Mis participaciones en el concurso mensual de relatos

Desde hace más de un año, Esdrás -moderador del subforo de Literatura– ha organizado la edición mensual de un concurso de relatos donde cualquier forero interesado puede probar suerte y divertirse un rato. Su servidor ha participado en 3 ocasiones en dicho concurso, sin haber obtenido el triunfo en ocasión alguna.

Abro esta entrada para recopilar los relatos con los que he intentado obtener la victoria en 3 diferentes ediciones del concurso, dos del 2007 (abril y mayo) y uno del 2008 (julio). Cabe destacar que el plazo de entrega de la edición actual del concurso se cerrará el día 10, por si alguien desee participar. Bueno queridos lectores, aquí 3 de mis obras del pasado:

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Relatos del mes de…

Un recuerdo perdido

 

El día había amanecido gris plomizo. Salí rápidamente a la calle. Llovía y yo había olvidado mi paraguas. ¿Qué me estaba pasando?¿Cómo había llegado a aquella situación? El tiempo pasaba y ya estaba retrasado.

-Hey, Xavier, ¿mejor nos vamos ya, no lo crees? Ven, yo traigo paraguas, podremos cubrirnos los dos con él- me dijo un rostro conocido.
-Que bueno que al fin has llegado Diego, estaba a punto de tomar un taxi. ¡Maldita sea! Hoy no pude levantarme temprano; ya vámonos que se nos ha hecho muy tarde… ¡Por Dios! Son las 8:01- le contesté viendo aterrado mi reloj.
-Hablamos después, ya súbete al carro. Hoy es el único día en que debíamos llegar media hora antes y creo que vamos llegar una hora después… apúrate.
-Sí, ya voy, esta maldita calle con la desgraciada lluvia no le hace mucho bien a mis zapatos nuevos.
-Apúrate.

Ambos subimos al automóvil; Diego, un colega mío muy estimado, manejó todo el trayecto en silencio y consultando su reloj con frecuencia. Yo hacía lo mismo, fui viendo como el desconsiderado tiempo avanzaba sin piedad… eran las 8:11, 8:14, 8:20… 8:24 y al fin llegamos a nuestro destino: La corporación "Nueva Era", una prestigiosa compañía de investigación sobre el campo de la neogenética y otros temas calificados como "absurdos" o "inútiles"; en los últimos meses, esta corporación había estado desarrollando proyectos "sucios" o no muy bien vistos por la ley; a Diego y a mí nos ofrecieron una gran cantidad de dinero por participar en estos proyectos, la cantidad suficiente para que no hiciéramos preguntas.

Ingresamos al interior usando nuestras tarjetas de identificación y pasando por un escáner óptico (medidas de seguridad "necesarias" de acuerdo con nuestro jefe). Revisé mi reloj una última vez antes de entrar a la sala de juntas y afrontar mi destino: eran las 8:29.

-Bienvenidos Sres. Álvarez y Cabrera, pensamos que habían decidido rechazar nuestra generosa oferta- expresó el director general de la empresa, Eduardo Díaz.
-Perdone, señor, pero dado la gran lluvia que está cayendo no pudimos llegar más temprano- respondí con un poco de torpeza.
-¡Ah! ¿La lluvia es entonces más importante que medio millón de dólares? Ese es un pretexto tonto, Sr. Herrera; pero eso no importa por ahora, ambos tomen asiento que vamos a empezar a tratar nuestros planes para futuros proyectos.

La asamblea duró cerca de una hora, en ella se nos expuso una escalofriante idea: la clonación humana; el propósito de la corporación era hacerla legal, pero para ello debían tener pruebas contundentes que convencieran a las autoridades correspondientes para convertirlo en algo lícito. Los directivos de la empresa no habían encontrado una mejor forma de probar que la clonación humana era eficaz y segura, que clonar a una persona y estudiar su clon por un largo tiempo, claro todo esto sin conocimiento de la ley.

El ambiente se empezó a poner extraño, el aire era difícil de respirar; mi amigo cayó súbitamente sobre el escritorio frente a nosotros, un guardia detrás de él tenía alzada una pistola… oí decir a Eduardo Díaz: "Ahora el otro…" sólo tuve tiempo para voltear a ver cómo un guardia me apuntaba al cuello… escuché un débil sonido de disparo… todo había acabado. Desperté empapado en sudor frío, había tenido otra vez esa nefasta pesadilla que me había estado atormentando desde hacía meses cuando rechacé el trato con Nueva Era acerca de sus planes de clonación humana, medio millón de dólares era una cantidad muy grande, pero no lo suficiente para que yo participara en un proyecto tan loco.

Los días continuaban nublados… era una época de lluvia intensa. Diego y yo renunciamos de la empresa el mismo día que rehusamos el acuerdo; mi colega se había retirado a una ciudad del norte del país para buscar un nuevo empleo; por mi parte, había buscado diversos empleos, pero en todos me habían dicho "no".

Un día bastante tranquilo en el que la lluvia había parecido dar tregua, decidí ir a buscar empleo en los laboratorios "Neo Lab", tuve mucha suerte ese día, quien estaba haciendo las entrevistas de trabajo me dijo que había sido el mejor prospecto desde hacía varios días. Decidí ir a una tienda cercana a Neo Lab, fui a pie ya que no tenía caso gastar gasolina por recorrer escasos 100 metros. Un sonido extraño hizo que me detuviera frente a un callejón, volteé a ver e, incrédulo, observé a un vagabundo con un sorprendente parecido físico conmigo, sólo que parecía que llevaba semanas sin bañarse ni afeitarse el rostro; el extraño sujeto salió corriendo de un momento a otro sin motivo aparente.

No le presté mucha importancia a ese evento; los días transcurrieron y la lluvia olvidó su tregua para dar paso a diluvios torrenciales por las tardes. Yo me hallaba muy feliz desde que me contrataron como biólogo de Neo Lab; era una empresa menos prestigiosa que Nueva Era, pero por los menos no tenía ideas tan absurdas como ésta. De regreso a mi casa una fría noche, alguien me tomó por la espalda y me dijo: "Te soltaré si prometes oírme y no lastimarme, yo no quiero hacerte daño o robarte, sólo deseo que sepas algo de suma importancia".

-Está bien- le respondí yo. Su voz me era extrañamente familiar. La persona me soltó al instante y guardó una prudente distancia.
-Debo decirte algo sobre Nueva Era: el día en que rechazaste el contrato, ellos no aceptaron tal negación.
-¿Qué…? ¿Pero a qué te refieres?
-Tienes una pesadilla donde disparan a tu amigo y a ti dentro de Nueva Era, ¿verdad?
-Sí, ¿Cómo lo sabes?
-Eso no importa, pero debes saber que eso s… ¡AH…! ¡CORRE!

El desconocido sujeto se desplomó en cuanto pronunció esas palabras. Tenía algo raro en el cuello; vi como unos individuos sospechosos y evidentemente armados se acercaban hacia mí, así que no dudé en seguir el consejo del que yacía inconsciente en el suelo. Corrí por varias calles a la luz de una luna llena que parecía ignorar que los callejones eran muy oscuros y debía alumbrarlos. Al fin tropecé en un sombrío callejón; las personas que me perseguían no tardaron mucho en atraparme, eran más de seis por lo que pude ver aquella oscura noche. Uno de ellos me inyectó algo en el brazo, todo se volvió oscuro, el sonido se oía lejano y distorsionado…

Desperté atado en una cama bastante angosta. Una cara desagradablemente familiar me saludó al instante, era Marcos Castellanos, el científico más reconocido dentro de Nueva Era.

-Hola, Xavier, ¿cómo te sientes?
-¿QUÉ? ¡Suéltame de inmediato! ¿Qué diablos están haciendo?
-Cálmate, Xavier, ahora sabrás lo que en verdad sucedió hace un año, aquel día en que creíste que habías podido rechazado a Nueva Era… que tonto fuiste. Ese día, los sedamos a ti y a tu amigo; hicimos el experimento de clonación con éxito en ambos casos; gracias- dijo de forma burlona mi interlocutor-, debido a tu torpeza, nos ahorramos medio millón de dólares e igualmente hicimos el experimento. Habíamos tenido en observación a tu clon hasta hace unas semanas que fue cuando el maldito se escapó; tuvo la suficiente inteligencia cómo para saber qué hacer: alertarte; pero también tenía noción de que te tendríamos vigilado, así que decidió esperar hasta el momento adecuado, y como podrás deducirlo… eligió anoche para encontrarte, pero claro no pudo ser más inteligente que nuestro cuerpo de vigilancia y creo que el resto ya lo sabes.
-Malditos, ¡MALDITOS! ¿Cómo diablos han podido hacer esto? Es una locura.
-No. Es ciencia, ¡ah…! Y no te preocupes por tu familia, no sufrirá por tu ausencia- me dijo el científico, mientras encendía un monitor cercano a nosotros.

Vi una escena que nunca hubiera podido creer real en esas circunstancias: mi familia cenando con un hombre… conmigo.

-Sí, así es Xavier, eres tú y no, esto no es una grabación, es lo que está sucediendo en tiempo real. Bueno suficiente de charlas… debemos tomar más muestras de tu ADN para hacer otros experimentos y ahora que sabes tanto, me temo que este será tu nuevo hogar. Pero tu familia nunca lo notará… si hubieras tenido la suficiente fuerza mental como para recordar lo que te hicimos aquel día, todo esto no hubiera pasado… cuanta diferencia puede marcar un recuerdo, ¿verdad?

 

La daga

La oscuridad nacía en el horizonte al mismo tiempo que el odio terminaba de invadir la totalidad de mi corazón y envenenar mi malherida alma; el frío y un intenso dolor mermaban mis ánimos de trabajar, pero el rencor que ahora habitaba en mí, gritando y clamando por su libertad, me obligaba a seguir con mi arduo trabajo. Del interior de un armario del fondo de mi herrería llegaba el eco sordo de unas súplicas de rescate. Comencé a recordar cómo había iniciado el suplicio que ahora martirizaba mi vida.

Una tranquila mañana semanas atrás, me desperté como siempre. Me bañé con agua caliente; desayuné lo que mi esposa había preparado horas antes y por fin, con un beso en la frente, me despedí de ella. Me dirigí hacia mi trabajo, como de costumbre. Pero, al estar en el umbral de la puerta, ella me detuvo y me dijo: "Hoy saldré con unas amigas, tal vez regrese hasta muy tarde". Yo no encontré objeción alguna contra tal declaración y únicamente le advertí que tuviera cuidado.

Estando en mi herrería, recibí el pedido de un misterioso sujeto: alto, delgado y de facciones que los años habían castigado severamente. Me pidió forjar una daga; pero no cualquiera, según él, ésta debía ser una obra de arte, debía ser elegante e impetuosa, tenaz y de aspecto frágil a la vez. Él me prometió cualquier cantidad de dinero que yo le pidiera si lograba forjar tan maravilloso instrumento tal y como él me lo pedía.

Nuevamente un eco sordo interrumpió mis pensamientos, pero mi trabajo era más importante que cualquier otro cometido. Empecé a evocar los recuerdos de cómo había iniciado mi noble labor. La misma tarde en que ese extraño sujeto había hecho tan peculiar encargo, inicié a realizarlo. Se me había dado la instrucción de que usara plata pura para elaborar la daga; y así principió mi tarea, tomé una lámina de plata y le fui dando la forma deseado; una hoja delgada, de diseño mesurado, pero agresivo a la vez.

Esa noche, regresé un poco más tarde de lo habitual a mi hogar; me sorprendí de no encontrar a mi esposa, pero recordé de inmediato sus palabras. Me duché y, en una hoja blanca, me puse a imaginar los detalles finales de la daga. Cada vez que trazaba una línea, me parecía sosa e inútil; debía elaborar un diseño perfecto, algo único. El sueño me venció pasadas unas horas después de la medianoche.

El ruido de la puerta principal abriéndose me despertó al amanecer. Mi esposa había regresado siendo ya pasado de las 7 de la mañana.

-Pero… ¿dónde has estado Isabel?- pregunté de inmediato.
-Estoy bien, Adolfo, me quedé a dormir en la casa de una amiga porque la noche me sorprendió muy lejos de aquí.
-¡Por Dios! Me tuviste preocupado toda la noche, pudiste haberme hablado.
-Era cerca de la medianoche cuando llegué a casa de amiga, pensé que ya estabas dormido y que hoy podría llegar antes de que despertaras para no molestarte.
-Bien, pero ¿qué has estado haciendo hasta esas horas?
-Sólo salí de paseo con mis amigas, estuvimos recorriendo las calles sin rumbo fijo y nos entretuvimos toda la tarde en una plaza comercial.

La explicación no terminó de convencerme, pero ella había hablado en un tono tan convincente que no tuve más que aceptarla y pedirle que me preparara el desayuno. Partí hacia mi trabajo, un poco tarde ya. Al llegar, empeñé todo mi esfuerzo en crear la más bella e impetuosa silueta para la daga. Debía manipular el metal con sumo cuidado, con una delicadeza casi femenina. El frío viento de principios de invierno se azotaba contra los cristales que daban a la calle, detalle que no me importaba, estaba ya totalmente absorto en mi misión.

Cincelando un fino grabado en la empuñadura por la tarde, la daga se resbaló del yunque donde la tenía y se enterró despiadadamente en mi pierna derecha; sentí una primera sensación de frío absoluto, dado que la hoja estaba a una temperatura muy alta para poder trabajarla; la hoja penetró profundamente en mi muslo, parecía estarme dando una advertencia: "Abandona tu labor. Desiste y salva tu alma". De inmediato un grito desgarrador rompió la tranquilidad de la noche: mi desahogo después de arrancarme la hoja de la daga con gran dificultad y casi por instinto, ya que me desmayé al instante.

Desperté en un hospital, estaba amaneciendo. Mi esposa no se hallaba a mi lado ni había señales de que hubiera estado conmigo por la noche. No podía mover la pierna izquierda y si hacía el más mínimo intento, me invadía un dolor insoportable. Permanecí varios días inmóvil en el hospital, sin recibir visita alguna más que la de los doctores y enfermeras. Mi pierna sanaba lentamente; y, al quinto día de mi estancia en el hospital, mi esposa llegó corriendo ante mí, me abrazó como se le fue posible y me dio un prolongado beso en la frente.

-Mi… amor… ¿cómo ha sucedido esto? No sabía dónde estabas, pero el hospital me avisó ayer por la noche y preferí venir hoy temprano para no importunarte- se disculpó ella.
-Estoy mejorando, podré caminar en unos días; pero ¿qué estuviste haciendo todo este tiempo sin mí? Acaso, ¿hasta ayer en la noche no había notado mi ausencia?
-No, no. Desde la noche en que no regresaste advertí que algo había pasado, pero confié en que estabas bien. Al segundo día, me preocupé más e intenté buscarte con algunos de tus amigos, pero ninguno me supo decir algo sobre tu paradero.
-Ya veo, y me imagino que los siguientes días me estuviste buscando sin obtener resultados positivos.
-Sí, así fue. Me preocupé mucho por ti al tercer día y fui a tu herrería, pero sólo encontré una daga ensangrentada…
-¡La daga! ¿Cómo estaba?
-Eh… tirada en el suelo junto a un cincel, cubierta de sangre y… no vi algo más.
-¿La tocaste? ¿Le hiciste algo?
-¡No! Para nada, sólo me interesaba encontrarte a ti; la daga no me importó.

Le dije a mi esposa que se retirara, ya que me empezaba a doler la pierna intensamente por moverme tanto. Ella aceptó y se despidió con otro prolongado beso; mas aquel beso no me transmitía sensación alguna, no era de amor, más bien de perdón; era frío e indiferente. Después de otros tres días de reposo y abandono por parte de mi esposa, se me fue dado de alta; pero debía utilizar muletas hasta que la pierna no me doliera al caminar.

Regresé a mi casa por la tarde. Mi esposa no estaba, había una nota escrita, parecía que desde hacía días porque estaba empolvada, rezaba: "Estaré fuera unos días. Si regresas a casa en mi ausencia, espero que te recuperes por completo rápidamente. Hay comida de sobra en la alacena. Nos vemos pronto ". Aquella nota tampoco me convenció y me pareció que mentía más de lo que aparentaba.

No tuve más opción que volver a mi fatídica obligación en la herrería. Tomé todas las precauciones necesarias para evitar que el incidente de mi pierna se repitiera. Después de dos días de no abandonar mi labor, la daga empezaba a adquirir la forma deseada: elegante, impetuosa, tenaz y un frágil aspecto que aparentaba su mortal filo. Regresaba periódicamente a mi hogar para cerciorarme de que mi esposa no hubiera regresado todavía y alimentarme también.

Una silenciosa mañana, mientras cincelaba algunos detalles en la base de la empuñadura del arma, sonó el viejo teléfono de la herrería; me pareció extraño, pocas personas conocían el número, y todos los encargos se hacían personalmente. Respondí, era una voz desconocida, sólo me dio una dirección muy cercana a la de mi casa, me ordenó ir ahí lo más pronto posible y colgó de inmediato. Decidí acudir ya que dijo que convenció por completo: "se trata de tu esposa".

La tarde comenzaba a ceder su puesto a la noche, el frío empezaba a dominar sobre el clima agradable. Llegué dificultosamente hasta la dirección que se me fue dada, era un pequeño departamento. Me detuve unos segundos antes de tocar y pude distinguir la voz de mi esposa y la de alguien desconocido. Entré de golpe, sin pensarlo; caí de bruces al entrar, por la debilidad de mi pierna. Pude ver cómo mi esposa se asomaba por una puerta entreabierta y que era precedida por un extraño hombre.

La ira se apoderó de mí, me paré sin reparar en el dolor que me causaba la pierna herida. Saqué la daga que, inconclusa, había llevado conmigo por conveniencia; este crimen no podía quedar impune. Eso sucedió anoche. Hoy, mi venganza se haría realidad. Las peticiones de libertad resonaban más enérgicamente dentro del armario al fondo del recinto. Toda mi atención se centraba ahora en terminar mi obra maestra, aquella singular daga; bella, pero mortal; elegante, pero salvaje.

Era ya más de medianoche, cuando por fin pude admirar la perfección de mi obra, era de una belleza extraordinaria e insuperable. Había llegado el momento de terminar con mi sufrimiento, de borrar el estigma con el que mi esposa me había marcado. Debía borrar todo vestigio y prueba de aquello, de aquel deshonroso evento.

Abrí el armario, una mirada triste y resignada me recibió; me vi reflejado en los frágiles ojos de mi esposa; ya no clamaba por su libertad, estaba exhausta por gritar tanto tiempo y por el incontenible sueño.

-Aquí termina todo, mi amada. No mataré aquel con quien me has engañado, ¿por qué él? Sólo ha sido una víctima de tu crimen, un instrumento nada más. Eres tu quien merece la culpa y el castigo. Debo terminar con esta marca que arde en mi alma; con el dolor tan profundo que me agobia… lo siento, mi amada, tú así lo decidiste…

Sentí el frío metal atravesar mi pecho, fue una sensación infinitamente peor que la de mi pierna. La muerte es un premio, y uno que sólo merecen aquellos que han sufrido tanto como yo. En cambio, la muerte de los seres queridos es una tortura insoportable, una condena que ni el más valiente puede soportar, una tortura con la que tendrá que vivir mi esposa.

Escribo estas líneas desde la tumba, para que conozcan mi historia; para que sean jueces y verdugos de un relato que me costó la vida; una historia de justa venganza, de cruel y redentor castigo.

 

El retrato perfecto

Tienes un lienzo frente a ti, está en blanco: necesita vida, emoción y elegancia. Ves pasar a una hermosa joven por la ventana, ella gentilmente te saluda y se adentra en su residencia; retienes con gran esfuerzo su delicada silueta dentro de tu memoria sedienta de tan bella imagen: ella, hermosa, esbelta, de alta figura, facciones angelicales, ojos de ámbar, labios de lujuria.

En la penumbra de la noche, iluminado por la tenue luz de la deteriorada habitación, trabajas en tu obra, sin importarte nada más; no importa el hambre, el sueño o el dolor de tu brazo, nada supera el valor que podrá tener ese magnífico bosquejo cuando esté finalizado.

Ves el mismo lienzo frente a ti al día siguiente, pero ahora observas una delgada silueta trazada en él; necesita esencia, vida, belleza. Llamas a la puerta de tu desconocida e involuntaria modelo. Ella te recibe cordialmente y te pregunta dulcemente el porqué de tan inesperada visita. Tú le contestas con una irrechazable petición para que pose para tu cuadro. Ella acepta, sin dudarlo, es vanidosa como cualquier mujer.

El atardecer brilla en el reflejo de tus ojos, mas toda tu atención está centrada en un sólo cometido: finiquitar tu obra con belleza, espíritu y perfección. La mujer frente a ti está inmóvil, atenta a cada pincelada de tu mano. Ejecutas finos trazos para plasmar cada parte de su exuberante cuerpo, cada línea, cada rasgo, cada detalle te hace pensar que no eres el adecuado para inmortalizar tal beldad.

Al anochecer, ella se despide cálidamente de ti, te promete volver a la mañana siguiente. No puedes negar la increíble pasión que tan encantadora mujer despierta en ti, es una sensación incomparable; le das un suave beso en la mejilla, antes de que ella cruce el umbral de la puerta y se dirija hacia su propio hogar.

El Sol disipa las tinieblas de la noche… las horas transcurren y tu deber artístico continúa; tu delicada musa posa en la misma perspectiva que el día anterior, con una inocente mirada que te incita a imaginar las más lujuriosas escenas de tu desventurada vida junto a ella. Trabajas incisamente en la que, por siempre, será reconocida como tu opus magna.

Los días pasan, ella posa donde le pides; el retrato se apodera cada vez más de una silueta ajena, se vuelve más humano con cada pincelada… pero hay un abismo insuperable entre ella y la mujer del lienzo, ambas hermosas, ambas angelicales, ambas divinas… pero sólo una es dueña de tu corazón. Cada amanecer, la pintura es más íntegra y cercana a su contraparte de carne y hueso; pero cada noche, la silueta te convence menos, los detalles te parecen más sosos y la labor, imposible.

Sin embargo, pese a tus constantes fracasos en el plano artístico, cada día es soberbiamente recompensado con la espléndida compañía de tu voluptuosa modelo. Cuando notas que a ella le es imposible seguir permaneciendo en la postura que le solicitas, la invitas a tomar un breve descanso… un pequeño momento para intimar con tu sublime fuente de inspiración.

Los breves minutos que te planteas en la mente para relajarte a su lado, se convierten rápidamente en horas de insuperable felicidad… pero tu objetivo aún está lejos de ser alcanzado, debes abandonar la agradable charla con tu angelical modelo y continuar con tu ardua labor. A cada movimiento de tu mano, a cada pincelada en el lienzo, descubres que eres incapaz de reproducir la inocencia y perfección de tu modelo, del ángel frente a ti.

El final de otro placentero día de trabajo llega a su fin, ella toma sus pertenencias y se dispone a abandonar tu morada, pero algo la detiene… parece indecisa; colocas tu mano en su hombro y le preguntes si se encuentra bien, mas ella se limita voltearse súbitamente y besarte con una enorme pasión, cierras los ojos… disfrutas el momento, es una sensación cálida y revitalizante, te crees capaz de hacer cualquier cosa.

Abres los ojos, sabes que la noche fue una experiencia que estará grabada por el resto de la eternidad en tu memoria, algo que ni la más perfecta pintura podría representar… es entonces que descifras el porqué de tu fracaso ante tu inconclusa creación. Volteas a ver a la divina mujer que te hizo vivir realmente después de tantos años de simple existencia, está dulcemente dormida, su beldad es indescriptible.

Te incorporas y buscas algo de ropa para vestir, algo sencillo; corres presuroso hacia el lienzo que te ha mantenido esclavizado por semanas y, al fin, corriges tu magistral fallo. Tus manos trabajan diestramente, cada pincelada es ágil y precisa; cuando la obra está lista para el toque final, haces los trazos finales, finos y minuciosos.

Tu hermosa musa se despierta e, instintivamente, va a buscarte en tu estudio. Ve la pintura y se deslumbra ante tal logro artístico, digno del más empedernido poeta enamorado. La tomas de la mano y van juntos hacia una vida de felicidad y dicha, dejando a su espalda un lienzo en fondo blanco donde se puede leer en letras rojas:

“El retrato perfecto no existe; la mujer perfecta, sí, y será quien alegrará el resto de mis días.”

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Estimados lectores, éste es el fin de una entrada que me ha hecho revivir muy buenos momentos y recuerdos gratos, espero que estas historias -cada una sujeta a las particulares reglas de cada edición del concurso- haya sido de su agrado.