EURET: Capítulo VII, por Esdrás

Siguiendo adelante con las entradas destinadas a revivir el proyecto Escribamos un Relato entre Todos 4.0, es turno del capítulo VII, escrito por Esdrás. Éste fue posteado originalmente el 18 de marzo de 2007, 6 días después del capítulo anterior. Si alguien desea leerlos capítulos anteriores, puede consultar el índice del proyecto.

Bueno… hora de publicar este peculiar capítulo dividido en 4 partes.


LA DANZA DE LA PARCA

1ª PARTE

Paredes de pizarra negra se alzan casi sin fin. Aquí y allá, estriadas aberturas como heridas de garra dejan entrar una tímida luz rojiza pronto devorada por la oscuridad del inmenso salón. Ninguna decoración rompe la sobriedad: ni esculturas, ni tapices, ni cuadros, ni alfombras, ni ninguna otra obra tan del gusto de los hombres desvían la atención del único mobiliario que realmente cuenta, un inmenso trono de obsidiana. A sus pies, Aleluya, hincado de rodillas y con la cabeza gacha ha concluido su informe ante Él.

– Me defraudas, querido hijo – la voz, suave y tentadora, es una promesa de eterno dolor -. Has perdido tu tiempo y me lo haces perder a mí. Y ¿qué esperas? ¿Comprensión? ¿Perdón, acaso? – una risita pura, infantil, brota de su garganta -. Aleluya, corrige tus errores y sólo vuelve cuando tengas algo interesante que decirme. Entonces y sólo entonces recibirás aquello de lo que te hagas merecedor. Y sabes que sólo aceptaré el triunfo.

La figura de Shaitán Nahas, conocido entre los hombres como Satanás, se alza, sombra sobre la oscuridad, y despliega sus alas de humo y ceniza ardiente.

– Ah, se me olvidaba – comenta con cierta dejadez -. Ten esto.

Aleluya recoge la pequeña caja de plata que se le tiende. Abre la tapa y contempla su contenido.

– ¡Mi Señor! ¡Hicimos una promesa!
– Sí, es cierto. La hicimos, pero ya no podemos mantenerla. Ahora ¡vete!

Doblado sobre sí y sin girarse, Aleluya avanza de espaldas hacia la salida. Su mente empieza a trabajar. Ha llegado la hora de los sacrificios.

2ª PARTE.

El ambiente del campamento está enrarecido. Algo ominoso flota en el aire y hasta los mismísimos demonios están nerviosos. Un silencio antinatural se extiende por todas partes, miradas oscuras prestas a la lucha se intercambian, se busca la soledad. El mismo infierno parece haber subido a la superficie y todos rehuyen una presencia, la de Aleluya. Impaciente, con el humor sombrío de las fieras enjauladas, recorre los escasos metros de su tienda, tenso a la espera de su favorito.

– ¿Me has mandado llamar, Aleluya?
– Así es, Averak. Tengo una misión para ti.
– Estoy a tus órdenes. Dime qué deseas y lo cumpliré.
– Así lo espero, pero debes saber que no estás obligado. La misión es … desagradable y no pretendo imponerte algo que ni a mí mismo me agrada. En caso necesario, hallaré a otro.
– Me tienes intrigado y no veo razones por las cuáles fuera a rechazar una misión – comenta sorprendido.
– Tal vez ahora lo entiendas.

Aleluya se aproxima a la gran mesa sobre la que reposan mapas y documentos y toma la caja de plata que le fue entregada por Shaitán Nahas. Su pulso se acelera y su rostro parece oscurecerse. Volviéndose hacia Averak se la tiende.

– ¿De qué se trata? – pregunta intrigado.
– Ábrela y lo averiguarás.

Averak alza la tapa y mira sorprendido el interior de la caja. Intermitentemente, desvía su mirada de la caja a Aleluya y de Aleluya a la caja, confundido. Sabe qué es, de qué se trata, pero, es imposible.

– Veo que has reconocido el contenido.
– Sí, claro que lo he hecho, pero… no puede ser. ¡Fueron destruidos!
– Así se le hizo creer a todo el mundo. Incluso a mí. Ahora ambos conocemos la verdad y tenemos un objetivo. Debemos usarlos una vez más.
– No, Aleluya, no podemos. Se hizo un juramento.
– Es cierto, pero los juramentos se quebrantan. Vivimos momentos difíciles y que la guerra se incline a un lado o a otro depende de factores como este. Si hemos de romper una promesa lo haremos.
– Lo entiendo Aleluya, pero no puede ser – hay cierta desesperación en su voz -. Hay ciertos conceptos, ciertos principios que deben respetarse incluso en la guerra. Respeto, honradez, dignidad en la pelea. No Aleluya, no podemos jugar así. Si es cierto cuanto afirmaste al principio, rechazo esta misión. Busca a otro. No puedo impedir la misión, pero puedo no participar en ella.

Los ojos de Aleluya brillan con el fuego de una fragua y miran fijamente a Averak. Todo su cuerpo parece estar en tensión, listo para saltar y despedazar, cuando súbitamente se relaja. Su cabeza hace una pequeña inclinación que Averak interpreta de reconocimiento a sus palabras. No ve la sombra que se materializa a sus espaldas, ni la fulgurante línea de acero que se dibuja en el aire y separa su cabeza del tronco. Ni siquiera llega a sentir la mano de Aleluya arrancándole el alma antes de expirar completamente.

– Hermano – hay pena en su voz -, nunca pudiste superar tu naturaleza humana. Tu perdición. No lo sabías, pero esta ha sido tu prueba y has fracasado.

Aleluya llama a los guardias de su tienda.

– Sacad esta basura de aquí y empaladlo allí donde todos puedan verlo. Cabeza y cuerpo por separado. Que conozcan el destino de los que no saben cumplir con su deber. Has actuado bien – comenta una vez a solas con la sombra ejecutora -, Abigor. Eres una recién llegada a nuestras filas mas te auguro un brillante futuro. Ten esta espada – dice ofreciéndole el arma que poseyera Averak – como pago a tu acción. Te deseo mejor suerte que a su anterior propietario.
– La suerte no existe, mi Señor. El destino nos lo labramos nosotros mismos. La naturaleza nos impulsa y la mente encauza.
– Es posible. En cualquier caso, tú también fuiste humana. Recuérdalo y recuerda también lo que aquí ha ocurrido. Quizá llegue el día en que te sientas tentada por tu naturaleza humana y no sepas dominarla. Esa será tu perdición. Y no creas que no te verás sometida a esa prueba. Pero nunca podrás recuperar tu humanidad y tu alma ya está condenada. Ese fue tu pago.
– Lo sé y no me arrepiento.
– ¿Ni siquiera te arrepentirás cuando te encuentres con tu padre en el campo de batalla y debas atravesarlo con tu espada? ¿No dudarás?
– No mi Señor. No habrá dudas ni lamentaciones. Mi mano será firme y no temblará cuando atraviese al enemigo, aunque este lleve el nombre de Felas, mi progenitor.

3ª PARTE.

El calabozo era maloliente y húmedo. Pero eso a Alrol no le pesaba. Ni siquiera era capaz de sentirlo. El dolor que las argollas de mitras causaban a sus tobillos y muñecas era insoportable. Un frío acerado le atravesaba las articulaciones y se extendía por todo su cuerpo en una agonía que le impedía pensar con claridad. Le alcanzó el ruido de unas pisadas. Tocaba cambio de guardia. Realmente, no era necesario que nadie guardara a Alrol, pues el metal era la mejor jaula para inmovilizar al Furiah.

Un sollozo sorprendió al guardia que se asomó al ventanuco de la maciza puerta de madera remachada. Había sido advertido del peligro que encerraba el prisionero pero sólo alcanzó a ver a un ser de extremada hermosura, cuyo rostro pálido parecía atormentado por el dolor. Además, estaba encadenado.

Un nuevo sollozo acompañado de una débil petición de agua fueron más de lo que el noble corazón del guardia pudo soportar. Abrió la puerta y se aproximó al prisionero.

– Agua, agua, por favor – pidió Alrol con un hilo de voz.
– Bebed, así, despacio, despacio – dijo el guardia que amablemente le atendió acercándole una escudilla y dándole de beber.
– Gracias, noble señor. Hace horas que no pruebo el agua y creía morir de sed.
– No tenéis que agradecérmelo, es …

Sus palabras se vieron interrumpidas por una humillante escena. Un creciente cerco empapó los pantalones del prisionero y el olor a orín asaltó sus fosas. Alrol se sonrojó violentamente.

– Perdón, señor. No he podido evitarlo – y un nuevo sollozo acompaña a la vergüenza -. No puedo tenerme en pie, ni moverme. Estoy herido y encadenado y… – el llanto es ahora desgarrador.
– No os preocupéis. No me habéis ofendido.
– Os agradezco vuestro gesto, señor, pero sería mejor que volvierais a vuestro puesto. Mi hedor es insoportable, incluso para mí – sus ojos miran cándidos y llenos de pudor al guardia.
– Ciertamente, no oléis muy bien. Tal vez quisierais un poco de agua para lavaros.
– ¿Sería posible?
– No veo por qué no ha de ser posible.

El guardia se levantó y salió del calabozo cerrando la puerta tras de sí. Momentos después regresaba con un cubo de agua y un lienzo limpio.

– Gracias, señor. Os estaré eternamente agradecido. Pero ¿cómo voy a asearme? Estoy encadenado y no alcanzo ciertas partes de mi cuerpo.
– No os preocupéis. Yo lo haré.
– Sí, pero… – el rubor tiñe las mejillas de Alrol – ¿también me lavaréis… eso?
– ¿Eso? – pregunta extrañado.
– Eso – y una mirada significativa aclara el tema al guardia que también se sonroja un tanto azorado -. A mí no me importa si es lo que deseáis. Me parecería poco pago por vuestra amabilidad
– No, no, por favor. No os confundáis. Vaya, parece que tenemos un pequeño problema. Quizás, mmm, no sé, podríamos soltar la cadena de vuestra mano izquierda. Sí, eso bastará.

El guardia alza el rostro y ve la más maravillosa de las sonrisas en el más hermoso rostro que haya visto nunca. La mirada limpia y agradecida de Alrol es el mejor pago que un mortal pueda recibir en esta vida. Cualquier duda se desvanece, la injusticia de la situación es más que clara para el guardia que coge la llave y procede a soltar la mano izquierda de la esclavitud de la cadena de mitras.

Unos minutos después, Alrol se levanta. A sus pies el cadáver encadenado del guardia es testigo de la brutalidad de su crimen. Su pecho abierto es una carcasa vacía sin corazón, devorado por Alrol.

– Justo lo que necesitaba para terminar de curarme, amable guardia – dice con incontenible sarcasmo -. Y ahora, la venganza.

Agilidad, fuerza y oscuridad fueron las armas de Alrol. Nadie fue testigo de su avance y nadie pudo llegar a saber cómo hizo para alcanzar la ventana entreabierta de la cámara de la reina. Sólo un Furiah es capaz de moverse con tanto sigilo que ni un ave nocturna lo detectaría y sólo a Alrol se le hubiera ocurrido un plan semejante. A los pies del lecho, contempló a la mujer que se agitó levemente. La lujuria brilló en los ojos de Alrol que de un salto se sentó a horcajadas sobre la reina. Esta despertó bruscamente para descubrir que una poderosa mano le impedía gritar.

– Mi reina, hoy concebiréis un heredero. El legado de un Furiah si es que sobrevivís – siseó.

El horror se dibujó en el rostro de la mujer antes de desvanecerse. La naturaleza, a veces, es piadosa y su desmayo le evitó sentir las manos del Furiah rasgando sus vestiduras y penetrándola salvajemente.

Hasta el amanecer, cuando las damas de compañía entraron en la cámara, nadie supo qué había ocurrido. De Alrol, no había rastro.

4ª PARTE.

Una suave brisa procedente del este arrastra los efluvios del mar. La anciana, sentada junto a la puerta de la pequeña cabaña, siente su caricia y aspira ávida el perfume salino. Los últimos rayos del atardecer se despiden con el calor y la luz de la sangre y tiñen el bálago del techado que parece arder. El rostro marchito se regocija ante la calidez que la rodea y el vago recuerdo del abrazo de un amante la asalta. Ríe traviesa.

– ¿De qué te ríes, abuela? – preguntó una voz desde el interior.
– De nada, de nada. Tonterías de una vieja.

Una joven se asoma a la puerta limpiándose las manos en el mandil que lleva a su cintura. Observa a la anciana en cuyo rostro aún vuela una sonrisa pícara. Hace tiempo se acostumbró a las cicatrices de sus ojos, a sus cuencas vacías y al silencio sobre las causas de tan terrible mutilación. Una oleada de afecto la inunda y se acerca a su abuela para colocarle bien una guedeja de pelo que baila con el aire. La anciana toma su mano y se la lleva a la nariz.

– Mmm, siempre me ha gustado este olor, Lía.
– No es más que harina, abuela. He estado amasando pan y he preparado una buena hornada que nos durará varios días. De hecho, he pensado en acercarme al pueblo para vender algunas hogazas. Además, necesitamos algo de sal y … bueno, la última vez vi una rebeca que te abrigará bien. El otoño se acaba y pronto llegarán los primeros fríos.

Un relincho interrumpe la conversación. Lía alza la mirada y ve un jinete entre las dunas y brezos que conducen a la cabaña. Nunca ha visto un caballo igual: largas crines, patas finas, cuello poderoso, negro como la muerte. Cabriolea entre los brezales como un barco experimentado entre los arrecifes, seguro de que llegará a buen puerto.

– ¿Quién viene, Lía?
– No lo sé, abuela. Es un jinete. Probablemente pasará de largo.
– Para ir ¿a dónde? No hay nada aquí cerca.
– Seguro que irá al pueblo.
– Un rodeo demasiado largo para quien desee ir allí.
– Se habrá perdido.
– Es posible – en la voz de la anciana asoma la duda -. ¿Cómo es el jinete?
– Alto, fuerte. Parece llevar algún tipo de armadura y monta un caballo como jamás vi otro.

El viento cambia súbitamente de dirección. El silencio se apodera del páramo. Ningún trino despide al día, ningún insecto revolotea molesto, el tiempo mismo parece haberse detenido.

– Entra en la casa Lía y enciérrate. Y bajo ningún concepto salgas de ella. ¡Oigas lo que oigas! – ordena la anciana de cuyo rostro ha huido todo color.
– Pero ¿por qué? – pregunta extrañada y un tanto asustada.
– Haz lo que te digo – su voz ha adquirido el tono de quien no admite replica, pero añade más amable -, por favor.
– Haré lo que pides, abuela.

El jinete llega junto a la cabaña. Desciende del caballo y se aproxima a la anciana.

– Hola, Cumana. Ha pasado mucho tiempo desde nuestro último encuentro.
– Eso depende de la perspectiva, … demonio – escupe.
– Veo que me has reconocido.
– Tu pestilencia te delata. Seré ciega, pero esto – dice tocándose la nariz – aún funciona. No eres bienvenido aquí, así que márchate.
– Mucho me temo que eso sea imposible. Necesito de tus facultades.

Una risa amarga brota desagradable de la boca de la anciana.

– ¿Mis facultades? Permita que me ría, Aleluya – el nombre suena como un insulto -. Tú mismo te encargaste de que desaparecieran o ¿acaso no recuerdas ya nuestro compromiso y el precio que pagué por él? Para mí es como si hubiera ocurrido ayer mismo.
– Lo recuerdo, pero digamos que las circunstancias han cambiado.
– Para ti, tal vez, no para mí. Renuncié a mi visión profética en aras de la neutralidad, para que ninguna de las dos fuerzas de esta guerra sin sentido, aquellos que os llamáis adalides del bien y del mal, pudierais obligarme a trabajar en favor de unos u otros. Vuestra guerra no me afecta, no me incumbe. Sois sanguijuelas que desangráis a la humanidad en una lucha eterna y yo estoy al margen. Tú arrancaste mis ojos aceptando tu parte del contrato y ahí se acabó todo. Vivo retirada y … ciega. No poseo ninguna facultad visionaria. No tienes poder sobre mí.
– ¿Eso crees? ¿Acaso me tomas por estúpido? Cumana, no hubiera hecho un viaje tan largo, ni me hubiera tomado tantas molestias si no supiera que harás lo que te pida. Permite que te exponga mi punto de vista. Cumana, tu retiro no ha impedido que te hayamos mantenido vigilada. Eres demasiado valiosa. Sabemos de la existencia de tu nieta, encerrada ahora tras esa frágil puerta, y esa será la nueva moneda de cambio. Si deseas que viva harás lo que se te diga. En caso contrario, yo mismo la conduciré al averno donde sufrirá tormentos, que mente alguna pueda imaginar, por el resto de la eternidad y tú oirás sus lamentos impotente. Esa será tu penitencia.
– ¡Maldito!
– Me aburres, vieja. Ahora, decide.
– ¿Decidir? Decidir ¿qué? ¿Si ayudarte y salvar a mi nieta o negarme y condenarla? ¿Tengo elección?
– Siempre existe – señala encogiéndose de hombros.
– ¿Qué quieres que haga? – pregunta derrotada.

Aleluya se acerca a las alforjas de su caballo y saca la pequeña caja de plata que su Señor le dio días atrás. Durante unos segundos la contempla, siguiendo con su mirada la compleja talla de la misma. Finalmente, abre la tapa y no puede evitar un escalofrío ante la visión de dos globos oculares que parecen mirarle fijamente.

– Ten, te pertenecen – dice colocando la caja en manos de la anciana.
– ¿Qué es esto?
– Tus ojos, Cumana, tus ojos. Ahora podrás volver a ver. Permíteme que te ayude.

Aleluya se arrodilla ante la anciana. Con suavidad, toma con su mano derecha uno de los globos y con la izquierda abre los párpados heridos y ligeramente supurantes de Cumana. Sus gestos son suaves, precisos y llenos de afecto, un afecto invisible a la aún ciega anciana. Repite la misma acción con el otro globo. Aleluya cubre con una mano ambos ojos y murmura un apenas perceptible salmo.

– Ahora verás – dice apartando la mano.

La anciana abre sus párpados. Su mente, que ya había olvidado las imágenes, se ve emborrachada de colores y formas y, por un momento, parece que vaya a desmayarse. Durante unos minutos, observa con ansiedad cuanto la rodea. Las dunas, los brezos, el pequeño huerto, la cabaña, el cielo. Una lágrima furtiva cae por su rostro arañado por el tiempo.

– ¿Qué quieres de mí, Aleluya?
– La Espada Sagrada.
– ¿La Espada Sagrada?
– Sí. La perdida está camino de ser reencontrada. La empuñadura más uno de sus fragmentos ya obran en poder de nuestro enemigos. Pero aún faltan dos partes. Necesito que me digas dónde localizarlas.

Cumana se pone en pie y se vuelve hacia el este, donde nace el sol. Alza las manos artríticas e inicia un mantra en una oscura lengua hace tiempo olvidada. Sus ojos se cubren de una pátina blanca e inician su búsqueda. Cumana, la última de las sibilas, maldecida y bendecida con la visión profética y con la obligación de no mentir a quien acuda a ella, suspira. La búsqueda ha concluido.

– Ya está. He encontrado lo que deseas.

En un murmullo, Cumana da a Aleluya su información y este sonríe satisfecho.

– Gracias, Cumana.
– Y ahora ¿qué? ¿Me volverás a arrancar los ojos para volver cuando me necesites?
– No, Cumana. No será necesario. Has cumplido bien. Me corresponde hacer lo mismo.

Aleluya remonta la duna y se detiene en la cúspide. El último rayo de sol desaparece sumergido en un mar profundamente azul. Un chotacabras lanza un desabrido grito y alza el vuelo desde un brezal próximo. Su aleteo le lleva hasta la cabaña y se posa en su tejado de bálago. Curioso, observa las dos formas femeninas abrazadas, inmóviles en el suelo, muertas.

Aleluya tira de las riendas de su caballo, haciéndolo girar en dirección a su cuartel general. Clava sus espuelas y el corcel galopa tan salvaje como el grito de Aleluya.

– Te lo debía Cumana. Ahora eres libre junto a tu nieta. Que tu Dios te acoja.


Aquí la peculiar forma de haber escrito este capítulo, según las palabras del propio autor: "se pone uno cómodo, gin tonic a mano. Se lee todo lo escrito de un tirón (para eso lo tengo ya imprimido) y tras ello, se coloca ante el ordenata y empieza a escribir. Y sale lo que sale."

Además, he aquí un comentario adicional escrito por Esdrás para aclarar algunos puntos del texto al día siguiente:

Ya me había leído todo antes de la intervención de Vinn y no sé, tenía cierta sensación, y ya me perdonaréis, que esta era la típica de buenos listísimos a los que todo les sale bien y encima van de sobrados y de malos tontos, pero tontos del todo. En definitiva, que era un relato estereotipado donde desde el principio sabes que los buenos van a ganar. Y entonces ¿para qué participar? Personalmente, necesitaba un contrapunto. Equilibrar la batalla.

Lógicamente, este es un relato compartido y es de recibo respetar loo que el personal escribe. Es también su historia y desea que las cosas sigan una determinada línea.

Sin embargo, me encontraba con un grupo que en un pis-pas había dado ya con dos fragmentos de la espada (si no con tres, aunque tras releer 20 veces el párrafo seguía sin quedarme claro que el metal oxidado fuera un pedazo de la espada). Que se había cepillado a un rey (por muy maldito que estuviera) así porque sí. Con unos demonios sin plan ni estrategia alguna que sólo corrían detrás de los buenos para perder. Y llego a Averak, un personaje que me gustaba pero que súbitamente siente despertar su lado humano. La línea de actuación subsiguiente era que traicionara a los demonios (o no, pero era lo que yo interpretaba). Seguimos con el traidor que, sin hacer nada en la trama, van y me lo pillan y acaba en la celda. Y tenemos a un herido grave, pero ya estamos en camino de un poderoso mago que es capaz de curar e incluso de resucitar. No sé, pero para mí una más una son dos.

Y así llegué a la conclusión de que o le daba un giro o … le daba un giro. No sabía muy bien cómo, pero uno se pone a escribir y oye, las cosas salen.

Averak debía morir y dar paso a otro personaje. Las constantes referencias de Felas a su hija me dieron la pista. Y así surge Abigor, un demonio real de la mitología judeocristiana. Demonio de la guerra para más inri. Aleluya es un personaje fantástico y deseaba darle mayor énfasis a su figura. Y en general, deseaba dar a los demonios una estrategia y un modus operandi además de cierto carácter y unos mínimos de inteligencia. Es un ejercito de demonios y nuca he entendido que los malos sean tontos. De hecho, gozan de una gran ventaja frente a otros al carecer de las limitaciones morales que coartan a los buenos.

El concepto o la idea de matar a personajes es algo que ya experimentamos en el relato anterior de fantasía. Y funciona. No hay que tener miedo a perder personajes, sin necesidad de que esto se convierta en un holocausto.

Sigo: la idea de Cumana, una clara referencia a la sibila de Cumas, me daba la oportunidad de que los demonios actuaran con independencia del grupo que busca la espada. Además, la presencia de secundarios que aporten cosas y desaparezcan (sin necesidad de morir) siempre me resulta agradable.

El Furiah, con las descripciones de Vinn, me parecía muy atractivo y no entendía que acabara en el calabozo a la primera de cambio. Por ello organicé su huida. Mi idea original era que asesinara a la reina, pero me parecía un tanto excesivo por muy efectista que resultara. De ahí a la violación, el paso era pequeño. Vinn lo había dicho: se basan en su belleza para conseguir lo que desean o para embaucar, devoran corazones y violan mujeres. Era sencillo. Ahora corresponderá a otro darle salida a esto.

Y finalmente, el superjefe. Me apetecía recrear un Satanás visual pero sin dar detalles. Que cada uno lo viera a su modo dentro de ciertos parámetros, como el poseer unas alas tipo ¿Balrog? o tener una voz seductora y temible. O que su risa sea la de un niño. Descoloca y a mí me daría miedo que alguien básicamente malvado riera con la risa de un niño.