Relato basado en el universo Fallout 3 – Parte 2

A petición de varios meriforeros, entre ellos Ivanete84 y Neko_Gantz, he continuado un poco la historia del relato anterior. Espero que también os guste Smile. Un saludo.

 El conocimiento entre el polvo y las cenizas

 

Las vías del tren se extendían por el yermo desolado hasta más allá de lo que mi vista lograba alcanzar. Anduve por esas oxidadas y viejas vías tanto como mis piernas me permitieron hacer. Cansado, extenuado, agotado, o, simplemente, enfermo por culpa de la incesante radiación a la que estaba sometido, me vi obligado a hacer un alto en el camino. Utilicé el dispositivo de mi antebrazo para calcular la radiactividad, ésta había subido considerablemente. El extraño sonido que estaba emitiendo el dispositivo no dejaba lugar a dudas. Debía de marcharme y rápido de allí.

 

Casi arrastrando las piernas abandoné finalmente las vías y descendí colina abajo hacia lo que parecía un pequeño barrio a las afueras de la ciudad. El aire levantaba el polvo de las calles por donde pasaba. Montones de coches, apilados unos encima de los otros, se hallaban a ambos lados de lo que parecía la calle principal, y digo parecía porque el asfalto viejo y resquebrajado estaba empezando a ser cubierto por la maleza. Los años no perdonan, ni siquiera a una carretera. 

 

Seguí caminando por esa calle cuando de repente empecé a ver borroso y escuchaba con fuerza los latidos de mi propio corazón. Poco a poco volvía a recuperar la claridad de mi vista y mi corazón parecía calmarse, pero no tenía mucho tiempo. La radiación había penetrado demasiado en mí. Busqué alguna vieja clínica en busca de medicinas antirradiación, pero sólo encontré casas derruidas y escombros, nada en particular. No obstante, al final de la calle aún se erguía un gran edificio pero apenas parecía tenerse en pie. Todos los cristales de las ventanas estaban rotos, pero no tuve tiempo de fijarme mucho en la fachada. Tenía que entrar. “Si en algún sitio de este lúgubre lugar está el fármaco que busco tiene que ser aquí sin más remedio” pensaba.

Entré, al fin, y una gran oscuridad me invadió cuando cerré la puerta tras de mí. Por suerte mi dispositivo cuenta con una buena luz retroiluminada que me permite ver un poco. Hay libros rotos por el suelo llenos de páginas chamuscadas. La verdad es que es difícil caminar por este lugar sin pisar uno. Llego a lo que parece una oficina de recepción: “¡Rápido en el botiquín!”. Me fui hasta él y sin pensármelo dos veces lo abrí emitiendo la puerta un gran chirrido que resonó por todo el edificio con un eco seco. “Mierda, debería de ser algo más discreto” me dije, pero por suerte eso ahora era lo de menos, el fármaco estaba justo delante de mis ojos.

 

Tomé el medicamento tan pronto como pude y empecé poco a poco a sentirme mejor aunque la solución química debía de ser bastante fuerte pues me ardía algo el estómago. Salí de la oficina, miré a mi alrededor y vi entre la penumbra lo que parecían ser unas estanterías. No pude evitar la tentación de buscar entre ellas algún libro que se pudiera haber salvado, algo de utilidad, algún conocimiento de nuestro pasado, alguna explicación de porqué los hombres llegamos a esto… Avancé por el pasillo dejando la oscuridad tras de mí y tras unos cuantos pasos llegué hasta una de las estanterías. Rebusqué con cuidado, pero casi todos los libros se hallaban desordenados o tirados en el suelo. Pero entre todos ellos pude ver un libro que milagrosamente pareció conservarse bien. Lo cogí entre mis manos y le dí un fuerte soplido para quitarle el polvo de la cubierta. Con la mano derecha limpié la ceniza que tapaba el título del libro y éste me llamó poderosamente la atención: “Santas Escrituras”. ¿Santas? ¿Por qué? Abrí el libro y entre todos los libros que a su vez contenía hubo uno que parecía poder arrojar algo de luz sobre todo lo que había pasado. El libro se llamaba: Apocalipsis. ¿Se referirá al momento en el que las bombas cayeron? Lo guardaré y le echaré un vistazo después.

 

 

Seguí buscando por las estanterías un rato más, pero no parecía encontrar nada que me llamara la atención. Cuando ya me disponía a irme empecé a escuchar unos pasos tras de mí que cada vez se hacían más rápidos e insistentes. Un frío escalofrío recorrió toda mi espalda. Sin embargo, me rehice, y armándome de valor cogí mi arma y dándome la vuelta apunté en la dirección donde los pasos venían. Una horrorosa criatura, semejante a un ser humano pero de aspecto indescriptible se descubría desde la penumbra y se intentaba abalanzar sobre mí.

 

No me dejó otra opción. Apunté hacia su cabeza y efectué cuatro disparos precisos. No hizo falta un quinto. Su cabeza estalló como una sandía al cuarto disparo. No obstante, había hecho demasiado ruido. Unos gemidos desgarradores se oyeron por todo el lugar. Era el momento de correr. Por cosas como estas son por las que a veces maldigo el día en el que escapé del refugio 117. No hay día en el yermo en el que no te encuentres cara a cara con la muerte a cada vuelta de la esquina. Pero tras varios días fuera uno llega hasta a acostumbrarse, bueno eso si uno tiene la suerte de sobrevivir lo suficiente como para hacerlo.

 

¿Continuara?…

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