TODOS SOMOS CONEJOS

Si, si, tú, que estás leyendo esto… Reconócelo, tú también eres un conejo… No, no, quítate las manos de las orejas y deja de tocarte los dientes porque no me refiero a tu aspecto físico, y mucho menos a tu habilidad para correr o saltar.

 

Si has leído o visto ‘Alicia en el país de las maravillas‘ sabrás a lo que me refiero. Todos somos un conejo, un gran conejo blanco con un reloj en la mano. Y es que independientemente de que nos guste la zanahoria o no, lo que nunca falla es que siempre vamos corriendo a todas partes al grito de ‘¡Dios mío!, ¡Dios mío!, ¡qué tarde voy a llegar!‘.

Desde que nacemos, desde que nos despertamos, el tiempo nos maneja y esclaviza las 24 horas del día, 365 días al año durante toda nuestra vida. Pero su voracidad no sólo hace estragos en nuestros hábitos alimenticios sino también en nuestra forma de jugar y disfrutar de los videojuegos.

 

Si miramos al pasado, cuando los ordenadores de 8 bits colmaban el mercado y el medio de almacenamiento predominante era el casete (que triunfaba más que ahora con las cintas de Camela), disfrutar de uno de aquellos juegos era, como más tarde confirmó Enrique Iglesias, ‘casi una experiencia religiosa‘.

 

¿Que contenían aquellas cintas?, pues lo mismo que las otras, ¡música!. Pero olvídate de las sesiones Trance o Dance, aquel sonido tenía menos ritmo que un japonés cantando en un karaoke, con la dificultad añadida de que el único instrumento escogido para reproducir la melodía era ¡un simple pito!. Le dabas al botón de ‘Play‘ y tras unos pantallazos psicodélicos en color cian, verde y magenta (que ríete tú del Polybius), los bordes de la pantalla se convertían en un arco iris de líneas multicolor que cambiaban de tono conforme se escuchaba ¡Piiii Pipiripiripipiiii Piiiiriipiiii… ¡Menuda marcha!.

Entonces, tras unos minutos de espera, aparecía la pantalla de carga que, debido al gran tamaño de los pixeles, normalmente no era más que la versión en punto de cruz de la carátula. Y tras una nueva tanda de pitos de verbena que se prolongaba durante más de cinco minutos, cuando pensabas porqué coño al tío que grabaron pitando no le daba un ataque al corazón o simplemente perdía el conocimiento tras quedarse su cerebro sin oxígeno, surgía un inesperado silencio que indicaba el fin de la carga y predecía al esperado menú del juego.

 

Aquellos fueron los comienzos de los tiempos de carga en un videojuego, pues una vez superada la primera parte había que poner a cargar la segunda cara de la cinta para continuar con el juego. Y es que aunque el cartucho parezca ser el único dispositivo inmune a este mal común de los videojuegos, el único cartucho que conocen algunos es el de papel que les dan cuando van a comprar los churros. Como les pasa a los aficionados al Scatergoris que han aceptado PC como plataforma de juegos, donde el tiempo de carga ha evolucionado cual pokemon convirtiéndose en un ente mucho más poderoso.

 

Primero la instalación, que dependiendo del tamaño del juego a veces acababas de pagar la hipoteca y tú todavía insertando el quinto disquete, o el tercer CD, o el segundo DVD (porque la mayor capacidad de los dispositivos de almacenamiento no asegura una reducción del número de unidades requeridas para la instalación). Y en segundo lugar, la configuración, proceso mediante el cual ajustas los requisitos del juego hasta darte cuenta de que tu equipo es tan sólo capaz de mover una pelota y dos palitos (y dad gracias, porque antes tenías que configurar la memoria de los juegos basados en DOS a través de los disquetes de arranque).

 

Vale que estos dos procesos sólo los tengas que realizar una vez, pero yo me he visto en ocasiones tan nervioso e impaciente por probar un juego que no atinaba a quitarle el envoltorio, así que tener que realizar toda esta liturgia era y es sinceramente un engorro. Pero además, en muchas ocasiones este proceso se dilata en el tiempo si desafortunadamente tras ejecutar el juego sale un pantallazo azul o un mensaje de error de Windows. Es entonces cuando recurres a la familia, y no a la tuya precisamente, sino a la de Bill Gates, ya que empiezas a cagarte en su padre, luego en su madre, y posteriormente en el día que decidieron tener descendencia.

 

Sin embargo, esto parece ser un efecto colateral de la presencia de disco duro en un sistema, ya que la nueva generación de consolas también lo está padeciendo a su manera. No en la Wii porque no tiene disco duro, no en la XBOX360 porque lo tiene pero para Microsoft como si no existiera, y si en la PS3. Yo sin ir más lejos reuní un día a toda mi familia alrededor del sillón del salón gritando: ¡Que tengo el GTA IV!, ¡que tengo el GTA IV!, ¡ya veréis!, ¡ya ve… Mientras aquello se instalaba nos pusimos a discutir sobre si tardaba mucho, sobre si tanto Bluray para nada, sobre si se iba a enfriar la cena, sobre si alguien quería cenar ahora, sobre si ya era muy tarde, sobre si… total, que al final nos hinchamos a ostias y del juego ya nadie se acordaba (así que en mi casa es verdad que el GTA incitó a la violencia, e incluso antes de probarlo).

 

Por eso para el MGS4 ya iba con la lección más que aprendida y no avisé a nadie sobre la adquisición del juego. En esta ocasión iba a disfrutar de una instalación más intima, más privada, fuera del entorno familiar. Y cuando vi a Solid Snake fumándose aquel cigarrillo pensé: ¡Coño!, ¡qué idea tan buena!, así te indica cuando va a terminar la instalación. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, hasta seis cigarrillos llegué a contar en menos de diez minutos. ¡Joder!, ¿para que guarda la cajetilla?. Si yo nunca he fumado, y cuando terminó la instalación ¡tenía hasta mono de tabaco!.

Como veis los tiempos de carga o de instalación han acompañado a los videojuegos desde sus comienzos, y han aparecido en mayor o en menor medida en infinidad de juegos, ya que son inherentes a los soportes de almacenamiento magnéticos y ópticos. No sólo a la hora de empezar a jugar el juego, sino con las interrupciones lógicas del cambio de fase o incluso dentro de un mismo nivel (desesperante el caso de los juegos que aprovechan cada puerta como excusa para cargar los datos).

 

Sin embargo, los cartuchos de las generaciones pasadas y de las portátiles, junto a nuestro acelerado ritmo de vida, es lo que ha llevado a hacerlos tan molestos y a que se muestre ese ‘conejo blanco‘ interior que todos llevamos dentro, que nos incita a ganar cualquier segundo a nuestra ración de tiempo diaria. Hasta los más curtidos con los ordenadores y los PC de sobremesa no pueden evitar que en ocasiones estos tiempos les parezcan excesivos, probablemente también por la mala optimización que presentan algunos títulos a la hora de cargar los recursos (sin ir más lejos, me parece incomprensible que a día de hoy juegos como WWE SmackDown! vs. RAW 2006 en la PSP tarden cuatro minutos antes de poder ser disfrutados).

 

Pero al fin y al cabo, ¿para qué sirve un videojuego?, pues para divertirse. Así que recordad los tiempos pasados y mirad con otra cara el presente, y si tarda unos minutos pues que tarde, ya que salvo casos excepcionalmente claros de desgana o mal hacer por parte de los programadores, deberíamos tener un poco más de paciencia a la hora de disfrutarlos porque, en ocasiones, ‘lo bueno se hace esperar‘.