Padre Nuestro (pendiente la 2ª parte)

Queridos lectores, he aquí una obra que, alguna vez, tuve destinada a publicar en el concurso de relatos dentro del foro de literatura; pero, por ciertas adversidades, no pudo ver la luz en su momento. Hace algunos retomé la idea de terminar el escrito con sus 3 partes (por ahora sólo publico la 1ª parte).

La 2ª parte será publicada en octubre, al regreso de mis "vacaciones"; perdonen las molestias.


Padre Nuestro

Cuántas veces no habré oído “Padre Nuestro… no nos dejes caer en la tentación y libramos del Mal”; infinidad de sacerdotes, devotos y arrepentidos pecadores se han hincado frente a mí para elevar alguna plegaria, hacer algún rezo o benévola oración… pero la gran mayoría de ellos lo hacía sin fijarse en sus propias palabras: “perdona nuestras ofensas así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden” decían ellos, pero en sus corazones reinaba la envidia, el rencor y el odio… ninguno de esos hipócritas merecía el perdón y ninguno lo recibía.

He vivido tantas historias como estrellas hay en el cielo; recuerdo la de un padre, algo que sucedió una fría noche de invierno hace 15 años. El padre se hallaba rezando el padrenuestro, lo hacía sin poner atención a sus palabras y con la vista fija en las elegantes puertas del templo donde se hallaba; yo lo veía todo sin poderle gritar “¡hipócrita, deja de rezar falsamente!”; después de algunos minutos desde que el padre terminó de murmurar algunos rezos, un tenue rayo de luz plateada entró al recinto acompañado de una bella joven.

El sacerdote volteó a verme y dijo “Padre… sabes que la carne es débil”; fue a reunirse con la muchacha, que usaba un traje bastante inadecuado para la época que era así como para el recinto en el que se hallaba. Ambos se abrazaron y besaron con lujuria. Él la llevó hacia sus aposentos y el profundo silencio del recinto se vio roto por el ruido del pecado.

El padre se arrodilló ante de mí después de algunas horas, con la zutana desacomodada y una facha impropia para un sacerdote, murmuró brevemente: “Padre Nuestro que estás en los Cielos…” pero su rezo se vio interrumpido por el eco de las puertas abriéndose violentamente, ante ellas se hallaba una hombre fornido, poco abrigado y visiblemente enfadado. Se aproximó hacia el padre y lo tomó por el cuello, casi a punto de asfixiarlo, al mismo tiempo que le decía con voz iracunda: “¿Dónde está ella, padre? ¡Maldita sea… sé que ella está aquí…! ¡Isabel! ¡Dónde estás Isabel!”.

La joven mujer salió a la vista del encolerizado hombre, mal vestida y despeinada. Él soltó al padre y se aproximó a la joven, la tomó violentamente del brazo y la obligó a abandonar el templo con él. El sacerdote se incorporó tomando aire y le gritó al colérico individuo para detenerlo. Le dijo que la muchacha era libre de estar con quien ella decidiera, palabras que el hombre no toleró y que respondió soltando a la joven, tomando su pistola y silenciando al padre, quien se desplomó cerca de mí.

La aterrorizada joven huyó en cuanto pudo estar fuera del alcance de su opresor. El destino de aquel hombre fue justo, un accidente fuera de la iglesia esa misma noche terminó con sus inmorales andanzas; el padre, ese falso emisario de la palabra sagrada, nunca alcanzó el perdón.


Bueno, ésta es la primera parte de este relato que revela la formación católica que tuve durante buena parte de mi infancia; sus comentarios y sugerencias serán bien recibidos.