Licantropía

Bueno, queridos lectores, he aquí una obra que he podido recuperar de entre mis pequeñas creaciones de hace algunos años. He corregido algunos aspectos y concretado algunos detalles que en su momento dejé inconclusos.

El título devela, de antemano, el punto central de la trama; pero es realmente el desarrollo y la esencia del texto el punto fuerte de este breve relato.


Licantropía

Un imponente Cristo crucificado, finamente tallado en plata, en la más alta punta de una iglesia erigida a las afueras del humilde pueblo donde un pecaminoso acto de vileza pura fue cometido, era testigo de cómo Darío, un modesto y generoso herrero, huía de los furiosos aldeanos que lo acusaban injustamente del atroz crimen que él no había ejecutado.

Darío corría, veloz y ágil, tal como un asustado conejo huye de sus despiadados cazadores en medio de la oscuridad del bosque, buscando un refugio seguro para salvarse.

Se ocultaba tras árboles y matorrales para despistar a aquellos que lo querían entregar a la incuestionable justicia del redentor fuego de la hoguera. El herrero, agotado, herido y con la ropa cubierta de lodo, llegó a la seguridad de la iglesia del pueblo. El prófugo atracó la puerta con las bancas más cercanas y con todo aquello que pudiera utilizar para afianzar su protección.

Avanzó hasta el altar, lugar donde un cáliz vacío y dos inertes velas contemplaban al exhausto devoto, se hincó dificultosamente y comenzó a orar frente al Altísimo; pedía por la salvación de su alma, pues él no había cometido el delito que se le imputaba, mas los finos hilos color escarlata que corrían por las comisuras de sus pálidos labios lo sentenciaban como el irrefutable culpable del delito que, horas atrás, había causado una enorme zozobra entre los testigos.

El fervoroso herrero seguía rezando ante el Santísimo, mientras en el exterior los aldeanos clamaban el inexorable cumplimiento de la justicia por la impiedad perpetrada; el débil eco de las plegarias del inquebrantable beato se ahogaban entre los rugidos de odio y condena que resoban dentro de los muros del incólume templo.

En la oscuridad del cielo, con una tímida luna tras el débil manto de algunas nubes, el tiempo transcurría incesante; los crueles verdugos del creyente golpeaban ferozmente la puerta del recinto, exigían su muerte para la expiación de sus culpas. Darío no podía evitar escuchar los gritos de odio y reclamos contra él, mas seguía en su cometido de adorar al Señor de señores. Cuando, por fin los viles esbirros allanaron la sagrada estancia, tomaron sin misericordia al azorado inculpado.

Al fin, después del transcurso de una larga y oscura noche, las tinieblas del cielo se disiparon con los perlados rayos de la luna, iluminando intensamente la imagen del cristo en la cima de la iglesia y revelando la inhumana imagen del verdadero asesino, retenido inútilmente entre sus futuras víctimas…


Aquí queda este breve escrito, abierto para todo tipo de comentarios, crítica o, bien, sugerencia. Espero que haya sido de su agrado.