EURET: Capítulo IV, por brandochdahá

Después de intentar contactar al autor de este capítulo vía MP y fracasar, he decidido continuar con las entradas sobre el proyecto Escribamos un Relato entre Todos 4.0, ahora es tiempo de publicar el capítulo IV, escrito por brandochdahá. Éste fue posteado originalmente el 10 de febrero de 2007, 3 díasdespués de la publicación del capítulo anterior -curiosamente, la espera pareció más larga que en veces anteriores-. Si alguien desea leerlos capítulos anteriores, puede consultar el índice del proyecto.

He aquí, por fin, el siguiente capítulo de este proyecto literario.


Cuando el Acero suena

Averak bajó la mirada con gesto adusto, se podría decir que casi malhumorado. Su frente era ancha y prominente, y en conjunto era un demonio fuerte, con músculos hasta en las pestañas, como solían decir en tono de chanza algunos de sus seguidores. Él estaba acostumbrado a gestas más importantes, no a corretear detrás de cuatro parásitos humanos, mientras los malditos "pájaros", como le gustaba denominar a los arcángeles, derramaban la sangre de sus camaradas y escasos amigos.

-Hermano -le espetó Averak a su señor-, si tal trato le das a ésa palabra, ¿por qué me envías a perder el tiempo atrapando ratas?

-Silencio Averak ,-los ojos del Señor Oscuro ofrecían más ira de la que delataba su semblante impertérrito. Con un simple gesto del brazo diestro, despachó a todos los engendros y seres malignos que a su lado, miraban con interés el intercambio de pareceres-, siéntate a mi lado amigo.El general prosiguió su discurso mientras balanceaba su daga, mal llamada “Alfiler”, entre los dedos de su mano izquierda. -Nada hay más importante en éstos momentos, -dijo una vez quedaron a solas.

-Te necesito para ésta importante misión, Averak, sabes de sobra que si no precisase tu inteligencia mandaría a cualquier esbirro para la causa, pero en ésta ocasión, creo oportuna tu participación- prosiguió Aleluya con su voz sin matices, átona, como de ultratumba-, las joyas caras, hay que ir a buscarlas en persona; Y lo que puedes y debes encontrar en ésta empresa, es de vital importancia para nuestro futuro-. Sentenció.

Averak, escuchó a su general y amigo con escrupulosa atención, frunciendo el ceño, pero contento. Escuchar la voz del paladín tenebroso, como algunos le llamaban, era un bálsamo para él; el largo viaje a través de los “Yermos”, y el mar Avernal, habían hecho mella de forma significativa en su ánimo, pero tenerlo a él, entre ellos, y estando en conflicto con los “pájaros”, era una garantía de cara a futuros enfrentamientos.

-Así se hará… hermano -terminó de decir, algo apesadumbrado.

En ése instante, por el rabillo del ojo oteó a un guerrero Kreige, que con gesto burlón, le siseaba a otro de su misma especie, se llamaba Rhego, uno de los capitanes estrategas de Averak, que sin atender ninguna precaución, y queriendo hacer alarde del trato de favor que su jefe le proporcionaba, después de varias batallas exitosas, en las que había intervenido con victoria, habló demasiado alto:

-Parece que el jefe no quiere perder la derecha- dijo con una sonrisa altanera, entre las caras sucias que lo rodeaban. Averak levantó la mirada, y buscando con la mirada al causante del agravio…

-¡Tú!-tronó Averak con autoridad. Su dedo ya señalaba en la dirección correcta, hacia el Kreige involucrado. Todos los que estaban al lado de Rhego se quedaron mudos y con los ojos bien abiertos, temiéndose lo peor, algunos, los menos estúpidos desaparecieron sin hacer demasiado ruido, otros, comenzaban a delatar al infractor de tamaña osadía con gestos sugerentes, algunos incluso con el dedo y abiertamente.

Al pobre incauto, al ver que todos le miraban, no le quedó más remedio que echar a andar hacia su temido destino, con paso titubeante, llegó hasta Averak.

-Mi señor… yo… no pretendía…

El Señor Oscuro, vislumbrando el posible conflicto, lleno de gozo, empezó de nuevo a juguetear con su daga, se desplazó como una sombra cerca de uno de los extraños árboles que había en ése paraje, eran árboles cónicos, terminaban en puntas afiladísimas, que jamás daban fruto ni hojas, pero parecían eternos en su recia configuración, medían aproximadamente unos quince metros de largo, y cuatro de sección. Cuenta la leyenda que fue el mismo Lucifer quién los plantó, hace ya demasiado tiempo para recordarlo, creyendo que los arcángeles cuando atravesasen el portal tridimensional que los unía a este mundo, caerían algún día sobre los “sables”, y allí quedarían atravesados por los duros y milenarios árboles. El general se apoyó en un espléndido espécimen de sable, mientras observaba con impaciencia el desenlace. En todo momento, seis sombras negras, enjutas, se cerraban en torno a él de forma siniestra. Eran sus guardianes.

Averak miró con sus fríos ojos azules al tembloroso Rhego, una vez éste se hizo llegar a un par de metros del jefe de los ejércitos Avernales.

-Escoge a tres amigos -le dijo-, y por favor, quiero que se cuente entre ellos el que recibió ése estúpido comentario tuyo -acabó diciendo al Kreige con una mirada de soslayo.

Al punto salía como una flecha disparada de su escondite el tercero en discordia, no llegó muy lejos. Lo apresaron fácilmente dos avezados cachorros licántropos, ansiosos de agradar a su jefe, para recibir algún regalo en forma de ave o pequeño roedor, que a buen seguro, sus estómagos agradecerían enormemente.

El Kreige se descompuso, su cara era un poema. Rhego oteaba en derredor buscando algún pretexto o alguna excusa ingeniosa…

-Mi señor… su poder…

Averak le cortó con un profundo y largo susurro, un “Shhhhhhh”, que agrandaba sus enigmáticos ojos, a la vez que se llevaba el único dedo índice que le quedaba hacia su afilada nariz. Su postura mostraba relajación, pese a todo.

-Cierra la boca, y cumple mi orden maldito gusano -le cortó con toda parsimonia, pero con autoridad Averak.

El paladín Oscuro contemplaba, apoyado desde su privilegiado sable la escena, con una sonrisa dibujada en su desfigurado rostro. Defectos provocados por un simple y poco temeroso humano, regocijándose y palpándose con la mano diestra sus propias cicatrices, siguió con interés el espectáculo, en espera de no ser el único que acabara con la cara desfigurada en ésa velada. Era de los que pensaba, que no había mejor cosa en cielo o infierno, que acudir a un buen duelo, más cuando era sabido, que Rhego no era manco precisamente, valga la redundancia; y que se vanagloriaba de la rapidez que atesoraba su espada y su cerebro.

Su siniestra, se movía eternamente en bella danza con su daga, la cual seguía bailando vertiginosamente entre sus dedos, manteniendo el afilado acero en precario equilibrio.Averak fue directo al grano.

-Ve y ármate, ésta noche aprenderás a defender tus palabras con el acero. -Dijo mientras posaba el muñón izquierdo en el pomo nacarado y extremadamente grueso de su espada.Miró a Rhego mientras se levantaba de la absurda reverencia e incómoda postura en la que se encontraba el desgraciado y pensó, que ya era hora de tener algo de diversión.

Su Señor lo miraba ensimismado, debió percatarse de lo que se avecinaba, y lo celebró dándole una pirueta más a su daga. Los seis no movieron un músculo en ningún momento, en señal de tranquilidad, sus ojos decían lo contrario.

En la Fortaleza, corazón de la ciudad de Dloun, todo parecían malas noticias. Todas menos una. El soldado herido que trajo el mensaje del regreso del Paladín de Lucifer, se recuperaba rápidamente. Glodus, su sanador, lo imaginaba como un chico de férrea voluntad, pues las heridas con las que se encontró ése día no vaticinaban nada bueno. Sin embargo, una vez más, se equivocó, cosa que no le pasó inadvertida al curtido curandero. Mientras contemplaba al soldado, su mente trataba de encontrar una explicación razonable a tan rápida recuperación.

Glodus era sanador desde hacía treinta y dos años. Pasó diez de ésos años en Doria, una nueva cepa de peste asoló la ciudad, y a punto estuvo de terminar con la vieja colonia pesquera. En la que por cierto, no es que abundase la presencia humana. Era una ciudad de pescadores, que proveían a Dloun y otras ciudades más ricas como Tark o Saf, de ricos manjares sacados con gran esfuerzo del traicionero mar del Oeste. En algunas ciudades llamaban a Doria, El Puerto, en otras era conocida como la Despensa, nombre que detestaban oír los abnegados pescadores Dorianos.

Para Glodus fue una temporada larga y ardua de trabajo, nuevos ungüentos cada día para rechazar las cada vez más agresivas cepas de peste. Días y noches de tarea sin descanso ni gratificación alguna, la única recompensa que recibía era ver morir a más y más gente, hasta que un día al fin cesó, y la naturaleza le brindó a La Despensa una segunda oportunidad. Y a Glodus también. Aprovechó para pedir traslado a la capital. A los meses de inactividad y aparente calma, se encontró antes de acostarse un halcón plateado en el alféizar de su ventana. Los halcones era el medio más seguro, pero no infalible de comunicarse a largas distancias, aunque algunos presuntuosos del reino utilizaban águilas, con un resultado estético excelente. Pero pésimo porcentaje en la entrega. El mensaje rezaba que si tenía un unicornio a su disposición, en tono medio de broma, medio dramático, (los unicornios dejaron de existir trás la primera contienda de Las Lagunas, siglos antes) debía salir como alma que lleva el diablo hacia la Fortaleza. Una rara enfermedad aquejaba a la, por aquel entonces princesa Trisha, y por orden de un sanador colega suyo, Radis el viejo, que estaba a cargo de los cuidados regios, se le demandaba de inmediato.

Cuando días más tarde llegó a la Fortaleza, el cuadro que se encontró fue de tintes surrealistas. La princesa Trisha se hallaba tendida sobre su camastro de plumas de faisán completamente desnuda a causa de la fiebre; ya en ése momento se dejaba entrever la belleza de la que gozaría años más tarde. Glodus pensaba que ése encuentro tan chocante, y el posterior feliz desenlace, le ayudó en cierto modo a mantener en los sucesivos años un trato casi paternal con la princesa. Convirtiéndose en su fiel amigo y consejero, su confidente y por encima de todo, su sanador.

El enfermo empezaba a abrir los ojos pesadamente.

– Hola -le saludó Glodus cordialmente-. Espero que no quieras matarme después de contarte lo que te he tenido que hacer para sanarte, soldado.

Siempre pensaba que el humor era una terapia excelente-. Soy Glodus, sanador de la Reina Trisha, y me han encomendado tus cuidados, aunque veo que la cosa mejora -apuntilló Glodus mientras le ponía de costado para observar una de las muchas cicatrices que lucía en las costillas.

Volvió a voltearle para ver otra de las heridas, con mano experta introdujo unas gasas con aceite de menta en la herida, mientras procedía con diligencia, observó una rara inscripción o símbolo bajo la axila del muchacho. La curiosidad le pudo, -alza el brazo muchacho- le dijo.

Y cuando le iba a ayudar amablemente a levantarlo el muchacho negó con la cabeza, y rápidamente bajó el brazo con las pocas fuerzas que tuviese disponibles.

-¡Eh!, !que soy amigo!, ya sabes, de ésos que tapan agujeros, no de los que los provocan -le reprochó Glodus.

En lugar de insistir, guardó sus instrumentos y pócimas, entre las que había gran cantidad y variedad de ellas, una vez hubo hecho ésto, miró al soldado y le dijo:

-Vendré a verte dentro de dos días, espero que para entonces puedas hablar. Creo que necesitan más información de tí -añadió como al descuido.

-En realidad creo que todos necesitamos más de tí-, "incluso yo", pensó.

Salió de la cámara de cuidados por la enorme puerta, se dirigía a dar parte a la reina. Pero no se le iba de la cabeza ésa imagen circular que tenía Alrol bajo su axila. Decidió que dentro de dos días vería entera ésa misteriosa enseña.

-¡Acabemos con ellos! -dijo Felas "Mano de piedra" con el ceño fruncido y balanceando su espada.

Dariem no era muy dado a negociaciones con los demonios. Pero en ésta ocasión, quizá fuera mejor la via política que el acero. Era alto y bien parecido, siempre tenía un gesto amistoso para con los demás, y en ése instante estaba equipado hasta la coronilla con los atavíos para la batalla.

Se ajustó el bocado y miró al frente para vislumbrar la escena. Lamry, su corcel le rozó con el cabello su hombro, como intentando tranquilizarle.

Se encontraban en una situación compleja. Por un lado tenían a los demonios en la orilla opuesta del rio Viejo, el tremendo fluvial que partía de Cinco Picos y recorría Dloun de Este a Oeste. Y enfrente tenían una escuadra de Garlacks, comandados por un Kreige que parecía muy satisfecho con el altercado, y ya empezaban a gritar y a hacer ritos y estúpidas cabriolas para encender el ánimo a sus engendros, predipuestos a la batalla. Dariem era astuto, y sabía que ésta vez pintaba en bastos. Habían salido de la boca del lobo para meterse en una llena de hienas. Después de la batalla cerca de Amtyvale, se encaminaban a Pulgaris, ciudad sitiada por los ejércitos avernales. Cuando se encontraron sitiados ellos mismos.

A unos cientos de metros de las avanzadillas demoníacas se encontraban decidiendo qué era mejor para su ejército. El círculo lo formaban cuatro hombres muy variopintos.

Felas "Mano de piedra", conocido así por su extraordinaria fuerza, se había encargado de la defensa del paso que separaba La Barrera del Bosque de Hierro durante más de quince años; con un éxito absoluto. Sobre él, recaían grandes gestas en las que una vez trás otra expulsó a todo tipo de criaturas avernales. Perdió a su hija Naid, a manos de una escuadra de Kreiges cerca de El Cuello; y guardaba mucho rencor en su interior. El más pequeño era Pit, un jóven de la isla de Dirdam con espléndido carácter, pequeño y rápido, siempre miraba el lado bueno de la gente e ironizaba siempre que podía.

-¿Y qué harás grandullón? -le contestó a Felas-, ¿acaso vas a estrujarlos con ésas enormes manazas a todos juntos?¿a todos a la vez?

El último que formaba el círculo de hombres sonrió y soltó un simple sonido gutural, semejante a un "grrmm".

Era Ishari, un buen soldado. Grande como un oso siempre vestía una gruesa piel de Ciervo. Conocía a Dariem desde hacía muchos años, persiguió a demonios junto a él en largas y penosas cacerías detrás de la Barrera, incluso en Las Sombras. Pero era poco hablador.
De hecho, era mudo.

Trás debatir acaloradamente enseñaron bandera blanca, y como era menester en la batalla, bajaron todos los capitanes a negociar con el homónimo Kreige. En ésos momentos estaban en un altiplano, por encima de las hordas demoníacas, se acercaron hasta la mitad del trayecto entre ambos ejércitos, donde ya les esperaban los emisarios del otro bando. También eran cuatro y estaban completamente acorazados de hierro.

El capitán Kreige se quedó mirando a Pit, que les servía como intérprete. Conocía la lengua Kreige, y ellos lo sabían.

-Me suena tu cara -dijo-, eres el pez enano de Dirdam-. En la isla de Dirdam todos eran grandes nadadores, se hablaba que algunos podían llegar a la ciudad de Glohn a nado. Leyendas.

-Saludos, Kreige estúpido -declaró Pit con una sonrisa de oreja a oreja.Los humanos miraban con ansia por saber lo que hablaban, los otros Kreiges sonrieron vagamente y les miraban con gesto altivo.

Pit comenzó el ritual típico antes de la batalla, le exigió al Kreige la rendición inmediata. Le dijo que les dejaría marchar libremente sin la pierna izquierda. Le dijo que se quedarían con todas sus riquezas y esclavos humanos. Y le dijo que el reino de Dloun era muy grande, y que no había necesidad que sus chacales se defecasen encima. Pit añadió algunas lindezas más y esperó con aire ausente la contestación. Los humanos se miraban de hito en hito, esperando la conclusión del parlamento.

-Pensáis asquerosos humanos -dijo el Kreige- ¿que vamos a ceder en el trato? Diles, pez arrogante, que esta noche me tumbaré sobre la cabeza de alguno de vosotros -dijo señalándo a Dariem y los otros-, dile a ése mastodonte barbudo -declaró mirando a Irashi- que mañana sus barbas se las daré para que jueguen a mis cachorros. Dile que su cabeza saldrá de viaje por el mar Avernal, pero sola y clavada en una estaca. Y di al manazas que hace mucho que deseo su muerte, dile que lo pasamos muy bien jugando con su hija antes de atravesarla el gaznate con un sacacorchos. Y en cuanto al guapo -siguió hablando señalando a Dariem-, dile que voy a cortarle las pelotas y ponerlas en agua de fuego para bebérmelas ésta noche en tu maldito cráneo.

-Dice que no hay trato -informó Pit a los demás.
-¡Grumm! -dijo Ishari.
-Ha dicho más cosas Pit, dímelas -increpó Felas.
-Creo que no os gustaría saberlas -respondió Dariem con aire cansado.
-¿Qué dicen pez? -le preguntó el Kreige a Pit.
-Discuten sobre quién os dará muerte capitán -le contestó el de Dardim.
-¿Como te llamas basura?
-Pit, señor.
-Di a ese montón de estiércol que vengo hoy a comerme sus sesos -señaló con la cabeza a los tres jefes humanos-, que tu muerte sea lenta, pez.
-¿Qué ha dicho? -preguntó Felas.
– Nada manazas, me ha dicho que soy muy guapo, que me quiere tomar por esposo. -Pit pensó que no había salida, pero no dejó de sonreir.

Uno de los Kreiges se quedó mirando a Felas con aire resuelto.

– Manazas -le llamó en Dlouno. -escupió y retó al guardián del paso a salir a su encuentro.

Felas no tardó mucho en hacerse llegar. Los Kreiges eran artistas de la intimidación, y ése tenía ganas de "bailar".

-Parece que ése quiere darte un apretón de manos, Felas -le dijo Pit con sorna.
-Muy bien, espero que sea pronto -le contestó Mano de piedra con ojos maliciosos.
-Mi… hija -dijo Felas en voz baja- os mira a todos vosotros malditos chacales desde el cielo, y os manda saludos.

Felas sostenía su pesada espada y señalaba al Kreige que lo llamaba a combate singular
La negociación terminó.

Todo tipo de criaturas esperaron durante horas el ansiado duelo. Los demonios eran aficionados a los duelos, pero si la ocasión incluía ver batirse a su jefe contra cuatro a la vez, la afición se convertía en pasión. Por todos lados andaban criaturas de todo tipo echándose al coleto grandes tragos de agua de fuego; era una bebida echa a partir de las profundas raíces de los sables. Les enardecía el ánimo, y en combate, todos los demonios llevaban a mano su frasquito de agua de fuego, para ser menos temerosos a la muerte. El agua de fuego, o Eructo, como lo llamaban ellos, era bebida de demonios.

Averak no se prodigaba nunca en dar exhibiciones, de hecho, largo era el tiempo que no mataba a un hombre en combate cuerpo a cuerpo, él era un estratega, no un soldado. Pero las palabras de Rhego le habían dolido profundamente y se sentía agraviado y rabioso. El simple recuerdo del combate con Saeri en Las Dunas, le provocaba dolor de cabeza, y el muñón que tenía al final de su brazo izquierdo le pedía a gritos sangre, con ése cosquilleo que sentía en los cambios de tiempo y que le apremiaba a resolver el conflicto sin tardanza.

Averak se levantó y se dirigió al claro en el que se solucionaría buena parte de su deshonra. Los engendros rápidamente se apartaban a su paso, no sin antes echar un vistazo de reojo al extraño metal que aguardaba en su funda. Todos quedaban fascinados por el espléndido acero que colgaba de su costado.

Averak puso la mirada en el horizonte, y cuando llegó al claro se sorprendió gratamente al ver que su Señor, se contaba entre la multitud, siempre rodeado por las seis siniestras sombras que le acompañaban como si fueran la suya propia.

Sopesó a Fuego, su espada, con el único brazo válido, así la llamaban; era una espada perfecta, ancha de filo y regalo de su Señor. Su nombre le viene del primer combate singular que libró. Los ejércitos demoníacos tenían sitiado y al filo de la derrota a la ciudadela del Mar de Tierra, punto estratégico para las fuerzas del mal, pero también para el comercio marítimo que proliferaba en la isla. Era una isla accidentada y difícil, el suelo era arenoso y espeso. "No valía un demonio" , pensó nostálgicamente Averak mientras miraba con fijeza el mango de Fuego.

Recordaba como ése día tuvo mucho trabajo que hacer, apenas era un soldado recién ascendido por sus dotes para la planificación de la batalla. Harto de dar mandobles a diestra y siniestra acabó dando de bruces con el último reducto humano que quedaba en la isla, Omsed, el zurdo. Omsed era un guerrero temible, y aunque bien sabido es que los demonios sobrepasan en fuerza a los humanos, el combate fue bastante parejo. Omsed era rápido y ágil, el hecho de ser zurdo, le daba a priori una pequeña ventaja, pués los soldados están acostumbrados por lo general a combatir diestros. El combate acabó relativamente rápido, cuando Fuego se encendió.

Inexplicablemente para Averak, su espada empezó a destellar como un pequeño sol encerrado en una urna, recordaba como "sus" manos, empezaron a ponerse blancas por la luz que atravesaba su piel, y como Omsed, cayó de costado con la mirada perdida al ver aquel acero que despachaba fuego y muerte por igual, se rehizo, y rechazó el mandoble que iba directo a su cabeza, cuando ya Averak se daba por vencedor. Fue un combate inolvidable, en el que uno y otro encadenaban estocadas, desde arriba, desde abajo, por el costado y en saltos calculados, llovía el acero por doquier. Finalmente, y con el honor intacto, la juventud y el poderío de Averak, hizo que el campeón humano flaquease, recibiendo de inmediato tres estocadas, de abajo a arriba, cortando cota y ropa, carne y hueso. Lo último que reflejaron sus pupilas fue el fulgor del acero infernal."Omsed… hizo una pelea excelente… aún siendo un humano", dijo para sí mismo.

La realidad que tenía ante sus ojos era bien distinta. Dos estúpidos Kreiges, junto a dos, todavía más estúpidos Garlacks. Los Garlacks llevaban para la ocasión sus ya tradicionales y pesadas espadas curvas.

Averak se ajustó el cinturón, con paso firme dio un paso al frente y dijo blandiendo a Fuego:

-Soldados. Aquí tienen su pasaje al Infierno.

Rhego no apartaba la vista del tremendo espadón que sostenía Averak, y como buen estratega parlamentaba maliciosamente con sus tres acompañantes. De pronto, sin orden ni concierto se dispusieron en fila india, primero iba Rhego, seguido del desafortunado propietario de los oídos que habían escuchado el desabrido chiste. Justo después iban los dos enormes Garlacks, ciegos de odio hacia Averak…

El plan ideado por Rhego era despistar al jefe mientras los Garlacks se colocaban en la retaguardia. Averak lo supo al instante. Fuego empezó a brillar.

Fue un lance magistral, bello de ver para ojos ávidos de conocimientos en el arte de manejar una espada. Averak recibió a Rhego con una estocada sublime, mientras cercenaba la cabeza del guerrero, ya disponía sus pies en dirección al otro Kreige, al que desvió un golpe con tremenda facilidad, casi con aburrimiento. El acero volvió a sonar por última vez al esquivar otra dura estocada del soldado, Averak se valió del propio impulso que llevaba el infeliz para enterrar a Fuego en el mismo centro del pecho.

El soldado no llegó a ver como, al tiempo que salía el frío acero de su cavidad torácica, los Garlacks rodeaban al jefe con meticulosos pasos, y con mirada temerosa tras ver como dos buenos guerreros habían sido despachados tan aprisa.

-Grandullones, es vuestro turno, -declaró Averak.

Fijó el objetivo en el imponente Garlack que tenía delante, y rápido como el rayo hizo una finta para salvar el pescuezo del terrible mandoble que le mandó el monstruo. El flanco derecho del bruto era suyo, cosa que no desaprovechó, y ante la mirada atónita del otro compañero de viaje, atravesó de lado a lado al infeliz que segundos después, caía pesadamente con las tripas al descubierto sobre el duro terreno enraizado de los sables.

La multitud coreaba el nombre de su capitán con fervor y estridencia, el acero entrechocaba sin parar en la concurrencia, celebrando así el bello espectáculo al que estaban asistiendo. El paladín Oscuro, le dirigió un gesto de aprobación en el preciso instante que se cruzaron sus miradas.

Averak, dueño de la situación por completo se volvió para encarar al último contrincante. Se afianzó sobre el terreno, y se alegró de tener otro monstruo al que rebanar el pescuezo aquella magnífica noche. Sus ojos también tenían un extraño brillo cuando se disponía a matar, era innato en él. Al igual que Fuego, que de nuevo destellaba luces y desprendía calor con más intensidad, ante la posibilidad de más sangre.

Con gesto triunfante se encaminó despacio, muy despacio hacia el desdichado saco de músculos.

-Clemencia -gruñó el Garlack bajando el curvo metal.
-Hoy no tenemos de éso -le replicó al instante Averak con los ojos encendidos y Fuego chispeando en su puño derecho.

Averak pensó en la balada de Dorth, la cual incluía este verso, muy conocido entre todas las criaturas, demoníacas o no.

"Cuando el frío acero suena,
el alma del guerrero brilla
y si se parte la hoja,
mejor rezar en la otra orilla
pues te llevará la pena,
y la sangre siempre es roja."


Éste capítulo, pese a la excelente calidad de los anteriores y posteriores, es mi preferido… el estribillo final es sumamente adecuado para concretar la esencia del escrito entero, es simplemente magnífico. Entre algunos datos que cabe destacar sobre el desarrollo de este capítulo, es que su autor se decidió a plasmar los diversos escenarios del reino de Dloun en un mapa, para tener más claro el sentido de ubicación:

 

Aquí están ocultos los nombres de los hijos de brandochdahá: Lucía (Aicul) y Marco (Ocram), un peculiar detalle de este mapa.

He encontrado unas palabras acerca del capítulo del propio autor, que aquí las cito:

Yo quería sobre todo dar un poco más de profundidad a algunos personajes, como Averak, o el señor oscuro, aparte de los guerreros humanos, que es probablemente la escena clave de mi capítulo, el intercambio de insultos entre capitanes, y el humor ácido del que quise dotar a Pit, que tú [Vinn] tan bien has continuado.

Me gusta enredarme un poco con los detalles, dotar a los personajes de manías y gestos, hace que me los imagine más… cercanos.

Aproveché la expliación de la espada "Fuego" para incluir en forma de héroe de leyenda a Desmo en el papel de Omsed "El Zurdo", un pequeño homenaje al creador.

Y también darle algo de pausa al relato, que me daba la mpresión de que se contaban cosas muy rápido, sin pararnos en los detalles, que es lo que a mí me gusta, de hecho, creo que la frase que más me gusta de todo mi capítulo es:

Su siniestra, se movía eternamente en bella danza con su daga, la cual seguía bailando vertiginosamente entre sus dedos, manteniendo el afilado acero en precario equilibrio.

En relación al juego que se trae Aleluya con su daga.