Al Límite

Mel Gibson vuelve a protagonizar una película tras el largo paréntesis en el que se dedicó a las labores de dirección. Y lo primero que uno comprueba es la diferencia de pretensiones que la estrella parece tener dependiendo de su papel en una película. Como director, apostó por historias y estilos trabajados, de calidad, alejándose precisamente de las Armas Letales o comedias con galán que frecuentaba antes de debutar en la dirección con El Hombre sin Rostro. Después llegaron La Pasión de Cristo y Apocalypto, con las que mantuvo sus credenciales como cineasta independiente e incorruptible.

Y después de ese parón, vuelve como actor en una película que le reintegra al cine más típico y convencional, un producto de acción que adapta una mini serie de la BBC de los 80, entre cuyos directores estaba un Martin Campbell que aquí repite encajando como un guante en la tarea, algo previsible en un director que presenta títulos como Goldeneye, La Máscara del Zorro o Casino Royale, de parámetros tan parecidos a los de Al Límite.

Es éste, pues, uno de esos trabajos alimenticios que las estrellas de Hollywood ofrecen de vez en cuando, para que sus cuentas corrientes retornen a la opulencia tras unos años de inquietudes menos rentables. Es sabido que a Gibson la cosa no le ha ido bien en los últimos años, ni en lo personal ni en lo profesional, y qué mejor que ponerse el traje de rudo policía para sacudir mamporros a diestro y siniestro, en una película no tan alejada de Arma Letal como uno pudiera pensar en un principio. Hay un tono mucho más dramático, pero las intenciones y los resultados son muy semejantes.

Al Límite es tan sumamente tópica y convencional que uno podría adelantar el desenlace desde los primeros minutos de metraje. Sabemos qué va a ocurrir, cómo ocurrirá y cuándo, y sólo el buen trabajo de un experto en la materia como Campbell y de un efectivo Mel Gibson que sabe qué espera de él el espectador medio, logran salvar la función. No nos aburrimos, a pesar del rutinario guión de un William Monahan que ya no se había lucido demasiado en los correctos libretos de Red de Mentiras o El Reino de los Cielos (su guión de Infiltrados se beneficiaba de la condición de remake de la original Infernal Affairs).

Se puede ver por tanto la última de Mel Gibson como actor con la seguridad de que pasaremos un rato medianamente entretenidos, precisamente lo que buscaban Warner Bros., el propio actor y, no lo neguemos, quienes disfrutamos de aquellos productos ochenteros de un tipo que cumple a la perfección en esos roles, y que además es capaz de alcanzar otro nivel cuando se pone detrás de las cámaras. Que le vaya bien al bueno de Gibson, por muy tumultuosos (y ciertamente fachas) que hayan sido sus comportamientos en los últimos años. Y una última consideración: ¿no se podía haber sido algo más original a la hora de traducir el título de la pélícula al español? Así a bote pronto, yo recuerdo una película española de Eduardo Campoy con el mismo título, y aquella de Scorsese con Nicolas Cage…

Mi puntuación en IMDB:6.

 //www.imdb.com/title/tt1226273/