argumento de Max Payne es soberbio, de lo mejorcito que ha dado la industria, pero no es su único atractivo. En una época en la que todavía se respiraba la fascinación por Matrix, la posibilidad de activar a voluntad el consabido “tiempo bala” atrajo a una considerable cantidad de público. No es que fuera un invento de los hermanos Wachowski, pero ya se sabe, así son las modas (no me interpretéis mal, que me encanta Matrix).

El juego de hoy, GunFu Deadlands, nos ofrece la misma posibilidad. Eso sí, con una estética brutalmente retro. Bienvenidos al Oeste made in Atari 2600.

Echando un vistazo a los pantallazos, puede que algunos penséis que me he quedado corto con lo de “brutalmente retro”. Y no os faltará razón. Personajes monocromáticos paseándose por escenarios cuadriculados con edificios pobremente diseñados… disparos que no pasan de ser pequeños puntos que se desplazan a la velocidad del rayo, y una total ausencia de cualquier cosa que pueda considerarse agradable para la vista.

Si no fuera por los “detallados” paisajes, GunFu Deadlands podría pasar por uno de los muchos juegos que se apiñaban en la memoria de esas consolas “clonadas” de los tiempos de matusalén.

Sin embargo, sea o no deliberado, el entramado técnico tiene sus virtudes. La más llamativa, el contraste entre los “pegotes” gráficos y su jugabilidad moderna. Es cuando menos curioso controlar al pistolero protagonista como si se tratara de Max Payne. Verle realizar las cabriolas que llevaba a cabo el policía “escupe-metáforas” con tan pocos medios y reconocerlas al instante tiene su aquel.

Lamentablemente, un poquito más de variedad le habría venido de perlas. A pesar de que ofrece alguna que otra variación –los enemigos cambian de aspecto según su comportamiento–, sus muchos niveles resultan asfixiantes.

Afortunadamente, la diversión no se ve afectada. Jugar a GunFu Deadlands es un pasatiempo entrañable. No es mi intención engañaros: estamos frente a un mata ratos poco más desarrollado que uno de los muchos juegos flash que pululan por internet.

Nos pondremos al tajo sin mediar palabra, en una esquina deshabitada. En cuanto crucemos la primera calle, un pistolero azul nos acribillará a tiros. Eso, por supuesto, si no somos capaces de sacar provecho de nuestra gran ventaja.

¿Cómo definiríais el tiempo bala? La mayor parte de los videojuegos que se molestan en explicarla, la atribuyen a una mejora de los reflejos (es curioso, por cierto, cómo cambian los recursos según el medio en el que se dan). Pues bien: nuestro negruzco pistolero protagonista tiene unos reflejos que ríase usted de Guybrush Threepwood –sí, ya sé que no viene al caso, pero es que hacía mucho que no le nombraba–.

Pero divago. La cuestión es sencilla: dependiendo de cómo pulsemos el botón derecho del ratón (acompañándolo o no de un desplazamiento con los cursores), se activará el bullet time en una de sus dos versiones; en caso de movernos silmutáneamente, el muñecajo se lanzará cual héroe de acción en la jungla de cristal en un intento de, o bien esquivar un proyectil, o bien maravillarnos con el estilo del que hacemos gala al disparar. Pero como ocurría en Max Payne (sobre todo en la segunda parte), casi siempre resultará más útil activar el tiempo bala sin más, lo cual nos otorgará mayor maniobrabilidad y el necesario tiempo de reacción aumentado. Pero claro, esto ya es cosa de cómo quiera jugar cada uno.

Se trata de un concepto muy sencillo, aunque extremadamente gratificante. El objetivo es limpiar de enemigos cada nivel, con la única ayuda de nuestro revolver (con munición infinita, pero la necesidad de recargar) y la sabia administración del tiempo bala. Sin ser un prodigio de la originalidad, el caso es que funciona perfectamente –siempre y cuando no busques una partida con más profundidad que la acción sin contemplaciones.

Quizá te deje el regustillo que me ha dejado a mí –que se queda en un mata ratos con estilo que aspiraba a mucho más–, pero eso no quita que cumpla su cometido con creces. Aunque solo sea por ver a un monigote “atariense” bailar al son de los disparos a cámara lenta, merece la pena darle una oportunidad. Y más aún teniendo en cuenta lo que se avecina con Max Payne 3… ¿el fin del tiempo bala y el advenimiento del enésimo juego de coberturas? Quién sabe.

Mientras tanto, que no os agujereen el sombrero.

Valoración final: 6