EURET: Capítulo VIII, por skunkdf

Es tiempo de publicar la siguiente entrada de las 13 destinadas a revivir el proyecto Escribamos un Relato entre Todos 4.0, la entrada del capítulo VIII, escrito por skunkdf. Éste fue posteado originalmente el 26 de marzo de 2007, 8 días después del capítulo anterior. Si alguien desea leerlos capítulos anteriores, puede consultar el índice del proyecto.

Hora de continuar con la serie de entradas que les prometí.


El rumor de la muerte

Ni siquiera una grande y redonda luna llena era capaz de iluminaraquella horrenda noche. Era como si un manto de oscuridad se hubieracernido sobre la población de Aiducal y no dejara pasar ni un mínimoresquicio, ni un miserable hilo de famélica luz.
La Vieja Marna miraba aquello con incredulidad, casi no era capazde distinguir donde acababa la tierra y donde empezaba el cielo y nimucho menos podría encontrar a su extraviada gata en tan desoladorascondiciones. Su temblorosa mano derecha sostenía una lámpara de aceiteque a penas era capaz de iluminar más allá de unos escasos pies.
Pensó que aquello no era buen augurio. Estaba en lo cierto.
Una agradable caricia en los tobillos le sobresaltó, bajó la mirada ypudo distinguir a su blanca gata que maulló al sentirse reconocida porsu dueña.
– ¡Ay! ¡Cuantos disgustos me dará esta bestia! ¿Cómo se te ocurre escaparte en una noche como esta?
La anciana no pudo agacharse para recoger al animal y abrazarlo,hacía años que eso le era del todo imposible. Así que empezó a caminarhasta la cercana entrada de su casa, seguida por su gata que parecíadarse cuenta de que no era buen momento para juegos.
Cuando ya había alcanzado el marco de su puerta y resoplabacansada mientras buscaba apoyo en él, una voz surgió de la oscuridad yaunque su tono era débil y suplicante le recorrió todo su cuerpo comosi a la misma muerte perteneciera.
– Por favor, ayúdeme.
Habló la voz
– ¿Quién anda?
Preguntó Marna con su voz todavía afligida por el sobresalto.
– Solo soy un joven mendigo, que teme a la oscuridad y a lo que ella representa más que nada en este mundo.
Contestó el misterioso individuo.
– En esta casa no recogemos mendigos. Si quieres comida puedo darte una barra de pan y algo de queso.
– Por favor… tengo más hambre que un animal salvaje, pero hacemucho frío y en una noche como esta nadie quiere dormir en la calle. Notengo ropa y estoy tan sucio que no creo que me reconociera en unespejo. Solo le pido…
La anciana iba a responder con un monosílabo y a cerrar la puertatodo lo contundentemente que su atrofiado brazo la permitiera, cuandoalgo pasó. La misteriosa figura había avanzado lo suficiente como paraque su cara se viera iluminada por la escasa luz de la lámpara. Unsangriento y joven rostro angelical apareció en escena e irrumpió contanta fuerza que Marna se quedó sin aliento y sin habla por unosinstantes. El joven al que pertenecía no caminaba, mas bien searrastraba. Lo poco de su cuerpo que la vieja acertaba a ver estabacubierto de oscura sangre y barro.
– ¡ay Dios! ¿Pero qué te han hecho hijo mío? ¿Quién habrá sidocapaz de tal atrocidad? ¿Quién en su sano juicio puede infringir talesmales en una criatura tan hermosa? Hijo te ayudaría a pasar, pero elpeso de los años, como ves, se ha hecho notar y se ha cebado conmigo.Pasa como buenamente puedas, aunque sea arrastrándote, que yo haré lopropio, sanaré tus heridas y te alimentaré lo mejor que pueda.
– Gra… gracias benevolente anciana, Dios se lo pa… pagará, la gente como usted es digna del cielo.
Y así, arrastrándose, entró el mendigo en la casa cerrando Marna lapuerta tras el. Continuó reptando hasta que llegó a una silla, y conmucho esfuerzo consiguió escalarla y sentarse en ella. La vieja sequedó mirándolo incrédula.
– ¿Es acaso usted hijo de rey? Preguntó.
– ¿Yo? No… no soy hijo ni de herrero.
– Un rostro así solo puede provenir de la sangre del más bondadoso de los reyes, o tal vez de un ángel.
– O de diablo.
Susurró el joven.
– ¿Cómo dices? Mis fatigados oídos no oyen como antaño.
– Que no soy nada de eso y que se de lo que hablo.
Dijo con las pocas energías que fue capaz de reunir.
La anciana le miró de nuevo, cada momento que pasaba parecíarecomponerse poco a poco, y aunque todavía parecía demasiado débil comopara aplastar una mosca su mirada ya no estaba tan perdida como laprimera vez que se había fijado en sus verdes ojos.
– Y dígame ¿Quién y por qué le ha dejado en tal estado? que parece que le hayan traído a hachazos desde donde quiera que venga.
– En este estado estoy por celos y por envidia, que son los peores males de este mundo si no se controlan.
– Ya suponía yo que se trataría de esta cosa. Un chico tan bienparecido debe tener muchos rivales solo por la ira de quien no puedeposeer tales bendiciones.
– Bueno, supongo que querrá comer, y luego le indicaré donde puedelavarse y curarse esas heridas, aunque he de confesarle que fueraparecía peor parado, que ahora que lo veo bien con la lumbre de micasa.
Dicho esto, Marna se giró y empezó a organizar el fuego quecalentaría la comida del joven. Al momento se empezaron a oír voces porfuera, era el bullicio de una multitud que iba aumentando poco a pocode intensidad, a medida que se acercaba.
– ¿Que será eso que se oye? Pareciera que están cazando brujas.
Farfulló la anciana mientras se incorporaba y giraba su cabeza hacia laventana. Por ella ya se podían distinguir a lo lejos algunas luces deantorcha. Pero de pronto oyó algo que llamó todavía mas su atención,fue como un crujido muy breve a sus espaldas. Tuvo un malpresentimiento, se giró lentamente y vio una escena que nuca hubieraquerido ver. El joven de belleza extraordinaria se había levantado. Sumirada era bella, pero en estos momentos no tenía nada de angelical. Enla mano derecha sostenía algo, como un pellejo blanco adornado conchorretones rojos. Y su barbilla estaba inundada de sangre, pero estaera sangre roja como el fuego, sangre caliente. Su boca mostraba unamaliciosa sonrisa, sus dientes parecían ahora más afilados yamenazantes.
– No quería tener que recurrir a esto, pobre animal. Pero sepa quegracias a el tendré suficientes fuerzas para comérmela a usted. Ygracias a usted podré ir a resolver un asuntito que requiere mipresencia. No creo que la viole, aunque costumbre no me falta, ydiscúlpeme, porque, después de una reina ¿quien querría penetrar a unvejestorio?

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En el castillo de Dloun las cosas estaban agitadas. El día en queAlrol había escapado había sido un día muy oscuro en palacio. Primerolas doncellas encontraron a la reina moribunda con los finos ropajes desu cama empapados en sangre real, sangre que solo debería ser derramadaen heroicas batallas. Pero lo que realmente hizo estremecerse a todo elreino fue la noticia que llegó una hora después, cuando se descubrióque el furiah había hecho algo más que usurpar el honor de su amadareina.

Glodus había tenido que trabajar muy duro. Primero tuvo que coser todoslos desgarros que aquel mal nacido le había infringido a Trisha ycontrolar la infección y la violenta fiebre que provocaban. Después setuvo que asegurar que la reina no quedara fecundada por esa bestia, yaque las consecuencias para el reino de Dloun hubieran sido del todoimpensables. Para ello recurrió a unas milenarias recetas con especiasexóticas que supuestamente darían buen resultado. Muy conocidas entrelos sitios de moral distraída. Pero imposibles de encontrar en palacio.

La reina estaba acostada, fuera de sus aposentos ya que desde elfatídico día no había querido volver a entrar en su dormitorio real.Así que se encontraba en una cama, en una de las numerosas habitacionespara invitados.
Trisha estaba pálida como la nieve pero su hermosura era ahora muchomás evidente y la pureza de su linaje real se dejaba entrever en cadauna de sus proporcionadas facciones iluminadas por los primeros rayosdel sol. Su pelo de color rojizo y fino como un sedal, despedíaresplandores de un dorado celestial y se repartía de forma equitativa ymatemáticamente perfecta a lo ancho de la almohada.
Pero a pesar de su frágil y delicado aspecto una insana rabia le comía por dentro.
Glodus hacía su inspección diaria comprobando que todo marchara bien.
– Glodus.
Llamó la reina impaciente.
– ¿En qué me requiere su majestad?
– He oído mucho escándalo en palacio. ¿Ya ha vuelto el grupo de búsqueda?
– Así es, pero no traen buenas noticias me temo y les he dicho que…
– Haz venir a Torth.
– Mi majestad, está usted demasiado débil, casi no puede ni hablar, yo le re…
– He dicho que traigas a Torth ante mí.
Interrumpió la reina tajante y con autoridad.
– Ahora mismo alteza. Lejos de mi intención estaba el contrariarla.
En escasos minutos se abrió la puerta y apareció Torth ante ella. Elchico había cambiado desde su llegada al palacio, había pasado de serun simple herrero a convertirse en un guerrero con coraje y fuerza apartes iguales que había aprendido los secretos de la guerra y elmanejo de la espada mucho más rápido que cualquier otro soldado antes.Además era una persona de confianza para la reina. Por ello eraadmirado y envidiado a partes iguales. Prueba era que la reina lollamara a él y no otro para que le informara.
– Dime Torth ¿Qué nuevas me traes?
– Mi majestad, se detectó al Furiah entre Saf y Aiducal. Un grupode safianos le seguía, fue sorprendido en la parte norte intentandollevarse a una niña. Por suerte la falta de alimento le mantenía débily entre cien que le seguían casi le dan caza.
La reina asintió con la cabeza y le invitó a seguir.
– Nosotros íbamos siguiendo su rastro y llegamos a Saf, donde noscontaron que una muchedumbre lo iba persiguiendo hacia el norte. Asíque nos dirigimos sin demora en busca del maldito diablo y nosencontramos con el grupo de safianos que lo habían perdido ya que notenían un buen rastreador. Empezaba a caer la noche y la tarea era cadavez más difícil. Todos sabemos que estos diablos son como gatos, quelas sombras son su mejor aliado. Pero sabíamos que el buscaba algo enAiducal, y que además necesitaba alimento imperiosamente. No podíahaber ido muy lejos ya que algunos aldeanos lo alcanzaron y le dierontanto que raro era que todavía permaneciera vivo.
– Los que tienen suerte de seguir vivos son ellos. Insensatos pensarían que estaban cazando conejos.
– Seis fueron los que perecieron por acercarse demasiado a esemaldito, pero como eran más de cien los que le pisaban los talones nose pudo alimentar de ninguno.
– Oh, ¡que desgraciada tragedia!, la pena me abruma ¿Cuántasdesgracias nos traerá este condenado diablo? Ahora, mi fiel amigo,cuéntame como término la búsqueda y porque no tengo aquí su cabeza.
– Entramos en Aiducal pero no había el más mínimo rastro de él,así que fuimos a toda prisa a la iglesia, pero la noche era muy oscuray la bestia es muy sigilosa. Cuando llegamos la reliquia habíadesaparecido.
La reina acarició inconscientemente la muñeca donde lucia su sortija.Ya sabía que las noticias no eran buenas, pero los sucesos estabantomando un trágico desenlace. Cerró los ojos e intentó pensar conclaridad, no debía fallar en su próximo movimiento.
– El futuro de la raza humana depende de encontrar a ese ser,envía emisarios a todos los reinos, cueste lo que cueste, el fragmentodebe aparecer y la bestia perecer.

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Hay gente que asegura que mirando a una persona a los ojos, puedesadivinar gran parte de lo que es y de lo que puede llegar a ser. Muchosdicen que esta verdad es doble si se aplica a un héroe. Unos ojos dehéroe; astutos, silenciosos y fieros.
Unos ojos muy parecidos a los de Dariem, con la mirada cansada por elpeso de sus años de general pero segura de hacia donde debe dirigirse.
Pero a pesar de todas estas virtudes existen cosas que pueden empañar oenturbiar los sentidos de un héroe. Algo tan simple y la vez tanmolesto como el polvo que levanta un caballo que corre a suficientevelocidad por un terreno demasiado suelto.
– Dariem, ya se divisa la ciudad.
– ¿Cómo? ¿Dónde?
Unos ojos demasiado desgastados.
– Allí.
Pit señaló hacia el este, donde se alzaba el monte de Sonam, bajo el cual se halla Pulgaris.
– Estamos a una hora escasa si seguimos a este ritmo, no perdamos ni un valioso segundo.

Pulgaris no era una ciudad normal. Todas y cada una de las casasque en ella se levantaban estaban talladas en roca, incrustadas en lafalda de la montaña que tan buena defensa les había proporcionado ensus antiguas batallas contra demonios.
El resto de la ciudad estaba rodeada por una sólida muralla de estamisma roca y los guardianes que vigilaban la entrada eran cautelosos enextremo con la gente a la que permitían gozar de la extraña belleza dela ciudad.
Dariem, Felas y Pit se habían adelantado al resto del grupo ya que lasituación de Ishari requería atención inmediata y los cuatro caballosque utilizaron –otro para el inerte cuerpo de de su amigo herido-fueron los mas rápidos de los que podían disponer.
Llegaron a las puertas de Pulgaris en un tiempo relativamentebreve, mucho menor que el que habrían empleado viajando con todo elgrupo. Los guardas se interpusieron entre ellos y la ciudad.
– Quien anda y con que motivo vienen al reino de Pulgaris.
– Mi nombre es Dariem y soy capitán a las órdenes de la reinaTrisha del reino de Dloun. Este que está a mi lado es Pit, uno de mismás rápidos guerreros, el gentil caballero del corcel negro no es otroque Felas y el caballo que viene arrastrado es el de mi buen amigoIshari, herido grave en batalla, que necesita de los remedios delvenerable y sabio Joah.
– Es el vuestro un gran y glorioso reino y nobles vuestrasintenciones. Pero los asuntos de Joah no son asuntos de Pulgaris ya quefue desterrado de aquí por tratar con la magia que no debe ser tratada.
Esta noticia atravesó a Felas y a Pit el estómago como una dagaenvenenada. Dariem cogió aire e hizo acopio de fuerzas después de esteduro revés.
– ¿Y no se sabe nada del paradero del desterrado? En este momentoel tiempo apremia pues es grave la situación de nuestro amigo y sonpocas las esperanzas que tenemos si el infame destino no nos da unrespiro.
Uno de los guardias el mas alto y de semblante mas honorable, se acercó al herido y lo examinó durante un minuto.
– Seguro que el Rey Tilif pondría a vuestro servicio al mismomédico de la corte, pero de nada serviría pues vuestro amigo hafallecido. Siento ser portador de tales noticias.
Los dos guerreros bajaron la cabeza y guardaron unos segundos desilencio de obligatorio cumplimiento en honor de su difunto amigo.Algunas lágrimas recorrieron las mejillas de Pit que no habíapresenciado tantas muertes de amigos como Dariem, versado en diez milbatallas. Los guardias hablaban entre ellos en voz baja intentando nointerrumpir tan solemne momento. Hasta que uno de ellos dio un paso alfrente y se dispuso a hablar con Dariem.
– De verdad que sentimos la muerte de vuestro amigo y granguerrero Ishari. Hasta aquí llegaron historias de la fuerza y de lasgestas de este hombre en el campo de batalla. A su amigo ya nunca lorecuperarán, tengan siempre esto presente…
Dicho esto paró el soldado de hablar y miró a su compañero, que hizo un gesto de asentimiento.
– …pero son estos tiempos de dolorosa guerra y no viene mal contar hasta con los muertos si los demonios les aprietan.
Dariem y Pit se quedaron mirando al soldado intrigados.
– ¿Qué es lo que quieres decir exactamente?
– Que la poderosa hacha de Ishari puede estar de nuevo con vosotros,aunque no su alma, que ya está muy lejos de aquí. La magia negra espoderosa y con ella algunos fueron los cuerpos inertes de héroes quefueron levantados para luchar contra diablos en tiempos difíciles comolos que ahora nos ocupan. Cuerpos sin alma pero con fuerza y sed desangre enemiga.
Pit miraba incrédulo al soldado, no sabía si tomar sus palabrascomo un insulto hacia su amigo o hacia sus creencias. Entonces entró enla conversación mientras se secaba las lágrimas con el puño y con lavoz todavía bobalicona.
– Y bueno, ¿por que nos vienes ahora con historias de magia prohibida? ¿Acaso en tu reino se permiten tales cosas?
– No. En tiempos difíciles se recurrió a tales artimañas de las quenadie está muy orgulloso. Por este motivo cayó la desgracia sobrePulgaris, ofendimos a Dios y nos lo hizo pagar. Un incendio asoló laciudad, quemó todas nuestras casas y mató a la mitad de la población.Tuvimos que reconstruir nuestro reino tal y como lo veis ahora, depiedra para vencer al fuego. Joah fue culpado de lo sucedido ydesterrado.
– ¡Maldito bastardo! ¿Y quieres la misma suerte para nosotros? ¿Quieres que ardamos también?
Replicó Pit, demasiado afectado por la muerte de su amigo.
– Ningún mal quiero para mis aliados, pero para ser sincero sin laayuda de nuestros guerreros revividos nunca hubiéramos plantado cara alos diablos. Sin ellos ahora todos seríamos polvo, como ese que tantoparece molestar a tu capitán.
Dariem se dio cuenta que había estado rascándose los ojos desde que llegó al portón.
– Estos terrenos arenosos no son los más adecuados para cabalgar.
Se excusó no sin cierta vergüenza, un héroe nunca debe mostrar debilidad.
– Marchémonos capitán, las tropas todavía estarán a medio camino.Llegaremos hasta ellas y daremos merecida tierra a nuestro amigo.
– Espera Pit. Ishari recibirá tierra, pero en su debido momento,por ahora haremos lo que el hubiera querido, que es matar a demoniosincluso después de muerto.
– Pero mi capitán. ¿Qué hay de los malos auspicios?
– Creo que Dios no tendrá nada en contra de matar a demonios, ycreo que a veces suceden accidentes, como el que aconteció en estaciudad.
Dariem se dirigió al guarda alto.
– ¿Como podemos llegar hasta Yoah?
– Conozco a una persona que les guiará por unas monedas, es un pocoexcéntrico pero es buen amigo de Yoah y les guiará bien. Su nombre esMalakian.
– Me gustaría verle ahora mismo, partiremos de inmediato. Cuandolleguen mis tropas decidles que no tardaremos ¿habría algún problema enque acamparan aquí?
– No seréis los primeros ni los últimos aliados que hacen noche en esta explanada.

Lo que Dariem no sabía es que una hueste de demonios llevabasiguiendo a su ejército desde que abandonaron Tormouth, acechando yesperando el momento adecuado para el ataque.

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Una sombra traviesa se movía grácilmente entre la densa niebla. El airedel bosque de hierro no parecía aire, más bien era una mezcla dehumedad e insectos minúsculos e imperceptibles. Los árboles no eran demetal alguno, pero su color gris oscuro y su forma fálica les dabancierto semblante macabro y artificial. La tierra no era tal, era masbien una superficie cenagosa en la que podías hundirte si no te andabascon mucho cuidado. Era ciertamente un lugar difícil de atacar. Losdemonios, mas acostumbrados a estas condiciones, masacrarían acualquier ejército que intentara internarse en él.
Pero un Furiah se movía por estos territorios como por su casa, aunqueellos solían vivir escondidos entre los humanos, muchas veces, comocualquier diablo que se precie, se veían obligados a revolcarse en ellodo.

En lo mas profundo de este bosque hay una fortaleza, es allí dondeAleluya y Abigor ultiman detalles de lo que va a ser su golpe maestroen la guerra contra los humanos.
– Un ejército de demonios va raudo a dar muerte al miserable deDariem y a sus amigos, entre los que se encuentra tu padre, Abigor.Otros van camino de Aiducal, ciudad de ignorantes en donde yace unfragmento de la hoja. A la vista de todo ser vivo lo tienen, nisospechan lo que realmente es. Y los atrasados de Dloun nos han dejadoel trabajo fácil. En unos días la balanza se inclinará hacia nuestrolado. Satanás renacerá y yo degustaré las mieles de la victoria comodebió ser hace muchos años. ¡Altas torres construiremos! Tan altas quela vista no alcanzará a ver. Con carne humana todos los días nosalimentaremos y por la noche encenderemos hogueras con libros ocualquier vestigio de esta miserable cultura humana. Esta raza seráolvidada en la noche de los tiempos como bien se merece.
Abigor escuchaba atentamente. Las palabras de Aleluya le causaban una diabólica excitación.
– Aleluya, la sangre y el fuego me llaman. Mi espada está inquieta.
– No seas impaciente, pronto partirás al campo de batalla donde podrás cortar cuantas cabezas te venga en gana.
En ese momento un demonio entró en la sala con intención de hacer un anuncio.
– Mi amo, fuera espera Pargon que desea comunicarle las nuevas de su misión.
– ¿Pargon el furiah?
Pasaron unos segundos en los que Aleluya reflexionaba, tal vezintentando adivinar porque su espía no se encontraba donde debieraestar.
– Hazlo pasar.
Dijo al fin.
El diablo salió y en un momento el furiah entró con paso firme.
– No esperaba verte por aquí tan pronto. Has debido averiguar algo importante, o eso espero.
– Así es, traigo importantes noticias, tan importantes que la guerra podría quedar aquí decidida.
– Veamos si es verdad lo que vienes pregonando, adelante.
– Pargon miró a Abigor y le dedicó una pequeña sonrisa y un cortés saludo.
– Discúlpame que no reparara en tan distinguida presencia. Estaré perdiendo facultades.
Abigor acarició el mango de su espada. Y Pargon se dispuso a comenzar la narración de los hechos
– La verdad, fue extremadamente fácil infiltrarme en el castillo.La raza humana no es desconfiada por naturaleza. Inventé un nombre,fingí traer importantes noticias a palacio. Y así era, aunque nada dijeque no fuesen a averiguar de otras formas en un breve periodo detiempo. Fingí también que unos demonios me habían herido, aunque enrealidad yo fui el que me infringí todo el daño. Por el día un malditomatasanos me atosigaba con sus innecesarios cuidados y con indiscretaspreguntas que muy cerca estuvieron de llevarle a la muerte. Gracias aSatanás me supe contener, pues para ello estaba preparado.
Pargon, paró súbitamente de hablar, miró hacia Abigor y sonrió de de esa forma angelicalmente malvada.
– Aunque creedme bella diablesa, que no siempre me puedo contener.
Abigor sacó su espada a una velocidad imperceptible para el furiah,se la puso en el cuello apretando lo justo para cortar su respiración.El furiah tuvo unos momentos de desorientación intentando adivinar quehabía pasado. Su sudor empezó a correr por la afilada hoja. No es fáciltarea la de coger desprevenidos a estos seres, la sorpresa era algo muydifícil de provocar en ellos, así como el miedo. Pargon sintió las doscosas y le gustó. Una vez más recobró su sonrisa y la miró fijamente entono desafiante.
– Aplaca tu metal, otra ocasión tendrás –dijo Aleluya -, este tiene noticias importantes que a todos nos incumben.
– Eso es, relájate, no sea que tengamos un disgusto.
Dijo el furiah todavía alterado pero con voz serena.
– Espero que no se te ocurra volver a importunarme o ni el mismo Satanás podrá salvar tu cabeza.
Espetó antes de retirar su acero.
– Me estas haciendo perder la paciencia con tus impertinencias a mi también y esto si que no te conviene.
Dijo Aleluya
– No os impacientéis, mi señor. Controlaré mi lengua, aunque a veces pareciera que anda sola.
Volvió a respirar con normalidad después del sobresalto y se preparó para continuar con la narración de los hechos.
– El matasanos por la noche me dejaba descansar. Yo aprovechaba ysalía en busca de alimento, ya que la comida de palacio no era de miagrado. En una de estas salidas un arcángel me sorprendió. Yo le dijeque salía a mirar las estrellas, que en ese reino se veían como enningún sitio del mundo, que era un espectáculo tan bello que con su luzcreía sanar. Así poco a poco gané su amistad. En poco tiempo tuvealguna información de poca trascendencia, ya que en alguna ocasión estearcángel había acompañado a la reina en sus quehaceres. Una noche mecontó que estuvo allí, junto a la reina, aquel día en que el caballeroDariem descubrió el mapa con los fragmentos de la espada sagrada. Yo nocabía en mi gozo con la fortuna que había tenido, solo faltaba algo demi astucia para sacar la información que tanto anhelaba. Así, conrequiebros y engaños tejí una tela de mentiras que condenarían a estemaldito mundo para siempre.
– Si vas a informarme del paradero de los fragmentos, ahórratetanta palabrería y vuelve a tu agujero, pues ya lo he averiguado yo pormi cuenta.
– Por favor señor, déjeme continuar, quedará sorprendido, se lo aseguro.
Aleluya no pudo evitar un gesto extraño, ya que daba por seguro queera el sitio donde yacían los metales lo que le iba a desvelar.
– Finalmente me reveló que uno de los fragmentos en Aiducal seencontraba. Yo no quise preguntar por el otro en ese momento pues seque hay que ser precavido en estos menesteres y no parecer demasiadocurioso sin motivo. Así que decidí esperar unos días para, de formacasual, sacar el tema y averiguar lo que me faltaba. Pero el infortuniose cebó sobre mí y me vi descubierto y encarcelado. Engañando alguardia conseguí escapar, la verdad, si los arcángeles no son demasiadolistos ¡a los humanos que los quemen por patanes! Pensaba que mecostaría varios días engañarle, pero en apenas unos minutos no era masque un saco de huesos rotos y yo un demonio libre. A la reina le di unalección que nunca olvidará, y debo decir que disfruté profanando susmás oscuros retiros. Deshonré a todo Dluin con mis acciones y con ellogozo más todavía.
– Me gusta lo que hiciste con la reina, se lo tenía merecido pero ¿era esa la cosa tan importante que nos haría ganar la guerra?
Preguntó Aleluya en tono burlón.
– No señor, esto es solo el entremés.
– Sigue pues con la historia y acaba ya. Te advierto que como no meagrade la información que me traes, no tendré ningún reparo en dejarque Abigor haga lo que le venga en gana contigo, se que disfrutaríaenormemente.
– Estoy seguro que yo también disfrutaría señor, pero estoyconvencido de que no serán así como transcurran los acontecimientos,permítame terminar.
– Adelante pues.
– Escapé y corrí. Un caballo fuerte y rápido robé pero no tenía enmente venir aquí, algo mas quería hacer antes, algo en Aiducal. Recorrívastos terrenos sin detenerme ni a alimentarme, sabiendo que actuaba acontra reloj. Seguí hasta que casi al final de mi camino, donde tuveque pararme a tomar un bocado, pues notaba que me faltaban fuerzas paracumplir con mi empeño. Así entré en Saf pero las cosas no salieron comoyo pensaba y tuve que huir a pie, perseguido por una marabunta furiosade mal nacidos. Finalmente, cubierto bajo el protector manto de lanoche, despisté a los patanes y entré en Aiducal. Allí me alimenté ycon las fuerzas recobradas partí a por el fragmento que estaba expuestoen la iglesia como reliquia de algún héroe. Allí cogí la hoja y meresguardé en la negrura, los soldados de Dloun llegaron justo detrás demí pero no me vieron, ni sospecharon que podría encontrarme en aquellugar. Una vez mas su torpeza quedó patente.
Aleluya se levantó de su trono, parecía satisfecho con lo queacababa de oír. Abigor parecía decepcionada, había parado de acariciarel mango de su espada y miraba fijamente al furiah, como midiendo susaptitudes.
– En vano he enviado a una tropa hacia allá. Has hecho un gran trabajo pero ¿donde está el metal si se puede saber?
– No tan rápido Aleluya, por ahora prefiero quedármelo.
No era un tipo de respuesta que estuviera acostumbrado a oír. Aligual que para Pargon hoy era un día para nuevas e imprevistassensaciones. Supo en ese momento que se podía derramar mucha sangre yno era que no le agradara la idea, pero sabía que Pargon era un fieroguerrero, tanto como sádico y que era una gran ayuda en el campo debatalla.
– ¿Qué me quieres decir insolente furiah? Yo soy impaciente perote aseguro que el que está arriba de mí lo es mucho más. No teconvienen estos juegos, te lo aseguro.
Dijo Aleluya con una voz tan oscura y retorcida que hubiera amedrentado al mismo Lucifer.
– Pues a mi si que me apetecen los juegos, y no creo que estés enposición de hacer amenazas. Te aseguro que el metal está en buenasmanos y como algo me ocurra no te agradará su destino.
Abigor miraba a Aleluya, buscando un gesto como el que un díadesencadenó la muerte de Averak. Pero el general no tenía intención deacabar con Pargon por ahora. Sabía que no era la mejor opción. Se quedópensativo, en silencio, hasta que al final articuló unas palabras.
– Habla pues ¿Qué quieres?
Pargon sonrió, todo salía según lo previsto.
– Durante muchos años hemos sido denostados los furiah. Por nuestroparecido con los humanos hemos sido objeto de mofa y privados decualquier tipo de recompensa o privilegio mas allá de lo que puedarepresentar sucio un trozo de carne. Como animales hemos sido tratadospor Garlaks y Kreiges, siendo nosotros mucho más fuertes einteligentes. Nuestra falta de pretensiones y sed de poder nos hanllevado a esta incómoda y degradante situación.
Abigor sentía un renovado respeto hacia este ser, no esperaba semejanteinsurrección por su parte. Ni mucho menos que se atreviera a hablar asía Aleluya.
– He expuesto los hechos ante mis hermanos y están de acuerdo enque no es este trato nada digno. Así que, dado el artefacto que tenemosy sabiendo de su importancia para el desenlace de la guerra, exigimosla mitad de todos los reinos conquistados así como la mitad de todasriquezas incautadas. No hay negociación posible.
Es justamente lo que Aleluya pensaba. Debía actuar astutamente, no era el momento de dar un paso en falso.
– Como bien sabrás este tipo de decisiones no me corresponden a mí,sino a nuestro amo. Así que te pido que esperes dos días, y que aceptesuna negociación, pues es mucho lo que pedís, excesivo a mi parecer.
– En vuestras manos está pues decidir la guerra lo antes posible y sin riesgos. Dos días.
Dicho esto Pargon dio media vuelta y se largó.
– Abigor, esta es tu oportunidad para demostrar que la confianzadepositada en ti no ha sido vana. Síguele, quiero el metal y quiero quemates a todos los furiah que se crucen en tu camino. No tengas piedad
– Para mi será un placer, mi señor.
Abigor sonrió, oía el rumor de la muerte acercarse poco a poco.


Cabe destacar que, después del capítulo anterior, la muerte de Averak fue un punto que a varios foreros disgustó y que criticaron los días siguientes. Fue después de la publicación de este capítulo, cuando Esdrás decidió abandonar el proyecto por atender el concurso de relato que, aún hoy en día, organiza en el foro de Literatura.

Pero, para compensar nuevamente el número de participantes, se unió Cantaneitor a la lista de colaboradores, argumentando que: "Tras haberlo leido (el relato) me he animado pues me ha parecido genial…no obstante tengo en mente un giro en la trama que me gustaría escribir"