[Colaboración] Sangre Fresca, por chouza

Ésta, estimados lectores, es una soberbia historia de crueldad que francamente me sorprendió cuando su autor, chouza, me la envió en los primeros días de abril del año pasado -si no mal recuerdo-. Por una gran cantidad de contratiempos y eventualidades, es hasta el día de hoy que podrán disfrutar de esta espléndida historia.

Debo advertir que el carácter y tono del relato puede herir la sensibilidad de algunos lectores, por lo que recomiendo discreción en su lectura. Francamente, considero que la crudeza y severidad de la trama es necesaria para acentuar la idea en que se basa la historia y lograr el magnífico conjunto que publico a continuación:


Sangre Fresca

La luz de la luna se filtraba a través del colorido cristal de la sala de música situada en la torre este de aquella catedral gótica que servía de vivienda a una adinerada familia holandesa que la había comprado y restaurado para convertirla en su residencia. Victoria resucitaba las notas muertas de sus tumbas blancas y negras haciéndolas elevarse sobre el majestuoso cementerio que era su piano de cola. Suyo y de nadie más habían dicho Viktor y Laura, sus padres, el día que se lo regalaron en recompensa al esfuerzo que hacía Victoria por que las melodías de su flauta impregnaran cada una de las estancias de la catedral con maestría. Poco a poco fue dejando de lado su pálida flauta de madera y puso todo su empeño en adquirir tanta solvencia con las teclas como la que tenía tapando y destapando los respiraderos.

La sala de música absorbía el tiempo de la débil Victoria. Tiempo que antes invertía en revolcarse entre las sábanas de la cama de sus padres escondiéndose de ellos y sorprendiéndolos, babeando todo a su paso, con ojos destellantes e inocentes. Era un bebé muy curioso. Estiraba sus bracitos rechonchos y movía los dedos tratando de agarrar cualquier cosa que llamara su atención. Reía mucho. Incluso cuando le empezaron a salir los primeros dientes no se quejó más de lo normal y siguió haciendo de las suyas.

Le encantaba chapotear en la bañera y cuando su madre le frotaba la cabeza con champú cerraba los ojos y soplaba mucho. Poco a poco trataba de ponerse en pie y caminar, pero aún era muy pequeña y apenas daba unos pasos antes de tambalearse y ser agarrada por sus padres, que eran vigilantes y compañeros de juego al mismo tiempo.

A los pocos años de vida, Victoria se había arrastrado gateando hasta el jardín de la entrada. Womo, el perro guardián, se lanzó sobre ella brutalmente y la zarandeó mientras con su poderosa mandíbula le fracturaba las piernas en múltiples puntos. Viktor oyó los gritos de su pequeña y salió en su búsqueda rápidamente. Al ver a Womo jugando con su hija y manejándola a su antojo como si ésta fuese una marioneta, cogió la escopeta del recibidor y de un balazo en la cabeza acabó con la vida de éste. La sangre salió a borbotones del cuello del animal manchando el infantil y blanco traje de la aterrada Victoria, que se sacudía en macabros espasmos sobre la oxigenada hierba verde. La mandíbula de Womo aún dentelleaba en un rictus burlesco al lado de los ojos inyectados en sangre que buscaban cobijo bajo el cielo de hojalata.

Al enterarse de lo ocurrido, Laura se apresuró a sanar a su primogénita haciendo uso de sus conocimientos en biología y medicina. Consiguió frenar las hemorragias y con cuidados diarios fue haciendo que la sangre descoagulara y las cicatrices fuesen desapareciendo. Lo que no logró fue que las atrofiadas y tumefactas piernas de Victoria recuperaran la fuerza y consistencia para que pudiese incorporarse.

Victoria, que era una niña alegre, a partir de ese momento empezó a aislarse, a vivir por la música y por los libros. Achacaba su vida sobre una silla de ruedas chirriante y oxidada a sus padres. Los libros que le interesaban eran los de vampiros, hombres lobo, terror, rituales religiosos, autobiografías, recetas y música. Los devoraba con la mirada. Pulverizaba las letras con sus ojos felinos y siempre quería más. A lo largo de su corta vida, había ido almacenando odio en su corazón, acumulando ira, buscando venganza…

Detestaba a los perros, los veía como despreciables bestias de origen lobezno que habían sucumbido bajo la ignorancia del ser humano y le servían y le mostraban fidelidad. Ésa precisamente era la palabra que su madre no tenía presente al acostarse con la mayoría de clientes. Aprovechaba para citarlos cuando sabía que Viktor no iba a estar en casa. Los gemidos reverberaban por los pasillos y por las habitaciones de la catedral y salían al exterior por los ventanales cuyos cristales vibraban al sentir el choque de las ondas sonoras.

Victoria lo que sabía del sexo lo había aprendido en los libros. Descubrió que su flauta le podía proporcionar mucho más placer que el que sentía al tocarla. Viktor se hacía el tonto pero sabía de sobra los trabajos que hacía su mujer en su ausencia. El rumor sonaba con fuerza en el club de golf al que iba…

Cierto día llegó, a las frágiles manos de Victoria un libro que se titulaba "Disectionarium". Haciendo uso de las precisas técnicas plasmadas en el libro ilustradas con efectivos dibujos empezó a diseccionar ranas, luego ratas… Cada vez iba proponiéndose retos más difíciles. Todas sus disecciones las hacía a espaldas de sus padres y había aprendido a camuflar las pruebas del delito arrojándolas al lago que extendía su manto de pura y cristalina agua a escasos metros de su majestuoso hogar.

A Viktor le preocupaba que su hija sólo se centrara en la música y en la literatura y decidió que era apropiado contratar a una persona que la instruyera en las ciencias matemáticas. El profesor Alberto Vázquez, nacido en Madrid, era considerado toda una institución entre los grupos de maestros más selectos. Se presentó una tarde en el templo que era para Victoria su sala de música y ganándose la confianza de ésta día a día la fue llevando a su depravado terreno.

Alberto Vázquez era muy alto y fuerte, además de inteligente y embaucador. Nunca llevaba libros a sus clases particulares pues se consideraba a sí mismo una mente prodigiosa que no necesitaba mirar lo que ya sabía. Solía llevar su pelo marrón peinado hacia un lado, una camisa de manga corta, un chaleco de lana, unos pantalones tres tallas menos que le remarcaban el miembro viril y unos zapatos de charol que no se molestaba en atar.

Una de esas tardes Viktor y Laura tuvieron que hacer un viaje de dos días hasta una ciudad cercana para gestionar unos asuntos personales. Dejaron a Victoria a cargo de Alberto, que vio la ocasión perfecta para llevar a la práctica la teoría tan manida que usaba con la mayoría de sus alumnas y con algunos alumnos.

Esa misma noche se aprovechó de la insuficiencia motriz de Victoria. La llevó a sus aposentos, la tendió sobre la sábana bordada, le desabrochó la camisa, le bajó la falda dejando al descubierto los muñones en los que acaban las piernas de Victoria, se sacó el miembro por la bragueta e introduciéndolo por uno de los lados de las bragas rozó el incipiente vello púbico de la entrepierna de Victoria con su lustroso glande. Victoria empezó a sudar y a sentir lo que en tantas ocasiones había sentido con su flauta. Los sentimientos se cruzaron en su cabeza en una vorágine antitésica. No quería mantener relaciones sexuales con su profesor de matemáticas, pero el placer que le producía la fricción en los labios de su vagina era inconmensurable y le hacía contraer los músculos de las ingles produciendo a su vez un mayor placer en Alberto Vázquez, que repercutía una y otra vez en el cuerpo de la joven en un frenesí instintivo y salvaje. Por otro lado, Alberto Vázquez era el único varón que mostraba, en su conducta, interés sexual hacia Victoria.

Mientras comparaba la polla de Vázquez con su flauta gemía sin poder reprimirse y aferraba la sábana con tanta fuerza que sus manos estaban más blancas de lo habitual y las uñas la desgarraban. El pelo le caía por la cara en bucles de pasión y las gotas de sudor le resbalaban por la caliente piel evaporándose casi al instante y se esparcían por toda la habitación extendiendo su aroma hasta llegar a la nariz del profesor de matemáticas.

Entonces una aterradora visión dejó helada a Victoria. El cerdo de Alberto tenía la misma expresión que la que portaba Womo el día que le destrozó las piernas. En ese momento Vázquez descargó su semen en el interior de Victoria y cuando se echó hacia atrás un chorro del viscoso y blanco líquido salpicó el torso y la cara de miedo de Victoria. Las violaciones se sucedieron hasta la llegada de sus padres. Se enteraron de lo que allí había ocurrido al lavar la sábana de la habitación de Victoria, que había tenido que dormir con el olor a cifras hasta que se lavó. Alberto fue despedido de inmediato y Victoria fue sometida a la prueba de la rana. Victoria estaba embarazada. Viktor y Laura veían como su hija rompía a llorar en la soledad de su cama pensando que en su interior albergaba una bestia…

Victoria empezó a dejar de comer para que su hijo muriera por falta de alimento. Pasados unos meses Victoria dio a luz a un ser deforme y repugnante. Nada más verlo, y ante el asombro y perplejidad de sus padres, empezó a darle puñetazos. Lo mató. El minúsculo cadáver se enterró en el jardín. Victoria era cada vez más cohibida y paranoica, vestía siempre en tonos mortuorios, tomaba baños a menudo para purificarse, seguía componiendo canciones con su piano y le daba un mayor uso a la flauta que nunca. Componía canciones tristes y tétricas. Sus padres decían que siempre que tocaba, el cielo se tornaba gris y empezaba a llorar.

Victoria había hallado el modo de reproducir el llanto de un bebé con las teclas y todo el que oía semejante proeza se quedaba paralizado y anonadado ante tal muestra de perfección. Victoria se levantó un día despejado en el que el disco solar se difuminaba ante el abrazo del cosmos, se acercó a la ventana de colores de la sala de música, la abrió y el viento de la mañana bailó con su melena en una increíble danza. Miró hacia la tumba de su hijo. No crecía vegetación alrededor de ella. Cerró la ventana y bajó al altar. Alzó la vista hacia la estatua de Jesús. La mirada crucificada le quemaba los ojos. Fue a coger el hacha que Viktor guardaba en el jardín. Lentamente fue haciendo rodar las chirriantes ruedas de su silla. Bajó los peldaños de la entrada y aplastó decenas de plantas hasta llegar al hacha.

Al entrar de nuevo sus somnolientos padres vieron estupefactos como Victoria arrastraba el hacha por el suelo pulido. Tenía los ojos inyectados en sangre y el pelo le caía a los lados de la cara como la lluvia caliente de tormenta.

Pasó a su lado sin reparar en ellos. Haciendo gala de una fuerza inhumana empezó a trepar con una mano por la cortina de terciopelo de color burdeos mientras con la otra sostenía el hacha. Descargó su furia contra la nuca del ídolo cristiano. La madera se resquebrajó y la cabeza quedó suspendida por unas hebras. Siguió destrozando al crucificado mientras vociferaba y las lágrimas le ardían sobre la piel hasta que acababan en los rojos y carnosos labios.

Cayó rendida pocos segundos después de que ya no quedara ni una sola astilla de aquel hombre estereotipado sobre la cruz pulida de mármol blanco. Se arrastró escaleras arriba hasta la sala de música, se sentó frente al piano y comenzó a tocar sin freno una canción que anotaba en una hoja en una espiral de vehemencia y locura sentimental.

La canción tuvo por título “Sangre Fresca”. Era una suerte de notas sueltas, perdidas, inconclusas, retorcidas, ancestrales y cadavéricas que en su desconjunto formaban la canción más triste que cualquier ser vivo o muerto pudiese haber escuchado jamás.

Viktor y Laura enloquecían de desesperación, cada uno absorto en sus anodinas rutinas diarias. Se les helaba la sangre al ver como su Victoria, ya mayor de edad, se desgastaba las huellas dactilares de tanto tocar esa canción surgida del averno.

Una noche como tantas otras, Laura subió a llamar a su hija para comer. No obtuvo respuesta. Abrió la puerta y una flauta le perforó la garganta. Su último grito se transformó en una nota musical. Los ojos se le salían de las órbitas. Apenas tuvo tiempo para leer un “perdón” en los labios de Victoria antes de desplomarse sobre el suelo.

Victoria se agachó y besó a su madre en la boca. Bajó al comedor. Viktor presidía la mesa. Victoria lo miró y sonrió. Se acercó y con el bisturí que utilizaba para sus disecciones degolló a su padre. La hemoglobina le salpicó la cara. Se relamió alrededor de la boca. Acto seguido, desenterró a su hijo con sus propias manos. El cuerpo apenas conservaba la piel, era una masa ósea deforme.

Lo llevó hasta la cruz que antes ocupaba el hombre de la corona de espinos y lo clavó por las manos y por los pies. Bajó a su madre dejando un reguero de sangre por las escaleras y la puso debajo de la cruz con la espalda pegada a la de su padre. La luz entró por la puerta de doble hoja y se reflectó en el suelo impregnando la terrorífica estampa con su pureza matutina.

Victoria lloró ante su familia durante todo el día. Los cuervos invadieron la catedral y se dieron un festín con la carne…

La luz de la luna se filtraba por el colorido cristal de la sala de música situada en la torre este de aquella catedral gótica que servía de vivienda a una adinerada familia holandesa que la había comprado y restaurado para convertirla en su residencia. Victoria resucitaba las notas muertas de sus tumbas blancas y negras haciéndolas elevarse sobre el majestuoso cementerio que era su piano de cola.

Al fin se sentía libre. “Sangre Fresca” sonaba armoniosa en su cabeza. Al fin se había vengado…


Muchísimas gracias a chouza por elegir mi blog como el sitio donde publicar este extraordinario relato de suspenso y terror ambientado con tal vehemencia que realza la crudeza de cada evento. Por supuesto, mereces la "Medalla de Zion" en recompensa por tu labor literaria. A continuación un comentario del propio autor:

(…)Una noche le di vueltas a esos versos y decidi que podia empezar a crear algo con ellos. El resultado fue ese. Se que hay mas "guiños", aunque casi ni los recuerdo (uno de ellos es que en cierta parte escribi "en una danza maravillosa", hace referencia a una cancion del disco Monochrome de Saini: Wonderful Dancing…)

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Saludos,
Desmodius.