EURET: Capítulo VI, por Vinn

Ya es hora de continuar con las entradas sobre el proyecto Escribamos un Relato entre Todos 4.0, con el capítulo VI, escrito por Vinn. Éste fue posteado originalmente el 12 de marzo de 2007, poco más de un mes después del capítulo anterior. Si alguien desea leerlos capítulos anteriores, puede consultar el índice del proyecto.

Bueno, al fin he aquí esta nueva entrega del proyecto en curso.


Perséfone

Glodus caminaba con paso firme por el pasillo del palacio hacia la enfermería. La claraboya del techo permitía pasar los primeros rayos matutinos, aun con tan poca fuerza que eran incapaces de alumbrar la estancia. A ambos lados de aquel estrecho pasadizo, que habría de conducirle a la camilla del mensajero enfermo, estaban colgados de las paredes los cuadros gigantes de los retratos de todas las reinas que un día alzaron el cetro del reino de Dloun. El sanador se entretuvo en observar el rostro de la reina y distinguió entre sus facciones aquella sonrisa despreocupada que le caracterizaba durante los días de paz. Ahora, que los demonios volvieron a cruzar el portal, la desolación y la crueldad de sus actos entristecieron todos los rostros de los mortales, ensombrecieron las sonrisas inocentes de los niños, envolvieron con un halo de tinieblas la brillante luz del sol, incluso afectaron a personas beatas y optimistas como la reina, que confiaban en que la balanza cayera en el lado de los mortales y arcángeles, al finalizar la guerra.

Había transcurrido el periodo de dos días y lo único que le rondaba por la cabeza a Glodus era descifrar el misterioso símbolo que escondía Alrol, el mensajero, debajo de su axila. Abrió la puerta con delicadeza, asomando disimuladamente la cabeza antes de entornarla del todo, para asegurarse de que Alrol dormía. Así era, profundos ronquidos defendían la habitación, como cuando el oso hiberna y sus rudos suspiros ahuyentan a los asustadizos animalillos que osan meter el hocico en la cueva. El aire enrarecido de la habitación, impregnado con un olor a rancio preocupó al sanador. Entró sin dudar a la estancia y entonces se acercó de puntillas al hombre semidesnudo. Las heridas, como había sospechado, sanaron del todo. Pero no quería despertarlo hasta comprobar el signo que tanto le preocupó durante aquellos dos días. Le cogió el brazo con suavidad, como si estuviera manipulando un objeto frágil, quebradizo como migas de pan, y lo levantó a la altura de la cabeza del mensajero. ¡Caspita!, exclamó para sus adentros Glodus al contemplar el símbolo. No podía asimilar lo que sus ojos veían, recibió una información inesperada que le colapsaba el intelecto. Un circulo blanco tatuado en su piel con dos cruces negras en su interior, la misma cruz que lucían orgullosos los arcángeles pero vueltas del revés. Se trataba de la marca de los Furiah, los demonios más crueles y despiadados de todos los tiempos. De aspecto humano y una belleza sublime, sólo se podían distinguir de los mortales por la marca que les tatuaban al nacer debajo de la axila. Su belleza era su arma más mortífera, porque embelesaban a todo aquel que los contemplaba, engañados por una apariencia inofensiva, y cuando los enemigos bajaban la guardia les atacaban por la espalda sin miramientos. También dotados de una fuerza sobrenatural, capaces de levantar a veinte hombres con una mano y algunos decían que los habían visto mover montañas enteras de un golpe. No se les vio jamás empuñar un arma, les bastaban sus manos para despedazar a sus contrincantes y no luchaban por poder o dinero, luchaban para engullir al ejercito rival, vivían de carne humana. Los Furiah eran terriblemente temidos, atacaban como lobos en manadas pequeñas, pero su poder era devastador. Arrasaban aldeas, incendiaban iglesias, atravesaban los pechos de los niños con sus garras, violaban a las mujeres, arrancaban los corazones a sus maridos y se los comían crudos. Cuando se sabía que un grupo de Furiah se acercaba a una aldea, las gentes tan sólo se dedicaban a rezar y a pedir ayuda al cielo para que los demonios cambiaran de rumbo, porque sabían que ante ellos no tenían escapatoria. Los Furiah se divertían como niños que van a cazar lagartijas y les cortan la cola, y luego las tiran al río. Aleluya solía usarlos también como espías debido a su similitud con los humanos. No cabía duda ante la evidencia. Alrol era un Furiah.

Glodus reaccionó rápidamente ante el aturdimiento y llamó a los guardias de inmediato.
Hubieron de traer cadenas especiales hechas de mitras, un metal que sólo se fabricaba en las entrañas de las montañas de El Pico. Lo ataron por las muñecas y los tobillos. El Furiah se despertó al notar el frío contacto de las cadenas.

—¿Qué hacéis malditos? — decía mientras se retorcía como un gusano intentando desprenderse de sus ataduras.
—Estate quieto traidor, —le dijo un guardia— si no quieres sufrir como un cochinillo.
—¿Le llamas traidor a uno de los vuestros? ¿Osas llamarle traidor a quien llegó moribundo para avisar a la reina de que Aleluya había conseguido desatarse de sus cadenas?
—¡Cállate, Alrol! — le ordenó el sanador.
—No pienso callarme, malditos seáis todos —dijo el Furiah, mientras escupía una masa pastosa sobre la cara de Glodus.
Glodus sacó un pañuelo de su bolsillo y se limpió los restos verdosos del escupitajo de Alrol.
—¿Sabes lo que le hacemos a los espías? —le preguntó con una mirada dictatorial.
No esperó a que respondiera.
—Cortarle la lengua a pedacitos pequeños y dársela a los perros.

La chiquilla tenía un brillo especial en la mirada, algo que la hacía diferente del resto de las niñas. Sus ojos almendrados enternecieron a los bravos guerreros que la habían rescatado y pasó a ser la protegida del grupo, su apadrinada. Ella, les estaría agradecida hasta el resto de su vidas, y más allá de la muerte seguiría protegiéndolos. Se llamaba Perséfone, en honor a la diosa del inframundo. Más tarde descubrirían que aquel nombre no le fue asignado al azar. Ishari empeoraba cada vez más. La mayor parte del tiempo deliraba acompañando a su alta fiebre con gruñidos y palabras sin sonido. Entre Dariem y Felas los sacaron a cuestas fuera de la ciudad, no sin poca dificultad debido al gran tamaño que ocupaba el mudo.

Perséfone cuidaba de Ishari a todas horas, se sentía culpable del estado en que se encontraba el grandullón. Le ponía compresas húmedas en la frente, le curaba las heridas como si fuera su propia hija y le apretaba la mano mientras murmuraba unas palabras en una lengua antigua, esperando que aquellos párpados se abrieran. La casualidad los unió. Decía la gente, aunque nadie lo supo con certeza, que Ishari dió la voz durante la batalla de Saf. En un día en que un furiah atravesó el pecho de una niña de cabello azabache y piel aceitunada ante la mirada impotente de Ishari, que llegó demasiado tarde para salvarla de las garras del demonio, el cual no tuvo compasión en penetrar el pecho de la niña con sus manos, extraerle el corazón aun palpitante y comérselo vivo. Fue una tortura espantosa para Ishari. Se quedó en las puertas de la aldea de rodillas y temblando de horror. Esperaba que el furiah lo matase allí mismo, pero habría sido un acto demasiado compasivo para el demonio, así que decidió dejarlo vivir y que se arrastrase con esa agonía durante el resto de su vida, con ese peso en su conciencia. Desde aquel día Ishari no habló nunca más.

Dariem decidió que trasladarían a Ishari a Pulgaris, una ciudad que no estaba muy lejos de su actual ubicación.

—¿Pulgaris? —le preguntó Felas.
—Sí, allí podrá acampar el ejército, en la gran explanada que separa la ciudad del árbol sagrado.
—Ishari está agonizando —dijo Pit con el rostro compungido—, no sé si podrá soportar el viaje.
—Hemos de llegar a Pulgaris —Dariem apretó el hombro de Pit— si queremos salvar la vida de nuestro amigo. Cuando lleguemos a la ciudad, yo viajaré hasta el árbol sagrado para entrevistarme con el gran maestro Yoah, capaz de sanar aquellas heridas incurables e incluso resucitar a los muertos.
—¿Yoah? —volvió a sorprenderse Felas— Dicen que utiliza magia negra y sus hechizos son demasiado peligrosos.
—¿Ves otra solución?
—La única, dejarlo morir —dictaminó Felas.
Pit se le acercó y lo abofeteó sin miramientos. Felas se acercó la mano a la cara, pasmado por la reacción de su compañero.
—¡No quiero volver a escuchar eso! —le gritó Pit.
Felas se calló.
—Coged vuestras cosas —les ordenó Dariem—, yo avisaré a los demás que partimos inmediatamente.
—¿Y qué hacemos con la niña? —preguntó Pit.
—Protegerla.


Antes de la publicación original de este capítulo, ya había sido publicada la primera recapitulación del proyecto, con los primeros 5 capítulos y la introducción del relato compartido. Maverik 2, el 13 de febrero, abandonó el proyecto sin dar mayores explicaciones.

Para este tiempo, la lista de colaboradores ya era de 10 personas y otras 2 foreras que expresaron su interés por el relato, pero que no han sido capaces de hallar el tiempo que requiere la escritura de un capítulo -algo lamentable-… claro, ellas siempre serán bienvenidas cuando deseen integrarse -de nuevo- a la lista de participantes.