COMO CONVERTIRSE EN MIGUEL BOSE EN NUEVE MESES

Nunca quise ser famoso, aunque en esta vida haya sido accidentalmente el centro de atención en bastantes ocasiones, como aquella vez que rodé escaleras  abajo a la salida del colegio enfrente de todas las chicas de mi clase, cuando me atropelló un Seat 127 rojo delante de mi peluquero y otros vecinos del barrio, o como cuando en el viaje de fin de curso mis ‘amigos’ aprovecharon que estaba delirando con fiebre para pasearme desnudo por los pasillos de un hotel (suerte que en aquella época no existían ni los móviles con cámara ni el Youtube).

 

Pero hoy es diferente, porque todo el mundo que me conoce me para por la calle, me felicita, y además el teléfono no ha cesado de sonar. Y todo porque hace más de cuarenta semanas uno de mis voltios consiguió penetrar la inexpugnable muralla de un cuadro eléctrico e hizo saltar la palanca de un fusible. Esto que suena tan raro y que a simple vista parece tan sencillo, en la práctica resulta algo mucho más complejo, ya que viene a ser una gesta heroica comparable tan sólo a un logro de mil puntos por llegar a una fase final con un único disparo, o terminar uno de los juegos recomendados por Zerael en el modo extremo de dificultad.

  

El caso es que pocos días después de ese evento, fui el fantástico copropietario de un tubito de plástico blanco con un indicador rosa, pero como aquello sonaba tan raro como que alguien te adivine el futuro si te le orinas encima, decidimos consultar la predicción de otra marca. Pero tras observar que todos los tubitos de plástico blanco de cualquier fabricante terminaban con un indicador rosa o similar, nos dimos cuenta de que nuestra vida iba a sufrir más cambios que el juego Assasin’s Creed en su adaptación para la Nintendo DS.

A los tres meses de aquel enfrentamiento entre el voltio y el interruptor, una señora con bata blanca que parecía la hermana de Flipy (el científico loco de ‘El Hormiguero’), nos dijo mientras miraba una pantalla gris con una versión beta del videojuego Flow que había aparecido en nuestra vida una duendecilla que iría creciendo con el paso del tiempo. Así que, como había que darse prisa y buscar un sitio donde ubicarla, nos entró el síndrome del programa de Telecinco ‘La Casa de tu Vida’ y decidimos reformar un cuarto por nuestros propios medios. Llamadme friki si queréis, pero los recuerdos de un electroduende suelen ser cables, videojuegos, más cables, discos duros, unos cuantos cables más, consolas, otra bolsa con cables, ordenadores antiguos, muchos cables, y un montón de cacharros acumulados por el paso de más de veinte años dedicados al ocio electrónico.

 

Sin embargo, tras una ‘pequeña’ mudanza de los trastos a una azotea y un garaje, un toque de Agata Ruiz de la Prada a la hora de elegir los colores de las paredes, un poco del programa bricomanía para convertir un armario color cerezo del Carrefour en un armario blanco de bebe, algo de maña para montar un cambiador/bañera y una cuna, y después de más de dos litros de cola para empapelar la habitación con una simple cenefa (con el riesgo de quedarme pegado a la pared y convertirme en un objeto más de decoración), aquel cuarto había cambiado más que la nariz de la princesa Letizia tras su operación y tenía mejor aspecto que cualquier famosa posando desnuda para Interviú tras un retoque fotográfico con Photoshop.

 

Seis meses después, un Viernes a las tres de la mañana una voz nerviosa me despertaba de madrugada.

 

– Me duele mucho la espalda…

– Debras… temte… termalgin… livia… – contesté. Que es la forma somnolienta de decir ‘Deberías tomarte un termalgin para ver si se te alivia’.

– No, son contracciones… – dijo con gesto de dolor.

 

CONTRACCIONES es una pequeña palabra capaz de poner tu mundo patas arriba en una fracción de segundo. Por suerte, me comporté como cualquier futuro padre haría en esta situación, dejando que el pánico se apoderara de mí. Y cuando un futuro padre es presa de los nervios, lo primero que hace es dar vueltas por toda la casa cogiendo y soltando cosas para simular que tiene controlada la situación y aparentar que sabe lo que tiene que hacer cuando realmente en su mente tan sólo escucha una voz que grita: ¡Dios mío!, ¡contracciones!, ¡ya están aquí!, ¡nos han pillado por sorpresa!, ¡estamos perdidos!.

 

Un segundo de lucidez más tarde vi por el rabillo del ojo como ella se estaba vistiendo, y entonces supe lo que tenía que hacer. Estaba todo claro, no iba a ser muy elegante ni apropiado presentarme en el hospital en calzoncillos. Tenía que vestirme, así que dije:

 

– ¡Rápido!, ¡tenemos que vestirnos!. – Y mientras ella me miraba presa de dolor ya preparada y maleta en mano desde la puerta de la calle, tuve la sensación de que por fin tenía todo bajo control.

 

Nos presentamos en el hospital y nos comentaron que si hubiéramos tardado un poco más la niña hubiera nacido al lado de mis consolas de última generación. La pena es que la persona responsable de tal afirmación no siguiera en el hospital dieciséis horas después cuando nosotros continuábamos aún en el paritorio. Seguramente estaría por ahí vaticinando más predicciones como que el Deportivo de Irún ganará la Copa del Rey, que Fernando Alonso fichará por Ferrari y otras excentricidades semejantes.

 

Así que allí estaba yo, todo conjuntado de verde cual duende ecologista y con ropa de papel diseñada seguramente por algún japonés experto en el noble arte del origami (y no me refiero al videojuego). Mi cofia verde como de papel, mi mascarilla verde como de papel, mi batita verde con sus lacitos como de papel, y unas bolsas del Mercadona de color verde para forrar mi calzado. Y cada vez que oía la palabra ¡EMPUJA! me entraban unas ganas enormes de apretar el culete y hacer fuerza poniendo cara de chino cabreado.

 

Pero después de mucho empujar y empujar, por allí nadie asomaba la cabeza (y no me refiero por la puerta del paritorio), por lo que los allí presentes, la matrona y sus amigas, decidieron hacer caso de ese dicho que dice… ‘Si la montaña no va a Mahoma, ¡que le den por culo a la montaña!’… no, no, era así… ‘Si Mahoma no está en la montaña, es que habrá ido a la playa’… no, no, tampoco… definitivamente creo que era ‘Si la montaña no va a Mahoma, Mahoma irá a la montaña’, o lo que es lo mismo, si la niña no salía, alguien tendría que entrar allí dentro a buscarla.

 

Por este motivo empecé a mirar para el techo haciéndome el despistado, porque a mi la espeleología nunca me ha gustado mucho y siempre me ha dado respeto, y como nadie se atrevía a hacerlo, decidieron sacarla con unas palas de metal de esas que después usan para remover y servir las ensaladas. Sin embargo, de aquella ‘ensalada’ no salió ningún trozo de col o lechuga, ni siquiera una aceituna, lo que surgió de ella fue literalmente un ‘coco’, pequeño y peludo. Y continuaron tirando de aquel ‘coco’ como si tras él fuera a aparecer la palmera de la cual provenía. Pero lo único que apareció fue un diminuto cuerpo de goma que parecía una burda reproducción de alguna criatura extraña de una película de Ciencia Ficción americana de serie B.

 

Lo que aconteció después resulta inenarrable, un grito hiperhuracanado (ya quisieran los de Il Divo tener semejante chorro de voz) brotó de aquel cuerpo para darle vida a sus articulaciones, y mientras agitaba frenéticamente sus miembros, un cosquilleo enorme originado por una bandada de cien mil mariposas aleteó en el interior de mi pecho. Tras comprender que la niña me iba a mantener más en vela que mis antiguas y alocadas juergas universitarias, me di cuenta de que no había vivido jamás semejante subida de adrenalina o similar sensación de felicidad.

 

Y en medio de aquel ir y venir de médicos y ayudantes, una mujer con lágrimas en los ojos se aferraba a la nueva vida que latía envuelta entre toallas sobre su pecho. Era la misma mujer que durante casi dieciséis interminables horas había estado sufriendo un dolor indescriptible sin mostrar síntoma de flaqueza alguno, y que no había parado de luchar por traer al mundo al ser que guardaba en su seno.

 

Me siento muy orgulloso de haber formado parte de un acontecimiento tan especial, y sobretodo, de sentir de primera mano el valor, coraje y esfuerzo que diariamente demuestran millones de mujeres en cualquier rincón del planeta. Es lo que pasa por tanto absurdo anuncio de compresas, que uno acaba creyendo que a las mujeres les persigue su menstruación, que se hacen preguntas tan tontas como a que olerán las cosas que no huelen, o que se van al campo vestidas de blanco cual compresa y se restriegan por la hierba mientras cantan gilipolladas del tipo ‘Du-bi-da-da-da’, cuando lo único verdaderamente cierto es que ellas han sido, son, y serán, el motor que da vida a este mundo.

 

Así que ya sabéis cual es el motivo por el cual todos me felicitan, me llaman al móvil, me envían emails y SMS y hasta incluso me paran por la calle. Si, lo habéis adivinado, es porque soy famoso, como el Miguel Bosé, porque yo también soy Papito… y como dirían los Mojinos Escozios, pa’ pito el mío…

Y para los curiosos que queráis saber cual es el resultado de mezclar la chispa de un duende con la belleza humana, el resultado es este, una duendecilla llorona llamada Gara que es la culpable de que ya no disponga de tanto tiempo para pasearme por Gamefilia… por suerte ya la tengo en casa, y a pesar de que LITERALMENTE me tiene SIN DORMIR, soy la persona más feliz del Universo y del infinito que va más allá… ¡NOS LEEMOS! (y que conste que si no os mando un abrazo es porque estoy tan contento y cargado de energía que fijo os doy un calambrazo).

Esta entrada tan especial quiero dedicarla a TODOS los blogueros que han dejado en alguna ocasión su impronta en mi blog, y especialmente a los que me siguen con asiduidad y a los que con su apoyo y cariño han conseguido desde un principio que este rincón de la red se convirtiera en mi segunda casa. Muchas gracias a todos/as por vuestros comentarios, por vuestras visitas (me ha costado creerlo, pero mi madre me ha confirmado que al menos 1000 de las visitas de este blog no son de ella), y por haberme dedicado en tantas ocasiones algún segundo de vuestro tiempo…