Relato basado en el universo Fallout 3 – Parte 3

EL ENCUENTRO Y EL ENIGMA

 

No volví la vista atrás en ningún momento. Sabía que aún me seguían. Podía oír sus gritos detrás de mí. No sabía que clase de seres eran pero eran muy rápidos. Seguí corriendo con todas mis fuerzas pero correr no me iba a bastar. Miré hacia los restos de cristales rotos de lo que parecía el escaparate de un antiguo supermercado que tenía justo enfrente. Mis sospechas se confirmaban en ellos. Los que me seguían eran como el aquel que maté en la biblioteca pero no podía parar a matarlos a todos, eran demasiados.

 

Uno de ellos relucía emitiendo una extraña luz amarilla particularmente intensa. Era el que, sin duda alguna, corría más y al que todos parecían obedecerle. No servía de nada quedarme por las afueras de la ciudad, me encontrarían tarde o temprano. Tenía que huir, tenía que despistarlos. De modo que me interné campo a través, entre la maleza. Algo pareció perturbarles profundamente pues se pararon de golpe y dejaron de seguirme. Algo me decía en mi interior que no era muy buena idea internarme por este campo desolado. Pero volver a las afueras de la ciudad no era una opción, era un suicidio seguro. De modo que preferí arriesgarme. Y en mala hora que decidí hacerlo.

 

  

No tuve que correr mucho sobre la estepa baldía para darme cuenta, aún en la noche, que la luna proyectaba unas sombras grandes y alargadas que provenían del horizonte. Eran dos sombras que cada vez se hacían más grandes conforme me acercaba, permanecían inmóviles e impasibles como si me estuvieran observando. Miré hacia atrás donde apenas ya se veían las afueras de la ciudad. “No hay marcha atrás” pensé. Y cuando volví mi cabeza ¡Ambas sombras ya habían desaparecido! Pero ¿Cómo? ¿Dónde? Un fuerte rugido se oyó por toda la estepa helándome la sangre. Encendí tan pronto como pude el aparato de mi antebrazo ¡Y ahí estaban justo frente a mí!

 

  

Desenfundé mi pistola y disparé a ambas criaturas hasta que no me quedaron más balas en la recámara. Era inútil. Las balas parecían hacerles cosquillas. No me dio siquiera tiempo a reaccionar. Me dieron alcance y me golpearon con tal fuerza que perdí el conocimiento. Pensaba que era el fin. Pero entonces llegó él. No sé como demonios me encontró y ni mucho menos porqué me salvó. La cuestión es que le debo la vida.

 

Acompañado con tres hombres de armaduras grandes y plateadas, y armados hasta los dientes, iba de camino hacia Dios sabe donde cuando se percataron de lo que ocurría y abatieron a las despiadadas criaturas justo antes de que me remataran, o al menos eso me contaron después de que recobrara la consciencia. Un dolor profundo me recorría todo el pecho, el cual tenía completamente vendado. También notaba como el sol me cegaba un poco, ya había amanecido. “Intenta encontrar un sitio en el que descansar y te pondrás bien. Las heridas cicatrizarán en un tiempo. No te exijas demasiado” me dijo aquel señor de la bata blanca. Muy agradecido me presté en acompañarle, pues quería saldar así mi deuda con él, pero se negó tajantemente.

 

  

          No a lugar. Lo primero que tienes que hacer es recuperarte. Mira hay un asentamiento no muy lejos de aquí al norte. El asentamiento se llama Megatón. Ve, allí podrás quedarte por un tiempo. Ah toma, no es mucho, pero seguro que te serán de utilidad -me dijo mientras me daba unas cuantas chapas de Nuka-Cola.

 

          Señor ¿Cómo puedo agradecerle esto? Ahora mismo no tengo nada. Pero me gustaría ayudarle o serle útil de algún modo.

 

          Mira ¿Ves ese libro que tienes ahí? -me preguntaba mientras hacía referencia al libro que había recogido de la biblioteca, el cual yacía en el suelo cerca de donde estábamos. Seguramente se me cayó al ser golpeado por aquella bestia.

 

          Sí, se titula “Las Santas Escrituras” ¿Por? -le preguntaba mientras lo recogía del suelo y lo limpiaba con suavidad.

 

          Cuando puedas echa un vistazo en Apocalipsis 21:6 hallarás la respuesta a tu pregunta y así realmente me serás de utilidad. Y ahora si me disculpas, tenemos un poco de prisa -concluyó de esta forma aquel generoso señor que poniéndose en marcha junto con su escolta se alejaron en la lejanía.

 

No muy lejos de allí se avistaba ya el asentamiento, pero la curiosidad me pudo y no pude evitar leer lo que ponía en aquel versículo del Apocalipsis: “A cualquiera que tenga sed le daré de la fuente del agua de la vida gratis”. “¿Qué demonios me quería decir con esto?” me preguntaba sin cesar. Aún desconocía totalmente el alcance real de aquellas palabras, pero en el fondo presentía que algo muy importante estaba por suceder y que para bien o para mal yo iba a tener que tomar parte en todo esto, irremediablemente.

 

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