EURET: Capítulo X, por Cantaneitor

Por fin la siguiente entrada de la serie destinada a revivir el proyecto Escribamos un Relato entre Todos 4.0, es hora de publicar la entrada del capítulo X, escrito por Cantaneitor. Éste fue posteado originalmente el 15 de abril de 2007, 8 días después del capítulo anterior; pero, un importante error de continuidad hizo que la versión definitiva del capítulo se retrasara hasta el 24 de abril, tiempo en el que la lista de colaboradores tenía ya 12 colaboradores. Si alguien desea leerlos capítulos anteriores, puede consultar el índice del proyecto.

Bueno, aquí el esperado capítulo X.


SI YO FUERA DIOS

– Ten fe en el Señor… cuántas veces había dicho esa frase yque poco creía en ella en los últimos años.

Dariem, último vástago de la familia Agila. Nacido de padreguerrero, hijo de madre amante y hermano de grandes pensadores y filósofos.Todos ellos pusieron de su parte para convertir al joven en un hombre de espaday letras. Un hombre que aunaba una extraordinaria inteligencia estratégica enla batalla y eficacia, con las armas en el fragor de la misma. Amado por sumadre, amigos y amantes. Temido por sus enemigos y respetado por los compañerosde armas. Estimado por los sabios pues era ducho en filosofía, matemáticas yartes manuales. En definitiva, el hombre perfecto para comandar la Guardia Real de Dlounen pocos años. Hasta que un día… un soleado día de primavera…se marchó.

Pidió el exilio voluntario a la Reina, y esta, como era sudeber, no pudo rechazarlo. Tontas costumbres arcaicas pensó… pero hay quecumplirlas. En la vida de un guerrero Dlouano solía ser normal pedir el exiliovoluntario para curtirse en todas las artes posibles y así volver máspreparado; y servir al reino. Tenían para elegir varios destinos. Como porejemplo Daosh, famoso por sus grandes pintores como Rafael o escultores comoMiguel Ángel (autor de la estatua en mármol del legendario Fenrick, quegobernaba el portón principal de Dloun). Más alejado, bordeando el océano, sesituaba Ocram. En este lugar cualquier soldado aprendería técnicas de combateextraordinariamente eficaces para la lucha sin armas. Muy útiles cuando elacero no está bien forjado. Además la belleza de las mujeres de la ciudad hacíaque Ocram fuera de los lugares más solicitados. Pero, sin duda, donde todosdeseaban pasar un tiempo era en la isla de Gal. Allí se encontraba el hombremás curioso (e inteligente) que la humanidad conocerá nunca: Leonardo. Tratadode genio por muchos y de “viejo chiflado” por otros tantos, se trataba de unanciano que vivía solo en su taller en el pico más alto de la isla; bajando aésta solo para dar pequeñas conferencias sobre la estrategia en la batalla.Esta excusa era la que servía a los jóvenes para visitarlo, pues eraconsiderado el mejor estratega en todo el Mundo conocido. Ahora, el que iba averlo era por otro motivo bien diferente. Este brillante personaje seconsideraba inventor y, por sus logros, cualquiera podría corroborarlo. Dicenlas malas lenguas que, en días de viento, lo habían visto surcar los cielos abordo de una máquina alada; o, a veces, mediante el uso de unos extraños polvosnegros, lo vieron destrozar una roca gigantesca. Pero claro, todo esto teníaque hacerlo con cautela pues ya se sabe que los Arcángeles y gentes de Dios, demente cerrada la mayoría, eran de lengua fácil; y de eso a ser acusado deherejía iba un paso.

– Pero, ¿por qué se marcha mi soldado más prometedor? – lepreguntó la reina. No tuvo respuesta.

-¿Por qué ahora? ¿Por qué pasados los veinte años de edad sequiere ir, si antes ni siquiera había imaginado la idea? ¿Por qué deja a suprometida, mancillada ya, si sabe que ahora tendrá muy difícil volver aencontrar pareja? ¿Por qué, Dariem, abandonas a tu madre y hermanos sindespedirte?

Como antes…su única respuesta fue el silencio.

La respuesta obtuvo su solución la noche anterior, cuando sufutura esposa dormía junto a él en el lecho, plácidamente, tras haber hecho elamor. Sus gratos pensamientos se mezclaban con el olor a flores frescas queemanaba del cuerpo de su prometida. Sabía que faltaban pocos días para elquinto aniversario de la muerte de su padre: Lont Agila. Aunque este encontróla muerte de forma dolorosa y poco honorable, (la peste acabó en poco tiempo sutrabajo) murió feliz por dejar el recuerdo de un hombre honrado y luchador; yun legado envidiable. Cuando el sueño parecía vencer a Dariem oyó a alguientocar suavemente la puerta. Agitado se colocó el calzón torpemente debido a laoscuridad y, a tientas, salió del lecho. Cruzó el comedor y entreabrió lapuerta. Tras ella vio a una anciana…una anciana que cambiaría toda su vida.

Enjutada en un polvoriento traje negro hasta los tobillos,se presentó ante él la extraña. Tenía la espalda encorvada y utilizaba unaespecia de cayado para caminar, no sin problemas. Sus manos y su cara eran lasúnicas partes de su cuerpo expuestas a la luz y se antojaban (pues la noche erade luna menguante) arrugadas como en pocos humanos había visto. Su cabellototalmente canoso estaba coronado por un pañuelo de tono entre marrón y rojizo.Los dientes brillaban por su ausencia – salvo uno que bailoteaba en la parteinferior de sus encías – y un peludo lunar en la parte siniestra de su carahizo que Dariem la identificase con las brujas de cuentos infantiles. Por susdotes, el hombre se daría cuenta pronto de que no iba muy desencaminado.

-¿Qué quieres a estas horas, anciana?- preguntó.

– ¿Eres Dariem? – musitó la anciana casi como un susurro.

– Si lo soy. Dariem de la familia Agila de Dloun – reafirmóél.

– Eso lo tenemos que discutir… nieto mío – sentenció aquellamujer misteriosa.

Tras estas palabras ella alzó la mano, colocando la palma deésta hacia arriba. Dariem pudo distinguir unos polvos verdosos en ella pero nopudo reaccionar cuando la mujer los sopló contra su rostro. Acto seguido empujóal hombre hacia dentro del hogar y cerró la puerta a su paso. Dariem cayó debruces al suelo y cuando intentó levantarse notó como sus músculos yarticulaciones no le respondían, estaba paralizado. Pudo oír como la viejaentraba al cuarto donde antes yacía junto a su prometida y como ésta daba unpequeño grito de sorpresa. Acto seguido la anciana salió, cogió, no sindificultades, el cuerpo inerte del muchacho y lo sentó en la silla de maderaque presidía la mesa.

– No te preocupes querido, le he echado una fragancia dehongo rojo que la hará dormir plácidamente toda la noche.

Él no dijo nada…no podía.

La anciana se deslizó hasta la chimenea aún encendida, cogióuna jarra, la lleno de agua y posteriormente le echó unas hierbas. Una vezcaliente vertió el pestilente potingue en una taza, la puso en la mesa ysuavemente, como un susurro, se sentó enfrente del perplejo hombre.

-Tranquilo hijo, el efecto de las sustancias que os headministrado durará unas horas. He tenido que hacer esto pues sino no mehabrías escuchado y lo que tengo que decirte es tan importante, que necesitoque me prestes toda tu atención. – Le explicó.

-Ahora, abre bien los oídos, pues no tengo mucho tiempo. Soyvieja, muy vieja y la muerte está cercana. De hecho esta noche la parca, porfin, vendrá a por mí y yo la acogeré serenamente entre mis brazos. – Comentótristemente.

Dariem apenas hacía esfuerzos ya por moverse. La maldita lehabía engañado como a un crío. Menos mal que, aunque desequilibrada, parecíainofensiva y cada vez temía menos por la vida de su amante y la suya propias.Decidió oírla pues no tenía otra opción.

Ella prosiguió su monólogo.

– Soy tu abuela, pero ni soy madre de María Agila, ni soymadre del valeroso Lont Agila…la pareja que te acogió como hijo suyo. Verás tevoy a contar una historia; una historia que sucedió hace unos treinta años.

Tras esto la mujer dio varios sorbos pequeños al pestilentepotingue y continuó hablando:

– Tras la gran guerra contra los demonios, como sabrás, lahumanidad volvió a su cauce. Obedeciendo a Dios, Fenrick destruyó y dividió la Espada Sagrada entres partes. Por los servicios prestados la Reina de entonces, le condecoró como Héroe Mayorde Dloun; siendo este cargo especialmente creado para él y cuyas funcionesbásicamente consistían en ejercer de jefe de la guardia personal tanto de lamonarca, como de palacio, como de todo el reino. Tras ella, Fenrick seconvirtió en la persona más importante e influyente de Dloun. Los primeros añosde esta especie de “reinado compartido” fueron espléndidos, pues el hombre sedestacó, más que como militar o estratega, como político manejando lascuestiones más puntiagudas de palacio; (económicas o sociales) con gransolvencia. Se reunía en numerosas ocasiones, con gobernantes, reyes yjerifaltes de reinos amigos. Todo esto hizo que se fuera uniendo cada vez más ala soberana y, unos años después, los dos –ya en edad madura- se casaron ytuvieron dos hijos. Primero, un fuerte varón al que llamaron Fenrick II; y, alpoco tiempo, una preciosa niña, que resultó ser madre de la actual Reina Trisha.–tras esto la anciana hizo una pausa y echo otro trago de la infusión.

Dariem mientras tanto oía lo que le tenía que decir, aunqueesa historia la sabía; de hecho en la escuela se le enseñaba a todos los niños.

La mujer frunció el ceño y continuó.

– A pesar de ser el primogénito, el muchacho sabía que nuncapodría llegar a tomar el mando de Dloun; pues –como sabrás- en este reino esuna tradición ancestral que gobierne una mujer. Así pues, tras la muerte de lospadres, Fenrick II quedó (como su progenitor) a la sombra de la monarca. Alprincipio, al igual que con sus padres, los dos asumieron bien sus funcionescorrespondientes. De buena gana el muchacho se convirtió en el brazo derecho desu hermana…pero el hombre, como humano que es, cambió con el tiempo. Como decíael que fuera hombre honrado, valiente y justo se fue convirtiendo, debido a loslujos, a la avaricia y al vino, en un déspota. Subía cada vez más los impuestosa los ciudadanos, bajaba la cuota de trigo por cabeza y apresaba a todos aquellosque contrariaran sus órdenes. La reina trataba de controlarlo y ya, al final,pensó en despojarle de su cargo. De hecho un día hubo en palacio una grandiscusión, Fenrick II estaba borracho y su hermana le recriminaba el habersubido de nuevo los impuestos para ensanchar sus bolsillos. Éste harto de lasnuevas quejas de ella y debido al vino le propinó una bofetada. Los consejerosdel reino lejos de ayudar a la agredida, cuchichearon entre ellos, algunosincluso rieron. El maldito los tenía comprados. No acabó la cosa en eso puestras esto y cuando ella se retiró a llorar humillada a su habitación, el cerdola siguió y la violó. A su propia hermana. Los celos acabaron por desquiciarlo.La única que consolaba a la mujer esos aciagos días, fue su asistenta personalde aquel entonces, una adolescente con una docena de años…mi hija Sonia – lamujer paró de nuevo y su mirada se perdió en la lumbre de forma melancólica.Dariem intuyó que esos recuerdos le causaban dolor, aún así ella siguiócontando su historia.

– El tiempo transcurrió despacio y, la que antiguamente erala máxima responsable del Estado se convirtió en una marioneta desautorizada enmanos del tirano. No volvió a abusar de ella nunca, pues aunque su locura eramáxima en algunos momentos, tenía cierto temor a lo que el llamaba “la ira deDios”…al maltratar a una de sus siervas más leales. No obstante, su apetitosexual tenía que saciarlo de alguna manera y Fenrick II, por destino, o porhumillar más aún a la soberana, se encaprichó de la única amiga verdadera deésta; Sonia.

Dariem observó tristemente como la anciana se emocionabacada vez que su hija aparecía en el relato. Ya no trataba de moverse, laspalabras de la mujer parecían sinceras, aunque la historia no podía creerla.Ella tragó saliva y prosiguió.

-Un mañana la reina se fue de cacería con sus homónimos deOcram, como es costumbre en verano. Fenrick II no pudo acompañarles, pues habíaalegado que la cena de la noche anterior le sentó mal. Sorprendentemente, puesel día amaneció muy soleado y caluroso, empezó a llover fuertemente. Este hechoaceleró la vuelta de las dos monarcas y sus séquitos al castillo. Entró en elsalón principal y lo primero que hizo, como siempre, fue dar orden para quellamasen a mi hija y le ayudara a ponerse el vestido para el almuerzo. Ledijeron que no estaba, que el señor la había mandado llamar a sus aposentos. Enese momento la reina intuyó lo peor. Podía ver las miradas lascivas que elbastardo le echaba a la niña pero pensaba que nunca sería capaz de hacerle nadamalo – por lo menos hasta que ésta creciera. Subió rápidamente las escalerasprincipales y entró como un torbellino en la habitación de él. La cama estabadesecha pero no había nadie en el habitáculo. A continuación fue a la celda dela criada, vacía. Miró en alguna otra habitación de invitados que Fenrick IIhabía utilizado a veces para sus escarceos amorosos, nada, tampoco. Más calmadadecidió volver a sus aposentos y cambiarse de ropa; quiso convencerse a símisma de que la chiquilla estaría visitando a su madre y él estaría realizandocualquier maldad por ahí. Cuando abrió, suavemente, la pequeña puerta de suhabitación la escena fue dantesca. Sobre su propio lecho, donde antes habíasido ultrajada, Fenrick, totalmente desnudo, se movía frenéticamente encima deljoven cuerpo de mi Sonia. Ésta tenía su pequeño camisón de noche blanco; aunquepor algunas zonas del vestido se podían ver manchas rojizas –seguramente desangre. La chiquilla estaba tumbada boca arriba, con la mandíbula desencajadapor algún mal golpe. Los ojos desorbitados miraban al techo de formainexpresiva. Parecería que no sentía dolor alguno sino fuera por un pequeñodetalle: sus pequeñas y huesudas manos agarraban con fuerzas las sábanas cadavez que el violador le propinaba un embite. Ninguno de los dos, víctima yverdugo, se dieron cuenta de su presencia.

– La reina salió de la habitación. Tranquilamente, como sino hubiese visto nada, fue al pequeño armario situado en una esquina delvestíbulo superior. Abrió el primer cajón y de él saco una pequeña daga que lehabía sido regalada en uno de sus innumerables viajes. La cogió y con pasofirme volvió a la habitación de los horrores; y, sin mediar palabra,silenciosamente, clavó el cuchillo en las costillas de su hermano. Este emitióun gritito y, al instante expiró. Como después me contaría la monarca, Sonia secomportó como la mujer valiente que era. No chilló ni lloró, solamente apartó,con sus débiles manos, el gran cuerpo del violador de encima suya; cayendo elcadáver de boca en la alfombra. Más tarde mi hija le confesaría que Fenrick IIla había ultrajado en numerosas ocasiones el último mes, pero que amenazaba concortarle el cuello a ella y a la reina si le contaba algo a ésta. La soberanala abrazó con cariño y compasión, y le mandó lavarse y vestirse. Cerraron lahabitación con llave y, mientras ella fue a atender a los invitados, le dijo aSonia que fuera a mi casa a buscarme; pues era la única persona de confianzaque no tenía nada que ver con la gente de palacio.

– Llegamos por la tarde, cuando el sol comenzaba aesconderse. Las dos me explicaron lo sucedido momentos antes. Durante unosminutos no pude más que abrazar a mi hija y llorar con ella. A pesar de laprofunda tristeza y rabia que sentía tenía que hacer algo. Ellas como asesinasy yo como cómplice podíamos ser sentenciadas a muerte. Sin excusa. Se meocurrió un plan. Lavaríamos a Fenrick profundamente (labor que me resultósumamente repugnante) y le vestiríamos con su ropaje de cama. Mientras, mi hijacogería tierra roja de la despensa de palacio, pues yo sabía que ese tipo dearena sirve muy bien para disimular los cortes; aunque también sabía que unotan profundo era imposible de esconder. Lo hicimos y todo resultó. – La mujerhizo una pausa y tomo otro sorbo del brebaje. Dariem no podía dar crédito a loque estaba oyendo. A él, como a todo el mundo en Dloun, le aseguraron queFenrick II falleció plácidamente mientras dormía. Los maestros de historia lescontaban que Dios se lo llevó consigo para que fuera su mano derecha en losReinos Celestiales, ya que sus labores terrenales eran demasiadoinsignificantes. Ya entendía porque, aunque se le enterró con todos los honores(como si de un monarca se tratase) la reina de entonces, ordenó no estudiar sucuerpo inerte para no deshonrar su memoria. Interesado siguió escuchando laspalabras de la anciana.

– Meses después la reina dio a luz una linda niña de nombreTrisha. Al no tener marido ni conocérsele amante alguno, la gente comentaba.Raudos los altos poderes eclesiásticos gritaron a la masa que el bebe era unregalo del cielo; que Dios había puesto su semilla en el vientre de la virginalsoberana. Triste lo sé, pero como siempre el pueblo creyó las palabras de laiglesia, cual rebaño sigue a su pastor. Las pocas voces discordantes fueronacalladas de forma, digamos, poco ortodoxa. Poco tiempo después, mi hija, unaescuálida muchacha de trece años, dio a luz también. Pero este nacimiento seprodujo con circunstancias totalmente diferentes. La reina, cuando comenzó anotar los síntomas del embarazo de Sonia la mandó a vivir conmigo. No podíapermitirse un escándalo de ese tipo en la corte, pues una menor preñada solíaser una pobre furcia dedicada al oficio más antiguo del mundo. La lectura queyo saque en su momento, fue que la monarca volvía a tener poder y ya nonecesitó el apoyo, que antes tanto le ayudo, de una chiquilla con problemas.Por lo que la despidió y le dijo que sería mejor que no se vieran más para nocomprometer al reino. Hijo, – se dirigió a Dariem mirándolo a los ojos- hazmecaso en esto, los mayores males del hombre son tres: la vanidad, el egoísmo yla avaricia. Debes saber pues, que en los poderosos, sobre todo, estos trespecados se acentúan.

Palabras sabias pensó el oyente. Ella mientras proseguía suparlamento.

– Como te decía, me quede con mi hija en la ciudadela. Peroclaro, por muchos corsés y disimulos que se pusiera, en una muchacha tandelgada, era imposible disimular los síntomas del embarazo. Las malditasvecinas comenzaron a cuchichear, y si esas habladurías llegaran al SantoTribunal, tendríamos problemas. Opté, por tanto, en mudarme con ella al bosque.Fueron buenos tiempos los que pasamos juntas, hasta el día en que dio a luz.Era una noche calurosa pero húmeda; típica de los primeros días de primavera.La fiebre de la primeriza subía sin parar y yo, como pude, la fui tratando conpaños mojados y tisanas. Era demasiado joven y sin la ayuda de un médico osanador sufriría mucho. Al rato y, tras pasar muy malos (y doloridos) momentos,un lloroso niño brotó del vientre de mi hija. Se le veía fuerte y saludable,con unos mechoncitos morenos en la diminuta cabeza. Lo cubrí con trapos y loapreté contra mi pecho. Se lo mostré a Sonia pero ésta no pudo verlo – laanciana tragó saliva- pues había muerto. No pudo resistir tanto dolor. Nolloré, no había tiempo. Había que pensar que hacer con el pequeño. Yo no podíaquedármelo, pues apenas tenía recursos suficientes como para mantenerme yomisma. Podía trabajar en la ciudad, pero nadie daría empleo a una mujer maduracon un hijo ilegítimo bajo el brazo. Solo me quedaba una opción, una opcióncobarde. Tres noches después del alumbramiento, tras haber enterrado a mi hija,fui a la ciudad al caer la noche. Me acerqué al monasterio situado al norte ydeje, en la puerta, una cestita de ébano con el bebe en el interior. Tras estevil acto, me refugie en la tumba de mi hija, donde lloré por varios días. Añosdespués me entere de que una familia de buena alcurnia había acogido al niño. –en ese momento los cansados ojos de la mujer se posaron sobre los de Dariem; ysentenció con voz grave:

– Por cierto, Sonia quería llamarlo Ferro, como su difuntopadre; pero la familia que lo adoptó le puso Dariem; Dariem Agila.

Esas palabras se clavaron como puñales en los oídos delmuchacho. No podía creerlas pero era evidente que su interlocutora no estaba mintiendo.Descubrir embusteros era una prueba a la que te sometían los altos cargos desdemuy joven y el la había superado siempre. Tenía muy buen ojo. Además, pensó,que quizás por esto era por lo que su aspecto físico era tan diferente al desus padres y hermanos. Mientras que todos sus familiares eran de pielblanquecina y ojos claros, él había lucido desde pequeño una piel tostada yunos ojos oscuros típicos de lugares de costa. Otro punto que hacía que creyesela historia era, sin duda, que la vieja le resultó familiar en cuanto cruzó lapuerta. Una vocecita interior le gritaba que la conocía de algo. Pero eso eraimposible, era un bebe cuando la vio por última vez.

-No quería contarte esto hijo –seguía hablando pero mirandola jarra esta vez. No tenía derecho a amargar tu existencia con un pasado tantormentoso. Pero, como te he dicho antes, hoy es el día de mi muerte y no podíadejar caer en el olvido la memoria de mi hijita. Dariem –era la primera vez quelo llamaba por su nombre- tu serás poderoso en esta vida. No seas como ellos,lucha por la justicia y por la verdad; y no dejes que nunca vuelva a pasar loque le paso a tu madre. Hazlo por ella, que murió alumbrándote y que en susúltimos días de vida mostró por su futuro hijo más amor que cualquier criaturaen este mundo.

Ahora, sin más, me voy a reunirme con ella. Años lleva mitumba preparada para acogerme. Solo me ha faltado el valor que he tenido estanoche. Venir a tu casa y contarte la historia; mientras bebo este brebaje queme reportará una muerte dulce –dijo esto último señalando la taza.

Acabó la historia y se levantó de la silla lentamente. Dejólos trastos que había utilizado en el poyete y metió la silla bajo la mesa.Dariem la observaba mientras pululaba de un lugar a otro de la salita.Finalmente, se acercó a él, le dio un cariñoso beso en la frente y se marchó.Justo cuando salía por la puerta, se giró y le hablo por última vez:

-No te olvides hijo. Sé justo con todo el mundo, pero sobretodo con los más desfavorecidos y recuerda a tu madre. –salió por la puerta yse fue para siempre.

Al día siguiente y tras darle vueltas toda la noche, Dariemse despidió de la que hasta la noche anterior fue su prometida. Le dio una malaexcusa y fue a la casa familiar. Allí preguntó a su madre sobre su procedencia.Tras un rato logró sonsacarle la verdad; no era su madre biológica. No sabíacual era su familia. También se despidió de ella y se marchó a hablar con lareina Trisha. Tras pedirle (más bien exigirle) el exilio atravesó el portón surcon su espada, su escudo y algunos utensilios que le pudieran servir en losinhóspitos caminos. No tenía rumbo ni destino. No le hacía falta. No leapetecía servir al reino que abandonó a su madre. Solo quería venganza, pero noera tan cruel como para unirse a los enemigos de su patria, en la que habitabantantas personas que le habían ayudado y querido. Todas estas ideas de venganzay muerte nublaban su pensamiento; y lo nublarían varios meses mientras caminabaen solitario por todo Dloun.

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Hacía mucho frío. Sus huesos se helaban y sus músculos seencogían mientras todo su ser tiritaba acompasadamente. Habían pasado variosmeses y el invierno lo había alcanzado en “Los Dientes”; montañas conocidas porsus duras nevadas y escarpados picos. No se dio cuenta ni de lo que tardó enllegar allí; ni como llego; ni a que altura se encontraba. De hecho no sabíahacia donde caminaba desde que salió de la ciudad. Su mente estaba en otrosmenesteres y, a veces, se encontraba con un animal recién cazado entre manos,sin saber como llegó a ellas. Decían, los ancestrales hechiceros, que el mayormal que se le puede hacer a un hombre no reside en el aspecto físico; más bien,el dolor más tormentoso, suele acaecer en el intelecto. Las facultades mentalesdel, otrora guerrero más prometedor de Dloun, eran pésimas. Andaba como unzombi entre gente sin, ni siquiera, prestarse al saludo o a la ayuda, en ciertocasos, que le había sido solicitada. Pasaba días y noches sin dormir y sinprobar bocado. Su cuerpo, anteriormente cultivado y cuidado, se mostrabadesdeñoso. Lo que antes era una musculatura remarcada, se convertía ahora en unconjunto de huesos pronunciados. Su cara estaba totalmente demacrada siendo susojeras el significado mismo del cansancio. Cuando se disipaba un poco la nieblaque nublaba su razón, en sus breves momentos de lucidez, no se explicaba comoseguía aún con vida. No se había encontrado con saqueadores o con bestiassalvajes; lo que era verdaderamente extraño, teniendo en cuenta lo numerosasque resultaban en las laderas de esas montañas. Parecía como si una fuerzasobrenatural lo fuera empujando por un sendero, esquivando todos los obstáculosde su camino. Esa fuerza le estaba impidiendo alcanzar el objetivo deseado: lamuerte; maldita.

Seguía tiritando y medio mareado. No podía afirmar cuántosdías llevaba sin alimentarse, pero calculó, por encima, una semana. El escudo yla espada pesaban más que nunca pero, como si fueran los últimos enlaces con sutierra, jamás pensó en despojarse de ellos. Se encontraba arrastrándose por unsendero nevado. La temperatura seguía bajando mientras el subía. Se tambaleabadebido al frío y a la falta de comida; pues hacía días que en su camino no sehabía cruzado animal alguno. Los árboles, lógicamente por la época, no teníanfruto alguno. Estaba atravesando uno de sus malditos momentos deesclarecimiento de ideas. Tenía un hambre voraz; hubiese sido capaz de devorara un humano. Tuvo suerte. A varios pasos de él, observó entre algo de malezaque sobresalía de la nieve, como un pequeño conejo blanco bebía algo de agua.Le recordó a uno similar que le regalaron sus padres en su quinto cumpleaños.Su pelaje, blanco radiante, era suave y meloso. Recordó las risotadas cuandomovía fugazmente los ojitos y la minúscula nariz; o cuando las grandes paletasmordían la hierba. Era idéntico, hubiera jurado que era el mismo.

Sigilosamente se acercó al animal. Éste se percató de supresencia por lo que lo miró alertado. Dariem esperó sin moverse un ápice parano asustarlo. Al momento, confiado, como si conociese al hombre, la bestiacomenzó a beber de nuevo. Cuando se giró, el Dlouano prendió el escudo y con unrápido movimiento lo lanzó contra el pobre bicho. Le seccionó una pata, por loque no pudo escapar cuando el cazador se lanzó sobre él. El hambre pudo con larazón. El hombre, salvaje, lo cogió del cuello y, sin compasión, le propinó unfuerte mordisco en el lomo. El desesperado animal gritaba y gemía pidiendo elperdón, como si de un niño se tratase. No lo obtuvo. Dariem de un fuerte tirónle arrancó de cuajo la otra patita, mientras un hilillo de sangre se desprendíade la anteriormente seccionada. Cuando momentos después, al salvaje se leocurrió atacar el cuello, el pobre animal aún se retorcía. En el momento quehubo terminado el festín, siguió su camino. Un poco más arriba encontró unacálida cueva; encendió una hoguera con la poca madera seca que encontró y sedurmió.

Se despertó al amanecer. No sabía cuanto tiempo habíadormido. La niebla seguía en su cabeza. Se observó las manos y las encontróllenas de sangre reseca. Se acordó del conejo. ¿Por qué le había hecho eso?,¿por qué no mostró compasión?, ¿por qué no le asestó un golpe en el cuello paraacabar con su sufrimiento?

– No lo sé. – se dijo en alto a sí mismo.

El día era soleado, aunque el frío seguía latente. Seenderezó decidido a seguir su curso. No sabía adonde, solo que debía continuar.Tomó el camino que había abandonado anteriormente. Observó que su vista seperdía en el zigzag ascendente que formaba el sendero. Andó durante horas,hasta mediodía. Se le antojaba que debía estar ya en lo más alto del “PicoLuna” (la montaña más baja de “Los Dientes”). Oyó una especie de gruñido detrásde unas rocas; soltó sus armas y lentamente se acercó a ellas rodeándolas ensilencio. Cuando asomó sus cautelosos ojos por encima de un recodo, le faltopoco para sufrir un ataque de pánico. La diosa Fortuna le había, por fin,concedido la muerte. Lo que se encontraba detrás de aquellos riscos era, ni másni menos, que un furiah; en su forma demoníaca. Estaba retrepado contra lasrocas. Parecía, a simple vista, extasiado, cansado y hambriento. Era sabido portodo el mundo que, tras “La Gran Guerra”, algunos demonios consiguieron escapar;refugiándose en los lugares más insospechados del mundo. De todas formas, quemejor manera de acabar con su tormentosa existencia que luchando contra uno deestos indeseables. Se alejó lentamente a recoger sus cosas y tras tomarlas seaproximó de nuevo al monstruo. Aspiro profundamente, notando como sus pulmonesse ensanchaban ante la entrada de un torrente de aire puro y fresco. Lo expulsóy se presentó ante la bestia sin más dilación.

-Saludos demonio –gritó con convicción-. Soy Dariem de lafamilia Ag… de Dloun rectifico, y hoy es el día de tu muerte.

El furiah se mostró sorprendido ante el intruso. Debido aesto tardo unos segundos en contestar…

-Un humano en estos picos en plena época de nevadas… Tu Diosdebe de existir, pues acaba de mandarme alimento, jejeje.- reíadesconsideradamente.

– No me manda Dios para alimentarte. Me manda para enviarteal abismo por siempre -dijo esto mientras se fijaba mejor en el contrario. Suaspecto no era mucho mejor que el suyo; parecía que los dos habían pasadomuchas fatigas últimamente.

-Vaya, eres muy pretencioso. Bueno llevo días buscandocomida en estos malditos parajes, pero ya sabes que escasea. Tu me serviráshasta que encuentre otra cosa más apetecible – dijo esto mientras lo miraba deforma distraída. Has de saber que tu aspecto es deleznable y como guerrerodejas mucho que desear. Serás un bocado indigno para mí.

Dariem sabía que ya no había vuelta atrás. La suerte estabaechada y su muerte era más que segura. Nunca ningún hombre había derrotado, porsí solo, a un Furiah. Eran precisos, al menos diez, para derrotar a uno.Además, como decía el monstruo, estaba muy demacrado y débil; con toda certezamoriría aquel soleado día. Se preparó pues, para recibir a la parca.

Por un lado, el furiah, en su forma demoníaca. Dos metros ymedio de bestia sanguinaria. Gruesos brazos rojizos terminados en unas enormesgarras. Zarpas, que con el simple roce en el cuerpo humano resultaban un venenomortal. Sus dientes sucios y afilados estarían pronto devorando el pequeñocuerpo del humano…

…Por otro lado, acero. En su mano izquierda, un escudoredondo con un águila en bronce incrustado en él. Resistente, muy resistente,para un brazo poderoso, claro; no para el que lo iba a utilizar ese día. En ladiestra, una espada grande pero ligera. Maniobrable al cien por cien. Forjadapor los mismos herreros que fabricaban las armas celestiales. Afilada siempre.Dispuesta, en todo momento, para sesgar vidas demoníacas.

Era la hora del combate y, como toda gran batalla, el cielose encapotó por completo. Lo que segundos antes era un cielo azul rematado conun sol radiante; se había convertido en un instante en un cúmulo de nubes, queamenazaban con la mayor tormenta existente. Uno enfrente del otro; hombre ybestia. Golpeo primero el demonio. El escudo aguantó bien la embestida; elbrazo aguantó menos bien. Un hueso crujió; el hombro desencajado. Solía pasarlea Dariem cuando llevaba tiempo sin luchar, no obstante lo aguantaba bien.Contraatacó el humano. La espada fue a parar contra las putrefactas zarpas. Dañocero. La daga fue repelida hacia atrás, por suerte no se le escapó de lasmanos. El monstruo se abalanzó sobre él, pero pudo rechazarlo con el escudo. Unrespiro para continuar con más fuerza. Una zarpa sobrevuela cortando el cielo,ahora cruje el escudo también. Otro golpe de ese tipo y el águila volará sola.La siniestra del furiah golpea al otro brazo. No le da tiempo a protegersebien, solo a retirarse un poco. No muere al instante, pero morirá pronto. Elveneno entra en sus venas. – Por fin, suspira aliviado. Llegó su ansiada hora.La niebla de su cabeza se disipará en el limbo.

– ¡Humano, peleas como una hembra! –gruñe la bestia. ¡Acabasde morir! Deja que te arranqué el corazón. No sufrirás, lo prometo.

– ¡Escucha bien! –contesta el otro. Yo he muerto, pero noseré el único hoy.

Dariem tira el escudo y cambia el arma de mano. Con un brazoinmovilizado sus posibilidades son menos que mínimas. Al menos sabe manejar elacero con ambas manos. Realiza un corte transversal que el monstruo no espera.Resultado: número de extremidades igualado. El seccionado brazo rojizo va aparar a escasos metros de los combatientes. El furiah grita y patalea como unniño. El insignificante ser que tiene enfrente le ha cogido desprevenido.Furioso se tira contra él. Los dos se revuelcan como uno solo hacia elacantilado. Paran justo al borde. Se levantan dispuestos a acabar con aquello.Dariem nota como la herida del brazo le palpita bruscamente. Lo mira y observacomo se cangrena rápidamente. Tiene que ser raudo si quiere acabar con elmonstruo. Éste está malherido también. Sabe que necesitará varios días paracurar el muñón. Ahora le será aún más difícil conseguir alimento. Esta rabiosoy, por ello, descarga sobre el humano el golpe más violento posible. Éste lopara con la espada; pero el impacto es tan fuerte que ésta sale despedida. Seacabó el combate, sin acero está perdido. El Furiah lo sabe. –Te mataré poco apoco por lo que has hecho, miserable – grita enajenado. Salta sobre élviolentamente. El suelo cruje. Durante unos instantes los dos se quedanparalizados. La cornisa sobre la que luchan cede. Rocas y cuerpos caen alvacío. Dariem sonríe, ha conseguido su objetivo; los dos morirán.

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-Dariem despierta. -Un susurro lejano penetró en la cabezadel hombre.

-Despiertaaaaaaaa –repitió el susurro. Era una suave voz demujer que resonaba como si de un eco se tratase.

Le dolía mucho todo el cuerpo. Estaba tumbado de brucessobre un montón de nieve y matorrales. Giró un poco el cuello. Lo primero queobservó fue su brazo infectado. Seguía cangrenado, pero parecía que la nievahabía parado, en cierta forma, la infección. Miró hacia el otro lado y vio alfuriah. El cuerpo de éste estaba situado encima de una gran roca. La cabeza latenía totalmente destrozada. Por lo que parece se la había reventado en lacaída. Que pena que nadie pudiese ver aquella hazaña. Quedaría a la altura delmaldito Fenrick.

-Ven Dariem. Date prisa. No puedes morir. – De nuevo aquellavoz. ¿Serían delirios suyos?

Se levantó a horcajadas. Se sentía mareado y sabía que teníavarias costillas rotas; al igual que el brazo izquierdo. No obstante había sidopreparado para aguantar el dolor. A su espalda descubrió una pequeña apertura,a lo que parecía ser, una cueva. La voz provenía de allí, por lo que acumulófuerzas y se dirigió a ella. Con sus desnudas manos apartó unos cuantosmatorrales y algunas piedras. Dentro la oscuridad era total. Sin la posibilidadde a hacer fuego para poder ver algo, decidió entrar a tientas. Caminó en línearecta tropezándose varias veces. Cuando hubo andado varios cientos de pasos,distinguió algo al fondo. Había claridad, parecía el final del túnel. Aligerócomo pudo el paso, y en pocos instantes veía claramente, gracias a la luz qentraba.

Cuando llegó a la luz, sus ojos se abrieron de par en par ysu corazón comenzó a palpitar violentamente. No podía creer lo que allí veía.Era como un oasis en ese maldito desierto nevado. Enfrente suyo, un gran lagocristalino era observado por un radiante sol primaveral. La temperatura eracálida y los árboles tenían sus frutas maduras. Los pájaros silbaban yrevoloteaban a su alrededor; mientras varios peces de diferentes coloresjugueteaban en el agua. Un paisaje idílico, pensó Dariem; esto debía ser elcielo o el limbo. Nada más lejos de la realidad, la voz hizo su aparición conla forma de una brillante luz redondeada. El hombre pudo distinguir en ella auna mujer semidesnuda de formas perfectas. Sin duda, aquella no podía ser suDios.

-¿Quién o qué eres? –preguntó extrañado.

-Soy Naturaleza Dariem –contestó la voz de ultratumba.

-¿Estoy muerto ya?, ¿qué es este sitio?

– ¿Acaso has dejado de respirar?, ¿acaso no te duelen lasheridas?

Desde luego que si le dolían. La sorpresa del lugar le habíahecho olvidarse de ellas, pero la maldita voz se las había recordado.

-¿Qué quiere de mí?, ¿por qué no me dejas morir en paz?–contesto amargado.

-Porque no es tu hora aún. No quiero que mueras.

-Esos designios no te corresponden a ti. Le corresponde aDios fechar la muerte de los hombres.

-¿Tu crees que el destino de los hombres está en manos deDios, Dariem? –preguntó curiosa.

-No tengo lugar a dudas. El creador es el que decide cuandonacemos y cuando encontramos la muerte. Si es en batalla, contra las brutaleshordas demoníacas como es mi caso, tendré un lugar en el cielo, a su lado, paratoda la eternidad. ¿Eres acaso una sierva de Satanás?

-Je, je, je –rió la voz. No, Dariem, no lo soy. Ni tampoco de Dios. Soy Naturaleza. Mi existencia es anterior a la de Dios o a la de cualquier elemento del Universo. No soy nada y lo soy todo. Soy el marco en el que se mueve la vida. Soy la esencia pura de la existencia. En definitiva, soy tú, soy los árboles, los peces o los pájaros; soy el furiah que murió junto a ti. Soy todos vosotros y todos vosotros sois yo.

-¿Intentas engañarme, maldita?, ¿cómo puedes ser yo mismo yel furiah asesino que yacía conmigo? –protestó exaltado.

-¿Furiah asesino? Tenía hambre y en ti vio alimento. Intentócazarte pero escapaste de él.

-¿Cazarme? –volvió a protestar en el mismo tono. Quisoarrancarme el corazón de cuajo, para después comérselo.

-¿Acaso no hiciste tu lo mismo con un pobre conejo tiempoatrás?, ¿acaso no lo hiciste para alimentarte igual que él? –dijo sosegadamentela luz.

-No es lo mismo, maldita seas. El hombre caza para podervivir mientras que los demonios solo quieren apropiarse de nuestro mundo ydespojarnos de lo que nos pertenece. –gritaba ya, visiblemente enfadado.

-Dariem, sobre la tierra hay millones de alimentos; notenéis porque cazar. Además, ¿por qué consideras que el mundo es vuestro y node ellos?, ¿acaso en algún lugar está firmado ese contrato? –preguntó curiosa.

-Eso es así porque Dios quiso que lo fuera. Satanás, esepuerco traidor, lanzó sus hordas demoníacas contra sus hijos. Dios tuvo quedefenderse y por ello nos mandó a nosotros y a los arcángeles a luchar contraellas. Tú, que te haces llamar Naturaleza y que crees que todo lo sabes… si tufueras Dios…¿qué harías?

– Si yo fuera Dios las noches tendrían más estrellas. Si yofuera Dios viajaría más a la tierra, para intentar ser hombre; aunque al finalme muriera un atardecer cualquiera. Si yo fuera Dios, el diluvio aún seguiría,para asolar toda esta ruina, llamada mundo; y acabar así, con lágrimas quenunca terminan. Estaría aburrido, pues fabriqué todo en siete días, hace yamucho tiempo; sin saber que hacer ni lo que hacía. Si yo fuera Dios, le tendríamiedo al tiempo, años sin luces y silencio; caminos sin retorno de los días;horas que no se escapan; horas que se suicidan. Si yo fuera Dios, le pediríaperdón al Diablo; Lucifer, que al nacer así fue llamado, y que por negarse aser un criado, –no serviré dijo- al Infierno, por siempre, fue desterrado. Siyo fuera Dios, nunca podría ser Dios. Me marcharía al otro lado de la noche;cansado de mí; cansado de Dios; cansado de hacer sufrir; cansado de vivir; y,más que nada, cansado de estar solo. Si yo fuera Dios, y tú me pidieras mivida… ¿sabes lo que haría? Escucha bien lo que te digo; sin dudarlo ni unmomento, te juro por mí, te juro por Dios, que te la daría.

Ante la respuesta Dariem se quedó petrificado. No había oídojamás tal cantidad de blasfemias. No obstante sus creencias se habían vistoafectadas, tanto por las aberrantes palabras del ser, como por el injustocastigo que el creador había propinado a su madre biológica y, en general, amuchos hombres. Era sabido que Dios había creado al hombre a su imagen ysemejanza, por lo tanto su mezquindad podía ser equiparada a la de mismísimoFenrick II. Recordó, además, las palabras de su abuela sobre los poderosos y nohabía en el Universo un ser con más poder que el Señor.

-Escucha Dariem –susurró la voz cariñosamente. Dios fue elcreador y por ello merece vuestra admiración sin duda. Pero también fue elcreador de Satanás, el cual se reveló como sabes. Por lo tanto es parteimplicada en esta guerra. Comprende que se ha excedido en su papel. Debiera sersimple observador de vuestros avances y acoger vuestra alma en su regazo, sipiensa que lo merecéis. No es de recibo que mande a sus guardianes celestialesa combatir en una guerra en la tierra, con las víctimas que supone para esta.Animales, árboles y humanos estáis muriendo antes de lo debido. Esto esabominable y tú lo sabes. Piénsalo. Debes cortar esto Dariem. No permitas queDios o Lucifer se mezclen con los humanos antes de tiempo. – pidiódesesperadamente.

-Pero, ahora mismo estamos en paz. No hay ninguna guerra–protestó él.

-La habrá Dariem. Dentro de un tiempo la habrá. Y, cuandoacabe esa, vendrá otra. Y después otra más. No parará nunca. Si no haces algo.

-¿Por qué?, ¿por qué me corresponde a mí una misión tan importante?

-Es sencillo Dariem. En tu corazón siento odio. Odio hacialos demonios, claro; pero también odias al hombre y, dentro de ti, odias aDios. Necesito a alguien que sea neutro en esta guerra. Alguien que acabe conel diablo y alguien que mate –hizo una pausa-, a Dios.

-¿Cómo pretendes que haga yo eso?, ¿cuántos castigos, a mimuerte, me esperan por hacer eso?

– Eso es sencillo. Cierra todos los portales de comunicacióncon el cielo y el infierno. Destruye a los hechiceros que permiten la entradade seres de otras dimensiones. Habla con el mundo y dile lo que yo te he dicho.Si eres justo y valeroso te entenderán. Y, lo que es más importante, cuandollegue tu muerte, Dios, como padre tuyo que es, te perdonará y te acogerá en suseno; porque tu tarea es digna de un héroe.

La neblina que acosaba la mente de Dariem se disipó porcompleto. Aquella voz, tan suave como maldita, tenía razón. Cuanto sufrimientohabía sobre la faz de la tierra por culpa del altísimo. Si hubiera sido justo,Satanás estaría a su lado y el mundo sería apacible. Podía morir en aquelmomento y seguramente fuera a parar al cielo; donde la eternidad, y sus seresqueridos, estarían con él eternamente. Pero en la tierra la gente seguiríasufriendo y muriendo. Estaba decidido pues, y por ello contestó a la voz.

– Tu, Naturaleza, me has abierto los ojos y has disipado miniebla interior. Haré lo que me pides. Iré al castillo de Dloun y reuniré gentepara buscar los portales y a los hechiceros. Convenceré a estos con tuspalabras.

– No Dariem. Ahora no es el momento. Acabas de exiliarte detu ciudad y te tomarían por loco. Sé paciente. Viaja por el mundo y aprende.Aprende a luchar mejor; pero también aprende de la gente y de tu entorno, todolo que los libros no puedan enseñarte. Cultivaté en todas las materias, inclusoen la brujería que tanto temes. Y, cuando cumplas veintiocho años, vuelve a tucasa, pues allí recibirás una tarea que te servirá para cumplir tu misión.Busca el objeto que te digan y úsalo para acabar con esta batalla de una vezpor todas. Ahora, bebe del agua del lago; repondrá tus heridas y curará elveneno; recoge tus armas y vuelve al mundo a aprender.

Raudo, pues el dolor se tornaba insoportable, Dariem seagachó delante del agua cristalina y dio dos pequeños sorbos. Al instante notócomo su cuerpo recobraba su fuerza vital .Su brazo, segundos antes cangrenado,ofrecía ahora un color muy saludable. Se levantó y se dirigió por última vez ala luz.

-Debes saber que a ti te debo la vida, tanto física comomental. Lucharé por hacer del mundo un lugar mejor. Adiós Naturaleza.

Y el hombre se giró y entró de nuevo a la cueva. Encontró suescudo y espada y comenzó a bajar la montaña. Su primer destino sería la ciudadde Cand. El sol se apagaba mientras, a contraluz, el hombre era observado.

-Sé fuerte pues te espera un camino tortuoso. ¡Oh Dariem de Dloun hijode Naturaleza!


Aquí un comentario del autor original, después de haber posteado la primera versión de este capítulo:

En primer lugar perdón por la extensión del capítulo. Debeís entender que tenía muchas cosas que contar sobre Dariem y no pude reprimirme 😉 . He pensado que esta historia se estaba convirtiéndo en la típica de el bien contra el mal. Yo esto lo veo muy manido por lo que he querido ofrecer una figura que este en medio de los dos bandos. Esta figura cuando lo hayaís leido vereís que es Dariem. Otra cosa, me he inspirado, descaradamente, en una canción de Los Suaves: "Si yo fuera Dios". Ésta me impacto hace tiempo, por lo que le hago un pequeño homenaje en un párrafo, escribiendo parte de la letra en él. Es un gran disco que os recomiendo. Bueno, espero que os guste el capítulo y que no me tireís muchas piedras. Lo de Agila es por el nombre de un disco de Extremoduro.