(AMIGO INVISIBLE- Gamefilia) LesterKnight, el Tejedor de Sueños. ¡Felicidades!

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    Las compuertas se abrieron violentamente provocando que los pistones se quebraran como pequeñas ramas de cerezo. Una figura delgada y oscura entró silenciosamente. La temperatura de la sala descendió considerablemente y Jerome observó cómo su cálido aliento se hacía visible al contacto con el exterior helado. El ente se adelantó hasta colocarse a unos pasos del sargento. Clavó sus ojos en el soldado mientras ladeaba la cabeza observando a su presa. Aquellos ojos eran azul celeste, tan fríos y vacíos como la tundra que les rodeaba. El Cazador habló, pero sus labios se mantuvieron sellados esbozando una perversa sonrisa…

Antes de que aprietes el gatillo, Jerome, déjame hacerte una pregunta…

 

Axis Démeter. Azul celeste.

Dieciséis horas antes.

     El sargento Matheus Jerome abrió los ojos lentamente, apesadumbrado, y observó el techo de la estancia durante unos apacibles minutos.

Un silencio sepulcral inundaba el barracón imperial. Alguien tosió levemente. El aire estaba viciado. Aquel era el olor rancio y cargado de decenas de soldados durmiendo en el mismo lugar. Se incorporó lentamente y su espalda y extremidades entumecidas se hicieron notar como cada mañana.

El primero de los dos soles de Axis Démeter, una estrella enana y de un color apagado, comenzabá a desgarrar la azulada oscuridad que envolvía la base durante cada noche. El destacamento de infantería ligera Indomitus había sido enviado a aquella colonía minera en clave de escolta y protección. La zona corría riesgo de ser asaltada por piratas y contrabandístas, y había demasiados intereses económicos tras la estracción del preciado mineral, conocido como sironita, como para dejar tan preciada inversión desprotegida. A miles de kilómetros de cualquier zona mínimamente habitada, la colosal mina, una amalgama de estructuras que mordían el hielo y penetraban a kilómetros de profundidad, permanecía inamovíble entre la escarcha, el polvo helado y las brutales tormentas de hielo.

Los días eran cada vez más largos y tediosos en aquella tundra moribunda y cercana a ninguna parte. Al menos, los meses anteriores habían sido productivos mientras montaban el campamento al rededor de la zona de extracción, ajustaban las defensas y conectaban los túneles de abatecimiento con las estaciones cercanas. Ahora la actividad de la Indomitus se había reducido a realizar largas e interminables marchas por la tundra, explorándo el terreno y colocando balizas de señalización y antenas de comunicación.

Pero aquel día era especial, diferente. Hoy recibirían la visita del embajador Selennus Bramm, Alto Enviado del Imperio y supervisor de las actividades en aquel recondido y prácticamente deshabitado planeta. Era una visita meramente rutinaria que recibían cada tres meses pero que provocaba que toda la base explotara en actividad.

Jerome se puse en pie y se dispuso a comenzar el día. Al igual que los demás sargentos, y siguiendo órdenes del comandante a cargo de la Indomitus, puso en pie a sus hombres y pasó revista cuando estos estuvieron preparados y vestidos con el traje de gala. Jerome se aseguró de que todos los miembros de su escuadra lucían perfectos, ropas impecabes y rifles relucientes, pues habían sido asignados como guías y apoyo de la escolta del mandatario.

A las 12:00 hora estándar, la fragata de combate que tranportaba al embajador aterrizó en el hangar de la colonia minera. Selennus Bramm, un tipo entrado en años y con aires altaneros, descendió de la nave escoltado por más de veinte soldados de elite imperiales. A las 13:35, el embajador tenía concertada una comida con los científicos de la zona de estracción, los asesores de productividad y el comandante de la Indomitus juntos con sus ordenanzas. A las 16:00 harían una visita a la extracción y discutirían sobre posibles cambios y novedades en los procesos de producción. De nuevo, simple rutina.

Fue en la primera noche tras la llegada del embajador cuando toda aquella rutina y programación se vio sumamente alterada. Fue en esa primera noche cuando Matheous Jerome supo que iba a morir.

A lo largo de la madrugada, y al igual que una serpiente en la madriguera del conejo, un número desconocido de intrusos esquivaron las férreas defensas y comenzaron a eliminar uno por uno a todos los componentes del destacamento Indomitus.

Alguien dio la alarma. La base se iluminó con rapidez y sirenas y gritos rompieron el silencio nocturno. Las vidas de la mayor parte de los soldados habían sido sesgadas en apenas unas horas de oscuridad. Sin ruidos, sin errores, con una precisión cirujana. Cerca de noventa soldados.

En las salas de los hangares de la base, la escuadra de Jerome, compuesta por soldados superados por la confusión del momento, guiaba a los últimos soldados de elite que quedaban con vida hacia la fragata del embajador. Claramente, la fuerza atacante buscaba secuestrar o asesinar a Selennus Bramm.

Las sirenas se habían convertido en un monótono y estruendoso hilo musical, pero, aparte de eso, la base parecía muerta. Las transmisiones mentales de los soldados y las comunicaciones "físicas" eran frenéticas. Todos avanzaban con los sentidos alerta, peinando cada estancia y cubriendo cada esquina a medida que avanzaban.

Horrorizado, Jerome comprobó poco a poco que todos y cada uno de los soldados a los que había guiado fueron desapareciendo en la oscuridad de los angostos pasillos, iluminados de forma intermitente por el rojo de las luces de emergencia. No podía estar pasando… Aquello simplemente no podía estar pasando. Sólo quedaban él, dos soldados y el embajador. ¿Cómo era posible? Todos aquellos hombres y mujeres estaban tras él, gritándo órdenes y desplegándose, y sencillamente habían desaparecido.

Una sombra se deslizó por el pasillo tras los pocos supervivientes como una exhalación. Jerome alcanzó a distinguir una forma humanoide, una constitución que se asemejaba a la de un ser humano corriente. Pero aquellos movimientos… Ni siquiera las drogas potenciadoras que él conocía provocarían que alguien se moviese de aquella forma. Y derrepente, nada. La quietud más terrible que había podido presenciar. Sin bajar los rifles, y con el embajador protegido en todo momento, entraron en la antecámara que conectaba con las puertas de acceso a la fragata.

Más luces rojas y sirenas.

-¡Cierrad las compuertas! ¡Proteged al embajador con vuestra vida!- aulló Jerome

Los dos soldados restantes se desplegaron dentro de la sala, de espaldas al embajador y manteniendo el pasillo en la línea de tiro mientras los mecanismos de control hacían chirriar los pistónes y activaban el cierre magnético de la estancia. Los transmisores de muñeca de emitieron varios pitidos inconfundibles.

Señor, recibo una transmisión! –confirmó uno de los soldados.

-¿Origen?

-Desconocido, señor… no… entiendo… -la voz del soldado se perdió poco a poco, confuso.

-Adelante, dele paso… -afirmó el sargento.

Primero hubo estática. Después pudieron distinguir algo.

Retrasais lo inevitable… -la señal era casi inaudible.

-¿Qué demón…? ¡Identifícate!-inquiríó Jerome

"Soy el miedo. La oscuridad que inunda vuestros corazones. Soy la maldición de la Humanidad. La venganza hecha carne. Poseeo tantos nombres como muertes se han cobrado estas manos. Abre las puertas, Jerome, pues el invitado desea entrar"

Los soldados se miraron atónitos. La voz surgió fría y serpenteante directa desde el transmisor e invadió toda la sala provocando que los presentes se estremecieran. El embajador sólo pudo gemir mientras se orinaba encima. La voz, distorsionada y oscura, continúo hablando.

-Mi cuerpo no puede entrar. Quizás tú me quieras ayudar… Matheus. Es sencillo. Es algo que llevas haciendo durante años. Matar.

-Basta… S-sal de mi cabeza…-susurró el sargento.

Jerome sintió una punzada fría y desgarradora en las sienes. El poder psiquico de aquel ente era simplemente asolador. Intentó desviar las garras que se aferraban sinuosas a su cerebro con una honda mental, pero su capacidad cerebral era demasiado débil para resistirse a aquella fuerza arrasadora y gélida que entumecía su córtex y perforaba su psique. Simplemente… se rindió.

Desenfundó la pistola con la velocidad adquirida tas años de servicio y de un disparo limpio volatilizó parte de la cabeza del embajador, pulverizando el cráneo y esparciendo su contenido por la pared a su espalda. El cuerpo tardó unos segundos en asimilar que había sido desprovisto de vida. Las manos aún temblaban cuando el cadáver cayó contra el suelo produciendo un ruido seco

Jerome giró en seco y ejecutó a los dos soldados a sangre fría con dos disparos certeros. El primero murió al instante, con la cabeza destrozada. El segundo cayó de rodillas con un proyectil alojado en la garganta. Sus manos se aferraban desesperadas al cuello intentando frenar la abundante salida de sangre a medida que su vida se apagaba.

Durante unos segundos que parecieron eones, el sargento Matheus Jerome volvió en sí. Aún sostenía el arma en alto, la cual escupía una serpenteante columna de humo provocado tras las tres detonaciones. Al tiempo que sus ojos se abrían como platos contemplando la terrible escena un fino y caliente reguero se sangre descendió desde su nariz, producto de la violación mental a la que se había visto sometido. Observó los cadáveres, boqueando de forma patética como un pez que se asfixia sin posibilidad alguna de salvación. No era posible… Había matado a sus propios compañeros, también al embajador… Había cometido traición y asesinato. Sentía que la cabeza iba a implosionar. Un dolor palpitante y agónico le recorrió cada uno de los centímetros de la piel. Traición y asesinato. No podía seguir con vida después de aquello.

Alzó el cañón del arma y se lo colocó bajo la barbilla dispuesto a volarse la cabeza. La boquilla aún ardía tras los disparos efectuados.

Las compuertas se abrieron violentamente provocando que los pistones se quebraran como pequeñas ramas de cerezo. Una figura delgada y oscura entró silenciosamente, como un susurro. La temperatura de la sala descendió considerablemente y Jerome observó cómo su cálido aliento se hacía visible al contacto con el exterior helado. El ente se adelantó hasta colocarse a unos pasos del sargento. Clavó sus ojos en el soldado mientras ladeaba la cabeza observando a su presa. Aquellos ojos eran azul celeste, tan fríos y vacíos como la tundra que les rodeaba. El Cazador habló, pero sus labios se mantuvieron sellados esbozando una perversa sonrisa.

-Antes de que aprietes el gatillo, Jerome, déjame hacerte una pregunta…

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Días antes…

Transmisión entrante… Espere…

"Saludos, Gran Señor. Es de mi encomendación informarle de toda actividad que nos haga sospechar de traición hacia el Imperio y hacia su propia seguridad. He aquí el motivo de este mensaje.

Nuestros agentes nos han informado acerca de uno de nuestros embajadores en Axis Démeter, planeta destinado a la extracción de la sironita. El sujeto en cuestión se llama Selennus Bramm y tenemos pruebas irrefutables de que busca atentar contra su vida, mi Señor. Es mi obligación sugerirle ciertos métodos para eliminar esta amenaza. Nos apena profundamente que un miembro reconocido del Imperio como Bramm se aleje de nuestro seno y busque dañar nuestra estructura.

De los métodos sugeridos más arriba, sólo uno de ellos nos aseguraría la muerte de este despreciable traidor. Sólo necesitamos su aprobación. El nombre en clave de este método es "Cazador".

Que la luz de su presencia nos inunde por muchos años.

Ivhan Cornelius"


Saludos, Lester.

Esta entrada va dirgida a tí y sólo a tí.

Debería disculparme por haber tomado "prestado" a tu personaje más preciado y carismático, pero deseaba sorprenderte de una manera original y a la vez dentro de la línea que caracteríza a tu blog, ese gran baluarte de la literatura en Gamefilia.

Feliz Navidad, Feliz Año Nuevo y todos mis mejores deseos para tí en estos días, compañero. Espero que tu regalo haya sido de tu agrado y que no te ofenda tal "intrusión" en la leyenda que has creado con Falkenberg, El Cazador. He intentado documentarme lo máximo posibe, tanto de su historia como de todos los acontecimientos narrados en Endimión Tau, la etapa en la academia de Mentalistas y demás partes de su vida.

Había pensado en diversos regalos, como nombrar a una estrella real y bautizarla como Mundo Destierro. Lamentablemente se salía de mi presupuesto, aunque habría sido perfecto. También quería obsequiarte con un dibujo de Falkenberg, pero he tenido problemas con el scanner.

En fin, que mejor manera que un relato para regalarte a tí, que sabes apreciarlos más que ninguno otro. No habría imaginado mejor "amigo" invisible que tú, ya que tengo muchas cosas que agradecerte. Desde el primer momento me has apoyado con Relatos de Suburbia y aprovecho esta oportunidad para hacerte saber lo muy agradecido que estoy.

Sólo deseo que sigamos en contacto y pueda disfrutar de más historias relacionadas con Mundo Destierro. Estoy seguro de que sí.

Un abrazo, compañero. ¡Felicidades y deseo que te guste!

Baalard, Relatos de Suburbia.