El mejor final (2da parte)

Estimados lectores, con un ligero retraso respecto a lo que les había prometido, he aquí la segunda de de las tres partes de esta historia. Los comentarios de la entrada anterior me motivaron a extender un poco más esta historia en base a la trama que deseo crear, espero que sea de su agrado.

La mayor parte de esta parte no estaba prevista dentro del texto final; sin embargo, vi conveniente explicar de forma más explícita las andanzas de Augusto antes de revelar su mayor crimen. Sin mayores preámbulos, doy comienzo a esta pequeña entrada:


El mejor final

Segunda parte

“La oscuridad de la noche es un velo que esconde tales bestias y peligros que quizá ninguna mente humana ha osado imaginar” pensaba Augusto mientras esperaba que la luz del Sol sucumbiera ante la voluntad de la fría esencia nocturna. El negro manto del cielo sin estrellas era el refugio que Augusto utilizaba para avizorar a las inocentes víctimas que sus malignos maestros le ordenaban día tras día.

Niños, mujeres, hombres, ancianos, débiles… sólo un nombre más en el obituario del periódico del día siguiente. Si la persona era afortunada, quizá el cegado títere de las quiméricas voces de su mente sólo la violaría, cercenaría alguna extremidad o torturaría durante horas sin asesinarla. Vida preciada, tesoro invaluable… condena terrenal.

La imagen de un incólume niño hacía maquinar las más depravadas fantasías a Augusto, cuyas siniestras guías lo forzaban a cumplir imperdonables actos, crueles vilezas: oprobio de los peores asesinos y violadores. Inmerso en el frenesí de sus actos, Augusto era incapaz de controlar sus acciones o intentar oponerse a las más atroces órdenes de sus infernales amos. Hado maldito: suplicio indescriptible.

La noche terminaba, nuevamente la luz del día se oponía ante la feroz oscuridad de la cúpula nocturna. Augusto debía volver a las sombras de lo desconocido y aguardar una nueva noche, nuevas presas que cazar. El indefenso escritor vislumbraba aterrado los vagos recuerdos de sus actos; sin embargo, los malsanos vicios que las perturbadoras voces que resoban en su mente le habían enseñado lo ayudaban a olvidar… redimirse.

Augusto se había refugiado en una bodega abandonada, llena de tinieblas pese a los altos y grandes ventanales que la iluminaban. Después de cometer atroces crímenes, llegó a asesinar por placer; su razón era nula, sólo escuchaba las órdenes de los infernales represores de su voluntad. Paradójicamente, la injusticia cometida se compensa con la justicia recibida, tal y como lo comprobaría Augusto un día de perdición absoluta, una noche de la más perversa inmoralidad imaginable, un momento de lujuriosa tentación.

Continuará…


El fin de semana publicaré la tercera y última parte, queridos lectores, además de explicarles la relación de esta historia con otros proyectos literarios que tengo pendientes. Ésta breve historia es únicamente la introducción a algo más profundo y extenso.

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Nota importante: No publicaré comentarios en mis propias entradas, la razón aquí.

Saludos,
Desmodius.