Por ella lo habría hecho…

Por ella lo habría hecho…

Se la habían arrebatado.

Aquellos inmundos seres putrefactos se habían llevado a su pequeña y ahora sólo le quedaban los llantos de su esposa, que maldecía a los dioses por ser tan crueles e injustos.

Hasta ese momento había ignorado las historias antiguas, las habladurías de las viejas, las leyendas. Pero todo aquello era cierto, tan cierto como el dolor intenso y la ira que comenzaban a crecer en su interior. Esos seres se habían adentrado en la aldea, siseando como serpientes y ocultándose ayudados por las sombras nocturnas. Habían entrado en su hogar, en su propia casa, y se habían llevado a su niña, su razón de vivir. Quién sabe para qué clase de depravación o sacrificio.

Aquellas mismas leyendas narraban que esos seres, ni vivos ni muertos, venían del Norte, de las cumbres que desgarraban el cielo desde el principio de los tiempos. De las grutas oscuras que allí permanecían ocultas.

Se maldecía una y otra vez, golpeando el suelo arrodillado frente al camastro vacío. ¿Cómo no se había dado cuenta? Si tan sólo hubiese notado un llanto, un crujido, un susurro, un cambio en el aire… Habría hundido su espada una y otra vez en el torso de esos inhumanos asaltantes. Habría luchado contra los demonios, en esa casa o en su misma guarida, por ella lo habría hecho. 

Con las lágrimas aún humedeciéndole el rostro, observó la oscuridad de la noche que el ventanal le mostraba. Su misma guarida. Eso es.

Se puso en pie, resignado a rendirse, mientras los lloros de su mujer seguían inundando la habitación. Se acercó al viejo altar que rendía culto a los dioses del hogar y que su esposa mantenía pulcro y siempre repleto de comida. Allí se mordió el dorso de la mano, lleno de ira, para después untarse la frente con su propia sangre. Juró por su vida ante el pequeño altar que no se llevarían a su hija sin derramar sangre. Que los infiernos se lo tragaran si ocurría lo contrario.

Tras esto, andó con paso firme hacía su alcoba y se preparo para partir. Sobre la toga de cama se colocó un túnica de tela gruesa y oscura, y sobre ésta un jubon de cuero, que le cubría pecho y espalda hasta prácticamente las rodillas. Acto seguido alargó el brazo bajo su camastro y sacó un baúl de aspecto recio. Al abrirlo las bisagras chirriaron y el óxido acumulado en ellas se derramó polvoriento sobre el suelo. En su interior se hallaban los utensilios que no usaba desde la última guerra de clanes. Su falca, cinturón, escudo y espada. Los cogió uno a uno, colocándoselos con una destreza sublime. Al fin y al cabo, eran sus herramientas de trabajo. El cinturón, la falca y la espada, el escudo a la espalda.

Una sensación inmunda aumentaba en su interior con el paso de los segundos. No podía ni quería imaginar qué es lo que le esperaba a su niña, sólo quería abrazarla tras aniquilar a esos bastardos por lo que le habían hecho. Cuando hubo ajustado los correajes, rezó una breve plegaria a los dioses de la sangre y la fortuna, si alguna vez le escucharon, luego besó a su mujer en la frente y sin mediar palabra salió a la fría noche.

Hacia el Norte. Hacia las cumbres que desgarraban el cielo.

Su caballo estaba nervioso, el ganado en las cercas también. Quizás los únicos testigos de lo que esa noche había ocurrido. Montó y salió de la aldea sin dar la alarma, todos dormían aún.

Viajó durante horas, siempre hacie el Norte, siempre buscando las grutas surgidas de las leyendas. Pero resultaron ser tan reales como el aire que respiraba. Unos rastros confusos y apenas visibles comenzarón a aperecer poco a poco. Cuando la noche aún permanecía cerrada se alzaron ante él unas cuevas oscuras cómo los ojos de un gran oso. Ni siquiera los buhos y los grillos emitían sonidos en aquel lugar maldito. Una brisa fría meció las copas secas de los árboles que rodeaban el lugar. 

Pero sólo podía pensar en ese hedor. Un fétido olor a muerte y putrefacción surgía del interior. Nauseabundo, marchito.

Desmontó del caballo sin nisiquiera preocuparse de amarrarlo. Usó un yesquero para prender una rama gruesa y seca. Y desenvainó la espada. 

La cueva se iluminaba debilmente a la luz de la improvisada antorcha. Observó con los ojos llenos de asco y rabia como, a medida que avanzaba, el suelo se convertía en un manto de huesos, jirones y despojos. Y ese olor inmundo, que se hacía más fuerte a cada paso que daba.

Las primeras dos criaturas aparecieron sin más, cómo escupidas de la roca, surgidas de unos nichos cavados en la piedra. Eran despojos muertos, cadáveres andantes, sombras de lo antes habían sido. Horribles seres salidos de las pesadillas más teneborsas. 

Pero no había tiempo para la sorpresa o el miedo. La ansiendad por encontrar a su pequeña nublaba su raciocinio, aunque no su habilidad en el combate. Tiró la antorcha al suelo y descolgó el escudo de la espalda. Lo sujetó con fuerza, ajustandose el correaje sobre el antebrazo con una frialdad impasible mientras sus atacantes se acercaban con paso errático, gimeindo y siseando. Uno de ellos portaba una armadura de placas oxidada y podrida. El otro simplemente andaba con sus organos aún húmedos al descubierto. Ambos blandían unos sables curvos y mugrientos. Él mantuvo la posición, estudiando a su enemigo. Seres irracionales, como darle una espada a un niño, pensó. Algo que sin duda le aportaría ventaja.

Descargó el escudo con fuerza sobre el primero que llegó, empujándolo hacia la izquierda y haciéndolo chocar brutalmente contra la pared de la gruta. El segundo ser atacó descontrolado, levantando la hoja de su sable por encima de la cabeza y dejando el pecho completamente al descubierto. Demasiado fácil…

Después de los primeros llegaron más y avanzó por la gruta aniquilando y exterminando. Quebró huesos y partío cartílagos, asestó golpes con el borde del escudo y con la espada, detuvo estocadas y mordiscos. Y cuando no hubo más y la bilis y la sangre fétida le cubrían el cuerpo se detuvo ante una pequeña sala. Una estancia sorprendentemente adornada, cuyas baldosas y tapices eran de una calidad sublime.

Y alzó la vista.

Frente a él, al fondo de esa sala, permanecía sentada en un trono de hueso una criatura parecida a un ser humano enfermo. Miraba sonriente, pero su sonrisa no era nada agradable. Vestía una toga oscura, la cual cubría una carne blanca llena de gruesas venas de un verde oscuro. Las sombras del lugar apenas dejaban discernir toda su forma con claridad.

Pero él no se lanzó contra la criatura. Simplemente dejó caer el escudo destrozado y la espada mellada, y se postró de rodillas, con los ojos llenos de lágrimas y tambaleándose por el cansancio.

Observó atónito a su hija.

La niña estaba pálida y sus ojos carecían de vida, de inocencia. Ella le sostenía la mano a la criatura, y al igual que ésta, sonreía hacia su padre.

Oyo unas risas, era ella. Dentro de su cabeza, pues nadie en el lugar abrió la boca. Lo llamaba. Para abrazarla cómo siempre lo había hecho, para sujetarla entre sus brazos. Y de nuevo se reía. Un hilo de saliva comenzó a derramarse de la boca del padre, mientras en su cabeza las risas y las voces le pedían una sola cosa. Era su pequeña, la había encontrado. Haría lo que fuera, lo que fuera que ella le pidiera.

El ser sentado en el trono sonrió aún más, mostrando unos dientes amarillos y carcomidos.  Apretó la mano de la niña.

El padre aún estaba de rodillas cuando empuñó la espada caída y se la hundió en su propio estómago. Las lágrimas le resbalaron por el rostro al tiempo que la boca se le llenaba de sangre. La hundió más y más. Pero no le dolía. Ella se lo había pedido, y por ella habría hecho una y otra vez.

Aún oía su preciosa risa cuando su cuerpo inerte y muerto cayó contra el suelo.

Por ella lo habría hecho una y otra vez.     

                            


Bueno, ahí está la primera de las historias que espero que inunden éste Blog. Es un relato que siempre me ha rondado por la cabeza. Espero que lo hayáis disfrutado..y no olvidéis comentar!!

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Baalard, Relatos de Suburbia.